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Perspectiva promisoria

por Sybilla Green Dorros

Orientar la asistencia humanitaria de manera que responda a las necesidades concretas de las mujeres no es tarea fÁcil. AÚn mÁs difÍcil resulta adaptar los sistemas para que alienten a las mujeres a asumir el lugar que les corresponde en la colectividad y crear oportunidades para su propio progreso. Estas son las metas que la FederaciÓn comienza a alcanzar a medida que reconoce que las mujeres son promotoras de cambio, sin perder de vista las vastas proporciones de la labor que queda por realizar.

A mediados del decenio de 1960, mucho antes de que los problemas relativos a la condición de la mujer se pusieran de moda en los países occidentales, el líder chino Mao Zedong proclamó: “A las mujeres pertenece la mitad del cielo”. Había comprendido que el desarrollo económico de China no podía realizarse sin el aporte de los recursos de la mitad de la población adulta de su país. Hoy, casi 30 años más tarde, se postula un axioma análogo en el informe del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola sobre la población femenina rural que vive en condiciones de pobreza: “El desarrollo sin la participación de la mujer es una contradición en sí.”

La promoción de la mujer comenzó a abrirse camino en las organizaciones humanitarias en los años 1970, pero el compromiso de las mismas con los proyectos englobados en la estrategia “Mujeres y desarrollo” es bastante reciente. La Federación dispone hoy de una unidad que se ocupa de las cuestiones relativas a la condición femenina
y el desarrollo.

Por su parte, las Naciones Unidas llevaron a cabo una serie de actividades entre 1975 y 1985, proclamado Decenio de la Mujer.

En los primeros años de ese período, la mayoría de las organizaciones suscribieron la hipótesis según la cual el desa-rrollo económico general entrañaría automáticamente beneficios para las mujeres. Sin embargo, la práctica demostró que las mujeres no cosecharían necesariamente frutos de los programas generales concebidos para prestar asistencia a amplios sectores de una población determinada. De ahí que se dejara de dar prioridad a reivindicaciones de importancia reconocida pero de alcance restringido, como la de “a trabajo igual, salario igual” y los esfuerzos se concentraran en objetivos más generales. El desarrollo se convirtió en la cuestión principal. A comienzos de los años 1990, algunos programas se habían ampliado, incluyendo a las mujeres, mientras que otros habían restringido su ámbito de acción para ocuparse exclusivamente de la condición femenina. Esta nueva orientación se resumió en una frase significativa: “desarrollo favorable a la condición femenina”.

A raíz de lo antedicho, casi todas las organizaciones incorporaron programas relativos a las mujeres y el desarrollo (MYD) en sus planes estratégicos. La Federación no escapó a este movimiento. En el curso de los años 1970 y 1980, en numerosos planes de acción, decisiones y resoluciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se plasmaron diversas cuestiones relativas a la condición femenina. Desde entonces, los proyectos MYD se han venido multiplicando, sobre todo en Africa. Algunos hacen hincapié en las funciones que cumplen las mujeres en el desarrollo. Otros, como los programas de salud comunitaria y formación profesional, o los proyectos de racionalización del trabajo, están concebidos para ayudar a las mujeres a mejorar su situación y hacer más llevaderas sus responsabilidades. Últimamente, se ha generalizado la incorporación de cuestiones que interesan a las mujeres en las políticas sanitarias y de refugiados, así como en los programas psicosociales y de apoyo a las víctimas de violaciones y otras formas de violencia.

En el Plan de Desarrollo de la Federación para 1995, “Prioridad a los vulnerables”, se ha solicitado financiación para una docena de proyectos MYD que se llevarán a cabo en Africa. También se puede decir que otros 27 programas de asistencia sanitaria en diversos países del mundo corresponden a esta categoría de proyectos, por cuanto suscriben y promueven las políticas de maternidad sin riesgos y planificación familiar.

No existe un proyecto MYD “mo-delo” ya que a esta denominación corresponde toda una serie de actividades, que van desde la crianza de aves a la formación en informática y del cuidado de los niños a las cooperativas de alfarería. Por ejemplo, el Programa de las Mujeres de Sinkat, iniciado en 1986 en la zona sudanesa de las Colinas del Mar Rojo, ofrece capacitación profesional para fabricar artesanías, como medio de complementar los ingresos de los hogares y reunir fondos para sufragar el funcionamiento de centros femeninos autónomos, dirigidos por las propias interesadas. Por su parte, la Cruz Roja Nepalesa tiene un programa de alfabetización de mujeres y ulterior formación en gestión.

Los resultados obtenidos por los proyectos MYD son tan diversos como los propios proyectos. En el marco del Programa de las Mujeres de Sinkat se han creado 13 centros femeninos. El programa de desarrollo comunitario de Nepal está funcionando ya en 15 localidades, y se extenderá probablemente a otras 5 en el curso del presente año. Pero todavía no se ha llevado a cabo una evaluación general de los proyectos MYD que incluya la rentabilidad de los mismos.

El Plan de Desarrollo de la Federación no refleja forzosamente la realidad concreta a escala comunitaria. De ahí que la unidad de la Mujer y el Desarrollo haya emprendido una encuesta para evaluar la situación de las mujeres en las Sociedades Nacionales, determinar el grado de participación en los programas y establecer programas destinados concretamente a ellas. Los resultados de la encuesta servirán de base para emprender nuevas mejoras en la vida cotidiana de una gran proporción de mujeres en situación vulnerable.

A pesar del creciente interés por la dimensión femenina del desarrollo, el apoyo de los donantes a los proyectos MYD ha sido, en general, insuficiente. Los fondos recabados para estos proyectos representan menos del 5% del total de recursos asignados.

El incremento de las necesidades generadas por las operaciones de socorro de emergencia ha entrañado la reducción del volumen de recursos disponibles para los programas de desa-rrollo. También se han reducido los fondos destinados a la ayuda internacional. La incorporación de criterios de promoción de la condición femenina en las actividades de la Federación, tanto en las políticas como en los programas, es una labor a largo plazo.

Además, los cambios que generan los proyectos MYD son poco evidentes y difícilmente cuantificables. Por ejemplo, resulta muy difícil calcular las repercusiones de la conciencia sobre la situación de la mujer en el Curso Básico para Delegados. No cabe duda que la vida cotidiana de muchas mujeres ha mejorado desde que disponen de asistencia de salud, agua potable, servicios de saneamiento y artefactos que les permiten ahorrar fuerza de trabajo. Pero ¿cómo evaluar progresos tan intangibles como la conquista del derecho a tomar decisiones y la afirmación del amor propio, o la toma de conciencia de las necesidades de las mujeres?

Últimamente, la Federación comenzó a aplicar un mecanismo de análisis de la vulnerabilidad y la capacidad, en el que se han incorporado aspectos relativos a la condición femenina con miras a tenerlos en cuenta en la planificación y evaluación de programas. Este mecanismo, basado en los trabajos de la Dra. Mary Anderson, permite determinar con mayor precisión quienes deberían beneficiar de la asistencia de la Federación y asignar los recursos con mayor idoneidad, vinculando las “vulnerabilidades” y las “capacidades” de los beneficiarios. Sin embargo, aún queda mucho por hacer en lo que se refiere al seguimiento y la evaluación de los programas.

Al respecto, los proyectos MYD suponen un buen punto de partida. Entre sus resultados podemos citar los siguientes: doce viudas aprenden costura en Herat, Afganistán; en Pita, localidad de Guinea central, cien mujeres aprenden a bordar; doscientas mujeres aprenden a tejer en Nepal; en los centros de salud de la Sociedad de la Media Luna Roja de Pakistán se colocan entre 10 y 15 DIU por día. Aún así, queda muchísimo camino por recorrer para mejorar la situación de la mujer, principalmente en los países en desarrollo. La comunidad internacional habrá fracasado si no logra mejorar los indicadores sociales que figuran a continuación, o si estos empeoran: dos terceras partes de la población analfabeta del mundo son mujeres; más de 500.000 mujeres mueren cada año por complicaciones de parto; 15 años después que las Naciones Unidas proclamaran el Decenio de la Mujer, se calcula que 565 millones de pobladoras de las zonas rurales viven en condiciones de pobreza.

La Federación se ha propuesto reducir el desfase que existe entre los objetivos previstos y los resultados reales de los programas para millones de mujeres marginadas y discriminadas. Uno de los cauces para alcanzar este ambicioso objetivo pasa por la participación en la IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Mujeres y Desarrollo, que tendrá lugar en Pekín el próximo mes de septiembre. Se espera que dicho evento sea un paso hacia la “reformulación del programa de de-sarrollo mundial”. La Conferencia también podría aportar nuevas energías y reforzar el apoyo del Movimiento a los proyectos MYD.

Es de esperar que el interés de que hoy es objeto la mujer en todo el mundo no termine como tantas otras “modas” y se traduzca por una proliferación de proyectos MYD en todos los países en desarrollo. Más concretamente, confiamos en que el aumento del número de proyectos MYD permita mejorar la situación de la mitad de la población del mundo, reduciendo la miseria, la pobreza y la mortalidad precoz, y sembrando progreso y esperanza.

Sybilla Green Dorros
Escritora y redactora independiente, colaboradora temporaria de la Federación.



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