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Vidas arruinadas
Jessica Barry

Campamento de Rafah, Gaza, 13 de enero de 2002.
Viviendas palestinas arrasadas por las tropas israelíes.

Durante la última intifada en los territorios palestinos ocupados y autónomos, las tropas israelíes destruyeron casas y otros edificios a la búsqueda de presuntos terroristas. El CICR presta asistencia a los palestinos que perdieron su hogar y luchan por reconstruir sobre las ruinas.

Los hombres hablan por turno. Sentados en círculo en la tienda de campaña amarilla, cobijo de familias sin hogar a causa de la incursión de la noche anterior en el campamento de refugiados palestinos de Rafah; cada uno recuerda el pánico que cundió cuando las excavadoras destruyeron su hogar. "Todos salieron a la carrera cuando los vehículos del ejército israelí se fueron aproximando sin advertencia", comenta Atef Al Naijar, "los niños corrían de puerta en puerta para despertar a los vecinos".

Otro joven dice que vio una excavadora aplastar la pared de la cocina de un vecino mientras él corría a rescatar a una niña de 13 años atrapada dentro. La abuela de la niña, sentada a su lado en una silla de plástico, vestida negra y visiblemente aún asustada dio rienda suelta a sus lamentos. "Hemos perdido todo", decía llorando y con los brazos extendidos. "Huimos sin llevarnos nada. Mis nietos no tienen los libros de escuela ni ropa y no tenemos cacerolas".

Suministros de emergencia

Desde marzo de 2001, cuando se multiplicó la destrucción de casas, el CICR lleva a cabo un programa de distribución de suministros de emergencia a las familias afectadas. Hasta la fecha, miles de personas de Cisjordania y la Banda de Gaza han recibido tiendas de campaña, mantas, artículos de aseo y artículos para el hogar.

Para los palestinos de Gaza y Cisjordania, la destrucción de su hogar no significa sencillamente la pérdida de un techo sino también la dependencia precaria de la buena voluntad de los vecinos, o del apoyo a largo plazo del Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (OOPS), que administra los campamentos y la asistencia de las autoridades, los organismos de socorro y los benefactores extranjeros.

"Por seis meses no vamos a tener gastos", explica una mujer que vive en una vivienda cuyo alquiler pagó por adelantado después de haber perdido su casa durante la incursión de abril en Yenín. "Después, está previsto que volvamos a nuestros hogares en el campamento, que para entonces habrán sido reconstruidos, pero ya han pasado tres meses y las obras aún no han comenzado. Estamos preocupados por lo que sucederá si no están terminadas cuando llegue el momento".

 

Quienes alojan a familiares que se quedaron sin hogar también están ante un dilema. La carga de acoger diez o más personas por un período indefinido, aunque se trate de parientes cercanos, puede agotar su presupuesto en una época de desempleo en gran escala y agudización de la pobreza en todos los territorios palestinos.

En las últimas incursiones en Cisjordania no sólo se destruyeron hogares sino también locales comerciales y talleres de artesanos en varios lugares, incluida Nablus, donde la fabricación de jabón es tradicional. La destrucción de varias fábricas de jabón en el centro de la ciudad acabó con una de las pocas fuentes de empleo que quedaban en una comunidad de 150.000 personas, ya debilitada económicamente por la prohibición de trabajar en Israel, que entró en vigor poco después que comenzara la última intifada.

También es difícil superar el efecto psicológico de perder su hogar y sus pertenencias. Sin embargo, algunas personas están tratando de ver más allá y adoptar una actitud filosófica, aunque solamente sea por el bien de sus hijos. Fayzieh Mohammad, de 40 años, es una de ellas. Huyó con sus seis hijos a casa de una amiga cuando su propio hogar fue destruido durante la incursión de abril en Yenín. Hoy, pasa largas horas sentada con su padre de 82 años en la terraza encalada en las alturas del campamento desde donde se tiene una vista panorámica de la destrucción de abajo.

Fayzieh, a pesar de su actitud serena, está preocupada por su hija de 16 años. La adolescente está muy angustiada por lo sucedido y le cuesta concentrarse en la escuela. "Cuando tuvimos que dejar la casa mi hija lloraba. Le dije que perder nuestras pertenencias no tenía importancia. Trataba de consolarla y no mostrarle cuanto me importaba. Quería tranquilizarla y decirle que aunque ahora la paz parece muy lejana, a la larga todo irá bien", explica.

En acción

El deterioro constante de la situación humanitaria en Israel, los territorios ocupados y los territorios autónomos llevó al CICR a ampliar los programas en curso e iniciar otros para ayudar y proteger a los civiles. Unos 100 colaboradores internacionales y 170 miembros del personal nacional han puesto manos a la obra para llevar adelante estos programas cuyo objetivo fundamental sigue siendo la protección mediante la aplicación y el pleno respeto del DIH, y más concretamente, del IV Convenio de Ginebra.

Dos de las iniciativas recientes son la entrega de bonos de la Cruz Roja a 20.000 familias de ciudades de Cisjordania, frecuentemente aisladas o donde rige el toque de queda (estos bonos se canjean por productos básicos en comercios seleccionados), y un programa de distribución general de alimentos a 30.000 familias que viven en aldeas cerradas de Cisjordania y otra distribución, caso por caso, en la Franja de Gaza.

También están en curso programas de asistencia de socorro para proporcionar artículos domésticos a 7.000 familias de Gaza y Cisjordania que perdieron su hogar, y alimentos a 2.000 familias de la ciudad vieja de Hebrón.

El CICR respalda el servicio médico de urgencias de la Media Luna Roja Palestina y presta mayor apoyo a la Magen David Adom en varias esferas (banco de sangre, búsqueda, y difusión).

 
 

El mínimo indispensable

Hassan Abdel Da'em tiene, 18 hijos, de los cuales ocho son gemelos. Una tarde, se zarandeaban y empujaban agitados a medida que el padre iba señalando a cada uno de ellos a sus visitantes. Por momentos parecía que hasta él tenía dificultad en recordar el nombre y la edad y para distinguir a un pequeño gemelo de otro. Los niños se reían y decían su nombre.

A principios de julio, Hassan huyó con su familia numerosa de su casa de tres habitaciones cerca de Beit Hanoun en el norte de Gaza, porque los frecuentes tiroteos nocturnos ponían en peligro la vida de sus hijos y los asustaban. Los huertos que rodeaban su casa fueron arrancados y la tierra expropiada por el ejército israelí, dejando a la familia en condiciones de riesgo y vulnerabilidad. Como son pobres no pudieron alquilar otra casa y se instalaron en el garaje de un pariente a unos dos kilómetros por un sendero arenoso y lleno de curvas.

Salvaron lo que pudieron de sus pocas pertenencias: la ropa, tres colchones, unas esteras de paja, unas cuantas cacerolas y unas pocas sillas. Hassan también se llevó su tesoro, una foto de sus hijos, tomada dos años antes, y la colgó en la pared del nuevo hogar de su familia, la única decoración en ese lugar triste y sombrío.

El garaje tal vez sea inhóspito, pero los niños le daban vida. "Casi podrían formarse dos equipos de fútbol", bromeó un visitante mientras el padre trataba de imponer su autoridad diciendo a los niños que se quedaran tranquilos, lo que dio lugar a risas y más ruido.

Aunque no es un caso típico del programa de socorro por destrucción de casas, la familia Da'em merecía recibir asistencia por ser pobre y numerosa. Hassan perdió su trabajo en Israel a principio de la última intifada y, unos meses después, las excavadoras del ejército israelí acabaron con sus pocos naranjos, única fuente de ingreso, y aplastaron su bien más valioso: un viejo coche. Por todo ello, las posibilidades de que la familia pudiera vivir segura en su hogar eran ínfimas.

Una semana después de mudarse, el CICR les entregó dos tiendas de campaña grandes, 40 mantas, cajas con artículos de tocador, utensilios de cocina y tazas de café, lámparas de gas y bidones.

Los niños ayudaron a transportar todo al garaje con suelo de cemento donde sólo había tres colchones, las esteras verdes y amarillas, y unas sillas. Mantas y cajas se colocaron al lado de los colchones. La esposa de Hassan sirvió el té en ocho vasos pequeños, que se fueron lavando y volviendo a utilizar hasta que todos habían tomado. Una vez que abran las cajas, por lo menos tendrán tazas de café y vasos de té para todos.

Jessica Barry
Delegada de información del CICR en Jerusalén.

 


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