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De puño y letra

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Mientras acompañaba a los familiares, esperando la llegada de los féretros en la pista del aeropuerto, compartí, como presidente, su congoja por sus seres queridos, que con tanto denuedo sirvieron a la causa de la Cruz Roja. Pero también sentí su dolor como algo personal -como hombre que sufre por una pérdida- pues también yo tengo una familia que amo y cuido. Traté de imaginar mi propia angustia, si hubiera estado en su lugar; pero, naturalmente, no lo logré.

Una luz se apagó el 17 de diciembre. Una luz que brillaba para todos los que formamos parte del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Al perder a nuestros compañeros no sólo perdimos a amigos, sino también un brizna de esperanza en algunas convicciones: que lo que estamos haciendo es bueno y preciado como tal; que los seres humanos respetan suficientemente a los demás como para hacer la guerra ajustándose a determinadas normas y preservando de ella a los no combatientes; que lo iniciado por las mujeres de Solferino traduce determinados valores humanos cuyo significado no es hoy sinónimo de ingenuidad; que este acto de barbarie no es un signo de la época, sino un incidente aislado que no se repetirá.

Por desgracia, la realidad destruye esa esperanza. Durante los últimos años, hemos comprobado un alarmante aumento del número y de la violencia de los ataques contra la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias. Es vital que nos alcemos unidos para hacer frente a esta evolución -no podemos engañarnos a nosotros mismos pretendiendo ahuyentar el peligro con nuestra cólera y nuestras lágrimas. Debemos seguir en el terreno, realizando la labor que nos ha encomendado la comunidad internacional; Estados de todas partes del mundo han ratificado los Convenios de Ginebra y debemos confiar en que ellos emprenderán acciones concretas para poner coto a la anarquía de los conflictos modernos.

Al mismo tiempo, en el Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja debemos mancomunar fuerzas para que todos conozcamos nuestra labor y sepamos que ayudamos a quienes tienen derecho a nuestra asistencia. En los Convenios de Ginebra se estipula el debido respeto que merece una labor humanitaria de esta índole. Como presidente del CICR, considero que nos incumbe la responsabilidad de recordar a las partes beligerantes que tienen el deber de brindar protección a todos los miembros de la Cruz Roja. En un mundo donde los actos de violencia están escapando aceleradamente a todo control, los seres humanos, sin excepción, necesitamos aferrarnos a algunos principios básicos. No condenar a quienes violan dichos principios anunciaría, sin lugar a dudas, un destino sombrío para la humanidad.

Apelo a todos ustedes, miembros de la familia de la Cruz Roja y ciudadanos de los Estados Partes en los Convenios de Ginebra, a que compartan nuestro dolor por la pérdida de Fernanda, Gunnhild, Hans, Ingeborg, Nancy, y Sheryl, y demuestren su solidaridad aceptando el reto de continuar el combate de nuestros queridos amigos, un combate por hacer brillar una luz de humanidad en las tinieblas del conflicto. Aquellos que el 17 de diciembre trataron de extinguirla no lo consiguieron, sigue viva.

Cornelio Sommaruga



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