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Mi historia

En el marco del proyecto Mi historia, iniciado el 8 de mayo, Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, hombres y mujeres nos relatarán, a lo largo de todo un año, sus experiencias personales con el Movimiento.


Mi historia de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja

Suwarti
Entrevista a una enfermera de la Cruz Roja Indonesia, que trabaja ahora para la Cruz Roja Japonesa.

La escena que se veía por la ventana del autobús era apocalíptica. Se asemejaba a Hiroshima tras la bomba atómica en agosto de 1945. Donde antes había un pueblo ahora había restos. Las estructuras de edificios en ruinas se destacaban en un paisaje de escombros, hierros retorcidos, coches y barcos dados vuelta.

Suwarti, vestida con su uniforme de la Cruz Roja Japonesa, se sentó y se quedó mirando, atónita, el desastre. “Es perturbador. Me he quedado sin palabras”, declaró a un periodista que la filmaba para un noticiario de la televisión.

La enfermera indonesia había viajado con cinco colegas a Yamada, ciudad situada en el noreste de Japón, desde el hospital de la Cruz Roja en Himeji, a más de 800 km de distancia. Fue en abril de 2011 y alrededor de seis semanas después del terremoto de magnitud 9,0 que sacudió el fondo del océano Pacífico y provocó imponentes olas que reventaron sobre las poblaciones situadas a lo largo de la costa de Tohoku.

La destrucción le trajo a Suwarti recuerdos de su experiencia en la ciudad indonesia de Banda Aceh tras el devastador tsunami del 26 de diciembre de 2004. Llegó allí con un equipo de socorro del hospital público donde trabajaba en Yakarta, la capital, cerca de una semana después de la ruptura de las placas tectónicas. “Otro equipo ya había empezado a atender a los sobrevivientes en un centro de evacuación improvisado, pero había escasez de agua, víveres y medicamentos”, explica esta mujer de 36 años, oriunda de Java, sentada en una sala de reuniones del hospital de Himeji.

“Me llevó cerca de dos semanas aceptar algunas de las escenas impactantes que vi”, dice haciendo alusión a ese momento del que hace casi una década. “Me sentía cansada y no dejaba de pensar en todas esas personas que lloraban y que habían perdido a sus familias y sus casas y no sabía qué hacer.”

Siete años más tarde, en la prefectura japonesa de Iwate, Suwarti estuvo en la escuela secundaria que sirvió de centro de evacuación para 400 residentes locales.

“En el centro de evacuación había seis estudiantes de secundaria que habían perdido a sus padres en el tsunami. Hablé varias veces con una muchacha que estaba sufriendo mucho. Me dio las gracias por haber venido y me dijo que quería ser enfermera como yo. También hablé con muchas mujeres mayores, porque entendí lo importante que era hablar con la gente cuando se les atiende en ese tipo de situaciones.”

Suwarti, tras su experiencia en Aceh, reconocía el valor del apoyo psicosocial. “Cuando llegamos a Aceh, la gente nos estaba agradecida”, cuenta. “Pero además de tratar lesiones, era primordial hablar y reconfortar a la gente. Para ser enfermera allí era indispensable el apoyo mental.”

Antes de iniciar su labor en respuesta al terremoto y tsunami en Japón, Suwarti se tuvo que preparar. Recibió formación en materia de socorro e instrucciones sobre cómo asesorar a los sobrevivientes y las familias de las personas fallecidas, y en el verano de 2013 concluyó otro curso en el hospital donde trabajaba.

La determinación de Suwarti de ayudar en Tohoku proviene de su experiencia en Aceh, donde supo que la Cruz Roja Japonesa había enviado un equipo médico a la zona.

“Cuando mi país precisó ayuda, muchos países y otras entidades nos tendieron la mano, entre ellas la Cruz Roja Japonesa”, señala. “De hecho, el jefe de la respuesta en casos de emergencia aquí [en Himeji] pasó un año y medio en Aceh y el cirujano jefe estuvo allí durante un año. Así que me dije que si podía dar el examen nacional y tenía oportunidad, lo que quería era ir a ayudar a esa gente en Tohoku.”

Suwarti llegó por primera vez a Japón en 2008 en el marco de un programa de enfermería establecido por Japón e Indonesia. A pesar de su gran experiencia en el ámbito de la respuesta en casos emergencia y cuidados intensivos en su país natal, le quedaba todavía aprobar el examen nacional de enfermería de Japón. El mayor obstáculo era aprender japonés, la terminología médica inclusive.

Suwarti continuó estudiando intensivamente para el examen de enfermería, que duraba cinco horas y, finalmente, después de su tercer intento, fue una de las 16 enfermeras extranjeras de casi 400 que aprobó.

En 2013, Suwarti compartió la experiencia adquirida en Tohoku con las enfermeras practicantes y el personal en una de las más importantes escuelas de enfermería de Indonesia, y se le pidió que ayudara a elaborar un manual oficial de preparación e intervención en casos de desastre.

“En 2004, no estábamos preparados para un desastre de esa magnitud y no teníamos experiencia en la labor de socorro. Por lo tanto, estábamos agradecidos de recibir apoyo de la Cruz Roja Japonesa. Pero Indonesia aún tiene que aprender más acerca de las operaciones de socorro. Estoy muy contenta de haberme incorporado a la Cruz Roja Japonesa, donde puedo adquirir este tipo de conocimientos.”

“Los desastres pueden ocurrir en cualquier momento y afectar a cualquier persona, así que como enfermera tenía el deber de ayudar en Iwate. También me gustaría hacer lo posible por prestar ayuda si ocurriera otro desastre en el futuro”, asegura. “Como miembro de la Cruz Roja, creo firmemente que es mi deber ayudar a todos los afectados por un desastre sea cual sea su origen étnico, religión o nacionalidad.”

Nick Jones
Periodista independiente radicado en Tokio.


 


Fotografía: ©Nick Jones/Federación Internacional

 

Mi historia de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja

Amir Barazande
Voluntario de la Media Luna Roja de la República Islámica de Irán. Ciudad de Mashhad, noreste de Irán.

Aunque solo tengo 20 años, la Media Luna Roja ya ha
tenido un papel muy importante en mi vida. Cuando tenía 14 años, a la madre de un amigo le vino un  ataque de asma grave en plena calle mientras caminábamos juntos. Se le había olvidado su inhalador, pero por suerte un transeúnte le brindó primeros auxilios, lo que le salvó la vida. Fue un momento muy atemorizante, pero también muy importante, ya que al día siguiente, mi amigo y yo decidimos ser voluntarios de la sección local de la Media Luna Roja de Irán y aprender más para ayudar a la gente. Para mí, ser voluntario de la Media Luna Roja de Irán significa que formo parte de una red internacional. En los últimos años, creo que Irán se ha aislado y a muchos países les cuesta comprenderlo. Por lo tanto, cuando la Media Luna Roja de Irán envía ayuda en casos de desastre en el extranjero y tiene la posibilidad de trabajar con otras Sociedades Nacionales, creo que es una oportunidad para mostrar a la gente que somos más que lo que se presenta en los medios de comunicación; lo que se dice de nosotros, de nuestro pueblo, no es para nada exacto. Creo que ser parte del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja es importante para derribar esas barreras políticas y culturales, y los prejuicios.


 


Fotografía: ©Media Luna Roja de la República Islámica de Irán

 

Mi historia de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja

Zeljko Filipovic
Jefe adjunto de la Unidad de Seguridad Económica del CICR. Oriundo de Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. Ahora vive en Ginebra (Suiza).

Por esas vueltas del destino, casi la mitad de mi vida ha sido moldeada por mi trabajo en el CICR. En 1992, cuando estalló la guerra en la ex Yugoslavia, evité que me reclutaran empezando un trabajo en la cámara de comercio de la pequeña ciudad de Pale, considerada un bastión serbio. Aunque no fue bombardeada tantas veces como Sarajevo, hubo una gran afluencia de desplazados internos y los suministros básicos comenzaron a escasear. Tenía poco dinero, así que también abrí una pequeña tienda de vídeos para llegar a fi n de mes. Gracias a la tienda conocí por primera vez a los delegados del CICR que estaban arrendando películas para pasar el tiempo durante los toques de queda nocturnos. Hasta ese momento había oído hablar muy poco de la Cruz Roja en Bosnia. Recuerdo que, cuando niño, el 8 de mayo podíamos comprar pegatinas e insignias especiales de la Cruz Roja en forma de gotitas de sangre, pero aparte de eso no sabía mucho de ellos.

Como el conflicto continuaba, decidí pedir al CICR un puesto como chofer. Mi padre era mecánico de automóviles así que prácticamente crecí en su taller que estaba situado debajo de nuestra casa. Me dieron el trabajo y, sin darme cuenta, me encontré yendo a recoger a un delegado del CICR que estaba esperando en la línea de separación en la localidad de mayoría musulmana de Goradze, un enclave protegido en el este de Bosnia. Era mi primer día con el CICR y en la frontera me detuvieron y lo único que tenía en el vehículo era una enorme radio de alta frecuencia. Recuerdo que estaba muy nervioso porque los guardias fronterizos se burlaban de mí y probaban mi reacción, pero tan pronto como me hicieron seña de pasar me di cuenta del poder que tiene el emblema de la Cruz Roja y del respeto que inspira.
 
Tras la firma del Acuerdo de Paz de Dayton, en 1995, seguí trabajando con el CICR y empecé a viajar fuera de Bosnia en misiones internacionales de socorro en Eritrea, Indonesia, Irak, Jordania y la Federación de Rusia. En otra vuelta del destino, conocí a mi esposa Flore, una delegada de Protección del CICR, cuando estábamos en misión en Eritrea. Nuestra hija Mia nació pocos años después, en Indonesia. Nos casamos cuando estábamos en el norte del Cáucaso.


 


Fotografía: ©CICR

Mi historia de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja

Kum Ju Ho
Coordinadora de desarrollo operacional y juventud en la oficina regional de la Federación Internacional para Asia Sudoriental. De la República Popular Democrática de Corea.

Me ofrecí para trabajar en la Cruz Roja de la República Popular Democrática de Corea al ver las consecuencias de una terrible inundación. En 1997, era estudiante de relaciones internacionales y, como parte de mi curso, aprendimos lo que era la labor de las organizaciones humanitarias. Recuerdo claramente un día en que mis compañeros de clase y yo subimos a un tren en Pyongyang y viajé a algunas aldeas remotas en el norte del país. En 1995, una terrible inundación había destruido la mayor parte de los sistemas de agua instalados durante la década de 1960 y muchos de los caminos de las aldeas también habían quedado destruidos. Nunca olvidaré las terribles condiciones de las personas que vimos allí. Todos habíamos oído hablar de la situación por boca de otras personas, pero era muy triste ver con nuestros propios ojos a los agricultores y sus familias, incluso los niños, caminando durante horas para ir a buscar pesados bidones de agua potable. Sin embargo, en algunos de los pueblos, vimos que la Cruz Roja ya estaba allí ayudando y había instalado grifos, bombas y tanques de agua. Realmente todo eso me dejó impresionada y al tomar el tren de regreso, supe que cuando me graduara iba a trabajar para ellos. Empecé en la Sociedad Nacional como encargada de salud y, desde entonces, he estado trabajando para el Movimiento de la Cruz Roja.

 


Fotografía: ©Cruz Roja de la República Popular Democrática de Corea

 

 

 

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