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Cotidianas
Apuntes de misión

por Josué Anselmo

En los primeros días de noviembre, tras las lluvias torrenciales en el Cuerno de África, los ríos Juba y Shabelle salieron de su cauce, inundando extensas regiones. Decenas de miles de personas perdieron su vivienda, tuvieron que hacinarse en las escasas tierras que escaparon a las riadas, y contrajeron el paludismo, el cólera, o infecciones de las vías respiratorias. Un equipo del CICR se encargó de socorrer a 4.000 habitantes de la zona de Marere que habían quedado atrapados en los altos de un dique, sin agua potable, víveres ni atención sanitaria.

Viernes 28 de noviembre

Llegamos a Mogadiscio, capital de Somalia, y seguimos viaje inmediatamente hacia el sur, rumbo a la ciudad de Jilib, en la intersección de las cuencas de los ríos Juba y Shabelle. Saliendo de la capital, alguien dispara una ráfaga de Kalashnikov muy cerca de la caravana. Felizmente, no somos su blanco. Nuestros escoltas empiezan a ponerse nerviosos y prefieren detenerse unos instantes. Somalia sigue siendo un país en conflicto.

El equipo del CICR está compuesto por un delegado sanitario, que se encargará de hacer un balance de la situación médica de los damnificados y de distribuir algunos suministros y medicamentos, y por un servidor, portavoz del CICR para la operación de Somalia. Dos periodistas independientes se han unido a la caravana con el propósito de informar al resto del mundo sobre la situación de las víctimas. Como se acostumbra hoy en Somalia, nos acompaña una escolta armada.

 

 

Sábado 29 de noviembre

Al cabo de 22 horas de camino, estamos todavía a 60 km de Jilib. De pronto, la ruta se convierte en un mar de lodo. Uno de los conductores somalíes, atemorizado, se niega a continuar. Bajo un cielo amenazante, en un paraje desolado, no nos queda otra alternativa que buscar la manera de persuadirlo de seguir avanzando. Tenemos que llegar a Marere, sea como sea.

Después de algunas negociaciones, el conductor acepta y reanudamos viaje, pero pronto nos detiene un obstáculo: un verdadero río, que se extiende unos 5 km delante nuestro, allí donde hasta hace poco había una ruta asfaltada. Nos preparamos a acampar para pasar la noche y tomamos la decisión de continuar a pie, al día siguiente.

Por la noche, alguien da la alarma: una manada de leones merodea en el sector. Echamos a andar el generador para iluminar el campamento; se organiza una guardia de ocho hombres armados para mantener a raya a las fieras.

Domingo 30 de noviembre

Al amanecer, echamos a caminar; en nuestro equipaje llevamos medicinas y agua potable. Avanzamos sobre la ribera cubierta por una espesa vegetación, inquietos por la probabilidad de que haya cocodrilos.

Al llegar a un terreno más firme nos encontramos con un grupo que conduce cinco camiones en dirección contraria; están esperando un tractor que los remolcará por la parte inundada de la ruta. Requisamos dos de los camiones, para tener uno de reemplazo en caso de averías. No pasa mucho tiempo antes de que, como previsto, uno de los camiones se atasque porque el lodo llega hasta el radiador. El segundo no tarda en correr la misma suerte y, una vez más, no nos queda más remedio que seguir a pie.

Avanzamos muy despacio: después de un trecho sobre terreno seco tenemos que vadear un río, y felizmente encontramos una barca. Luego, recorremos varios kilómetros a pie y atravesamos en barca un lago formado por la crecida. Una vez en la otra orilla, conseguimos avanzar otros 20 kilómetros en un jeep. Al atardecer llegamos por fin a Jilib.

 
 

Lunes 1° de diciembre

A las 10 de la mañana, a bordo de una embarcación, llegamos al lugar donde 4.000 personas permanecen bloqueadas por las aguas, y distribuímos vendas, medicamentos contra el paludismo y sales de rehidratación.

La situación sanitaria es deplorable. Muchos adultos sufren de paludismo y de infecciones respiratorias, y la conjuntivitis se ha propagado entre los niños, ya debilitados por la diarrea y la desnutrición. El grupo se compone principalmente de mujeres y niños; las primeras víctimas han sido los ancianos y los lactantes, es decir, los más vulnerables.

Examino a uno de los niños más pequeños, de unos dos años. Su vientre hinchado es síntoma seguro de esquisotosomiasis y la delgadez de las extremidades, una clara evidencia de desnutrición. Apenas puede separar los párpados, pegados por las secreciones de la conjuntivitis. Una mosca se pasea sobre sus ojos, pero el chico ya no tiene fuerzas para espantarla. Una mujer nos muestra la aldea, casi totalmente sumergida, que se alcanza a ver a corta distancia de allí. «Esa era mi casa» dice, señalando la cima de un techo de paja.

En la barca, mientras nos alejamos de estos 4.000 seres humanos atrapados por la naturaleza, nadie pronuncia palabra. No es exactamente un silencio de abatimiento, pues además de sentir impotencia, tristeza y amargura nos anima una firme determinación. Los problemas de acceso hasta estos damnificados son simplemente enormes, y nos parece que, en comparación, resulta más fácil ocuparse de una ciudad sitiada donde se conoce a todos los beligerantes. Para transitar, sólo hay que negociar garantías de seguridad con las distintas partes en conflicto. Pero aquí, ¿quién puede negociar con las aguas?

Martes 2 de diciembre

El recorrido de regreso es igualmente penoso, pero no nos importa, ya que hemos cumplido nuestra misión. Al terminarse nuestras reservas de agua potable, saciamos la sed acopiando el agua de la lluvia con nuestros impermeables, pero nos empapamos y comenzamos a sentir frío. El vehículo en que viajamos queda atascado y pasamos cuatro horas bloqueados en la humedad, como las personas damnificadas que acabamos de socorrer. Cae la noche cuando un gran tractor viene a sacarnos del atolladero y nos remolca durante dos horas por la pista cubierta de agua. Terminamos este singular recorrido en medio de una total oscuridad.

En los días siguientes, las inundaciones empeorarán. En definitiva, nuestra pequeña caravana habrá sido el único contacto de Marere con el resto del mundo en varias semanas.

 

Josué Anselmo
Delegado de información del CICR, residente en Nairobi.

 


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