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Conseguir La paz

por Bijoy Patro

Gracias a un programa de desarrollo, la Media Luna Roja de Bangladesh ha hecho frente al problema de la desconfianza que se ha arraigado profundamente en las comunidades divididas por dos décadas de conflicto.

Gracias a un programa de desarrollo, la Media Luna Roja de Bangladesh ha hecho frente al problema de la desconfianza que se ha arraigado profundamente en las comunidades divididas por dos décadas de conflicto.

La comunidad indígena me habría echado los perros encima”, dice Nasima Akhtar, una voluntaria de 22 años de la Media Luna Roja de Bangladesh. Nasima, de origen bengalí, que trabaja en las colinas de Chittagong, zona situada en el sudeste de Bangladesh. En esta región, la animadversión hacia Nasima y hacia la comunidad bengalí en general es la consecuencia de décadas de hostilidad entre ésta y los chakmas y los marmas, pueblos tribales del lugar.

Los problemas comenzaron en 1971, cuando Bangladesh, se independizó. Los jefes tribales cuentan que se reconciliaron para vivir como parte de la nueva nación pero afirman que su estilo de vida se vio amenazado por la llegada de inmigrantes, en especial bengalíes, que superaban en número a la población tribal. Los rebeldes tribales lucharon contra el Gobierno de Bangladesh por su autonomía. Más de 8.000 personas perdieron la vida en el conflicto.

En 1997, se firmó un histórico tratado de paz entre el Gobierno y los rebeldes. Unas 50.000 personas regresaron para recuperar sus casas dejando a otras, de la comunidad bengalí, en la incertidumbre respecto de su porvenir.

Lograr un acercamiento

En 2000, la Media Luna Roja de Bangladesh, con el apoyo de la Federación Internacional, inició el programa de desarrollo en las colinas de Chittagong. Este programa forma parte del Proyecto de Capacidades Locales para la Paz de la Federación Internacional.

Al principio, las viejas hostilidades pusieron a prueba a los organizadores. Mihar Kimar Das, jefe del programa, que ayudó a distribuir socorros después de las inundaciones de 1983, recuerda el rencor que se tienen las comunidades.

Das opina que si bien el acuerdo de paz permitió entablar el diálogo entre las comunidades, el programa de desarrollo contribuyó a acelerar el proceso. Esto es palpable –agrega- si se compara las buenas relaciones que existen entre los habitantes que participan en el proyecto con lo que ocurre en otras zonas.

Esto evidencia también la importante contribución que puede hacer el Movimiento para unir a comunidades divididas. Como aclara Das “Aunque muchas organizaciones de desarrollo locales e internacionales deseaban trabajar en la zona, fueron pocas las que hicieron algo realmente. Sin embargo, la Media Luna Roja de Bangladesh, de conformidad con su cometido humanitario, formuló un plan y lo puso en práctica”.

 
BIJOY PATRO / Federación Internacional
Los voluntarios de la Media Luna Roja de Bangladesh trabajan en las colinas de Chittagong para asistir a la población vulnerable y acercar a las comunidades divididas.
Fomentar los medios de subsistencia

El programa tenía por objetivo prestar servicios para mejorar la vida de algunas de las personas más vulnerables de la región e incluyó desde el acceso al agua potable hasta los proyectos generadores de ingresos.

Pronto se hizo palpable que el programa sirvió de puente entre las comunidades para iniciar el diálogo y compartir. Como señalan Nasima y su colega Masanu, del pueblo tribal rakhain, las comunidades han hecho un esfuerzo enorme.

Los colaboradores de la Media Luna Roja lograron vencer las acusaciones de favoritismo haciendo hincapié en los Principios Fundamentales del Movimiento, particularmente los de imparcialidad y neutralidad.

Aong Prue, voluntario marma supervisor del programa de desarrollo en Rangamati, explica “nos podrían haber acusado de favorecer a una comunidad más que a otra cuando se trató de prestar ayuda. Fue útil hacer tomar conciencia a las personas de los Principios Fundamentales”, y añadió “era importante promover los Principios Fundamentales, pero también era indispensable que no mostrásemos ninguna parcialidad al elegir a los beneficiarios. Nuestra labor consistió en ayudar a los más necesitados”.

En consecuencia, durante los últimos tres años del proyecto, cada una de las 45 familias beneficiarias había reembolsado el préstamo.

En un comienzo las disputas surgían por naderías y para limar las diferencias se necesitaba tiempo. Maklasur Rahman, voluntario de la Media Luna Roja en la aldea de Goaliakhola Para explica: “Como los fondos prestados eran escasos, sólo tres o cuatro personas a la vez tenían derecho al préstamo. Esto significaba que muchas otras tenían que esperar. Si algun miembro de otra comunidad no devolvía el dinero incluso por motivos comprensibles- la espera se prolongaba para todos y las relaciones entre las comunidades podían ponerse tensas”.

Hoy no sucede lo mismo. Lejos de acusarse unos a otros de hacer trampas o mentir, todos los participantes en el programa se toman el tiempo necesario para escucharse y entenderse.

Hay muchos ejemplos del creciente espíritu comunitario que se crea entre antiguos enemigos por influjo del programa. Abdul Rahman, un bengalí que vive en Bhua Chari, distrito de Khagrachari, se convirtió en cultivador de jengibre gracias a un pequeño préstamo. Visitó a Marasan, un marma, para saber cómo se las ingeniaba para ganar dinero cultivando jengibre. Asimismo, tres bengalíes instalados en Goaliakhola Para pidieron a los marmas que les enseñaran a cultivar pepinos.

El programa de generación de ingresos de la Media Luna Roja ha sustituido al prestamista local que cobraba un elevado interés. Los beneficiarios pagan una comisión por servicio fija del 5% pero no intereses. El proyecto tiene tanta aceptación que los beneficiarios han pedido al personal y a los voluntarios de la Media Luna Roja que aumenten la cantidad de dinero para que puedan beneficiarse más personas.

Los lazos entre los miembros de la comunidad siguen estrechándose. Las visitas a domicilio que efectúan los voluntarios también han contribuido a consolidar estos lazos entre las comunidades Los voluntarios de la Media Luna Roja han cobrado también una gran popularidad, a tal punto que seis de ellos fueron nombrados por sus comunidades para representarles en los consejos locales. “Aplico los principios de la Cruz Roja y la Media Luna Roja en cada cosa que hago”, comenta Pak Dir Bom de Lima Para, Bandarban, hoy miembro del consejo local.

Cambio de actitud

El efecto humanitario que ha tenido el programa en la vida de los beneficiarios quedó ejemplificado a principios de este año cuando millones de habitantes del norte de Bangladesh se vieron afectados por una intensa ola de frío.

La Media Luna Roja de Bangladesh pidió a los bom, una tribu conocida por su gran habilidad en el tejido de mantas, que las suministraran para los damnificados. Obaidur Rahman, secretario general de la Sociedad Nacional, observa que este hecho jamás hubiera sucedido antes debido a lo hostiles que eran las relaciones.

“Debemos dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro. La Media Luna Roja ha demostrado que puede contribuir de manera positiva a restablecer la armonía”, destaca Ushattom Talukdar, vicepresidente de la filial local de la Sociedad Nacional.

Maklasur Rahman considera que el programa ha favorecido la tolerancia entre las comunidades. “En los últimos tres años hemos observado un cambio importante en el comportamiento de las personas, en sus reacciones. Hay sin duda más tolerancia”, afirma.

Alex Wynter /
Federación Internacional


Una niña de la tribu bom prepara lotes de mantas para las víctimas de una ola de frío en el norte de Bangladesh. Antes del programa de desarrollo en las colinas de Chittagong, este tipo de ayuda habría sido inconcebible entre estas comunidades que eran hostiles.
     


Bijoy Patro
Delegado regional de información de la Federación Internacional en Nueva Delhi.



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