Volver a la página principal de la revista


La aldea de Luluagalo se extiende por las aguas azules de la laguna de Langa Langa, en la isla de Malaita (Islas Salomón). La vida allí depende totalmente del mar.
©
Josua Wainigasau Tuware/CICR

El nivel del mar sube

 

El calentamiento global está sumiendo en la incertidumbre a “los habitantes del agua salada” de Langa Langa, laguna situada en la costa occidental de Malaita, en las Islas Salomón.

Desderio Johnson vive desde 1945 en Luluagalo, una aldea construida en unas islas coralinas artificiales situadas en la laguna de Langa Langa en la isla de Malaita, una de las provincias de las Islas Salomón. Tras seis décadas y media viviendo junto al mar, él y su aldea encaran un futuro incierto.

“El pasado diciembre, tuvimos una ‘gran marea’ que cubrió toda la aldea”. Así describe Johnson las olas de tamaño totalmente inusual que inundaron su hogar. “Ese no fue el único problema”.

Johnson reside en la laguna de Langa Langa con el resto de los ‘habitantes del agua salada’, quienes dominan el arte de la construcción de viviendas en islas de coral hechas por el hombre, instaladas por años, a veces tras generaciones de trabajo. Al igual que las viviendas de sus vecinos, la casa de Johnson está hecha de madera con techo de hojas de palma de sagú.

Alrededor de unas 15 islas coralinas se dispersan por toda la estrecha y larga laguna que se extiende de norte a sur a lo largo de 20 kilómetros del litoral occidental de Malaita. En algunas de las islas más grandes hay de 10 a 15 familias mientras que en otras una sola vivienda se divisa entre las olas.

A medida que el nivel del mar sube y los patrones meteorológicos se van modificando, ya no es seguro para los isleños vivir al borde del mar. Las islas están construidas sobre las piedras que otrora cubrían el fondo de la laguna pero ya casi no quedan. Por lo tanto, los lugareños tienen pocas opciones para adaptarse a la amenaza que representa el mar.

“No nos gusta emigrar tierra adentro”, señala Johnson. “Hay muchas disputas entre los habitantes de las islas artificiales y los de las aldeas situadas en el interior, lo que está acarreando un montón de problemas.”

Para los habitantes del agua salada, desplazarse hacia el interior supone un aumento del costo de vida, la falta de empleo, la inseguridad del acceso a la salud y a la educación, así como la posibilidad de que se desencadenen tensiones entre los grupos étnicos debido a la escasez de empleos y recursos.

A pesar de los problemas, un número creciente de habitantes del agua salada emigran a las zonas urbanas y algunos se han dirigido a las autoridades provinciales de Malaita para que los ayuden a reasentarse. Donde más gente ha emigrado es Honiara, la capital de las Islas Salomón, que se encuentra a media hora de avión y a cuatro horas en barco. Las islas, y la cultura única que les sirve de sustento, están en peligro de extinción.

Desde tiempos inmemoriales

Los isleños necesitarán más que sus conocimientos en construcción de islas para contrarrestar las amenazas que acechan su vida y sus medios de subsistencia. Como tantos otros habitantes de las naciones insulares del Pacífico, los residentes de Malaita buscan soluciones locales mientras piden asistencia y hacen un llamamiento para que se adopten medidas contra el calentamiento global.

En el norte de Malaita, en la laguna Lau, que también tiene islas artificiales, la Cruz Roja de las Islas Salomón está trabajando con los isleños en diversos programas de salud para ayudarlos a adaptarse al cambio. La falta de acceso a agua aprovechable es un problema grave debido a la creciente salinización de las capas freáticas locales ocasionada por el aumento del nivel del mar.

Tras evaluar las necesidades de las comunidades, la Cruz Roja instaló tanques de agua y, para que los lugareños pudieran acondicionar y elaborar rocas para la construcción de islas artificiales más elevadas, suministró martillos, clavos y palanquetas, herramientas que también les han servido para construir letrinas. El proyecto, financiado por la Cruz Roja Australiana, cubre ocho comunidades y finalizará en 2011.

A escala internacional, el Gobierno de las Islas Salomón intenta dar a conocer el problema y apoyar las soluciones. En septiembre de 2009, dirigió un llamamiento urgente ante el 64 período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y advirtió de los graves peligros que corren las comunidades residentes en los atolones y aquellas comunidades que ocupan, desde tiempos inmemoriales, las islas artificiales de Malaita. Estas poblaciones se ven afectadas cada vez con mayor frecuencia por las marejadas y por el aumento del nivel del mar que destruyen huertas, viviendas y fuentes de agua.

Cultivos y frutas en ruinas

Consciente de las amenazas derivadas del cambio climático, Pio Baenisia, responsable de la reducción del riesgo de desastres para las Islas Salomón, ha efectuado varios viajes a las zonas de riesgo del Estado insular. Este nativo de Abalolo, una aldea situada en Langa Langa, se toma muy a pecho el tema.

A pesar de estar en tierra firme, Abalolo está edificada en un manglar recuperado por los lugareños que han utilizado como cimiento cascotes, coral y rocas calcáreas. Para protegerse del mar, han construido también sus viviendas sobre pilotes. La aldea es accesible por carretera y está a media hora de coche de Auki, la capital de Malaita.

Ya en la carretera saliendo de Auki, Baenisia señala varios lugares costeros donde el agua de mar ha invadido la zona y ha arruinado los cultivos. “Aquí solía haber plantaciones de camote y otras hortalizas. Hoy la salinización del suelo impide el crecimiento de cualquier cultivo y sólo hay matorrales.”

Dada la escasez de alimentos provenientes del entorno natural, los isleños dependen ahora de las importaciones de arroz, carne enlatada y otros alimentos, lo que no es fácil para ellos, porque su estilo de vida y economía están basados principalmente en la agricultura de subsistencia y la pesca.

Baenisia no hace mucho que trabaja en este ámbito, apenas unos meses, pero se da cuenta de la urgencia de la tarea. “Algunos árboles ya no producen fruta debido al agua salada”, explica. “Incluso en las zonas pantanosas se han producido cambios. Los cenagales se han vuelto arenosos, con lo que ha disminuido la cantidad de ostras planas, crustáceos y cangrejos de manglares que recogemos.”

Josua Wainigasau Tuware, delegado del CICR en Fiji.


Después de seis décadas y media viviendo al borde del mar, Desderio Johnson enfrenta un futuro incierto. Como muchos en su pueblo, quizás tenga que emigrar al interior de la isla y renunciar a su estilo de vida si el nivel del mar sigue subiendo.
©Josua Wainigasau Tuware/CICR



 

 

 

 

 

 

 

“Algunos árboles
ya no producen
fruta debido al
agua salada.
Incluso en las zonas
pantanosas se han
producido cambios.
Los cenagales
se han vuelto
arenosos, con lo que
ha disminuido la
cantidad de ostras
planas, crustáceos
y cangrejos de
manglares que
recogemos.”

Pio Baenisia
,
responsable de
la reducción del
riesgo de desastres
para las Islas
Salomón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Los lugareños construyen los cimientos y los caminos apilando rocas y corales en pequeños islotes que se levantan apenas sobre el nivel del mar.
©Josua Wainigasau Tuware/CICR

 

 

 

Arriba

Contáctenos

Créditos

Webmaster

2010 

Copyright