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Tiempo de escasez

Las secuelas del conflicto en Libia, los combates en Malí y la lentitud de la respuesta internacional se sumaron al sufrimiento que padece el Sahel.

En una remota aldea de la región del Sahel de Burkina Faso, Hadjatou Diko acuna a Issa, su hijo de seis meses. Una enfermera de la Cruz Roja le ha diagnosticado una malnutrición aguda. Issa no sabe nada de la sequía, la plaga de grillos, las frágiles economías ni del conflicto, un potente cóctel que está causando una grave crisis alimentaria en ocho países de la región del Sahel. Pero, al igual que otros 16 millones de personas de esta región, Issa sí sabe lo que es el hambre.

En todo el Sahel, una franja de matorrales que empieza en el Sahara y atraviesa África a lo ancho desde Senegal hasta Sudán, las tasas de malnutrición son por lo general elevadas, siendo los niños menores de 2 años los más afectados. Sin embargo, este año, la situación ha empeorado a tal punto que las Naciones Unidas advierten que un millón de niños menores de 5 años corren el riesgo de padecer una malnutrición aguda.

“Normalmente la cosecha, entre septiembre y noviembre, permite a los hogares constituir las reservas de alimentos necesarias hasta la cosecha siguiente”, dice Jacqueline Frize, asesora independiente en seguridad alimentaria. “Las familias manejan sus recursos lo mejor posible para que les alcance durante el tiempo de escasez, es decir los últimos meses, cuando sus reservas comienzan a agotarse. Esto a menudo implica reducir el número de comidas diarias y vender algunas ovejas y cabras”.

La gran mayoría de las familias en el Sahel sobreviven gracias al cultivo de la tierra y al cuidado del ganado. Sin embargo, la falta de lluvias en 2011 ocasionó la pérdida de muchos cultivos y las consecuencias, tras las malas cosechas de 2010, fueron devastadoras. Este año el tiempo de escasez comenzó muchos meses antes de lo habitual y millones de personas sobreviven ahora a duras penas.

“Los niños, especialmente los menores de 5 años, tienen que comer con regularidad, ya que están creciendo”, dice Frize. “La falta de alimentos, junto con el escaso acceso a la atención de salud, al agua potable y a instalaciones de saneamiento adecuadas, hace que los niños sean aquí mucho más vulnerables a la enfermedad”.

“Estos factores combinados pueden dar lugar rápidamente a la malnutrición aguda, lo que puede tener consecuencias duraderas en el desarrollo físico y mental del niño. En casos extremos, el niño muere”.

Y las malas cosechas no son el único problema. El precio de los alimentos sube y a las familias afectadas por la pobreza ya no les alcanza para comprar alimentos en los mercados cuando pierden sus propios cultivos. Entonces recurren a mecanismos de supervivencia extremos e insostenibles, como vender su ganado, buscar alimentos silvestres, dejar su hogar en busca de trabajo, reducir el número de comidas diarias y depender de los amigos y la familia extendida.

Para Diko, de 37 años, este pronóstico ya es muy conocido. Ha dado a luz a nueve hijos, pero cuatro murieron antes de llegar a la edad de 5 años. “Es un problema tratar de alimentar a mi familia”, dice. “Muchas personas, incluyendo a mi marido, han emigrado en busca de trabajo en la mina de oro o en Côte d’Ivoire”.

Las complicaciones del conflicto

Mientras tanto, en Malí, el conflicto ha agudizado las penurias económicas de una población ya afectada por las malas cosechas durante la temporada agrícola y de pastoreo de 2011-2012. La mayoría de los hogares rurales mantienen los medios de subsistencia gracias a las actividades agrícolas y ganaderas.

“Desplazadas de sus hogares sin ningún tipo de reserva alimentaria ni pertenencias y con un ganado debilitado, las personas también se enfrentan a la desorganización del mercado... sin dinero para hacer frente al aumento de precios de los alimentos en el mercado”, explica Jules Amoti, delegado de seguridad alimentaria para el CICR. “Además, los desplazados y los refugiados en Burkina Faso, Mauritania y Níger son una carga para la población residente, ya afectada por la crisis alimentaria.

“Para colmo, el regreso de quienes habían emigrado a Libia privó a muchas familias de las remesas, una de las principales fuentes de ingresos en Malí para las familias pobres”, explica, y añade que en este contexto, el objetivo del CICR es obtener garantías máximas de seguridad de los diferentes grupos armados que operan en la región para permitir el acceso seguro del personal del CICR y la Cruz Roja Maliense cuando prestan asistencia humanitaria.

Mucho antes de que se generalizaran los combates en Malí, el CICR ya había iniciado un vasto programa de asistencia (ayuda alimentaria, distribución de insumos agrícolas, realización de tareas a cambio de dinero en efectivo y producción de hortalizas), además de la vacunación, la alimentación y la venta de animales para preservar los medios de subsistencia, subvenir a las necesidades inmediatas y contribuir a favorecer la resiliencia de la comunidad.

“Sin embargo, este programa se ha visto obstaculizado por la inseguridad reinante en el norte de Malí”, precisa Amoti. “Es probable que la inseguridad alimentaria actual prosiga y se extienda si no hay una intervención de emergencia para ayudar a la población y proteger sus medios de subsistencia”. Pese a las dificultades, a mediados de julio, el CICR dialogó con los grupos armados y otras personas en el terreno, lo que le permitió organizar una distribución de alimentos y semillas de gran escala y de ayuda médica en diversas partes del norte de Malí.

Una intervención demasiado lenta

La situación en el Sahel no ha tomado a la comunidad internacional por sorpresa, pero siempre es difícil intervenir ante la inminencia de una crisis alimentaria. A diferencia de un terremoto o de una inundación, no hay un punto de partida claro. Dado que la destrucción no es visible, puede resultar difícil recaudar los fondos necesarios antes de que la crisis alcance proporciones de hambruna.

En Senegal, las Naciones Unidas, la Federación Internacional y otras organizaciones internacionales comenzaron a trabajar en septiembre de 2011 en un plan de intervención para el Sahel. Pero ya se están planteando preguntas en los medios de comunicación internacionales sobre la lentitud con que se ha actuado y se han establecido paralelos con la crisis desatada el año pasado en el Cuerno de África.

“La planificación comenzó pronto, pero la intervención no fue lo suficientemente oportuna para proteger los medios de subsistencia de la gente”, advierte Nathalie Bonvin, delegada regional de la Federación Internacional para la seguridad alimentaria, la nutrición y los medios de subsistencia en Dakar. “Por lo tanto, la mayoría de las organizaciones se está centrando en las distribuciones de alimentos en gran escala. Sin embargo, habría sido posible proteger los medios de subsistencia si la coordinación hubiera sido mejor y se hubieran recaudado fondos suficientes”.

Sin embargo, el Movimiento ha adoptado también un enfoque a más largo plazo, reforzando la resiliencia de las personas ante las crisis alimentarias que se den en el futuro. (Consulte la página 29 para los nuevos documentos de la Federación Internacional en los que se insta a los donantes y las ON G a nivel mundial a que coordinen soluciones de largo plazo en el ámbito de la seguridad alimentaria).

“Estamos fortaleciendo las actividades agrícolas mediante la mejora de las técnicas de riego y de cultivo”, explica Bonvin. “Asimismo, estamos dando prioridad al papel de la mujer, impartiendo educación sobre gestión del agua y buenas prácticas de higiene y nutrición”.

No es demasiado tarde

De vuelta en el puesto de salud situado en la aldea de Peguense, Diko escucha con atención a la enfermera de la Cruz Roja. Hace un par de años, con el apoyo de la Cruz Roja, su hijo de 3 años se recuperó completamente de una malnutrición aguda. Por eso sabe que todavía hay esperanzas para Issa.

Y no es demasiado tarde para que la comunidad internacional intervenga concertadamente en el Sahel, que significa “borde” en árabe. Los gobiernos, las organizaciones humanitarias y las comunidades afectadas tendrán que trabajar juntos y tomar algunas decisiones drásticas y tal vez las circunstancias cambien para los hijos de Issa. Vivir en el Sahel ya no tendrá por qué significar vivir siempre al borde de algo.

Sarah Oughton
Responsable de comunicación de la Cruz Roja Británica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Según las Naciones Unidas, alrededor de 320.000 malienses han huido de sus hogares, incluidas más de 131.500 personas que han buscado refugio en los vecinos Burkina Faso, Mauritania y Níger. Tata Mint Ibrahim, de seis años, es una de las 60.000 personas que viven en un campamento de refugiados en Mbera, Mauritania, a unos 40 kilómetros de la frontera con Malí.
Fotografía: ©REUTERS/Joe Penney, cortesía de www.alertnet.org



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Habría sido posible proteger los medios de subsistencia si la coordinación hubiera sido me,jor y se hubieran recaudado fondos suficientes”.
Nathalie Bonvin
delegada regional de la Federación Internacional para la seguridad alimentaria, la nutrición y los medios de subsistencia
en Dakar.

 

 

 

 

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