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Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, los habitantes de Hiroshima difícilmente hubieran podido notar ese avión de la fuerza aérea estadounidense que sobrevolaba a gran altura en el cielo despejado. En el centro de la ciudad cayó un artefacto apenas más grande que una bomba común. Pocos instantes más tarde hubo un resplandor miles de veces más brillante que el sol, y casi simultáneamente un calor incandescente y un torbellino que arrasó cuanto encontró a su paso.

Unas 80.000 personas murieron en el momento de la explosión y casi otras tantas sufrieron lesiones graves. En las semanas y meses siguientes muchos murieron tras una terrible agonía, víctimas de quemaduras o de enfermedades provocadas por las radiaciones.

A las 8h15 de aquel día fatídico el mundo entraba en una nueva era dominada por la amenaza nuclear. Tres días más tarde, la ciudad de Nagasaki fue destruida por otra bomba nuclear, cuyos efectos fueron igualmente devastadores que en Hiroshima.

El 15 de agosto, el emperador Hirohito anunciaba que el Japón aceptaba el ultimátum de los aliados; el 2 de septiembre, a bordo del buque de guerra Missouri, fondeado en la bahía de Tokio, el general Torashivo Kawabe firmaba el acta de rendición incondicional de su país. La segunda guerra mundial había terminado.

La Cruz Roja del Japón era una de las Sociedades Nacionales mejor dotada de recursos. Por milagro, el hospital de la Cruz Roja en Hiroshima había quedado en pie. Aunque la explosión había arrancado puertas, ventanas y parte del techo se pudo atender allí a cientos de heridos.

Por su parte, desde el inicio de la guerra el CICR había mantenido una pequeña delegación en el Japón, que se había esforzado por prestar asistencia a los prisioneros de guerra de las fuerzas aliadas detenidos en el archipiélago. El 30 de agosto de 1945, Fritz Bilfinger, delegado del CICR, logró llegar a Hiroshima. Un fragmento del telegrama que enviara a la delegación permite hacerse una idea de la magnitud del horror:

El 9 de septiembre, el Dr. Marcel Junod, jefe de la delegación del CICR, llegaba a
Hiroshima con el primer cargamento de 12 toneladas de vendas y medicamentos.

En un llamamiento difundido el 5 de septiembre de 1945, a menos de un mes de la destrucción de Hiroshima, la institución impugnó claramente la legalidad de las armas nucleares y pidió que los Estados llegaran a un acuerdo que prohibiera utilizarlas. Este llamamiento fue reiterado en una resolución aprobada por unanimidad en la XVII Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, celebrada en Estocolmo, en agosto de 1948.

Cincuenta años después de la destrucción de Hiroshima, las potencias nucleares disponen todavía de arsenales de armas atómicas capaces de extinguir todo vestigio de vida humana sobre la Tierra. La amenaza de una guerra nuclear generalizada parece haber disminuido con el fin de la guerra fría pero el riesgo de proliferación de armas atómicas es hoy más grande que nunca.

“Llegué a Hiroshima el treinta stop 80 por ciento ciudad arrasada stop todos hospitales destruidos o gravaemente dañados, inspeccioné dos hospitales de campaña condiciones indescriptibles stop ... muchas víctimas, que parecen mejorar, sufren repentinas recaídas fatales causadas por degeneración glóbulos blancos y otras lesiones internas stop se estima más de 100.000 heridos todavía en hospitales de campaña escasez aguda de vendas, medicamentos stop favor solicitar formalmente comando supremo aliado considerar inmediato lanzamiento aéreo suministros socorro en centro ciudad stop ...”

     

François Bugnion
Director adjunto de Principios, Derecho y Relaciones con el Movimiento, CICR

 


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