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El difícil retorno al hogar
por John Sparrow
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En toda Bosnia y Herzegovina, la
falta de asistencia humanitaria en favor de las personas que
regresan a su hogar pone en peligro la sostenibilidad del
proceso de retorno, y el crudo invierno no hace más
que empeorar la situación.
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Jusuf Oric ha vuelto a las colinas que rodean Srebrenica.
Desde las ruinas de su casa situada en el asolado pueblo de
Gornji Potocari, este hombre de 58 años recorre con
la vista el valle entre montañas donde, pese a los
horrores del pasado reciente, está ansioso de encontrar
un futuro.
Allí perdió a su hijo en el verano de 1995,
cuando más de 7.000 musulmanes fueron asesinados en
la más atroz matanza perpetrada en Europa desde la
Segunda Guerra Mundial. No tiene empleo, ni dinero, ni apoyo,
y la tensión étnica se mantiene, latente, callada,
pero perceptible. Sin embargo, Oric está decidido.
"Pertenezco a este valle", afirma, "de aquí
no me muevo más".
No es el único. De manera lenta pero segura, los musulmanes
que huyeron o fueron expulsados de la región tras el
violento desmembramiento de la ex Yugoslavia, han comenzado
a regresar a este convulsionado rincón del este de
Bosnia, algunos a Srebrenica -el infausto lugar seguro de
las Naciones Unidas que cayó en poder de las fuerzas
serbo-bosnias- otros a los poblados vecinos. Pero su determinación
se está poniendo a prueba.
Cuando la Federación efectuó un llamamiento
para conseguir 958.000 francos suizos para que la Cruz Roja
de Bosnia y Herzegovina suministrara víveres, leña
y otros artículos a 30.000 retornados durante el invierno,
hizo también una rotunda advertencia. "El escaso
apoyo internacional de que disponemos ha provocado una profunda
deficiencia humanitaria y muchas personas que han regresado
se preguntan si permanecer en su lugar de origen es una decisión
acertada", señaló el representante en el
país, Frans Lommers. "En 2002, unas 7.000 personas
pidieron asilo en otros países".
Jusuf Oric era una de las personas a las que se intentaba
ayudar con el llamamiento. La primavera pasada, fue uno de
los primeros en volver, confiado en que recibiría la
ayuda esperada y dispuesto a vivir entre tanto en el cuarto
de baño de la planta baja, la única pieza de
su casa que no fue destruida por el conflicto. Limpió
y ordenó su parcela mientras esperaba. Ocho meses después,
cuando la nieve comenzó a blanquear el campo, seguía
esperando, pues junto con un incalculable número de
personas fue abandonado a su suerte. Por doquier las condiciones
son precarias, pero Srebrenica atraviesa un grave receso económico
debido al conflicto y toda la población se encuentra
en dificultades.
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Jusuf Oric delante de su casa destruida durante
la guerra en la ex Yugoslavia, es bien poco lo que le queda
al volver.
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Bogdana Pejic, de 72 años, saluda a Dragan
Damjanovic, miembro de la Cruz Roja. Las personas mayores son
uno de los grupos más vulnerables de esta región.
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Un viaje penoso
Se calcula que desde la firma del Acuerdo de Paz de Dayton,
efectuada a fines de 1995, han vuelto a su hogar en Bosnia
y Herzegovina unos 908.000 refugiados y desplazados, más
del 40% de las personas expulsadas durante el conflicto, lo
que refleja un ritmo acelerado de regresos; sólo en
2002, se habían registrado casi 81.000 regresos de
personas pertenecientes a las mino-rías a fines de
septiembre. Las organizaciones humanitarias creen que a fines
de este año se hallarán soluciones para la mayoría
de las personas que regresan, sea que vuelvan a su lugar de
origen, sea que se integren localmente.
Pero los fondos internacionales se están agotando.
Hay cada vez menos donantes, en un momento en que su apoyo
es primordial para los retornados, sobre todo para las minorías.
Las miserables condiciones de vida que aguardan a toda esta
gente en su lugar de origen podrían socavar el proceso
de retorno.
En el Informe sobre Desarrollo Humano 2002 para Bosnia y
Herzegovina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo,
se afirma que el proceso se ha visto perjudicado por una falta
de sinergia entre los refugiados y desplazados, las autoridades
locales y la comunidad internacional. Según se señala,
"cuando la comunidad internacional proporcionaba fondos
para el regreso, los gobiernos de las entidades hicieron todo
lo posible para entorpecer el proceso. Ahora que las relaciones
políticas han mejorado y que las que antes fueron potencias
comienzan a aceptar las nuevas realidades, parece que, desafortunadamente,
la comunidad internacional se retira".
Las normas jurídicas añaden más presión.
El retorno depende de que las personas tengan una vivienda,
pero en el masivo desplazamiento causado por el conflicto
las viviendas fueron ocupadas por terceros. Hoy en todo el
país se están aplicando a la letra las leyes
sobre la propiedad y se ha comenzado a restituir las viviendas
a sus dueños legítimos. Los desalojos son moneda
corriente. La ley es justa y necesaria pero entraña
no pocas consecuencias humanitarias. ¿Qué ocurre
con los desalojados? Los propietarios de casas que fueron
destruidas pueden quedar en la calle o verse obligados a vivir
en la miseria.
Las necesidades son manifestias. Desde Srebrenica, en el
este, hasta Glamoc, en el oeste, las comunidades de todo el
país muestran que el retorno al hogar puede resultar
un viaje muy penoso. La ruina económica, los altísimos
índices de desempleo y los sistemas de asistencia médica
y social destruidos ponen en peligro la vida de decenas de
miles de personas.
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La terrible suerte de los ancianos
El silencio se adueña del vasto y yermo paisaje, donde
antes prosperaba la agricultura, pastaba el ganado, y los
huertos y pastizales cubrían las gloriosas colinas;
los pueblos han sido quemados, saqueados y abandonados. Puede
que las personas estén volviendo, pero por kilómetros
y kilómetros no se encuentra ni un alma.
La aldea de Vagon, enclavada en una de las laderas del valle
de Glamoc en el extremo oeste del país, se yergue como
un caserío abandonado más. De repente se abrió
una puerta, un perro salió corriendo, y Bogdana Pejic,
una mujer de 72 años, se asomó. Llevaba dos
abrigos y dos pasamontañas de lana para aliviar un
dolor de oídos. Se acercó con paso inseguro
y preguntó: "¿Es usted de la Cruz Roja?
¿Está mi amigo allí?"
Bogdana ve a poca gente. En 1995, cuando las fuerzas croatas
invadieron la región huyó con otros habitantes
serbios. Fue la primera en volver; vivió sola durante
cuatro años en la aldea, aislada durante meses por
la nieve en los inclementes inviernos. Sobrevivió de
milagro.
El hombre al que llama su amigo es Dragan Damjanovic, secretario
de la Cruz Roja en Glamoc, una ciudad y municipalidad que
abarca mil kilómetros cuadrados del valle y unos 55
pueblitos rurales. Él se preocupa por Bogdana y, de
vez en cuando, pasa para ver cómo está, si tiene
comida y leña. A pesar de que ya no está sola
-en junio regresó una familia al caserío- Bogdana
sigue siendo vulnerable.
Damjanovic pasa las noches en vela, la realidad le impide
dormir. Todos los caminos llevan a la puerta de la Cruz Roja,
pero sus armarios a menudo están vacíos. La
situación de los ancianos es particularmente desesperada.
"Esta es una zona pobre", señala el secretario,
"y la mayoría de los retornados son de edad. Los
jóvenes emigran a otros lugares". Vuelven quizás
para liquidar algún negocio o vender bienes que la
ley les ha restituido. Pero luego se marchan, porque no tienen
ningún porvenir en Glamoc.
El dinero de los donantes podría ayudar. Hay signos
de recuperación. Los pequeños empresarios pueden
conseguir créditos; se ha abierto una pequeña
empresa textil. Pero donde antes de la guerra la población
superaba los 12.000 habitantes, hoy apenas llega a 4.000 y
el índice de desempleo ronda el 60%.
La Cruz Roja da prioridad a los que no reciben nada de otras
organizaciones, a los olvidados, a las personas que regresaron
donde ningún donante está dispuesto a reconstruir
y donde lo más probable es que no haya electricidad.
La red fue destruida durante el conflicto. Cuando llegó
el invierno al valle, Damjanovic empezó a distribuir
leña antes de que los caminos y senderos se volvieran
impracticables.
"Las necesidades aumentan y los recursos se hacen cada
vez más escasos. La gente necesita zapatos, ropa, camasy
colchones", afirma Damjanovic. Proporcionamos lo que
tenemos y tratamos de encontrar lo que nos falta. La gente
debe esperar, a veces unos días, a veces semanas, hasta
que conseguimos las cosas. No hay asistencia corriente para
los retornados. Dependemos de las donaciones especiales."
En Vagon, a Bogdana le gustaría tener una vaca. Tras
una pausa se encoge de hombros. "Yo sé, estoy
vieja y enferma y seguramente estaría muerta si no
fuera por Dragan. Pero no me moveré de aquí,
el hogar es el hogar y me he preparado para morir aquí".
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John Sparrow
Ex jefe de la división de comunicaciones de la Federación
en Budapest
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