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Los niños olvidados de las calles de Abidyán
Marko Kokic

De día, los niños se ganan el pan cotidiano en estas calles y de noche, las veredas sirven de cama. Mediante educación y atención especial, la Cruz Roja se propone ofrecerles herramientas para que se labren un futuro mejor.

 

¿Puede haber una promesa de futuro más desperdiciada que los innumerables niños privados de infancia, educación y futuro porque luchan por sobrevivir?

A los niños de la calle se les olvida, tal vez porque el reto es pasmoso, pero en Abidyán, gracias al empeño de un hombre y al apoyo de su Sociedad Nacional, se atiende, se orienta y se da esperanza.

En los cruces principales de Abidyán, los niños rodean los coches y piden limosna. Puesto que hay miles de niños de la calle, es más fácil ignorarlos y cerrar los ojos. A los niños de la calle se les trata con una mezcla de desconfianza y desprecio; ellos, a su vez, desconfían de los adultos y sólo aceptan a personas especiales en su medio. Dominique Yao Kramo, Coordinador de Asistencia de la Cruz Roja a Niños en Situación Difícil, es una de esas personas especiales.

Al igual que los niños que protege, no confía en extraños, especialmente en quien quiere fotografiarlos y aún menos en quien quiere entrevistarlos. "Me llevó dos años ganarme su con-fianza y no quiero que usted me arruine la situación", advierte a quienquiera que esté a la caza de un artículo. Su minúscula oficina está llena de fotos de niños y su puerta siempre está abierta.

Una muchacha, acompañada por sus amigos del barrio, entra en la oficina, y Dominique toma nota de sus señas. Fatou tiene 15 años, vive con su familia y vende pañuelos de papel en la calle. ¿Qué puedo hacer por ti?, pregunta Dominique. La joven se queja de dolor de cabeza y pensando que sufre de paludismo, le toca la frente, pero la temperatura es normal. Dominique se vuelve a sentar, se cruza de brazos y la mira en silencio. Pasan algunos segundos y Fatou juguetea nerviosamente con su pañuelo. "¿Qué pasó?, pregunta Dominique. "Tenía necesidad de hablar con alguien", dice la chica con la mirada fija en el suelo. Más preguntas revelan que tiene problemas con su novio y Dominique le pregunta si ha tenido relaciones sexuales con él. Otra vez un momento de silencio y luego Fatou asiente con la cabeza. "¿Usaron protección?", pregunta. "No", responde Fatou. "¿Estabas de acuerdo?". Cubriéndose la cara, y ahogada por el llanto, responde que la había forzado. No era la primera vez, y está embarazada.

Acto seguido, Fatou irá a ver a la trabajadora social de la Cruz Roja, que le sacará cita para que se haga los exámenes médicos e interrumpa el embarazo si lo desea. Dominique se reclina en la silla, suspira y sacude la cabeza. ¿Se da cuenta?. Tiene 15 años y ya tuvo relaciones sin protección con un muchacho poco mayor que ella. Conozco al muchacho. Vive en la calle. Cualquiera de los dos puede ser seropositivo y haberse contaminado uno a otro. Antes, los niños sólo debían temer enfermedades de transmisión sexual (ETS) que podían tratarse o un embarazo no deseado. Ahora, deben temer el VIH/SIDA. "¿Y cómo van a pagar el tratamiento?, es la pregunta retórica de Dominique.

Después, la trabajadora social le contó que el novio de Fatou ya había pedido atención médica y que era seropositivo. Los niños de la calle son precoces en muchas cosas, entre ellas, las relaciones sexuales. Solamente 10% de los sexualmente activos utilizan preservativos regularmente y 50% nunca utilizó.

La ley de la calle es la ley del más fuerte. Un niño sin amigos que lo protejan tiene pocas esperanzas de sobrevivir. Muchachos mayores dirigen los grupos y protegen a los más pequeños contra las bandas rivales. A cambio, éstos pagan una "cuota de protección". Dominique llega hasta los niños sin hogar por intermedio de sus líderes. Uno de ellos es Fabrice o Togo Moro, como le llaman en la calle. Togo Moro tiene 22 años y lleva en las calles desde los seis. "Dejé el pueblo para huír de las palizas que me daba mi padre."

"La primera vez que casi me matan, fue un tipo que quería vengarse de una primera pelea a puñetazos, que había ganado yo", recuerda Togo Moro. "Tenía 14 años y frecuentaba malas compañías. Yo había ganado jugando a las cartas y no quiso pagarme. Una noche vino y me pegó con un martillo en la cabeza mientras dormía. Trató de matarme, pero le detuve. Salió corriendo y le seguí, pero me caí en medio de la calle." Voluntarios socorristas de la Cruz Roja lo encontraron tumbado en la calle. La Cruz Roja de Côte d'Ivoire costeó los gastos hasta su total recuperación.

 

"La segunda vez que la Cruz Roja me salvó la vida fue tras una redada de la policía para sacarnos de un distrito de la ciudad. Los habitantes se quejaban de nosotros y la policía trató de echarnos de allí. Estaba dormido, pero me despertaron los pasos de dos policías. Se acercaron y me echaron pimienta en los ojos y empezaron a golpearme. Quisieron tirarme del tercer piso. Me agarré a las piernas de uno de ellos mientras me golpeaban y otro me dio un culatazo en la cabeza, lo que hizo que me soltara y cayera al piso. Estaba malherido cuando me llevaron al cuartel. Cuando el juez vio lo que me habían hecho, me liberaron. La Cruz Roja me ayudó a mejorar. Nunca olvidaré lo que han hecho por mí."

Tratar de ocuparse de los niños de la calle es empeño penoso que lleva mucho tiempo y no ofrece garantía alguna. "Les han pasado muchas cosas antes de llegar a las calles y cuesta mucho sacarlos de allí. A veces, cuando uno cree haber logrado algo con uno de ellos, desaparece. Lo que me motiva es saber que si a nadie le importa de ellos, seguirán en la calle… porque no habrá nadie que los oriente", explica Dominique.

Con los escasos recursos de que dispone, Dominique sólo puede llegar a una pequeña proporción de niños de la calle, lo que no impide que el proyecto brinde una asistencia valiosa a los pocos que benefician de él. Unos 400 niños llegan a la Cruz Roja para ver al médico o a los socorristas de primeros auxilios. Treinta y cinco niños están matriculados en el primer grado de un programa de educación de un año. Reciben clases de cálculo elemental, aprenden a leer y escribir, buenos modales y a descifrar las señales de tráfico. También se les imparten nociones de alimentación e higiene corporal y de la reproducción mediante sensibilización en cuanto a las ETS, la contracepción y la prevención del VIH/SIDA. Además, reciben un curso de introducción al Movimiento. Seis voluntarios, entre ellos, un médico, prestan primeros auxilios y atención médica a los niños. También hay a disposición un psicólogo y una trabajadora social. Más de 630 niños han recibido tratamiento desde enero y 106 niños han vuelto a reunirse con su familia.

Dominique explica que en su trabajo lo más duro es enviar a los niños de vuelta a la calle. "Sé que les ayudamos, veo el progreso… y luego tengo que mandarlos de vuelta a la calle porque no tenemos un centro para niños sin hogar. El Centro de la Cruz Roja para Niños de la Calle sigue siendo un sueño común de Dominique y de los niños, "un centro nos permitiría tener mayor repercusión pues los niños permanecerían en un ambiente estable, y les podríamos impartir formación para alejarlos de la calle." De aquí a allá, el resultado se mide con pequeños triunfos: un niño a la vez, día por día.

Marko Kokic
Funcionario de información de la Federación en Côte d'Ivoire. a un niño a la vez.



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