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La policía y los derechos humanos

por Betina Monteiro

En Brasil, la policía ha comenzado a cambiar su manera de actuar gracias a un proyecto de difusión de las normas de los derechos humanos.

VIRGINIA CANEDO / CICR

Discutiendo el sistema interamericano de derechos humanos.

EL 30 de agosto de 2001, se produjo un secuestro cuyas consecuencias nadie hubiera podido imaginar. El rehén era ni más ni menos que el presentador de televisión más popular del país, Silvio Santos, que es también propietario de la segunda red de televisión de Brasil. Fue retenido en su casa por el mismo secuestrador que, una semana antes había capturado a una de sus hijas y que, al huir, había matado a dos agentes de policía y herido a un tercero.

El lugarteniente Marcos Henrique da Silva, miembro de la Policía Militar del Estado de San Pablo (PMESP), encargado del caso, llegó al lugar del secuestro y reunió a todos los policías, trazó un plan, hizo un reconocimiento del lugar e hizo cercar la propiedad. En pocos minutos, sus hombres estaban apostados detrás de la casa, frente a un gran gimnasio protegido por una puerta de vidrio.

Una vez que hizo aislar la propiedad, el lugarteniente tomó posición detrás de una pantalla a prueba de balas. Estaba listo para iniciar las negociaciones con el secuestrador que amenazaba a su víctima con dos pistolas en la cabeza. Explicó que era de la policía y estaba allí para ayudar; hizo un par de preguntas que mostraron que tenía controlada la situación. Aclaró que si el secuestrador se rendía saldría sano y salvo.

Las negociaciones terminaron siete horas después sin que se haya disparado ni un solo tiro.

Valiosas enseñanzas

Para un país acostumbrado a operaciones policiales en las que suele haber tiroteos, este incidente fue totalmente inusitado. Lo esencial de la historia es que el comportamiento del lugarteniente Henrique no fue casual. Había seguido un curso especial de tres semanas organizado por el CICR y el Ministerio brasileño de Justicia, conjuntamente con la policía militar. “El curso cambió mi actitud profesional”, afirma el lugarteniente Henrique. “Antes hubiera roto la puerta de vidrio de un puntapié y hubiera entrado disparando”.

En el curso, el lugarteniente aprendió a actuar de una manera que salvaguarda el derecho a la vida, a la integridad física y a la dignidad de la persona. “Siguiendo un orden de prioridad, claro está”, explica el ex estudiante, “en primer lugar, proteger la vida del ciudadano, sea víctima o transeúnte. Luego la vida del policía y, por último, la del delincuente”. En otras palabras, fue formado para realizar operaciones policiales de conformidad con el derecho internacional de los derecho humanos.

Para garantizar que esta nueva filosofía se incorpore a la rutina de la policía, el CICR, el Ministerio de Justicia y la policía militar idearon un curso de formación que funcionara tanto en la teoría como en la práctica. Se trazó un programa de enseñanza, basado en el derecho de los derechos humanos y en los principios humanitarios universales con ejercicios prácticos, técnicos y tácticos.

En las clases prácticas, los agentes de policía aprendieron la manera más eficaz para detener a los individuos, buscar vehículos y allanar recintos, así como cuándo utilizar la fuerza o las armas de fuego; aprendieron también lo básico de una negociación y cómo manejar las crisis.

VIRGINIA CANEDO / CICR

El objetivo es poner en práctica las normas.

 

 

 

 

ERICH MEIER / CICR

Agentes de policía comparten ideas durante un curso de formación en San Pablo.
“Los policías, como cualquier ser humano, son seres racionales guiados por el instinto y las emociones. Aunque hayan pasado por un proceso de selección y hayan sido capacitados antes de salir a la calle, una vez que están allí y afrontan una situación peligrosa, sus emociones y su instinto influyen en el ciclo racional del cerebro”, explica el comandante André Vianna, que representó al Estado de San Pablo en el primer grupo de formación. “Así pues, el curso funciona como un entrenamiento. Los conceptos se aplican una y otra vez en situaciones de estrés, en las que los agentes podrían perder el control, hasta que se convierten en reflejos”.

Cuando tuvo lugar el primer curso de formación en 1998, la escenificación de situaciones que eran comunes en el trabajo diario de la policía hizo resaltar las actitudes incorrectas. En una situación de toma de rehenes en un recinto, por ejemplo, la mayoría de los agentes de policía mostraban una “valentía peligrosa”, en otras palabras, se ponían a disparar. “Por consiguiente, repetimos una y otra vez el ejercicio hasta que el estudiante se convence de que en tal situación no saca nada con precipitarse y de que lo más indicado es persuadir al delincuente de que se rinda”, afirma el comandante Vianna, hoy instructor.

En su opinión, con una formación adecuada es posible evaluar el modo de proceder correcto y el incorrecto y, por último, darse cuenta de quién será incapaz de controlar realmente sus sentimientos en un momento crucial. “Al término de la jornada, no puede haber oposición entre salvar vidas y el trabajo de la policía”, concluye.

Formar a formadores

Desde un principio, la idea del CICR era capacitar a los agentes de policía para que transmitieran el conocimiento a otros. Por ello se seleccionaron 21 agentes de 19 estados de Brasil, entre los rangos de capitán a teniente coronel, muchos de ellos con un excelente nivel de inglés. Este primer grupo, bajo la supervisión de un especialista del CICR en asuntos de policía, se encargaría de formar a otros instructores en su respectivo estado, así como en otros estados. Así pues, desde septiembre de 1998 hasta mediados de 2002, 996 profesionales de la policía militar de Brasil y otros países de América Latina, como Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Jamaica, México, Perú y Venezuela siguieron un curso de formación.

Al principio, hubo que vencer muchas barreras para iniciar el proyecto. “Para empezar, había –y todavía hay– una idea preconcebida en la sociedad y en los círculos políticos por lo que atañe a las cuestiones relacionadas con los derechos humanos. Es necesario aún que la gente comprenda que los derechos humanos son los derechos de todos y de que no es incompatible el deber de un policía y el respeto de los derechos fundamentales de los seres humanos”. El lugarteniente Henrique recibió la invitación de participar en el curso con cierto recelo.

“Se me había retirado de mi labor de policía durante seis meses, pues había participado en una operación policial peligrosa que terminó con la muerte de tres delincuentes. Fue entonces cuando me pidieron que tomara parte en un curso sobre derechos humanos. ¿Cómo debía tomarlo? Pues como una forma de castigo, evidentemente”, recuerda riéndose.

El CICR no sólo superó esas dificultades sino que también amplió el curso a otros ámbitos de la formación de la policía. Hoy se ha incorporado a los cursos celebrados anualmente la difusión de operaciones que se realizan de conformidad con las normas de los derechos humanos.

La formación en derechos humanos también integra los programas de las academias y de los centros de capacitación de las diversas fuerzas de policía militar del país. Además, se han incorporado los temas de derechos humanos a los cursos sobre el uso de armas de fuego. Los agentes aprenden las diferentes tácticas que se deben adoptar para la protección, la negociación, la verbalización y la rendición del sospechoso.

Las perspectivas son buenas. Es evidente que queda aún mucho por hacer, pero la nueva generación de policías ya están recibiendo una formación que tiene en cuenta este enfoque más positivo. “Dado el aspecto cultural que ello implica, pienso que lograr un cambio completo llevará de cinco a diez años. Sea como sea, no hay vuelta atrás posible. Ya no se puede imaginar a un agente de policía que no promueva ni proteja los derechos humanos”, afirma el comandante Vianna.

ERICH MEIER / CICR

Las técnicas de detención deben respetar los derechos humanos.


Betina Monteiro
Periodista independiente residente en Brasil.



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