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La angustia en el delta
del Irrawaddy

 

Solo en un rincón del monasterio con los ojos fijos en el suelo, un niño estaba sentado sin decir nada, ajeno al bullicio que lo rodeaba, ensimismado.

Sandar Aungr, de 28 años, voluntaria de la Cruz Roja de Myanmar, se ocupaba de la multitud de damnificados por el ciclón que había llegado a la ciudad de Maubin. Envió a algunos al monasterio y, después que se instalaron, comenzó a verificar quiénes tenían necesidades más urgentes.

“¿Cómo te llamas?”, le preguntó al niño mientras se arrodillaba junto a él. “¿De dónde eres?” ¿Hay alguien contigo?” El pequeño alzó los ojos y murmuró: “No recuerdo.” “No sé.” Ella lo tomó en sus brazos y el niño empezó a llorar. Sandar Aungr lloró con él. No hacía falta que le contara lo que había vivido; se lo había leído en los ojos. “Me quedaré contigo”, le dijo. “No te preocupes.”

El ciclón Nargis invadió el delta del Irrawaddy el pasado 2 de mayo, dejando más de 100.000 muertos o desaparecidos, afectando a unos 2,4 millones de personas y sembrando una sobrecogedora angustia tras de sí. Al cabo de dos meses, la Cruz Roja y la de Media Luna Roja habían suministrado a más de 327.500 personas 61.000 bidones, 1,5 millón de tabletas potabilizadoras, 59 toneladas de arroz, 62.000 mosquiteros, 27.000 estuches con artículos de aseo personal, 93.000 encerados, 59.000 mantas, 15.000 lotes con artículos de construcción, 24.000 utensilios de cocina, y habían emprendido programas de higiene, abastecimiento de agua y saneamiento, y prestado servicios de búsqueda de personas desaparecidas. Pero mucho después que los cadáveres hayan desaparecido del paisaje, que las viviendas se hayan reconstruido, que los medios de subsistencia se hayan restablecido y que las heridas físicas hayan sanado, persistirán los traumas emocionales. El daño es tal vez menos visible de lo que parece pero no por ello menos real, y muchos no encontrarán alivio a su dolor. Aprender a sobrellevarlo quizás sea la mejor forma, pero al niño sin nombre le llevará mucho tiempo. Qué le pasó, qué vio, no quiere recordar. Tal vez sus padres sobrevivieron, tal vez sus hermanas y hermanos también, pero lo que dicen sus ojos es que el ciclón y la marejada se los llevaron. Se hará todo lo posible por saberlo. Mientras tanto, Sandar Aungr se empeña en rescatarlo de la pesadilla.

Lo llama Thar-nge, que podría traducirse por “mi pequeñito”. Lo abraza mucho, le demuestra cariño, lo cuida y le pide a otros niños que se acerquen a él. A veces, lo hacen y él juega con ellos. Al caer la noche, ella está allí para acostarlo. Ahora habla, pero sólo con ella y cuando debe ausentarse por su trabajo, el pequeño vuelve a su rincón.

Las vivencias de este niño y las de incontables otras personas en el delta reflejan la ingente necesidad de apoyo emocional y muestran por qué la Federación Internacional ha comenzado a integrar sistemáticamente este tipo de asistencia en la operación de socorro trienal, cifrada en 50,8 millones de dólares estadounidenses, que realiza en Myanmar. Tener a alguien a quien dirigirse, alguien que escuche, comparta pesares y brinde esperanza es importantísimo para los damnificados de las catástrofes.

Un apoyo psicosocial rápido y apropiado, durante la fase de socorro, así como en el marco de programas estructurados, puede ayudar a las personas afectadas a sobrellevar la angustia y evitar que se transforme en algo más grave. No sólo los niños son particularmente vulnerables. Sandar Aungr también ayuda a otra damnificada sin nombre, de unos 70 años, que tiene paralizado un lado del cuerpo y perdió el habla.

“Está sola y no puede decirme cómo se llama, ni de dónde es o si tiene aún a su familia. Alguien la encontró y la subió a uno de los vehículos que acarreaban damnificados a mi ciudad. Debe haber pasado muchos días a la intemperie. Está muy angustiada”, explica la voluntaria. Aunque la anciana no puede hablar, Aungr empieza a obtener algo de información. Le hace preguntas a las que puede responder asintiendo o negando con la cabeza. La Cruz Roja de Myanmar ha hecho circular entre tanto su foto en otros campamentos de damnificados preguntando si alguien la conoce.

Las pesadillas van surgiendo en otros lugares. Sansan Maw, responsable de programas de la Cruz Roja, encargado de evaluar las necesidades y las operaciones en el delta, encontró a otra mujer de 65 años muy trastornada, en un refugio de Labutta.

Al igual que el niño, esta mujer se encerró en sí misma y cuando finalmente habló, dijo que su marido, su hija, su nuera, su suegra y sus siete nietos habían sido arrastrados por la marejada.

Su hijo de 22 años, la salvó del torrente, subiéndola a un tronco. Durante toda la noche los arrastró la corriente y a la mañana siguiente descasaron en una orilla del río. Después caminaron kilómetros para volver a su casa, temiendo todo el trayecto por lo que se iban a encontrar. Otro de sus hijos sobrevivió pero no los demás; sus cadáveres fueron a parar contra la compuerta de un dique y cuando la abrieron, volvieron a flotar y los vio pasar por su pueblo.

Esto se vive en el delta.

John Sparrow
Consultor en comunicaciones radicado en Malasia.

 


Niño desplazado por el ciclón Nargis en el poblado de Kyondah, en el delta del Irrawaddy.
©REUTERS / STAN HONDA, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Sandar Aungr.
©JOHN SPARROW / FEDERACIÓN INTERNACIONAL

 

 


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