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Perdidos en la transición

Enclavado entre Europa y Rusia, Ucrania es un país convulsionado por los graves problemas económicos, una corrupción generalizada, las tensiones intestinas y el desmoronamiento de los servicios públicos. Los grupos vulnerables, como los ancianos y los tártaros, luchan por subsistir en estos tiempos de incertidumbre. La Cruz Roja de Ucrania, con el respaldo del CICR, les presta servicios médicos esenciales.


Una paciente es atendida en el puesto de primeros auxilios de Sari Bash, Crimea.
©Thierry Gassmann / CICR

‘‘NO hay ni agua ni calefacción pero por lo menos tenemos paz y quietud", dice Susana, una enfermera auxiliar del puesto de primeros auxilios de Sari Bash. Sería muy difícil hallar un lugar más aislado que Sari Bash, un pueblo perdido en las estepas de Crimea, adonde el agua llega en camión-cisterna a cambio de dinero. Una alcaldía integrada por mujeres de etnia tártara administra el pueblo. "Nuestros hombres emigraron a las ciudades en busca de trabajo, pero muchos de ellos nunca más volvieron porque encontraron a otras mujeres". En Sari Bash –una antigua granja colectiva de la era soviética– los tártaros componen casi el 80 por ciento de los casi 200.000 habitantes, para quienes el futuro es incierto.

De origen turco, descendientes de los mongoles de la Horda de Oro, los tártaros han vivido una turbulenta historia. Acusados por Stalin de colaborar con el enemigo durante la II Guerra Mundial, los tártaros de Crimea fueron deportados a Uzbekistán en mayo de 1944. Muchos murieron en este éxodo forzado. Hace doce años, unos 250.000 tártaros regresaron a sus tierras ancestrales en Crimea, aunque muchos de ellos tuvieron que reasentarse en zonas escasamente pobladas lejos del extremo meridional más rico de la península de donde son oriundos.

A pesar de algunas mejoras materiales recientes, los tártaros viven en penosas condiciones. La población se reduce en muchas de las zonas reasentadas, lo que induce a Mustapha, un médico de Krylovka que volvió de Uzbekistán en 1989, a decir "... ¡dentro de 50 años ya no habrá tártaros!" La broma trasluce el temor a la asimilación –los matrimonios mixtos entre tártaros y rusos o ucranianos aumentan– de quienes vivieron el trauma de la deportación.

Una red de solidaridad

Desde fines de los años ochenta, cuando estaba en pleno auge la perestroïka, el regreso de los tártaros a Crimea provocó violentas tensiones entre ellos y la comunidad rusa local. "Los tártaros volvieron a Crimea en el peor momento, cuando la economía ucraniana se vino abajo", asegura Paul-Henri Arni, delegado regional del CICR en Kiev. Como el número de personas afectadas por la pobreza aumentó tras el desmoronamiento de la Unión Soviética y la transición a una economía de mercado, se intensificó la competencia por los pocos servicios públicos aún disponibles, particularmente en el ámbito de la salud.

Para ayudar a resolver algunas dificultades, en 1998, la Cruz Roja de Ucrania, en cooperación con el CICR, estableció puestos de primeros auxilios en unos 30 poblados de Crimea, que han sido los únicos servicios de salud accesibles a las comunidades aisladas.

La Sociedad Nacional y el CICR les suministran equipos médicos y medicamentos esenciales, permitiéndoles así detectar toda una serie de afecciones y, cuando es necesario, tratarlas.

Este programa es también un antídoto para la soledad omnipresente. Después de 70 años de exilio en Uzbekistán, Medina, de 84 años vive sola en Sari Bash y recibe periódicamente la visita de una enfermera a domicilio que trabaja en el puesto de primeros auxilios. Con el deterioro progresivo de la protección sanitaria y social prestada con anterioridad por el Estado, estas consultas son la única atención de salud que recibe la mayoría de los beneficiarios. En 2004, se prestó tratamiento a 19.400 pacientes, entre ellos 2.060 niños.

Más allá de las nuevas fronteras

©Joe Lowry / Federacion Internacionale
LA posición de Ucrania a las puertas de la Unión Europea (UE) ampliada ha puesto de relieve un gran número de problemas socioeconómicos. Limítrofe de tres nuevos Estados miembros de la UE, el país es a la vez lugar de origen y de tránsito de los migrantes que aspiran a una vida mejor. La mentalidad conservadora "oficial" junto con un comportamiento sexual liberalizado y un elevado consumo de drogas inyectables ha dado lugar a un preocupante aumento del número de nuevas infecciones por VIH/SIDA (la Alianza Mundial señala que el SIDA es la crisis que más gravemente ha aquejado al país desde la II Guerra Mundial). La tuberculosis sigue siendo una amenaza como lo son los crudos inviernos. La pobreza absoluta es endémica en los poblados y las barriadas de las ciudades, mientras la contaminación de la tierra producida por el desastre de Chernóbil sigue siendo el objetivo de un llamamiento de largo plazo de la Federación Internacional.

Frente a este cuadro sombrío, la Cruz Roja de Ucrania se esfuerza por seguir adelante, aceptando que los donantes ya no tienen interés en los programas de socorro de gran escala y convirtiéndose ella misma en proveedora de servicios y conocimientos para sus filiales. Por primera vez, el llamamiento anual de la Federación Internacional en favor de Ucrania abarca un proyecto de creación de recursos, destinado a generar fondos en el país y a través de un sitio web modernizado.

Las enfermeras visitadoras recibirán una formación para poder dispensar también asesoramiento jurídico sobre los derechos sociales. Además, la Sociedad Nacional celebra una pequeña victoria al recibir una respuesta positiva a su solicitud de subsidio presentada al Fondo Mundial de lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, gracias a lo cual estas enfermeras podrán asesorar y apoyar a las personas enfermas de SIDA obligadas a quedarse en su casa.

En el marco de otro programa innovador, se recabará información sobre el tráfico de personas para la industria de "cabareteras" en el occidente y otros trabajadores indocumentados. Existen ambiciosos planes destinados a dar un empleo a las mujeres objeto de tráfico y un lugar seguro donde prepararlas para reintegrarse en sus comunidades.

En las escuelas de todo el país, los jóvenes voluntarios de la Cruz Roja informan a los jóvenes sobre el VIH y el SIDA, explicándoles abiertamente el uso de preservativos y el peligro de consumir drogas inyectables. En Zaparozhe, una ciudad muy industrializada, los trabajadores de la Cruz Roja se han asociado al proyecto Esperanza y a los choferes de taxis para distribuir agujas limpias a los consumidores de drogas expuestos, como anticipo de más actividades de reducción del daño.

Pese a estas nuevas orientaciones, subsisten las necesidades tradicionales. En una filial de la Cruz Roja que visitamos, María, una viuda de 68 años, llora en silencio. La transición social ha sido dura con ella: un hijo que acaba de morir de neumonía, a la edad de 40 años, y una hija discapacitada que ayudar, con apenas 50 dólares mensuales. "La Cruz Roja me ha ayudado un poco. Me preocupa el futuro. ¿Qué se puede hacer?"

Una emergencia permanente

Los tártaros no son los únicos que padecen de los trastornos que ocasionó la disolución de la Unión Soviética. "Hace tiempo que dura la crisis", destaca Ivan I. Usichenko, presidente de la Cruz Roja de Ucrania. "En unos años, quizás, nuestros servicios ya no se necesiten, pero por el momento la emergencia [social y médica] existe aún".

En todo el país las condiciones de vida se han agravado y el mercado laboral ha disminuido como consecuencia del desmantelamiento del sistema agrícola soviético. Muchas personas se han mudado a otros sitios en busca de trabajo en la capital Kiev o en Polonia. Para otros, principalmente los ancianos y los jubilados, es medio tarde para empezar de nuevo. Con una pensión media de unos 30 dólares por mes, apenas les alcanza para comer y comprar lo básico. La atención médica, otrora gratuita, hoy es demasiado cara y los ancianos han quedado abandonados a su suerte.

En Dmitrovka, en la región de Sovetsky (Crimea), la granja colectiva "Friedrich Engels" fue cerrada hace un año. Para los 1.200 habitantes, de los cuales un tercio son jubilados, el cierre fue a la vez brutal y doloroso.

La Cruz Roja de Ucrania es muy consciente de esta realidad. En los últimos tres años, ha abierto más de 500 centros de asistencia sanitaria y social. Los voluntarios que trabajan en ellos, en su mayoría mujeres muy motivadas, prestan primeros auxilios, asistencia preventiva y atención primaria de salud, distribuyen ropa y organizan salidas y conciertos para los ancianos. "Me da gusto ver lo que la Cruz Roja está haciendo por las personas de edad en el distrito, especialmente la buena idea de ofrecerles un baño sauna una vez a la semana", comenta Vladimir Abisov, alcalde de Krasnoperekopsk. Para las personas vulnerables a las que asiste, la Cruz Roja de Ucrania es algo así como un sauna suave y cálido. Otros lo comparan con un oasis en el desierto. ¿Sauna u oasis? Seguramente, un poco de ambas cosas...

 


Jean-François Berger
Redactor para el CICR de Cruz Roja, Media Luna Roja.


Galería fotográfica sobre Ucrania www.icrc.org


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