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Noventa años de solidaridad

por Leyla Alyanak

A través de vientos revolucionarios y marejadas económicas la Cruz Roja Cubana sigue su rumbo.

Abraham Alier Lueth pasó la mayor parte de sus veintitantos años en Cuba, lejos de su familia. De niño, huyó de Sudán cuando estalló la guerra civil y llegó a Etiopía donde el régimen comunista de Teniente Coronel Mengistu Haile Mariam ofrecía un abra de paz a los refugiados. Cuba se hizo cargo de 274 niños suda-neses que se encontraban desamparados en Etiopía.

«El menor tenía seis años y el mayor 14», recuerda Susana Llovet Alcalde, que está al frente del Departamento de Búsqueda y Reunificación Familiar de la Cruz Roja Cubana. «La mayoría había perdido la familia o el contacto con ella. Los ataques habían sido tan repentinos que no habían tenido tiempo de prepararse. Algunos niños estaban jugando en el río cuando comenzaron a caer las bombas, y simplemente, escaparon corriendo».

A principios del decenio de 1990, aquellos niños sudaneses eran jóvenes adultos y Cuba se debatía en medio del llamado período especial, iniciado a raíz del derrumbe de las economías de Europa oriental y el mantenimiento del bloqueo estadounidense que obligaron a ceñirse el cinturón en todo el país.

«El gobierno nos pidió ayuda para encontrar a los parientes y, en la medida de lo posible, reunificar familias», recuerda la Sra. Llovet. Se esperaba que los familiares pudiesen ayudar a los estudiantes sudaneses a partir de Cuba.

El primer intento remonta a 1995 y fue un fracaso. Los estudiantes se negaron a cooperar, ya sea por temor de aquello con lo que se encontrarían, o bien porque no estaban interesados en una familia que consideraban los había abandonado de pequeños. Muchos ni siquiera recordaban donde habían nacido.

En 1996, un grupo integrado por la Sra. Llovet, un representante del ACNUR y un funcionario del gobierno cubano recorrieron todo el país para entrevistar a los estudiantes. «Hubo que persuadirlos uno por uno», recuerda la Sra. Llovet.

Luego, la Agencia Central de Búsquedas del CICR difundió la identidad de los jóvenes, por conducto de la infraestructura de la Cruz Roja en África y, por fin, comenzó a llegar algún que otro mensaje a La Habana.
Abraham fue uno de los dichosos destinatarios, ya que su madre y su padre están vivos, pero para Mabany Manyang Dau, las noticias fueron tristes. La Sra. Llovet recuerda cómo se le nublaron los ojos cuando leyó el mensaje: «Todos han muerto, pero por lo menos ahora sé qué fue de ellos», dijo en aquel momento.

El programa ha sido un éxito ya que casi el 75% de los estudiantes ha recibido alguna noticia, buena o mala, de su familia o de amigos de otrora, y hoy tienen algún vínculo con ese país que guardaban en un recóndito rincón de la memoria. Para estos niños de la guerra, que crecieron lejos de su tierra, el motivo de la separación ha dejado de ser una incógnita.

Mabany y Abraham ya no viven en Cuba pues de la condición de estu-diantes pasaron a la de refugiados y, con la ayuda del ACNUR, y la OIM, partieron a Canadá. Los demás, que se encuentran en diversos puntos del país, partirán pronto.

Cuba también ha dado asilo a haitianos, pero por períodos más cortos: «Algunos venían para Cuba pero la mayoría fueron rescatados del naufragio cuando se dirigían a los EE.UU.», comenta Joan Swaba Atherton, la psicóloga que dirige el programa de refugiados de la Cruz Roja Cubana. «No es sorprendente que hayan naufragado en esas cáscaras de nuez sobrecargadas que pueden zozobrar en cualquier momento».

Por lo general, los haitianos parten de su isla en busca de trabajo. Los que logran llegar a Cuba tiene suerte porque los guardacostas los recogen y los llevan a uno de los cuatro campamentos de la Cruz Roja, situados a lo largo de la costa del sudeste, donde se alojan en barracones de cemento y madera, pulcros y ordenados. Allí se inscribe su nombre y apellido varias veces porque lo cambian a menudo, y se les entrega lo esencial. Luego, pasan un examen médico, algunos por primera vez en su vida. El ACNUR puede llevarlos de vuelta a su patria en condiciones de seguridad, pero muchos volverán a intentarlo, en esta especie de juego de vida y muerte de la gente desespe-rada.

A lo largo de sus 90 años de historia, la Cruz Roja Cubana ha vivido cambios radi-cales. Antes de la Revo-lución de 1959, brinda-ba la atención de salud que tanto necesitaban los pobres, pero con la revolución llegaron los servicios de salud pública y gratuitos para todos, y la Sociedad Nacional tuvo que adaptarse.

Entonces, además de brindar primeros auxilios en manifestaciones multi-tudinarias que en ocasiones congregaban a medio millón de personas, se concentró más en tareas tradicionales como segu-ridad en el agua, juventud y servicios de emergencia. De ahí que se la identificara sobre todo como el servicio de ambulancias de Cuba.

Pero, a partir del resultado de un estudio crítico sobre las Sociedades Nacionales de occidente, y del «período especial» que vivía Cuba, la Cruz Roja Cubana no tardó en tomar nuevas direcciones.

«No hay que olvidar que en la economía socialista de Cuba todo estaba en manos del Estado. Eran tiempos difíciles y los miembros no estaban motivados. Entonces, para renovar el interés de la gente tuvimos que encontrar algunas esferas donde el Estado no interviniera activamente», explica el Dr. Luis Foyo Ceballos, Secretario General de Cruz Roja Cubana.

Tres de estas esferas eran el trabajo con refugiados, la búsqueda de personas y la reunificación familiar, y el derecho internacional humanitario.

El Centro de Estudios de Derecho Internacional Humanitario nació durante el período especial; allí se informa a los cubanos sobre sus derechos en tiempo de guerra, de conformidad con los Convenios de Ginebra. Desde su apertura en noviembre de 1994 hasta la fecha, este centro ha recibido premios internacionales por sus investigaciones, ha organizado certámenes para abogados y médicos, y ha impuesto la enseñanza del derecho internacional humanitario en las facultades de derecho y comunicaciones.

La Cruz Roja Cubana, por su parte, sigue desempeñando actividades tradicionales; por ejemplo, durante la visita del Papa en enero 1998, se ocupó de la vigilancia sanitaria. Cuando escasean medicamentos, lo que ahora es bastante común en Cuba, la Sociedad Nacional contribuye, consiguiendo fondos o medicamentos en otras Sociedades Nacionales. Distribuye material escolar, presta ayuda de emergencia en huracanes, inundaciones y epidemias, trabaja con los ancianos, sensibiliza respecto al sida, y participa en docenas de facetas de la vida cubana.

«Gozamos de credibilidad y de una gran autonomía», dice el Dr. Foyo. En 1994, en la sede central había tres empleados, hoy son 17, y el Dr. Foyo espera que el número de voluntarios pase de los 22.000 actuales a 30.000 en el año 2.000.

La evolución de la Cruz Roja Cubana es tanto más sorprendente por las serias dificultades y la escasez del medio donde se desenvuelve.

Leyla Alyanak
Periodista canadiense, especializada en desarrollo y derecho.



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