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Primeros auxilios en Papua Nueva Guinea

¿Cómo dirigirse a jóvenes desempleados cuya trayectoria se ha visto marcada por la delincuencia? Dos líderes de la Cruz Roja de Papua Nueva Guinea tuvieron la idea de entrar en unos asentamientos donde ninguna otra organización humanitaria se atrevía. El resultado es un grupo de socorristas comprometidos que están cambiando su propia vida y la de las personas que los rodean.

En el nuevo centro juvenil hay ocho muchachos sentados en el suelo; en una de las paredes se ven unos afiches sobre primeros auxilios y la lucha contra el V IH/SIDA. A fuera la vida bulle en el colorido mercado de Koki en Port Moresby.

A los jóvenes les da vergüenza hablar y lo hacen en un tono suave y respetuoso. Sin embargo, muchos de estos mismos muchachos, quizás algunos de los allí presentes, como lo dieron a entender un par de ellos, son temidos en las calles de la capital de Papua Nueva Guinea.

Port Moresby parece una ciudad sitiada. Muchas propiedades están ubicadas en recintos custodiados, los hoteles están rodeados de sólidas rejas coronadas con alambradas y se desaconseja rondar por allí incluso de día. Circundan la capital unas comunidades de ocupantes ilegales notoriamente peligrosas, llamadas asentamientos, algunos de ellos instalados hace más de 40 años y otros más nuevos que no cesan de surgir por doquier. Hasta el 60% de la población de Port Moresby vive ahora en esos asentamientos, debido a la migración de campesinos hacia las zonas urbanas costeras en busca de trabajo y de una vida mejor a menudo inalcanzable.


Konio Nori y Lyndreah Billy (arriba) de la Cruz Roja de Papua Nueva Guinea, se atrevieron a entrar en los barrios desfavorecidos y movilizar a los jóvenes desempleados. Hoy, actividades de la Cruz Roja como la formación en primeros auxilios ayudan a romper barreras entre las tribus y entre los jóvenes y el resto de la sociedad.
©las fotos:Cruz Roja de Papua Nueva Guinea

«Antes éramos individuos, hoy somos una familia»

 

El nivel de desempleo se mantiene elevado, el 80% de la población habitualmente no tiene un empleo y hay poco trabajo para los jóvenes. No es nada sorprendente, pues, que muchos de ellos se sientan atraídos por las raskols, nombre que se da a las bandas rivales, diferenciadas por el origen tribal, que deambulan por las calles amenazando a lugareños y visitantes por igual. En una sociedad donde las posibilidades de obtener ingresos son limitadas, la delincuencia oportunista es ama y señora y se hace más y más violenta. Muchas personas relatan historias de emboscadas armadas, robos u otras situaciones peores.

Una de ellas es Konio Nori, encargada de programas de primeros auxilios en la Cruz Roja de Papua Nueva Guinea. En gran medida es gracias a Konio y su colega Lindera Billy, encargada de programas de la juventud de la Cruz Roja, que estos jóvenes de los asentamientos han hallado una razón de vivir y ahora se ocupan de salvar vidas.

«Al principio nos daba miedo a nosotras también», admite Konio a quien le tocó ver de cerca la violencia. «Éstas son zonas peligrosas y como mujeres éramos particularmente vulnerables. Pero queríamos llegar hasta los jóvenes que habían finalizado sus estudios secundarios en los asentamientos y ofrecerles algo concreto.»

Ante el problema recurrente de retener a los voluntarios a que se habían enfrentado las filiales de la Cruz Roja, un joven coordinador sugirió la idea de dirigirse a jóvenes llenos de energía y con mucho tiempo libre que habían finalizado la escuela. En febrero de 2005, la Cruz Roja encontró en los asentamientos un grupo de jóvenes que podían ser voluntarios. Konio Nori y Lyndreah Billy se las arreglaron para entrar en esas zonas de muy difícil acceso y fomentar la con- fianza mutua. Así fue como se impartió el primer curso de primeros auxilios, que duró tres días, para un total de 200 jóvenes. El curso fue sumamente positivo.

 


«Ninguna otra organización había llegado al corazón de esas zonas», asegura Jasper Touna de la manzana 12 del asentamiento Nine Mile y añade: «En más de diez años jamás una organización gubernamental o no gubernamental había organizado para los jóvenes un curso de esos en Nine Mile. La Cruz Roja de Papua Nueva Guinea nos ha brindado esa oportunidad y estamos agradecidos por eta asociación y por el interés que esta organización ha demostrado por nosotros.»

La Cruz Roja seleccionó a algunos de los nuevos socorristas para participar en otros cursos, que culminaron con uno comunitario de cinco días para instructores en primeros auxilios destinado a 19 participantes que se destacaron por su compromiso, sus intervenciones y sus dotes de mando.

Uno de ellos era Philip, el presidente recién elegido del centro juvenil de Koki, que reúne ya a 40 jóvenes, muchos de los cuales antes dormían en las calles. Se encargaron de limpiar a fondo el centro, que hoy se ha convertido en su hogar.

«Antes éramos individuos, hoy somos una familia», dice uno de los muchachos reunidos.

Incluso han comenzado a aprender a cocinar, algo totalmente inusitado en esta sociedad machista, en la que los hombres se llevan incontestablemente «la parte del león», afirma con picardía Konio. Y han recibido, desde luego, una formación en primeros auxilios.

«Cuando oímos hablar de la formación en primeros auxilios de la Cruz Roja nos llamó la atención. Decidimos que queríamos salvar vidas», explica Philip en su estilo suave. Los demás muchachos asintieron. «No éramos nadie y la Cruz Roja nos rescató», cuenta visiblemente emocionado.

«Es difícil decirles gracias a ellos. Nos han dado una dirección para hacer algo. Ahora debemos tratar de ver lo bueno de nuestra sociedad y ser responsables ante lo que nos espera como constructores de la nación.»

En el mercado de Koki, estos recién formados socorristas voluntarios de la Cruz Roja son muy solicitados. Rechazados en el pasado, estos jóvenes cumplen hoy un papel primordial en la comunidad a la cual pertenecen. Y su intervención, no cabe dudas, salva vidas.

En otro asentamiento, situado en las cercanías de la ciudad y lejos de toda atención médica, Ricky «el audaz», como se le apoda, ha sido elegido para seguir un curso complementario de formación para dirigentes.

En las faldas de u na colina se e rigen sobre pilotes unas chozas de madera. La formación en primeros auxilios de la Cruz Roja es esencial en una comunidad como la de Ricky. Tras haber completado el curso de primeros auxilios para instructores jóvenes, Ricky se ha dedicado a enseñar los primeros auxilios a los demás en este y otros asentamientos de los alrededores. Es un logro enorme, no sólo por los conocimientos impartidos sino porque se han podido echar abajo algunas de las barreras que separan a las raskols.

A Ricky le da vergüenza enseñar pero también está orgulloso. La capacitación en primeros auxilios ha permitido a la comunidad atender casos corrientes como la mordedura de serpiente y heridas causadas con machete, que suceden a menudo al cortar leña. Ricky ha aprendido también sobre la vida de Herny Dunant y la labor del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Su sueño es algún día participar en una acción en caso de desastre. Para él, la Cruz Roja significa prestar asistencia a todos.

Mesie, escucha en silencio. Cerca de ella, dentro de una hamaca maravillosamente bien tejida colgada a la rama de un árbol, un niño se mece. Suavemente cuenta «un día mi bebé se atoró mientras comía, pero supe qué hacer». Mesie es una de las jóvenes mujeres que ha seguido el curso de primeros auxilios.

La Cruz Roja de Papua Nueva Guinea espera poder repetir el programa para jóvenes en otras partes del país.

En el asentamiento de Koki, los jóvenes voluntarios han estado examinando la posibilidad de instalar puestos de salud en los mercados. Necesitan carpas, material de información y botiquines de primeros auxilios. No es mucho pero está por encima de sus medios. Para esta Sociedad Nacional el objetivo es canalizar la energía y el deseo de aprender a través de este proyecto.

«Me daban mucho miedo ustedes, muchachos», confiesa ahora riéndose Konio Nori a los jóvenes reunidos en el centro juvenil de Koki, que sonreían tímidamente. Uno de ellos dijo medio en broma que jamás pensó que un día se encontraría en un hotel altamente protegido, donde tuvo lugar hace poco un seminario de formación.

«De la manera en que lo percibíamos, esas personas nos parecían importantes y nosotros tan pequeños», explica. Bromean diciendo que ahora hay una raskol, cuyos integrantes tienen en común el hecho de ser de la Cruz Roja y están rompiendo las barreras tradicionales: de género, de tradición, de origen tribal y del miedo.

Más aún, está claro que la oportunidad que ha brindado a estos jóvenes la Cruz Roja de Papua Nueva Guinea ha permitido echar por tierra las barreras internas. En cada rostro se lee el orgullo y un profundo sentimiento de realización. Una y otra vez, los jóvenes hombres y mujeres reiteran con satisfacción que a hora poseen la aptitud de salvar vidas. Para estos jóvenes, el llamado de salvar vidas humanas ha superado el interés personal y, en el proceso, les ha permitido obtener una nueva vida.


Ricky «el audaz»

Catherine Lengyel e Hilda Wayne

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