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Salir del abismo

por Paolo dell’Oca

Congo-Brazzaville fue devastado por cuatro meses de una cruenta guerra civil que provocó miles de víctimas entre muertos y heridos y obligó a centenares de miles de personas a abandonar sus hogares. Hoy, los combates han cesado, pero el pueblo de Brazzaville tiene por delante la difÍcil tarea de reconstruir una
vida normal.

Los pasajeros se apretujan mientras esperan el momento de subir al transbordador que atraviesa el río, entre Kinshasa y Brazzaville. Nuevamente en servicio desde el 28 de octubre, la embarcación transporta a los habitantes de ambas ciudades, cargados con productos que esperan vender en los mercados de una u otra orilla.

Casi no hay coches en el transbordador. “Es demasiado temprano y los robos son frecuentes a esta hora”, explica un pasajero. El CICR ha decidido correr el riesgo de transportar una cisterna para abastecer las zonas de la ciudad que no tienen agua.

El viaje dura tan sólo 15 minutos. Al aproximarnos a la rampa de desembarco podemos ver los daños causados por el conflicto, sobre todo en un edificio cilíndrico de 20 pisos, completamente acribillado por proyectiles de todo calibre.

Una vez en tierra, pasamos por el control de aduanas. El pequeño edificio tampoco ha escapado a la destrucción y los funcionarios trabajan con medios insuficientes. Aunque faltan los formularios, logramos cumplir con los trámites de entrada. Arreglárselas con lo que tengan a mano parece ser la única estrategia posible para los habitantes de Brazzaville que se esfuerzan por poner en marcha nuevamente la ciudad. Las calles, que hace unos días estaban desiertas, se animan paulatinamente con la presencia de pobladores que buscan vender o comprar diversos artículos. El mercado, si bien modesto, ha vuelto a funcionar: los vendedores ofrecen verduras, legumbres, frutas y cereales, pero no todos tienen dinero suficiente para comprar. “La mandioca cuesta tres veces más que antes”, dice un joven padre de familia, resignado a volver a casa con las manos vacías.

La gasolina y el diesel tienen precios prohibitivos, pero todavía circulan muchos vehículos. “Hay gente que vende combustible al borde del camino”, cuenta el chófer de un taxi improvisado, “pero si uno va armado, se lo dan gratis”.

Durante los últimos días de enfrentamientos, casi todos los barrios eran campos de batalla. Los habitantes que tenían dinero, pudieron contratar un transportista y partir llevando sus enseres. Los demás huyeron con lo puesto.

Todos los edificios y las viviendas fueron saqueados: los muebles, los utensilios de cocina y hasta las puertas y ventanas iban desapareciendo a medida que el conflicto se intensificaba. Los servicios públicos también fueron dañados, los 30 dispensarios de la ciudad, por ejemplo, deberán ser enteramente renovados y equipados. En muchos sectores de la ciudad quedaron fuera de servicio los sistemas de sumi-nistro de agua y electricidad. El peligro de brotes epidémicos es enorme y hay grandes dificultades para atender a los enfermos. En el hospital de Makelekele vimos llegar a un enfermo, casi incons-ciente, transportado en una carretilla.

En un puesto de salud, los materia-les han desaparecido y el patio interior ha servido de cementerio. “Era imposible salir de los locales, pues las balas silbaban por todas partes. Nos vimos obligados a enterrar a los muertos allí donde encontrábamos sitio”, explica un vecino. La tumba de uno de ellos está marcada con la peluca que llevaba al caer. En muchos aspectos, este conflicto tuvo características delirantes como el de Liberia, pues al igual que allí, los hombres en armas iban vestidos con pelucas de color, botas de mujer, gafas oscuras y se hacían acompañar por mascotas, que supuestamente les protegerían de las balas.

Hoy, la comunidad humanitaria se esfuerza por restaurar las estructuras básicas de la capital. En particular, hay que rehabilitar los hospitales y los dispensarios. También se está aportando asistencia técnica y material para restablecer el suministro de agua y electricidad en toda la ciudad.

Entretanto, miles de habitantes permanecen en las afueras, alojados en casa de familiares o en campamentos para desplazados. Muchos se trasladan a Brazzaville durante el día, pero la dejan al caer la tarde, pues en la capital siguen imperando la inseguridad y el riesgo de saqueo.

Además, se siguen oyendo disparos a todas horas, tanto en la ciudad misma como en las cercanías, y en calles y caminos se erigen barreras donde los actos de violencia son frecuentes.

Las organizaciones humanitarias son plenamente conscientes de que el regreso de la mayoría de los habitantes está supeditado a una mejora de las condiciones de vida, sobre todo ahora que la estación de lluvias viene a agravar las dificultades. Según algunos observadores, Brazzaville podrá recuperarse sólo cuando se desmovilicen las milicias, se cree un ejército regular, se restablezcan los servicios básicos y se logre la reconciliación nacional, a la vez en el plano político y en la sociedad civil.

Un día, un hombre nos pidió que transportáramos a su mujer al hospital. “Perdí dos hijos en esta guerra”, nos dijo. “La violencia en el Congo tiene que cesar”.

La opción humanitaria

Al estallar los enfrentamientos en Brazzaville, poco antes de las elecciones presidenciales que no llegaron a celebrarse, Darcy Christen, delegado del CICR, cumplía una breve misión en la oficina de la Institución en esa ciudad. En el mismo hotel estaba también Abdelhalim Senou, delegado de la Federación. Los voluntarios de la Cruz Roja Congoleña cumplían su labor habitual. De pronto, en la mañana del 5 de junio, se encontraron atrapados en medio de violentos combates.

Los enfrentamientos tuvieron lugar en un contexto urbano, densamente poblado, donde los habitantes dependían de servicios públicos como el suministro de agua y de electricidad, por lo que las condiciones de vida se deterioraron con gran rapidez.

Un grupo de unos 140 voluntarios de la Cruz Roja logró reunirse para organizar los primeros auxilios. Trabajaron sin cesar, día y noche, con un valor y un denuedo que suscitó la admiración de los pobladores... y sorprendió a los propios voluntarios.

“Desde el comienzo, los voluntarios de la Cruz Roja Congoleña trabajaron de manera notable; se ocuparon de recoger los cadáveres que yacían en las calles, evacuaron heridos y distribuyeron alimentos y medicinas”, dice Christen.

Michèle Loulendo, enfermera en pediatría de 23 años, no vaciló en recordar repetidas veces a los combatientes que tenían la obligación de respetar el derecho de la guerra. Thibault Ntshibo, padre de familia con tres hijos, tuvo que vencer la hostilidad de los habitantes aterrados, quienes creían que era miembro de algún grupo armado. Paul Goma, encargado de las operaciones en el sector norte de la ciudad, logró convencer a los mili-tares de que debían advertir a la población de la inminencia de un ataque final contra el sector sur, lo que permitió que mucha gente huyera a tiempo.

Desgraciadamente, terminados los combates, un voluntario perdió la vida y otros dos resultaron heridos cuando un grupo armado disparó contra un vehículo del CICR en el centro de Brazzaville (véase pág. 28).

Paolo dell’Oca
Delegado de prensa del CICR, escribió el presente artículo en noviembre de 1997.



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