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Ganándole la partida
a la violencia

 

A raíz de la guerra y los desastres, la violencia se ha convertido en un medio habitual de supervivencia en muchas zonas urbanas empobrecidas de América Central. A los jóvenes que esperan salir adelante de otra manera, la Cruz Roja les tiende la mano.

Por las empinadas e irregulares calles de barro, surgen entre la espesa vegetación tropical las modestas casas de Hábitat Confíen. Es una mañana de día laborable y las calles están tranquilas en esta comunidad, una de las muchas que conforman Ciudad Delgado, una aglomeración de 120.000 habitantes situada a pocos kilómetros de San Salvador, la capital de El Salvador.


En Hábitat Confíen, en Ciudad Delgado, municipio de San Salvador (El Salvador), unos jóvenes asisten a un curso de hip-hop en una escuela de baile, una de las muchas actividades llevadas a cabo por la Cruz Roja Salvadoreña a través de su proyecto Oportunidades para la Inclusión Social. Fotografía: ©Vladimir Rodas/Federación Internacional

“Hábitat Confíen es una comunidad que se construyó tras el fuerte terremoto que se produjo en octubre de 1986, cuando El Salvador se encontraba en plena guerra civil”, recuerda Mario Gutiérrez, líder comunitario y miembro de la junta directiva de la Asociación de Desarrollo Comunitario.

“El gobierno edificó 1.040 viviendas creando lo que hoy se conoce con el nombre de Hábitat Confíen, una comunidad donde se han instalado las personas afectadas por la guerra o el terremoto”, precisa Gutiérrez, que también vivía con su familia en San Salvador y perdió todo a causa del seísmo. “Esto explica que en este asentamiento haya familias procedentes de los 14 departamentos del país.”

La vida de los 5.500 habitantes de Hábitat Confíen ha mejorado considerablemente con la disminución del accionar de grupos violentos gracias en parte a proyectos puestos en marcha por la Cruz Roja Salvadoreña y otros socios locales e internacionales. Aun así, la violencia sigue siendo una preocupación en la comunidad y las oportunidades para los jóvenes son limitadas.

“Inicialmente nuestras condiciones en el asentamiento eran muy limitadas y había pocos servicios sociales. Con el transcurrir del tiempo nos organizamos en la comunidad para gestionar con las diversas instituciones locales proyectos de desarrollo, que abarcan actualmente espacios de entretenimiento para niños y jóvenes gracias al apoyo de Cruz Roja, que nos ha acompañado en los últimos cinco años”, añade Gutiérrez.

Tras la guerra civil de El Salvador, que duró desde 1980 hasta 1992, la expansión urbana no planificada avanzó a una velocidad vertiginosa, y este fue uno de los diversos factores que fomentó la violencia urbana.

Otra forma de violencia, un nuevo desafío

Ciudad Delgado no es la única ciudad que se ve confrontada con estos problemas. El Salvador es uno de los países con el más alto índice de violencia de la región: en 2013 se registraron más de 2.300 homicidios mientras que en 2011 la cifra superó los 4.000, según el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública de El Salvador.

Este nuevo tipo de violencia urbana es uno de los problemas más acuciantes de la región. En abril de 2011, la Cruz Roja Salvadoreña puso en marcha el proyecto Oportunidades para la Inclusión Social, financiado por la Cruz Roja Italiana, la Cruz Roja Suiza, la Cruz Roja Noruega y el CICR.

Los Ministerios de Salud y Educación y las autoridades municipales de Ciudad Delgado también están colaborando en el proyecto, que contribuye a mejorar la inclusión social de los jóvenes de Hábitat Confíen y sus familias.

El proyecto, si bien está beneficiando indirectamente a toda la comunidad, ha brindado oportunidades concretas a más de 400 jóvenes de entre 10 y 25 años.

Las iniciativas contempleadas por el proyecto, previsto hasta diciembre de 2014, pretenden facilitar oportunidades para que los jóvenes desarrollen sus capacidades artísticas, deportivas, sociales o de liderazgo. Este programa, además, ofrece una alternativa para evitar que los jóvenes caigan en la violencia o en el abuso del alcohol y las drogas.

Según Arquímedes Flores, coordinador del proyecto: “Las acciones emprendidas están encaminadas a fortalecer las estructuras comunitarias y las destinadas a los jóvenes, mejorar la salud preventiva y ambiental, así como promover el arte, la cultura y el esparcimiento.”

Dar un nuevo impulso a la comunidad

El proyecto abarca la construcción de una pista de skate, un programa escolar que beneficia a 1.500 estudiantes, una cancha de fútbol, un mirador y un parque infantil y la creación de una casa de la juventud, que lleva el nombre de Henry Dunant, donde unas 500 personas, sobre todo jóvenes y mujeres, asisten a talleres de costura y fabricación de piñatas y velas, cursos de informática, clases de baile (como el breakdance) y diversas formas de arte.

La Cruz Roja Salvadoreña propone también a los adolescentes un plan de prevención y asistencia para luchar contra el consumo de alcohol y drogas.
 
“Empecé a fumar marihuana cuando tenía 12 años”, cuenta un joven de 14 años participante en este programa. “Los jóvenes no teníamos nada que hacer, nada en que ocupar el tiempo. Así que nos unimos a la pandilla de nuestra parte del asentamiento.”

“Mi mamá me decía: ‘¡Tan jóvenes y fumando marihuana!’ Pero yo no le hacía caso… hasta que un día fui a uno de los talleres del programa —recuerda—. Conocí a jóvenes de otras zonas de Hábitat Confíen y empecé a relacionarme con ellos, lo que me permitió cambiar mi manera de ver las cosas… Dejé las drogas y comencé a ir a la escuela. Ahora pienso en mi futuro. Quiero estudiar aeronáutica y ser astronauta.”

Pero, ¿cuán eficaces serán esos esfuerzos preventivos a largo plazo? ¿Y cuál debería ser el papel de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja para prevenir la violencia? El Movimiento se ha ocupado de los efectos de la violencia tradicional, pero hay muchas Sociedades Nacionales que opinan que es necesario encarar el problema desde otro ángulo e influir en algunas de sus causas fundamentales.

“La Cruz Roja Noruega tradicionalmente ha centrado sus esfuerzos en proyectos de salud rural y en la reducción del riesgo de desastres”, explica Lars Erik Svanberg, asesor de programas para la región de América de la Cruz Roja Noruega. “Sin embargo, en vista de las crecientes consecuencias de la violencia urbana en el plano humanitario, en los últimos dos años hemos cambiado nuestro enfoque y nos hemos ocupado de este campo de acción.”

Svanberg no espera que las Sociedades Nacionales, en su calidad de organizaciones no gubernamentales, puedan resolver todos los problemas que causa la violencia, pero cree que pueden atenuar sus consecuencias humanitarias.

“Creemos que el Movimiento, cuya base de acción son los principios de neutralidad e imparcialidad, está en condiciones de participar en este tipo de trabajo en la región”, dice.

Como pasa en otras partes del mundo, la Cruz Roja Salvadoreña ha podido acceder más fácilmente que otros servicios públicos a las zonas controladas por grupos violentos, ya que su misión es exclusivamente humanitaria y no representa al gobierno nacional o a la autoridad pública.

La principal dificultad de los proyectos relacionados con la violencia urbana aquí, según los organizadores, es mantener el impulso, a fin de garantizar su sostenibilidad, asegurando la financiación para la fase siguiente y obteniendo el compromiso de la comunidad, de modo que el proyecto pueda surtir un efecto social en toda la comunidad e incluso en el resto de Ciudad Delgado.

Otra dificultad tiene que ver con las maras y pandillas propiamente dichas. Si el objetivo final del proyecto de la Cruz Roja Salvadoreña es la integración e inclusión social, evitando excluir a los jóvenes que puedan simpatizar o estar involucrados en maras o pandillas: ¿verán las maras o pandillas estas iniciativas como una amenaza para su capacidad de reclutar a nuevos miembros y mantener el poder sobre las bandas rivales?

El liderazgo de los jóvenes en Guatemala

En la vecina Guatemala, la violencia también tiene su origen en el conflicto armado interno y el acelerado crecimiento urbano sin control que se produjo durante y después del conflicto. El asentamiento Santa Isabel II , situado en el municipio de Villa Nueva a escasos kilómetros de Ciudad de Guatemala, nació, de hecho, como una comunidad de retornados, personas que huyeron durante el conflicto armado y que luego fueron reubicados una vez finalizada la guerra.

“Originalmente eran de la comunidad lingüística ixil ubicada en el departamento de Quiché, cuya población es mayoritariamente indígena”, precisa Miguel Ángel Estrada, coordinador de un programa de inclusión social de la Cruz Roja Guatemalteca. “Para los indígenas el vínculo con la tierra es fundamental y el conflicto entre 1960 y 1996 los obligó a abandonar sus hogares. Fueron primero a México y posteriormente el gobierno los repatrió y los reubicó aquí.”

En esta comunidad, la Cruz Roja Guatemalteca dirige uno de los tres proyectos de prevención de la violencia destinados a los jóvenes de los distritos de alto riesgo. El proyecto de Santa Isabel II , llamado Niños y Jóvenes Por Una Vida Mejor, que se inició en 2011, se está llevando a cabo en colaboración con la Cruz Roja Española y el CIC R, con el apoyo de las autoridades municipales de Villa Nueva.

El pilar fundamental de este proyecto es un centro comunitario administrado por la Cruz Roja Guatemalteca. “Este servicio proporciona a niños y adolescentes un espacio de seguridad donde ir; queremos que sea como su casa”, comenta Duilio Monterroso, coordinador del proyecto. “Esperamos desarrollar la capacidad de liderazgo de los jóvenes para que sean escuchados en sus comunidades y se tenga en cuenta su opinión. El desarrollo de esas habilidades es un factor esencial para asegurarles un futuro mejor.”

La primera fase de este proyecto cuatrienal está destinada simplemente a captar el interés de los jóvenes. “En un entorno como este —prosigue Monterroso—, donde algunos niños ni siquiera van a la escuela, la gente comienza a incursionar en las drogas y el alcohol a una edad temprana. Este es el primer paso para unirse a una pandilla, a la que ven como una forma de protegerse a sí mismos.”

El centro constituye una alternativa a la dura realidad exterior: les ofrece una zona de esparcimiento, clases de teatro, clases de baile (como breakdance e hip-hop), clases de arte urbano y clases para ayudar a los más pequeños a hacer las tareas.

Si la financiación es sostenible, el programa podría echar raíces en la comunidad; los organizadores esperan crear un espacio de capacitación en el centro “para ayudar a los jóvenes a aprender un oficio y promover microempresas”, finaliza Monterroso.

Integración de adolescentes en alto riesgo

En Nicaragua, la Cruz Roja tiene un enfoque un tanto diferente, pues trabaja con adolescentes que ya están en manos del sistema judicial. Es el caso, por ejemplo, de Donald Ordóñez, de 19 años, que con sólo 14 años, fue condenado a cinco años de prisión. “No tenía nada —relata—, y un día decidí tomar algo que no era mío.”

Hoy, Ordóñez es uno de los 60 jóvenes que participan en los talleres organizados en el Complejo Judicial Central de Managua, la capital del país, en el marco del programa Liderazgo Transformador, que está destinado a adolescentes y jóvenes en alto riesgo.

Este programa, a su vez, forma parte del proyecto Derechos Humanos de la Niñez, Adolescencia y Juventud, lo que se alinea con el objetivo estratégico de la Cruz Roja Nicaragüense de proteger a los jóvenes a través de la defensa de sus derechos humanos así como de la lucha contra las diversas formas de discriminación.

En los talleres, psicólogos y trabajadores sociales trabajan con grupos de 15 adolescentes en actividades y ejercicios que los ayuden “a desarrollar herramientas para la convivencia y, sobre todo, para dejar de resolver los conflictos por medio de la violencia”, explica Moisés Cordero, uno de los psicólogos del programa. “Nuestras actividades también tienen por finalidad ayudar a comprender las relaciones de poder que existen en la sociedad para evitar reproducirlas”, añade. “Por ejemplo, el poder que muchas veces han tenido sobre las mujeres, o el poder y la violencia de las pandillas a las que algunos de ellos pertenecían en sus barrios.”

Los talleres forman parte de un programa dirigido por la Cruz Roja Nicaragüense con fondos de la Cruz Roja Española y la Unión Europea, y ejecutado en colaboración con el poder judicial nicaragüense.

“Los jueces deciden cuándo los adolescentes deben participar en el programa para ayudarlos en su rehabilitación y reinserción social”, señala Ericka Blandino, directora de la Oficina de Ejecución y Vigilancia de las Sanciones Penales de los Adolescentes, del Juzgado Penal de Distrito de Adolescente de Nicaragua, que se ocupa de la aplicación y el seguimiento de las sanciones penales impuestas a los adolescentes acusados de infringir la ley.

Los jóvenes que han participado hasta ahora en el proyecto están cumpliendo medidas alternas por robo o tráfico de drogas. “En su mayoría provienen de situaciones familiares muy difíciles”, precisa María José Blanco, coordinadora del proyecto.

Los problemas están tan profundamente arraigados y se precisan soluciones tan complejas que la mayoría de las Sociedades Nacionales de la región considera fundamental asociarse con otras organizaciones. Las Sociedades Nacionales no pueden asumir el papel de la escuela, afrontar el problema de las drogas ni reformar la economía nacional. Sin embargo, pueden contribuir a inculcar prácticas comunitarias positivas, especialmente entre los jóvenes como Donald Ordóñez, cuyas vidas están literalmente en juego.

“Ahora solo pienso en mi futuro y no quiero involucrarme en nada malo. Lo único que quiero es volver a mi pueblo, León, ser albañil y casarme”, asegura Ordoñez.

Manuel Ruiz Rico
Periodista independiente radicado en Bruselas (Bélgica).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Con el transcurrir del tiempo nos organizamos en la comunidad para gestionar con las diversas instituciones locales proyectos de desarrollo, que abarcan actualmente espacios de entretenimiento para niños y jóvenes.”
Mario Gutiérrez, líder comunitario y miembro de la junta directiva de la Asociación de Desarrollo Comunitario en Hábitat Confíen, Ciudad Delgado (El Salvador)

 

 

 

 

 

 

 



La violencia entre las pandillas de jóvenes fuertemente armados ha sido moneda corriente en la vida de Ciudad Delgado durante muchos años. Pero ha habido algunos signos positivos. El miembro de una pandilla ordena las armas que se entregarán a las autoridades como parte de una tregua acordada entre las pandillas de Ciudad Delgado en mayo de 2013. Fotografía: ©REUTERS/Stringer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“En un entorno como este, donde algunos niños ni siquiera vana la escuela, la gente comienza a incursionar en las drogas y el alcohol a una edad temprana. Éste es el primer paso para unirse a una pandilla, a la que ven como una forma de protegerse a sí mismos.”
Duilio Monterroso, responsable de un programa de prevención de la violencia de la Cruz Roja Guatemalteca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Niños y niñas juegan un partido de fútbol, actividad realizada en el marco del proyecto Oportunidades para la Inclusión Social de la Cruz Roja Salvadoreña en Hábitat Confíen. Un aspecto fundamental para mantener el proyecto es la financiación permanente, sin la cual las actividades no podrían continuar.
Fotografía: ©Vladimir Rodas/Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Ahora pienso en mi futuro y no quiero involucrarme en nada malo. Lo único que quiero es volver a mi pueblo, León, ser albañil y casarme.”
Donald Ordóñez, 19 años. Fue condenado a cinco años de prisión cuando tenía 14 años pero ahora participa en un programa para jóvenes organizado por la Cruz Roja Nicaragüense.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Este taller, que forma parte de un programa dirigido por la Cruz Roja Nicaragüense, junto con las autoridades locales, busca ayudar a los adolescentes que cumplen condenas por diversos delitos, pero que no han sido encarcelados.
Fotografía: ©Vladimir Rodas/Federación Internacional



 

 

 

 


Alumnos de una escuela ubicada en una zona difícil de Medellín, donde es frecuente la violencia de las pandillas armadas y los grupos criminales, participan en el proyecto Brigadas Educativas, que les permite aprender a convivir sin violencia en un entorno muy incierto.
Fotografía: ©Didier Revol/CICR

Primeros auxilios, un paso
hacia la paz

En medio del patio de descanso se escuchan risas y gritos de un grupo de jóvenes que recrean una situación de emergencia, con heridos maquillados, camillas y vendajes. De repente, la otra mitad del grupo, entra en acción para ayudar a los heridos y pone en práctica sus conocimientos de primeros auxilios. Los chicos llevan puesta una camisa roja y en su pecho el emblema de la cruz roja. Estos jóvenes forman parte de las Brigadas Educativas, un programa de la Cruz Roja Colombiana que lleva más de 65 años en el país.

Este programa es un componente de la propuesta de prevención a la violencia en el entorno escolar del proyecto Más Espacios Humanitarios, Más Alternativas que se desarrolla en conjunto con el CICR y la Cruz Roja Colombiana Seccional Antioquia (CRCSA) en la ciudad de Medellín.

El programa de Brigadas Educativas busca generar procesos participativos y vivenciales de educación no formal para promover el desarrollo de factores protectores que contribuyen en la prevención y reducción de la violencia. Esta iniciativa pretende formarlos como personas integrales, con disciplina, vocación al servicio y disposición hacia el otro. Lo ideal sería que también se perfilaran como líderes en el entorno escolar y como gestores y mediadores que promueven una cultura por la convivencia y la paz.

“El impacto que queremos es que los niños digan: ‘no queremos violencia, tenemos otros métodos y alternativas para salir adelante: la drogadicción, las armas y la violencia no son lo mío’”, declara Valentina, voluntaria docente de Brigadas Educativas.

Este programa es percibido por los jóvenes como una oportunidad para desarrollar sus habilidades y creatividad y es una herramienta que les permite salir adelante en medio de un contexto difícil como lo es la vida en los barrios más vulnerables de la ciudad. En palabras de uno de los brigadistas que hace parte del programa “en la escuela se han visto muchos casos de drogadicción; también de amenazas porque muchos estudiantes ya hacen parte del conflicto armado. Ellos traen la violencia al colegio con la idea de divulgar sus ideas. El objetivo de las brigadas es evitar que esto ocurra y mostrar el camino hacia un mundo mejor.”

Las Brigadas Educativas son también un aprendizaje para el CICR y la Cruz Roja Colombiana, puesto que tienen por finalidad recrear y diseñar acciones y propuestas acorde a la realidad actual de los jóvenes en Medellín. El mayor reto según los organizadores es poder generar en los estudiantes el valor de ayuda al prójimo, el amor a la vida, al respeto por lo diferente, al cuidado del ambiente y el entorno en que viven. Aunque es difícil cuantificar la incidencia del programa, se han obtenido resultados concretos: en los tres años de proceso en las instituciones educativas de Medellín, se han conseguido la vinculación de 42 estudiantes de las Brigadas Educativas para ser voluntarios de la Cruz Roja Colombiana.

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