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Víctimas de las inundaciones caminando por un camino sumergido en el pueblo de Karamdad Qureshi,
situado en el distrito de Dera Ghazi Khan, provincia de Punjab.
©Reuters/Asim Tanveer, cortesía de www.alertnet.org

Pakistán bajo las aguas

 

Relato de un desastre que se fue gestando lentamente hasta convertirse en una de las peores calamidades de la historia de Pakistán.

Las inundaciones siempre son un desastre «de evolución lenta», sean o no torrenciales las lluvias que las preceden o grandes o chicas las crecidas. No pueden compararse con los terremotos que ocurren en un tiempo y un espacio fijos. Así lo confirmaron las diversas respuestas aportadas tras el terremoto en Haití a comienzos de 2010 y las «superinundaciones » en Pakistán, como las calificaron los medios pakistaníes, los desastres más destructores en la historia de cada uno de esos países.

No hay que subestimar la importancia psicológica de esta característica. En las primeras 48 horas después del terremoto, la ayuda afluyó a raudales a Haití, mientras que en el caso de Pakistán la asistencia prestada por los donantes, las organizaciones humanitarias e incluso los medios comerciales llegó con cuentagotas.

Fuera de Pakistán, el mundo comenzó a reaccionar sólo el 29 de julio cuando se propagó la noticia internacionalmente. En realidad, se produjo un período de gestación de nueve días, que comenzó con las primeras lluvias monzónicas, lo que obligó a las autoridades de las ciudades hermanadas de Islamabad y Rawalpindi a advertir a la población de las zonas bajas que abandonara sus hogares. Durante varios años los monzones registraron una frecuencia por debajo de la media y las bocas de alcantarilla se atascaron con basura. El monzón de 2010, que figuraba en las previsiones de la Oficina Meteorológica de Pakistán, comenzó «normalmente» con lluvias torrenciales.

Paradójicamente, esas primeras precipitaciones se recibieron como una bendición en todo el país.

Una respuesta rápida
Cuando las crecidas arrasaron finalmente Nowshera, Charsadda y zonas de Peshawar, la devastación en un instante fue histórica. Al final del primer día se hablaba de unos 200 muertos, cientos de miles de personas aisladas y las autoridades reclamaban centenares de embarcaciones para poder llegar hasta ellos. Pero las inundaciones no hacían más que comenzar. Río abajo, en las provincias de Punjab y Sindh, se iniciaba la evacuación masiva de personas, en la que participaron también las fuerzas armadas de Pakistán que se convirtieron rápidamente en un importante actor en la respuesta humanitaria.

La Media Luna Roja de Pakistán (MLRP) también aportó una respuesta esencial. Es una de las Sociedades Nacionales más avezadas de la región con experiencia reciente tanto en desastres naturales (terremoto de Cachemira en 2005) como en situaciones de conflicto (la ofensiva militar pakistaní en el valle de Swat, que acabó hace apenas un año). Cuenta con 130.000 voluntarios repartidos en las filiares de todo el país.

A medida que las inundaciones avanzaban hacia el sur, en dirección de Punjab y luego Sindh, la MLRP instaló sin demora varios miles de carpas a orillas de los caminos y las vías férreas y a lo largo de los diques donde muchos lugareños desplazados habían acampado tras salir de los campos inundados a pie o a nado.

Los equipos médicos móviles de la MLRP —25 a fines de julio y 31 a fines de agosto— se desplazaron por las zonas más gravemente afectadas, atendiendo los casos de enfermedades relacionadas con las inundaciones que se propagaron rápidamente: gastroenteritis, infecciones respiratorias, afecciones dermatológicas. «En este puesto, atendíamos en promedio a 400 pacientes por día», señalaba Safina Hashim de la MLRP, en un pueblo situado en las márgenes del río cerca de Nowshera, dos semanas
después de que las inundaciones repentinas se llevaran todo a su paso. «Cada dos días tratamos de desplazar los puestos a una localidad diferente».

A mediados de agosto, la MLRP había distribuido diversos tipos de socorro a más de 50.000 familias, (unas 350.000 personas en todo el país), a veces con el apoyo del CICR, y utilizando los recursos internacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que se encontraban ya en el país o que habían transportado en avión Sociedades Nacionales como las de Alemania, Canadá, Dinamarca, Irán, Qatar y Turquía.

Mientras tanto, la asociación del CICR con la MLRP en las zonas de Pakistán afectadas por los enfrentamientos facilitó el acceso de otras organizaciones a regiones que carecían de ayuda como Baluchistán, adonde por lo general tienen prohibido el paso los trabajadores humanitarios extranjeros por razones de seguridad. A fines de agosto, la MLRP distribuyó víveres y otros artículos donados por el CICR a 70.000 personas en los distritos de Jaffarabad, Nasirabad y Sibi, las zonas de Baluchistán más gravemente afectadas. En colaboración con la MLRP, el CICR también ayudó a restablecer el contacto entre los miembros de más de 750 familias que las inundaciones habían dispersado.

«Se entregaron también socorros a los desplazados procedentes de Baluchistán en los campamentos de Sindh y el sur de Punjab,” señaló Pascal Cuttat, jefe de la delegación del CICR en Islamabad.

El nivel general de preparación de la MLRP era probablemente tan bueno y la cantidad de socorros aprovisionados tan grande como lo permite un criterio “económicamente” racional, incluso en un país propenso a los desastres como es Pakistán. La dura verdad es que ningún país puede mantener la capacidad necesaria para hacer frente a un megadesastre como las inundaciones causadas por el monzón con la suficiente prontitud para aplacar la opinión pública tanto nacional como internacional.

Cronología de un desastre “no lineal”

La gestación
21 de julio: al menos 12 personas murieron a causa de las inundaciones en las provincias de Khyber Pakhtunkhwa y Punjab; partes de las ciudades de Lahore y Faisalabad estaban inundadas.

23 de julio: más de 70 personas perdieron la vida en la provincia de Baluchistán, donde los militares pakistaníes utilizaron helicópteros estacionados en Quetta para llevar socorros a las cerca de 30.000 personas que se encontraban aisladas.

24 de julio: la Oficina Meteorológica de Pakistán pronosticó “lluvias torrenciales” para la semana siguiente. Islamabad registró 65 mm de precipitaciones en sólo 24 horas.

28 de julio: las lluvias torrenciales fueron uno de los factores que contribuyeron al accidente aéreo del Airblue Airbus 321 cuando se preparaba para el aterrizaje en el aeropuerto internacional de Benazir Bhutto.

29 de julio: los ríos de Swat y Kabul, afluentes del Indo en el extremo norte, estaban a tope: las aguas anegaron Nowshera, Charsadda y zonas de Peshawar, la capital de Khyber Pakhtunkhwa. Hubo 200 muertos.

MOMENTOS DE TENSION
3 de agosto: la atención se centró en las represas del Indo
cuyo nivel había excedido la capacidad máxima, incluso
con las compuertas abiertas. Si cualquiera de las represas
hubiera cedido, Sukkur o Hyderabad, ambas importantes
ciudades, habrían quedado bajo las aguas.

6 agosto: las Naciones Unidas anunciaron que unas 1.600 personas
habían perdido la vida y había 14 millones de damnificados. La
MLRP instaló varios miles de carpas a orillas de los caminos y las
vías férreas y a lo largo de los diques en los que muchos lugareños
desplazados armaron campamento tras salir de los campos
inundados a pie o a nado.

10 de agosto: en imágenes satelitales (vease la página 13) se comparaba el río Indo en su parte más baja con la situación un año antes.

LAS AGUAS BAJAN
A comienzos de septiembre: en el delta del Indo, Thatta, ciudad situada en el extremo sur de las crecidas, fue declarada fuera de peligro.

Mediados de septiembre: a medida que las aguas retrocedían, se tenía un panorama más claro de los daños causados en el ámbito de la salud, la seguridad alimentaria y la vivienda. Las vastas extensiones de aguas estancadas eran un terreno de cultivo ideal para los mosquitos portadores del paludismo. Se estimaba que 2 millones de personas corrían peligro.

21 de septiembre: con el apoyo de todos los asociados del Movimiento, hasta esa fecha la MLRP había suministrado víveres a más de150.000 personas y 31 equipos médicos móviles de la Sociedad Nacional habían prestado hasta entonces atención médica a unos 120.000 damnificados.

2 de octubre: las inundaciones en Pakistán llegaban al mar Arábigo y en general las aguas comenzaban a retroceder en todo el país.

Mediados de octubre: los asociados de la Media Luna Roja de Pakistán y el Movimiento elaboraban planes a largo plazo para hacer frente a la situación alimentaria, la prevención y el control de enfermedades, el alojamiento a largo plazo y otras cuestiones.


Imágenes satelitales, tomadas el 10 de agosto de 2009 y en la misma fecha este año, muestran el río Indo y las crecidas, así como vastas zonas sumergidas fuera de la llanura aluvial normal.

Un largo y escabroso camino
Para agravar la pesadilla logística, consecuencia normal de la mayoría de las inundaciones de gran envergadura, con caminos y puentes destruidos, se sumaron las distancias. Las inundaciones sembraron la devastación desde el valle de Swat en el norte del país hasta el delta del Indo en el sur, a unos 1.300 kilómetros de distancia.

Además, los campesinos desplazados no se agruparon sino que acamparon en cualquier lugar seguro que encontraban, a menudo en los diques cerca de sus casas inundadas, o llegaron con sus tractores a la ciudad más cercana en busca de ayuda. En líneas generales, no era una operación circunscrita a un campamento sino una acción difusa, e inevitablemente las cosas llevaron tiempo.

A medida que diversas unidades de intervención de urgencia (ERU) de la Federación Internacional fueron llegando a Pakistán, los equipos de la MLRP especializados en agua y saneamiento reactivaron el equipo de las ERU de la Cruz Roja Española, enviado inicialmente a Pakistán en el marco de la respuesta internacional a las inundaciones de 2007; se enviaron desde España más lotes de ayuda.

Una unidad, transportada en camión desde Karachi, fue instalada en Shikarpur, cerca de un paso elevado donde unas 300 familias (cerca de 2.000 personas), dormían en carpas de la Media Luna Roja. «Bombeamos hasta 20.000 litros  de agua por día», aseguró Nasir Khan, jefe de equipo de la MLRP. «La gente había estado bebiendo hasta ese momento el agua sucia de un lago». La unidad de Shikarpur y otras eran, a su manera, un modelo de cómo el despliegue de las ERU puede potenciar la capacidad de la Sociedad Nacional en el largo plazo.

Un desastre “no lineal”
Se puede decir que la fase de emergencia del desastre concluyó en la primera semana de septiembre, cuando Thatta, en el delta del Indo, la ciudad más meridional en el curso de la crecida principal, fue declarada fuera de peligro. Pero el desastre global, tal como lo calificó Jacques de Maio, jefe de Actividades Operacionales del CICR para Pakistán, era «no lineal”: sin un principio ni en fin bien definidos.

“Un tsunami o un terremoto”, aseguró, «causa
cierto número de muertos y daños materiales, lo
que determina la respuesta humanitaria inmediata».
Esto con mucho no fue el caso de Pakistán, donde
extensas zonas siguen sumergidas y centenares de
miles de personas tuvieron que desplazarse todavía
a comienzos de septiembre.

Las aguas bajan
A medida que las aguas fueron bajando y más personas comenzaron a volver a sus casas y comunidades devastadas, se tuvo un panorama más claro de los daños. A mediano plazo era prioritario ocuparse de cuestiones como la salud, la seguridad alimentaria y la vivienda. Las autoridades de Sindh indicaron que la mayor parte del sistema de riego de la provincia había resultado destruido. En todo el país, llevará muchos meses evaluar los daños causados por la catástrofe y años llegar a algo que se parezca a una recuperación total.

En Punjab y Sindh, el mar interior en el que se convirtió el Indo dio paso a la formación de grandes extensiones de aguas estancadas, terreno de cultivo propicio para los mosquitos portadores del paludismo. Muchas localidades del interior siguen dependiendo del transporte en helicóptero para obtener ayuda.

Los torrentes borraron también miles de hectáreas de cultivos (arroz, maíz, frutas y algodón), que constituyen una fuente de exportación vital para Pakistán. Cientos de miles de animales perecieron y en las zonas urbanas de todo el país los precios se fueron a las nubes.

Muchos miles de personas, que vivían en su mayoría de la agricultura, fueron instalados en cientos de campamentos donde reciben agua (distribuida en camiones) y alimentos. A estos problemas se suma la proximidad del invierno, cuando millones de hombres, mujeres y niños están utilizando un alojamiento de emergencia y temporal.

«Estamos muy agradecidos por la ayuda que hemos recibido, pero necesitamos más», dijo Fazlay Razak, un campesino de Charsadda, donde los predios rurales quedaron sepultados en el barro que destruyó maizales y plantaciones de caña de azúcar. «Los alimentos que nos han dado no van a durar. Y sin unas buenas tierras no puedo empezar a producir mis propios productos para alimentar a mis hijos»-

– Este artículo fue escrito por Alex Wynter basándose en información recogida por él mismo y por Jessica Barry.
Alex Wynter fue portavoz de la Federación Internacional en Pakistán en agosto y principios de septiembre de 2010 y jefe del equipo de comunicación en Haití de febrero a mayo. Es periodista independiente radicado en el Reino Unido. Jessica Barry es delegada de comunicación del CICR que también trabajó en Haití y Pakistán.


Distribución de víveres por la Media
Luna Roja de Pakistán en Nowshera,
en agosto.
Patrick Fuller/Reuters/Federación Internacional, cortesía de www.alertnet.org

Doble desastre, doble sufrimiento

Las impresionantes imágenes de las crecidas del río Indo, las fotografías de personas aisladas y camiones sumergidos ponen de manifiesto la magnitud devastadora de las inundaciones en Pakistán. Lo que no se ve es el difícil entorno en el que deben actuar los trabajadores humanitarios ni las consecuencias del doble desastre que soportan las comunidades de este país.

“Nos encontramos ante una situación única”, afirma Jacques de Maio, jefe de Actividades Operacionales del CICR en Pakistán.

En lugares como la División de Malakand, en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa, esta situación también significa un doble sufrimiento. “Sólo el año pasado más de un millón de personas fueron desplazadas a causa de los enfrentamientos dentro de la zona”, explicó Pascal Cuttat, jefe de la delegación del CICR en Islamabad. “Muchos de ellos siguen desplazados hoy y nosotros continuamos apoyándolos. A ello se suman las inundaciones, y decenas de miles de personas sufren los efectos conjuntos de la violencia armada y las inundaciones”.

Además, las víctimas de las inundaciones en algunas regiones luchan contra otra amenaza: las minas terrestres. Estos artefactos y otras municiones sin estallar, arrastrados por las lluvias desde las montañas donde tienen lugar actualmente los enfrentamientos, han quedado depositados en zonas previamente descontaminadas. Khawaga Bibi lo vivió en carne propia cuando iba como siempre una mañana a recoger leña con las demás mujeres de su pueblo cerca de Dera Ismail Khan. Al agacharse para recoger una rama pisó una mina cuya explosión le destrozó la pierna derecha por debajo de la rodilla y le hirió un hombro y un brazo. Fue atendida en el hospital quirúrgico para heridos por armas, administrado por el CICR en Peshawar. En otro incidente, tres niños quedaron gravemente heridos.

 


Un miembro del equipo médico
móvil de la Media Luna Roja de Pakistán atiende a un niño en el pueblo de Pashtun Garhi, situado en el distrito de Nowshera, provincia de Pashtunkhwa.
Patrick Fuller/Reuters/Federación Internacional, cortesía de www.alertnet.org

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