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A la afgana
Nick Danziger

"Todos estábamos de acuerdo en que la prioridad era la vida."

Los bombardeos no impidieron que Shahnaz, miembro del personal de la Media Luna Roja Afgana, cumpliera con su tarea de prestar asistencia a los residentes de una institución de salud mental cerca de Kabul.

De septiembre a noviembre de 2001, los afganos sufrieron los efectos de los bombardeos liderados por EE.UU., la guerra civil y la sequía. Nick Dansziger narra los esfuerzos locales de quienes prosiguieron la labor del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja durante ese período.

El atardecer era extraordinario y todos en la fiesta estaban encantados; eran casi las dos y a muchos les costaba irse a pesar de que hacía horas que había sonado el toque de queda. Se había escuchado música a todo volumen y los invitados habían bailado con entusiasmo como si hiciera siglos que no festejaban. Tres meses antes, los hubieran detenido, interrogado y encarcelado por escuchar música y bailar, o simplemente, por divertirse.

Era la fiesta de despedida para Olivier Martin, Jefe de la Delegación del CICR en Mazar-e-Sharif, pero también de agradecimiento a los afganos que habían seguido trabajando dos meses sin la protección del personal extranjero durante la caída del régimen talibán.

La vida de todos los invitados había cambiado irrevocablemente a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001; pocos de ellos habían oído hablar del World Trade Center de Nueva York antes de esa fecha y ninguno había tenido oportunidad de verlo. Mucho se ha dicho y escrito sobre neoyorquinos comunes y corrientes, los bomberos y el Departamento de Policía de Nueva York, pero poco o nada se ha escrito de los actos heroicos que tuvieron lugar en los meses siguientes en Afganistán a miles de kilómetros de Nueva York.

Juma Khan, Shafiq, Aimal y Shahnaz nacieron en distintas partes de Afganistán, tres de ellos son de culturas diferentes que constituyen la gran riqueza de la población de este país. Sólo dos de ellos se conocían, pero todos trabajaban par el Movimiento.

A diferencia de muchos de nosotros, no pudieron ver los eventos que tanto iban a afectar su vida, ya que la televisión estaba prohibida durante el régimen talibán. Se enteraron de los atentados suicidas por sus compañeros de trabajo o por el Servicio Mundial de la BBC y la Voice of America. Ninguno de ellos desconocía la guerra y al otro día, fueron todos al trabajo sin saber que su país, uno de los más pobres del mundo, pronto se convertiría en un campo de batalla entre sus gobernantes y la potencia militar más grande del mundo.

A las 24 horas de los atentados de Nueva York y Washington, cuando se supo que EE.UU. tomarían represalias contra el régimen talibán, las autoridades informaron al personal extranjero que no podían seguir garantizando su seguridad. Por primera vez en los 17 años que llevaba el CICR en Afganistán, se vio obligado a evacuar a todo el personal que se encontraba en las zonas controladas por los talibanes.

Cuando llegó la orden de evacuación, los afganos y el personal extranjero del CICR y de la Federación cumplieron sus tareas a toda prisa porque no había mucho tiempo para prepararse. En Herat, Mazar, Kandahar y Jalalabad pocos delegados tuvieron tiempo suficiente para informar a sus colegas afganos, ninguno de ellos tuvo tiempo para empacar sus cosas. En Kabul, algunos delegados apenas tuvieron tiempo para eliminar expedientes delicados quemándolos en el patio. Los coordinadores se dedicaron a los preparativos de última hora para transferir funciones. La angustia que había abrumado a Nueva York dos días antes, había invadido a las delegaciones del CICR y de la Federación en todo Afganistán y tanto el personal extranjero como el afgano se sentía acongojado. Muchos no habían tenido tiempo de despedirse y pensaban que era la última vez que se veían, y los que pensaban que volverían a verse, no sabían cómo ni cuando.

Shafiq y Juma, delegados afganos del CICR, fueron de los muchos que prosiguieron la labor del Movimiento durante la crisis.

Por mucho que los delegados del CICR y la Federación quisieran quedarse, los afganos estaban de acuerdo en que no era prudente. "Fui el primero en aceptar que el personal extranjero debía partir", comenta Shafiq, Jefe de Enlace del CICR en Kabul. "La autoridad de los talibanes era débil y por la tarde dijeron que el personal extranjero debía dejar el país. Pensaban que no podían protegernos; en la ciudad había una multitud de grupos armados hasta los dientes que escapaban a su control." Los últimos delegados en Kabul hicieron varias propuestas para que oficina siguiera funcionando sin ellos. "Nunca nos habíamos preparado para esta situación. Me sentía un poco perdido, tres de nosotros (afganos) nos encontrábamos en la oficina y dijeron que yo podía asumir las funciones de jefe de la delegación. Nos esperábamos enormes dificultades y grandes tragedias para el país", comenta Shafiq.

Por su parte, Robert Monin, Jefe de la Delegación del CICR, tenía las ideas muy claras en cuanto a las prioridades para los 1.000 afganos que trabajaban para el CICR. En primer lugar, tenían que velar por sí mismos y por su familia. Peter Kiros, Jefe de la Delegación de la Federación, fue igual de claro con el personal de la Federación: "Todos estábamos de acuerdo en que la prioridad era la vida. No queríamos héroes muertos." Se dijo a cada miembro del personal que se cuidara y cuidara a su familia en primer lugar, y que se cupara de las actividades de la Federación en segundo lugar."

Cuando el avión del CICR despegó en dirección a Pakistán, los 10 afganos que habían ido al aeropuerto a despedir a sus colegas estaban muy tristes. "Ya habíamos vivido varias evacuaciones del personal no esencial, pero no teníamos ningún plan en previsión de que todo el personal extranjero tuviera que partir y pensábamos que sería imposible trabajar sin el apoyo de los delegados. No teníamos formación para estas situaciones y no estábamos seguros de salir adelante", explica Shafiq tratando de describir los ánimos de aquel día.

En Mazar, Juma Khan no era un desconocido para los extranjeros que debían abandonar la ciudad a toda prisa. Juma Khan es técnico de radio y electricidad muy calificado que trabajó en las fuerzas aéreas de Afganistán. Actualmente, es Jefe de Guardia del CICR en Mazar. Juma está muy lejos de Jagouri, su provincia natal en Ghazni, donde no ha podido volver desde hace 23 años. La evacuación de extranjeros, en septiembre pasado, era la tercera a en poco más de tres años.

Al igual que casi todos los empleados del CICR y la Federación, Juma Khan no veía ningún motivo para no ir a trabajar durante la evacuación. La mayoría de los colaboradora tenían la certeza de que seguirían recibiendo instrucciones por radio de los delegados evacuados a los países vecinos. Esa certeza duró poco, ya que al cabo de dos días, se informó al personal de todas las organizaciones internacionales que les estaba prohibido tomar contacto con extranjeros por radio y por teléfono vía satélite, salvo a través del Ministerio de Asuntos Exteriores. El incumplimiento de esta orden se consideraría un acto de traición y los infractores serían ahorcados. La mañana siguiente quitaron las antenas de la delegación de Mazar y se escondió gran parte del equipo de radio, pero esto no impidió la irrupción de los talibanes en el recinto.

Juma Khan lo recuerda: "Los soldados saltaron el muro. Una vez en el patio, golpearon a Naim, Shafi y Khaliq, nuestros chóferes. Nos quitaron las llaves de los vehículos, un camión y material de comunicaciones. Yo estaba en la oficina. Me golpearon en un lado de la cabeza y de la oreja con la culata de madera de un Kalashnikov. Ghulam Ali, nuestro Jefe de Enlace, fue al Ministerio de Asuntos Exteriores a presentar una queja." Reinaba la confusión no sólo en Mazar sino también en otras partes del país. Día a día la vida iba siendo más difícil para los afganos empleados en organizaciones extranjeras. Sin embargo, las actividades del CICR, la Federación y la Media Luna Roja Afgana (MLRA) no cesaron. En muchos casos se hizo lo imposible para seguir protegiendo los bienes del Movimiento y ayudar a los miembros más pobres y marginados de la sociedad afgana. Algunos afganos se llevaron los vehículos a sus aldeas. Shafiq llevó cinco a la casa de su madre en la provincia de Wardak. "Ella no quería esconderlos pues temía que su casa fuera blanco de los B-52 estadounidenses. Entonces, le dije que mantuviera brillantes los techos de los vehículos para que se pudieran ver los emblemas de la Cruz Roja y la Media Luna Roja." Najmuddin, Jefe del Centro Ortopédico del CICR, ordenó que se quitaran las ruedas y las baterías de sus vehículos.

A fines de 2001, miles de afganos huyeron de su hogar para escapar a los rigores del invierno y el impacto de los bombardeos dirigidos por EE.UU.

Estadísticas de vida

  • Población estimada en 26 millones; 80% vive en zonas rurales.
  • Aproximadamente, 1.280.000 personas desplazadas.
  • 2.000.000 de refugiados afganos en Pakistán y 1.500.00 en Irán.
  • Cada 30 minutos una mujer afgana muere de complicaciones del embarazo.
  • Sólo 69,9% de los niños supera los cinco años de edad, y la esperanza de vida es de 44 años,
  • Uno de cada dos niños afganos sufre de desnutrición.
  • Se estima que hay 200.000 supervivientes de accidentes con minas y municiones sin explotar; antes de la crisis actual, el número mensual de muertos y heridos oscilaba entre 150 y 300.
  • Entre 1999 y 2000, se detectaron y destruyeron más de 225.000 minas terrestres y 1.300.000 municiones sin explotar.
  • 23% de la población tiene acceso al agua potable.
  • 12% tiene acceso a saneamiento adecuado.
  • Estimación de los índices de alfabetización: casi 30% de hombres y casi 13% de mujeres.

Fuentes: Federación, Naciones Unidas, Médecins sans frontières.

Acción del Movimiento

Participantes

  • CICR, organismo director.
  • Sociedad de la Media Luna Roja Afgana (MLRA).
  • Federación Internacional.
  • Sociedades hermanas: Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, España, Finlandia Japón, Noruega, Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza.

Prioridades

  • Socorro de emergencia.
  • Salud.
  • Agricultura.
  • Agua y saneamiento.
  • Recogida de restos mortales.
  • Protección: visitas a unos 4.800 detenidos y prisioneros de guerra en 40 centros de detención (incluyendo los del ejército de EE.UU. en la bahía de Guantánamo, Cuba).
  • Programa de sensibilización al peligro de las minas y bombas de fragmentación.
  • Consolidación de la capacidad institucional de la MLRA.
  • Datos de la MLRA
  • Dotación de personal - 1.200.
  • Voluntarios - 5.900.
  • Actividades con el apoyo de la Federación y del CICR en 2002: Asistencia primaria de salud preventiva y curativa; salud materno-infantil; programa de primeros auxilios para la juventud, basado en la comunidad; formación profesional; programa de comida por trabajo; servicio institucional para familias indigentes y personas con retraso mental (Marastoons); distribución de productos alimenticios y no alimenticios; búsqueda; sensibilización al peligro de las minas; difusión, y programas de preparación en previsión de desastres y conflictos armados.
 

Tras 20 años de conflicto armado, los afganos ponen todo su empeño en los esfuerzos de reconstrucción. La ONU estima que reconstruir el país exigirá más de un decenio de participación sostenida de la comunidad internacional y la sociedad afgana.

Cuando el personal de terreno se quedó sin vehículos, alquiló taxis para recorrer el país y distribuir medicamentos esenciales y botiquines para heridos de guerra en los hospitales. A menudo, los colaboradores del CICR y la Federación corrían contra el reloj, tratando de distribuir las existencias de alimentos antes de que los almacenes fuera saqueados o destruidos. Los centros ortopédicos permanecieron abiertos como siempre y numerosos pacientes olvidaban bombardeos y combates para llegar puntuales a su cita, otros tenían miedo de venir a los centros (como sigue siendo el caso hoy en día), porque son de un grupo étnico que en el pasado fue objeto de persecución por un grupo rival.

Al menos 40 de las 48 clínicas de la MLRA, apoyadas por la Federación, permanecieron abiertos durante la crisis, y 11 de ellas participaron en la campaña de vacunación contra la polio. Más de 4.200 niños fueron vacunados por la Sociedad Nacional en todo Afganistán Central. "Estábamos muy asustados, pero tratamos de continuar como si no pasara nada, porque nos dábamos cuenta de que la gente nos necesitaba más que nunca", afima Latifa Hassima, doctora de una de las clínicas de la MLRA en Kabul.

El indómito espíritu afgano nunca fue tan patente como en los momentos más críticos de peligro. Apenas se interrumpían un momento los bombardeos que sacudían la ciudad, Juma Khan montaba en su bicicleta para ver si sus dos porteros habían sobrevido a los ataques furiosos. Al llegar a la delegación un soldado armado lo detuvo por ser hazara. "Me dijeron que me iban a matar y beber mi sangre. Que era un espía." Ghulam Ali, al oír el escándalo llegó corriendo a la entrada y dijo que yo era turcomano, pero les dije que era hazara. Ghulam Ali me puso en un taxi y me dijo que me quedara en casa, donde estuve 10 días escuchando la BBC y la Voice of America, atento al flujo y reflujo de los bombardeos."

En Kabul, el terrible bombardeo del aeropuerto forzó a Shahnaz, viuda con cuatro hijos, a huir de su casa a un lugar más seguro. Al igual que Juma Khan y Shafiq, Shahnaz ha vivido varios golpes de Estado, revoluciones, guerras civiles y bombardeos de ejércitos extranjeros. Trabajó más de 10 años para la MLRA, en calidad de auxiliar de enfermería en Marastoon, un asilo en las afueras de Kabul para hombres y mujeres con graves problemas mentales.

Shahnaz fue una de las pocas mujeres que pudieron trabajar durante el régimen talibán. A pesar de que nunca recibió educación formal ni formación para su empleo, su abnegación es incomparable para cuidar de personas con problemas mentales hereditarios o causados por los múltiples horrores que se han vivido en Afganistán.

"Los bombardeos me aterrorizaban", cuenta Shahnaz. Las calles quedaban vacías de gente y vehículos, y más de una vez fue al trabajo y volvió a su casa por calles desiertas. "No hubiera podido dejar a esas mujeres libradas a su suerte, ninguna otra persona las hubiera atendido." Mujeres y hombres como Shahnaz son los cimientos de la Sociedad Nacional. En Bamiyan, al pie de los antiguos budas recientemente destruidos, la mayor parte de la ciudad fue destruida o saqueada. La clínica local es el espectro de lo que fuera, sólo quedan las paredes y las cabeceras de las camas. Las puertas, las ventanas y sus marcos de madera, las cubetas, las bombillas y las instalaciones fueron robadas. Una enfermera de allí, temiéndose lo peor, se llevó todo lo que pudo antes de que llegaran los saqueadores. Actualmente, a falta del equipo médico y la clínica, atiende a los enfermos en su propia casa.

 

La Media Luna Roja Afgana es uno de los principales participantes en el esfuerzo de reconstrucción nacional.

Esa perserverancia y esa abnegación con el prójimo podían haber costado la vida a muchos afganos que trabajan para el Movimiento.

Aimal tiene 20 años perso sus ojos cansados parecen los de una persona mucho mayor. Es un héroe renuente. Nunca había pensado trabajar para el CICR, quería seguir sus estudios, ir a la universidad y viajar al extranjero, pero no le quedó alternativa. "Cuando llegaron los talibanes perdí el empleo porque era camarógrafo de bodas. Mi madre tuvo que jubilarse por su edad y problemas de la vista; mi padre es mecánico industrial y no pudo seguir trabajando porque las máquinas estaban destruidas y las fábricas abandonadas." Como había aprendido inglés en un curso privado, el CICR le ofreció un empleo en las operaciones aéreas y de operador de radio, y Aimal pasó a ser el único sostén de su familia.

De dos a cuatro veces por día atravesaba Mazar para ir a la Oficina de Teléfonos a llamar a Olivier Martín que estaba en Turkmenistán. Iba a pie o en bicicleta y evitaba pasar dos veces por el mismo camino. En la Oficina tenía un amigo dispuesto a arriesgar la vida para ayudarle a hacer la llamada. "Estaba asustado. A veces tenía que colgar en medio de la conversación. Hablaba esencialmente en código de transmisión por radio."

Cuando la Alianza del Norte se fue acercando a Mazar, Aimal temía ser apresado por los talibanes por haber llamado por teléfono a extranjeros, y por la Alianza del Norte por ser de orígenes pashtoun. "Los talibanes atravesaban Mazar rápidamente, a veces con uno o dos neumáticos pinchados, algunos se bajaban del vehículo y sacaban a la gente de los taxis y se iban. Comprendí que que les quedaba poco tiempo. Pedalié como un loco para ir al encuentro de mi familia. Los bombardeos arreciaban. Nos fuimos a la casa de Juma Khan pensando que estaríamos en seguridad porque creíamos que no matarían a hazaras. Juma Kahn nos recibió con mucha calidez, nos dio de comer y dijo que estábamos en nuestra casa por el tiempo que quisiéramos." Pero poco después los combates estaban a la puerta de la casa de Juma Khan.
"Estábamos todos tumbados en el suelo por la intensidad de los combates. Al atardecer oímos cascos de caballos y gente hablando, seguíamos en el suelo asustados, tratando de saber en qué idioma hablaban. Era farsi y no pashtu, entonces, supe que estábamos a salvo", recuerda Juma Khan. Los combates no habían terminado del todo y los afganos se preparaban a cumplir una de las tareas más arduas en las distintas dele- gaciones del país: recoger, fotografíar y enterrar los cadáveres que yacían en vecindarios, campos y calles de todo Afganistán. Muchos de los que se ofrecieron voluntarios para hacer esa labor que ningún otro estaba dispuesto a hacer siguen atormentados por lo que vieron.

El gobierno interino de Afganistán trata de rescatar al país del oscurantismo y hacerlo ingresar en la liga de naciones, y los organismos internacionales tratan de conjugar proyectos de emergencia y desarrollo, unos y otros harían bien en inspirarse de lo que unos pocos miles de afganos lograron con poco más que ingenio y valor, sin olvidar la ventaja que supone contar con varios años de formación en el quehacer humanitario. Durante los dos meses en que no hubo autoridades cívicas ni extranjeros, los colaboradores afganos del Movimiento: distribuyeron comida a personas desplazadas que estaban a punto de morir de inanición; entregaron mantas a familias que hubieran muerto de hipotermia; negociaron el retorno de un puente robado para que los técnicos pudieran reparar el sistema de suministro de agua de Kabul; fabricaron y repararon prótesis para algunos de los millares de afganos con discapacidades; viajaron en taxis bajo la lluvia de balas para llevar botiquines de heridos de guerra a hombres que habían causado sufrimientos a su propia familia, y atendieron a heridos y enfermos en sus instalaciones del frente.

Ahora bien, el mayor descubrimiento que hicieron estos hombres y mujeres del Movimiento fue que tras 23 años de cruentas guerras civiles por motivos de ideología u origen étnico, existe la posibilidad de trabajar juntos. "Si nosotros lo logramos", dice Shafiq, "nuestra gran esperanza es que el país se pueda dirigir de la misma manera."

 

Nick Danziger
Articulista, realizador de documentales y fotógrafo.


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