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Operación Chechenia

por Erik Reumann

Poco se sabía de Chechenia antes de diciembre de 1994, cuando las tensiones internas se transformaron en un conflicto armado entre las fuerzas de la Federación de Rusia y los separatistas chechenos. A pesar de que los combates fueron de una magnitud y una ferocidad inesperadas, el CICR pudo utilizar la red humanitaria que había establecido en la región para organizar una vasta campaña de asistencia a la población.

“La operación comienza a desarrollarse a un ritmo normal”, explica Thierry Meyrat. De vuelta hace poco del Cáucaso septentrional, el jefe de la delegación regional del CICR en Moscú se permite unos breves instantes de íntima satisfacción. En efecto, después de tres meses de intensas gestiones, los delegados comienzan a cosechar los frutos de su labor en Chechenia: los suministros de urgencia llegan y se distribuyen; la red de mensajería de la Cruz Roja se conoce cada vez más y gracias a ella los habitantes de Grozny pueden comunicar con los parientes de Rusia y otras regiones. Camiones cisternas abastecen de agua a la capital, actividad vital dado que el sistema de agua potable ha sufrido daños graves.

Sin embargo, como ocurre con todas las operaciones del CICR, al inicio nada garantizaba que esta misión pudiera llevarse a cabo. Cuando estalló la guerra, el Comité solo disponía de un reducido equipo en Nazran, capital de Ingushetia, y en Nalchik, capital de Kabardino-Balkaria. “Teníamos una sola prioridad: conseguir medicamentos”, dice Verena Krebs, enfermera del CICR. “En previsión de las hostilidades, hicimos cuanto pudimos por garantizar que cada hospital de Chechenia tuviera suministros sanitarios en abundancia.”

Las medidas preventivas tomadas por el CICR se revelaron decisivas cuando las fuerzas armadas rusas desencadenaron la ofensiva sobre la capital chechena. Las reservas acumuladas permitieron atender a los numerosos heridos, tanto combatientes como civiles, que afluyeron a los hospitales en medio de los combates. El CICR se granjeó la confianza de la población al seguir abasteciendo a los hospitales de Stari Atagi, Urus Martan y Chali, a pesar del peligro que ello entrañaba. “Los médicos nos decían: ‘Damos gracias a Dios de que hayan vuelto y no nos hayan abandonado”, cuenta Verena Krebs. “Pero para nosotros prestarles asistencia era un deber absoluto”.

 

 

Una guerra cruenta

Durante los primeros días del conflicto reinaba una suerte de euforia irracional; a muchos les parecía que, por fin, estaba claro quién era “amigo” y quién, “enemigo”. Pero poco a poco, la gente comenzó a tomar conciencia de que las terribles pérdidas provocadas por la guerra eran irreparables, y la euforia se transformó en desesperanza. “La situación es aún peor que en la ex Yugoslavia”, me confió en Nazran un periodista fogueado en el conflicto de los Balcanes.

El periodista tenía razón, la guerra de Chechenia ha puesto a dura prueba el temple de todos cuantos han sido destacados a la región. Dos delegados del CICR comprobaron directamente los efectos desastrosos de los bombardeos sobre Shali, al sur de Grozny: “Cuando llegamos, no había un alma en las calles del pueblo”, recuerda Paul Castella, delegado a cargo de la seguridad. “Entre los puestos de venta del mercado humeaban los restos calcinados de algunos coches. Seguimos hasta el hospital y allí pudimos percatarnos de lo que había ocurrido.” Veinte personas habían perecido durante el ataque, y más de un centenar de civiles resultaron heridos. Situaciones como ésta obligan al CICR a salir de su reserva habitual y a recordar públicamente a los combatientes que tienen el deber de respetar los Convenios de Ginebra.

Espíritu de solidaridad

Huyendo de ataques como el que destruyó Shali, los sobrevivientes se unieron a la multitud que había abandonado Grozny desde que comenzara el asedio a la capital. Los delegados encargados de sentar las bases del programa de asistencia humanitaria tuvieron que revisar rápidamente los cálculos iniciales, que resultaron insuficientes; 60.000 desplazados en Daguestán, cerca de 100.000 en Ingushetia, 30.000 en Osetia del Norte y 200.000 en el sur de Chechenia. A corto plazo, no había peligro de que sufrieran de hambre, gracias a la admirable solidaridad que une a los pueblos de la región septentrional del Cáucaso. Quienes debieron emprender el éxodo encontraron refugio y alimento en casa de parientes y amigos.

Gracias a este inmenso espíritu de apoyo mutuo, no fue necesario instalar campamentos y los refugiados pudieron conservar su dignidad, pero ello planteó al CICR un serio problema de logística. “Al comienzo, no sabíamos cómo hacer para distribuir los paquetes de víveres a las familias desplazadas”, explica Jean-Luc Bietenhader, uno de los primeros delegados que llegó a la región. En cada sector tuvimos que encontrar intermediarios fiables que estuvieran familiarizados con la situación y nos dieran garantías de que la ayuda llegaría efectivamente a quienes la necesitaban con más urgencia. Recurrimos a todas las instituciones - desde los comités de refugiados de cada localidad a las secciones de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, los representantes de las aldeas y los consejos de ancianos y poco a poco, logramos establecer una red de distribución.

 

Datos sobre Chechenia

Población: 1.200.000 Superficie: 130.000 km2

Capital: Grozny (400.000 habitantes antes de que estallara la guerra)

Religión: Musulmana y rusa ortodoxa

Idiomas: Checheno y ruso.

 

La agonía de Grozny

Si bien, gracias a los esfuerzos desplegados por el CICR en la región sur de Chechenia y por las autoridades rusas en el norte de la provincia, se pudo atender a las necesidades más acuciantes de la población, los habitantes de Grozny, constantemente golpeada por los obuses, estuvieron privados de asistencia externa hasta que las fuerzas armadas rusas tomaron el control de la ciudad a mediados de febrero. Los primeros delegados del CICR que pudieron entrar en la capital descubrieron una situación desoladora. “Era una espectáculo apocalíptico”, cuenta Yves Daccord, jefe de la misión enviada por el CICR a la región norte del Cáucaso. “De cualquier parte, en medio de nubes de polvo, surgían los tanques marcados con los distintivos de las fuerzas especiales rusas, al tiempo que por las calles avanzaban hileras de ancianos que, indiferentes al estampido de las armas y a los soldados, arrastraban unos carritos de fortuna cargados con sus escasas pertenencias.”

Era urgente alimentarlos prestarles asistencia médica y, sobre todo, reconfortarlos moralmente. Tras el colapso del sistema postal de Chechenia, el volumen de mensajes enviados por medio de la Cruz Roja cobró enormes proporciones en Grozny. Dada la importancia que estos mensajes revestían para la población, los delegados de la Agencia de búsqueda decidieron enviar telegramas avisando a los destinatarios que fueran a recoger sus cartas y alentándolos a remitir una respuesta.

Este procedimiento tuvo un éxito inmediato. Ahora, cuando llegan los vehículos del CICR, los habitantes se agolpan a su alrededor para leer las listas de destinatarios de mensajes pegadas en las ventanillas. Aquí y allá un rostro se ilumina, traduciendo la ansiosa espera de días de incertidumbre y privaciones: Algún ser querido de Rusia o de otro país ha dado noticias. Luego se van menos acongojados, llevando consigo las preciosas raciones de agua que el CICR distribuye junto con los mensajes.

Erik Reumann, Abril de 1995
Encargado de información del CICR en Moscú.



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