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Una tragedia internacional

Stephanie Kriner

Un año después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, las familias afectadas por los atentados terroristas contra el World Trade Center siguen dirigiéndose a la Cruz Roja y la Media Luna Roja en busca de apoyo.

Juan Ortega Campos, esposo de María Sánchez Mandoza, no se hubiera dejado arredrar por nada cuando decidió buscar una vida mejor para su esposa y sus tres hijos. Hace tres años, los dejó en casa de su madre, logró atravesar la frontera con Estados Unidos y se dirigió a Nueva York. Allí ganó suficiente dinero para mantenerse y enviar un poco a la familia, trabajando de repartidor en el World Trade Center. Entretanto, María completaba sus ingresos vendiendo ropa en la calle e incluso llegaba a economizar algún dinero. La pareja abrigaba la esperanza de ahorrar lo suficiente para comprarse una casa. Ese sueño y otros muchos se derrumbaron en septiembre del año pasado, porque Juan murió en los atentados.

"El año pasado todo fue tan confuso", dice María en la habitación del hotel de Nueva York, la noche después de la ceremonia de aniversario del 11 de septiembre. "Al principio no sabía si mi marido había muerto. Seguía esperando su vuelta en cualquier momento. Luego, he tratado de convencerme de que no volverá, pero sigue siendo muy difícil".

Cuando María, de 32 años, por fin se resignó a aceptar que su esposo había muerto en los atentados, la cegó la rabia. Ni siquiera podía pensar cómo iba a hacer para mantener sola a su familia.

"Cuando comencé a trabajar con ella, estaba furiosa, pero así trataba de esconder sus sentimientos por la dolorosa pérdida. El apoyo psicosocial que le brindamos le permitió exteriorizar sus verdaderos sentimientos", recuerda Diana Montelongo, voluntaria de la Cruz Roja Mexicana que se ocupa de cuestiones relacionadas con la salud mental.

 

 

María es una de las 1.000 personas que benefician del apoyo moral y financiero del Programa internacional de asistencia a las familias de las víctimas del 11 de septiembre, de la Cruz Roja Estadounidense (ARC).

Al tiempo que sumía en la necesidad a millares de personas en los Estados Unidos, el alcance internacional de la tragedia también suscitó una respuesta mundial sin precedentes. La cooperación culminó en Manhattan, el día del primer aniversario, cuando la ARC reunió a 31 trabajadores de búsqueda de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja del mundo entero para examinar la labor llevada a cabo el año anterior. Además dicha Sociedad Nacional prestó asistencia a familias de 65 países, destinando para ello casi 4.000.000 de dólares.

El volumen de esta ayuda fue el resultado de donativos por valor de 1.000 millones de dólares, incluidos los 35.000.000 de más de 40 Sociedades Nacionales. Inicialmente, la ARC tenía previsto destinar una parte de los fondos para prepararse para emergencias en previsión de futuros atentados. Sin embargo, la presión de la opinión pública y de funcionarios del gobierno, hicieron que destinara los donativos para subvenir exclusivamente a las necesidades causadas por la tragedia.

Los beneficiarios internacionales recibieron las mismas prestaciones que las familias estadounidenses. Esta asistencia incluyó apoyo financiero equivalente a un año de salario para quienes perdieron al sostén de la familia, y subsidios para orientación psicológica, funerales y viajes a Nueva York, así como otros gastos relacionados con la tragedia. La Sociedad Nacional estima que unas 3.000 familias de fallecidos en los atentados recibirán un promedio de 116.000 dólares.

Solidaridad en el duelo

La Cruz Roja Estadounidense ha colaborado con otras Sociedades Nacionales para crear proyectos de recuperación. En México, financió un programa de orientación psicosocial, que permitió a voluntarios viajar al hogar de personas que, de otra manera, no hubieran dispuesto de medios para recibir esa asistencia. En Jamaica apoyó un programa de divulgación, que permitió que los voluntarios instruyeran a las comunidades sobre la mejor manera de apoyar a quienes habían perdido seres queridos.

En el Reino Unido, un grupo de apoyo de 300 familiares recibió financiación de la Cruz Roja. "Me impresionan su fuerza y su dedicación. Es admirable como se ayudan mutuamente cuando cada uno está tan necesitado", comentó Sophie Brandt, Coordinadora del Programa de Asistencia a las Familias, de la Cruz Roja Británica.

Este tipo de apoyo permanente ayudará a salir adelante estos próximos años a quienes han perdido seres queridos. Sin embargo, los consejeros psicológicos temen que algunas de las miles de familias que aún no han recibido los restos mortales de los suyos sigan negando la evidencia indefinidamente.

La ARC considera que a muchos les puede llevar tres años poder aceptar la pérdida y prevé asignar entre 35 y 40.000.000 a la atención psicológica de unas 16.000 personas y su oficina del Programa de recuperación del 11 de septiembre en Nueva York, seguirá funcionando por un período de tres a cinco años.

A partir de ahora, y en los años venideros, algunas personas recién empezarán a pedir ayuda, opina Maggi Tapp, Directora en funciones del Programa de salud mental 11 de septiembre, de Nueva York. "La gente siente la pérdida y el trauma de mil maneras. Prevemos que 30 por ciento de las personas afectadas solicitarán tratamiento psicológico profesional".

 
 

Además de costear la atención psicológica, la Cruz Roja y la Media Luna Roja seguirán atendiendo las necesidades a largo plazo. Mientras que en algunos casos este apoyo tal vez consista en ofrecer asistencia psicológica profesional, en otros podría ser algo tan sencillo como saber escuchar o saber consolar.

Cuando Sivapakiam Paramsothy, de Malasia, perdió a Vijay, su hijo de 24 años, primero sintió rabia. Fue a ver a Jayanthy Maruthan de la Media Luna Roja Malaya para que le ayudara con los gastos de viaje y exteriorizar algunas de sus inquietudes.

"Pude explicarle y aliviar un poco su frustración. La primera vez que vino a verme estaba furioso. Lo único que pude hacer fue escuchar", recuerda Maruthan.

Este año, poco antes del 11 de septiembre, Paramsothy soñó que Vijay le aconsejaba que fuera a Nueva York. Al despertar, escribió "su última morada", en el viejo diario de tapas de cuero que lleva desde que murió su hijo. Su esposa se sentía incapaz de emprender ese doloroso viaje, pero él sabía que tenía que hacerlo.

"Cuando esté en la Zona Cero pensaré que es su última morada y estoy seguro de que allí no hay dolor, sólo paz y alegría", comentó Paramsothy la noche antes del aniversario.

Durante su primera noche en Nueva York, dos días antes del aniversario, Paramsothy no podía dejar de pensar en el día en que desapareció su único hijo. Echaba de menos a su esposa. Era inútil tratar de dormir. Maruthan, que se encontraba allí para asistir a una reunión de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja que ayudan a las víctimas de los atentados, y se alojaba en un hotel cercano al de Paramsothy, le ofreció su compañía. Caminaron por las calles de Manhattan hasta las tres de la madrugada.

Dos días después, el 11 de septiembre, Maruthan estaba de nuevo junto a Paramsothy en la ceremonia de aniversario, cuando los familiares fueron hasta la inmensa y polvorienta cavidad donde antes se erguían las Torres Gemelas. Paramsothy puso una foto de su hijo allí e inclinó la cabeza para darle, por fin, el último adiós.

Stephanie Kriner
Periodista independiente residente en Washington D.C.

 


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