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Primero el retorno de la gran mayoría de los refugiados ruandeses a su tierra y luego, la caída de un régimen muy impopular, en el país que hasta entonces se llamaba Zaire. Cabía, pues, esperar que acontecimientos de tal trascendencia aportasen un mínimo de paz a la sufrida región de los Grandes Lagos de África central. No obstante, volver a una vida en que las familias puedan preparar con confianza el futuro de sus hijos sigue siendo un objetivo lejano para muchos.

La asistencia humanitaria ha sido positiva. A pesar de las múltiples críticas sobre el papel desempeñado por los organismos humanitarios -algunas justificadas y otras, absolutamente infundadas- estoy convencido de que dicha asistencia ha sido indispensable en los últimos años y, desgraciadamente, lo seguirá siendo en el futuro.

La historia reciente de los Grandes Lagos ha demostrado una vez más que los colaboradores de los organismos humanitarios somos el último recurso y, en el mejor de los casos, una trágica necesidad. Llegamos, cual huéspedes imprevistos, para curar las heridas provocadas por conflictos armados de carácter político. La acción humanitaria se ataca a las consecuencias de tales conflictos, no a sus causas.

Ello no debería ser motivo de la reprobación que han manifestados algunos críticos, aseverando que los organismos humanitarios no han sabido ocuparse de las causas profundas de la vulnerabilidad. Cabe recordar que el papel, las funciones y las responsabilidades encomendadas a dichos organismos son muy diferentes y, entonces, nuestra acción debería juzgarse desde la perspectiva de los principios de independencia, imparcialidad, neutralidad y humanidad. A otros corresponde la tarea de emprender y dirigir la transformación de la sociedad que abrirá el camino hacia la paz y la justicia.

Por consiguiente, los organismos humanitarios no pueden erigirse en jueces de los gobiernos, ni pronunciarse sobre las vías que emprenden los países. En cambio, sí deberíamos defender abiertamente nuestros principios y cumplir nuestro deber sin falsos pudores, absteniéndonos de emitir opiniones sobre otros temas.

El futuro de la región de los Grandes Lagos es todavía incierto. Tal vez allí, la asistencia humanitaria vuelva a ser necesaria y en proporciones aún mayores. Aun así, debemos decir claramente que la voluntad de los pueblos y de los gobiernos de la región para restaurar la paz y una vida fructífera también es su esperanza más promisoria.


Martin Griffiths
Adjunto al Subsecretario General
Oficina de las Naciones Unidas
para Asuntos Humanitarios


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