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El paso destructor de Katrina

El huracán Katrina ha sido una de las tormentas más devastadoras de la historia de Estados Unidos. La Cruz Roja Americana nunca había movilizado tal cantidad de recursos para una sola catástrofe. Los estados más castigados por el huracán fueron Luisiana, Mississippi y Alabama, en particular la ciudad de Nueva Orleans.

El 28 de agosto era como cualquier otro domingo en Ocean Springs, Mississippi, en la costa del Golfo. Los residentes de la pintoresca ciudad se encontraban en sus ocupaciones dominicales habituales y no se imaginaban siquiera lo que se cernía en el horizonte. El huracán Katrina con sus vientos de 280 km por hora estaba a unas pocas horas de distancia.

Matthew Patillo tiene 76 años. Él y su esposa viven en Ocean Springs desde 1947. Estaba carpinteando en el cobertizo de su casa, construida en 1951. “No recuerdo cuántas tormentas ha resistido esta vieja casa. Lo único que espero es que resista una más”, cuenta. “Queríamos quedarnos aquí, como siempre, pero nuestros hijos insistieron en que nos fuéramos a su casa donde íbamos a estar más seguros”.

Centenas de miles de personas evacuaron las ciudades situadas a lo largo de la costa del Golfo aunque algunos decidieron quedarse. Durante la noche y al día siguiente, estas comunidades se verían arrasadas por el huracán Katrina, que se convertiría en el temporal más devastador de la historia del país.

Ocean Springs y las ciudades vecinas como Biloxi y Gulfport fueron las más golpeadas. A casi 160 km al oeste, la ciudad de Nueva Orleáns exhalaba un gran suspiro de alivio. La consabida suerte de Nueva Orleans, que ha permitido a la urbe sobrevivir a tormentas catastróficas en el pasado, nuevamente parecía haberla protegido. Katrina, que se dirigía directamente a Nueva Orleans, hizo un viraje de último minuto hacia el este, preservando así a la ciudad de ser azotada como el resto del litoral de Mississippi. Aunque los daños fueron grandes, los diques que contienen las aguas del lago Pontchartrain hacia el este y del río Mississippi hacia el oeste, soportaron la tormenta. Sin embargo, en la madrugada del martes 30 de agosto, se informó que el nivel de las aguas empezaba a subir en las calles de Nueva Orleans. Mientras la gente se apiñaba en el estadio del Superdome o dormía en su cama pensando que lo peor ya había pasado, las aguas del lago Pontchartrain empezaron a llenar la ciudad. En la mañana, el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin, estimó que el 80 por ciento de la ciudad estaba inundada. El nivel del agua siguió subiendo y dos días después igualaba el del lago. La inundación de la ciudad, que cuenta con más de un millón de habitantes, llevó a la mayor migración forzada de Estados Unidos desde la guerra civil de 1860.

En total, los daños causados por el huracán se extendían por todo el sudeste de Estados Unidos abarcando una superficie de 233.000 km cuadrados, aproximadamente el tamaño de Gran Bretaña.


El puente que une Ocean Springs con Biloxi, Mississippi, fue destruido por los fuertes vientos y las olas. Todos los caminos que van a Biloxi quedaron deshechos o bajo el agua.
©Gene Dailey / Cruz Roja Americana


Las personas evacuadas por el huracán Katrina se apiñan en el centro del Astrodomo en Houston, Texas.
©REUTERS / Richard Carson, Cortesíade www.alertnet.org

La respuesta de la Cruz Roja Americana

Los vientos huracanados corrieron sostenidamente a 130 km por hora, haciendo vibrar ventanas, echando abajo las líneas eléctricas y provocando cortes de luz en un millón cuatrocientos mil hogares. La tormenta dejó a su paso una estela de escombros. Las filiales de la Cruz Roja abrieron de inmediato refugios en distintos puntos de la zona para albergar evacuados, suministraron víveres y agua potable y reconfortaron a la gente. A medida que el huracán Katrina se intensificaba en las cálidas aguas del Golfo de México, la Cruz Roja Americana puso en marcha lo que se transformaría en la mayor operación en casos de desastre de la historia de la organización. Inicialmente más de 1.900 voluntarios fueron movilizados junto con toda la flotilla de vehículos de emergencia. En coordinación con grupos religiosos, se instalaron 15 cocinas y se alistaron diez más por si hubiera sido necesario, con una capacidad para producir 500.000 comidas calientes por día. Estos y otros medios se pusieron a disposición en las zonas seguras para prestar más socorro inmediato tras el paso de la tormenta.

Después de que se diera la orden de evacuar las áreas afectadas, se abrieron más de 200 refugios con capacidad para cobijar a miles de residentes y turistas que huyeron en la tarde en que se divisó el huracán. “Estamos preparados para afrontar cualquier nivel de catástrofe”, declaró Lois Grady-Wesbecher, responsable del Centro de operaciones en caso de desastre de la sede de la Cruz Roja Americana. Se trabajó incansablemente para aprontar la respuesta. Diez días después de que el huracán Katrina se avistara por segunda vez, la Cruz Roja había abierto 707 refugios y centros de evacuación en 46 estados y había dado cobijo a cientos de miles de personas.

Desde el 14 de septiembre, la Sociedad Nacional estadounidense había servido más de 8,4 millones de platos de comida y más de 6,6 millones de refrigerios a las víctimas de la catástrofe y los socorristas. Además, se prestaron servicios a decenas de miles de personas por medio de 249 vehículos de respuesta de emergencia en Luisiana, Mississippi y Alabama. Esta extraordinaria prestación de servicios fue posible gracias a los más de 5.000 colaboradores especialmente formados y a los miles de voluntarios de la Cruz Roja Americana, que también recibió el apoyo de Sociedades Nacionales del mundo entero. Unos 150 expertos internacionales en desastres del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja fueron enviados a Estados Unidos para respaldar la operación de la Cruz Roja Americana en el terreno. Otras Sociedades Nacionales organizaron campañas de colecta de fondos, activaron sus servicios de restablecimiento del contacto entre familiares o enviaron dinero en apoyo de esta masiva operación.

“La Cruz Roja Americana está sumamente agradecida por la rápida ayuda prestada por nuestros asociados internacionales”, apunta Marsha J. Evans, presidenta y directora general de la Sociedad Nacional. “Tal como para el maremoto del año pasado, se ha demostrado la capacidad única del Movimiento para llegar a todos los rincones del planeta y brindar socorro dondequiera que se necesite”. Gracias a la generosidad no sólo de la población estadounidense, sino también de la gente y las Sociedades Nacionales de todo el mundo, las donaciones y las promesas han sido enormes. Dos semanas después de Katrina, se habían recibido más de 653,4 millones de dólares estadounidenses.

La operación de la Cruz Roja Americana en cifras

• Más de 100.000 voluntarios y miembros del personal
• Más de 2 millones de noches de alojamiento en 900 refugios de la Cruz Roja
• Asignación de fondos de emergencia para 54.000 personas
• Más de 8,5 millones de comidas calientes y 6,6 millones de refrigerios servidos en las dos primeras semanas

Innovación de la Cruz Roja

Debido a la magnitud del desastre y al número de desplazados internos y de otras víctimas, la Cruz Roja Americana ideó nuevas formas de atender a las necesidades urgentes. Estableció un programa de viviendas temporales para las decenas de miles de evacuados que no tenían alojamiento.

Dos semanas después del huracán muchas personas hacen frente a una crisis de vivienda. Según señala Michael Brackney, responsable de programas de servicio al cliente para la Cruz Roja Americana, en lugar de desarraigar nuevamente a todas estas personas y alojarlas en un refugio, los asociados del gobierno y de la Cruz Roja han decidido costear los gastos de alojamiento en hoteles y financiarlos hasta que estas personas dispongan de otra vivienda. Este programa permite a las personas ya traumatizadas por la pérdida de su hogar y de su comunidad quedarse en un lugar donde se sienten seguras y protegidas. La Cruz Roja está haciendo lo posible por establecer un sistema integral para obtener asistencia financiera para cada víctima del huracán lo antes posible. La asistencia es recibida a través de una tarjeta magnética, similar a una tarjeta de débito, que se distribuyó a cada víctima en los refugios y a través de las filiales de la Cruz Roja en las ciudades donde se había instalado a las víctimas. La asistencia financiera de emergencia de la Cruz Roja Americana tiene por objeto ayudar a los damnificados hasta que se pueda disponer de la asistencia federal y estatal. La Cruz Roja Americana ha instalado también computadoras en sus refugios para acelerar la tarea tediosa pero esencial de registrar los datos de todos los residentes de esos centros. “Nos empeñamos constantemente en encontrar las tecnologías más innovadoras para ayudar a la gente con mayor rapidez y eficacia”, asegura Steve Cooper, responsable de información de la Sociedad Nacional estadounidense.

Gracias a la información recogida sobre cada residente de los refugios, la Cruz Roja Americana podrá dar a conocer los datos electrónicamente de manera interna y a otras organizaciones de socorro. Las personas no tendrán necesidad de volver a registrarse en la Cruz Roja o en otras organizaciones con fines de asistencia. La Sociedad Nacional se ha asociado también con el CICR para ayudar a los desplazados y a quienes buscan a sus seres queridos. Se ha activado el sitio web Family Links, que administra el CICR. Al 14 de septiembre, se habían registrado los datos de más de 193.000 personas. Mientras las comunicaciones quedaron interrumpidas en muchas zonas tras el huracán, este sitio permitió a las personas afectadas reunirse con sus familiares dispersos y dar noticias a sus seres queridos.

La Cruz Roja ha iniciado una campaña para reclutar a 40.000 nuevos voluntarios para fines de noviembre. Se prevé que estos voluntarios participen directamente en la labor de socorro y releven a los equipos que han estado trabajando desde un comienzo. Más tarde seguirán prestando servicios comunitarios y en casos de desastre en las filiales de la Cruz Roja Americana. El caso de un voluntario encarna perfectamente el espíritu del Movimiento. José Felipe Garrido Escudero, madrileño de 21 años, había pasado el verano visitando a un amigo en Hattiesburg, Mississippi, y tenía que dejar Nueva Orleans al día siguiente de producirse la catástrofe. Bloqueado por el huracán Katrina, declinó el ofrecimiento de la embajada española para volver a su patria y prefirió quedarse para echar mano a la Cruz Roja Americana en sus esfuerzos de socorro pues la destrucción y el sufrimiento que vio conmovieron su corazón.


Albergue de la Cruz Roja en Birmingham, Alabama.
©Hector EManuel /
Cruz Roja Americana


Nietsche Grant, evacuada de Nueva Orleans, y su hijo de dos años, Townsend, acaban de recibir una tarjeta de débito de la Cruz Roja, 9 de septiembre de 2005.
©REUTERS / Richard Carson, Cortesíade www.alertnet.org

Seguir adelante

La Cruz Roja Americana estima que el huracán Katrina costará más de 1.000 millones de dólares. Este desastre sin precedentes requiere una respuesta valerosa y la Cruz Roja se irá adaptando a las necesidades de la población afectada.

“Ya se trate de un campesino de Etiopía, un pescador de Sri Lanka, un dueño de restaurante de Nueva Orleáns o un médico de Bam, la prioridad para las víctimas es restablecer sus medios de subsistencia y recuperar el control de su vida”, afirma Iain Logan, enlace de la Federación Internacional en el centro de coordinación internacional de la Organización de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional en Arlington, Virginia.

“Pero, la recuperación tras un desastre no debería consistir simplemente en la restauración de los medios de subsistencia y de la infraestructura existentes previamente. Sino que deber ser una oportunidad de mejorar las políticas de desarrollo para construir de nuevo y mejor y fortalecer la fe y la confianza individual”, destaca el responsable. El trabajo acaba de iniciarse. La labor de recuperación de las personas será todavía mayor. La Cruz Roja Americana está centrando todos sus recursos en la fase de emergencia, que durará por lo menos 90 días, luego se dedicará, con el gobierno y los asociados comunitarios, a las necesidades de más largo plazo.

Marissa Mahoney y Eva M. Calvo
Eva M. Calvo es encargada de prensa de la Federación Internacional en Ginebra y Marissa Mahoney es encargada de prensa de la Cruz Roja Americana en Washington DC.

 

“Ni siquiera tuve tiempo de despedirme”

Lydia Breen vivía en Argel, uno de los barrios más antiguos de Nueva Orleans. Fue desarraigada junto con miles de otras personas. A continuación, hace una descripción de los días que siguieron al huracán.

Solían decir que nuestra cuadra era la mejor del barrio. En el jardín delante de mi casa se cultivaban finas hierbas para toda la comunidad. Los vecinos de al lado de mi casa siempre mantenían una caja de galletas a mano para los perros que pasaban.

Por las noches, nos juntábamos en el cobertizo de algún vecino para contar cuentos al verdadero estilo del sur —divertidos, excéntricos, alegres. Cuando estaba enferma, siempre había alguien que me ofrecía un plato de sopa de pollo.

Pero todo eso ha cambiado ahora. Las líneas eléctricas y los árboles caídos llenan las calles. A las casas les falta el techo. Las macetas de fl ores quedaron destrozadas. Los vidrios rotos están por doquier. A diferencia de otros barrios, el nuestro no estaba inundado, no se habían producido incendios o explosiones de gas. Pero había desesperación, miedo y dolor. Inmediatamente después del huracán, los saqueadores se adueñaron de las calles. Los vecinos eran amenazados a punta de pistola, los coches secuestrados y las casas robadas.

Cuando se dio la orden de evacuar, el día antes de que azotara el huracán, algunas personas de mi cuadra no quisieron irse. Otros se quedaron atrás pues no les quedaba más remedio. Muchos de los que se quedaron no tenían coche, ni dinero para comprar un boleto para irse. Yo era de una de esas personas. Sin transporte, consideré qué opciones tenía si se producía un violento huracán. El Superdome ni hablar, la sola idea de pasar el temporal con miles de otras personas me daba claustrofobia. Decidí pues parapetarme en mi casa y esperar que amainara la tormenta. Pero los pronósticos se hicieron cada vez más alarmantes. “Esto no es una prueba”, declaró el alcalde de Nueva Orleans, Ray Nagin. Después de escucharlo supe que tenía que irme. Una joven pareja del barrio con un bebé, un niño de cinco años y un perro, me ofreció un lugar en su coche. Sin Stephanie y Aaron no sé lo que hubiera hecho.

Pasamos la noche en una casa con varios parientes de Aaron, a 65 km al norte de Nueva
Orleans. Cuando el huracán pasó donde estábamos, arrancó de cuajo árboles de 20 metros de altura. Los postes telefónicos se rompieron como palitos de fósforo. Nosotros sobrevivimos pero las noticias de las secuelas eran aterradoras: los diques habían cedido, las calles de Nueva Orleans estaban sumergidas bajo el agua.

En el sur de Luisiana, desaparecieron condados enteros. No había ni luz ni agua, hacía calor y estaba húmedo.

Las condiciones sanitarias se fueron deteriorando rápidamente. Había llegado el momento de tomar rumbo hacia el norte. Las elevadas temperaturas y las largas colas en las estaciones de gas pusieron a prueba nuestra paciencia, como también las desesperadas y precarias condiciones de quienes habían quedado atrás. No podía dejar de pensar que podría haber sido yo. Encontramos ayuda en el camino. En Tupelo, Mississipi, la Cruz Roja nos dio víveres, ropa, pañales para el bebé y un juguete para el niño de cinco años. No hubo necesidad de rellenar formularios interminables: con nuestro permiso de manejar bastó. En el condado de Loundon, la filial de Virginia de la Cruz Roja me dio una tarjeta de débito con 350 dólares para ayudarme durante mi viaje. Puedo utilizarla según lo estime necesario.

©Bradley Hague / Cruz Rojan AmericanaEn cuanto a los vecinos ya evacuados, la mayoría sigue adelante con su vida. Algunos han sido reinstalados por sus empresas. Se han mudado a otros estados y han inscrito a sus hijos en la escuela. Otros están a la expectativa, repartidos en todo el país alojándose con familiares y amigos. A muchos de ellos no los veré nunca más. “Desafortunadamente no pude despedirme de ellos; desearles buena suerte; decirles que les vaya bien”.

 

Lydia Breen es escritora independiente y productora audiovisual en Nueva Orleans.

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