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Supervivencia tras la paz
en Sudán meridional

 

Las heridas físicas y psicológicas dejadas por 22 años de guerra civil en Sudán meridional, conflicto que terminó en 2005, no se sanan tan fácilmente, sobre todo para las personas indigentes, como se comprobó en una visita, a principios de este año, al Hospital Universitario de Juba, capital de Sudán meridional.

EN una calurosa mañana de enero, el Hospital Universitario de Juba, conocido más con el nombre de JTH, con una capacidad de 500 camas, parecía más atareado que de costumbre. Se había instalado un pabellón de cuarentena para recibir una afluencia de posibles casos de cólera. La pediatría y la consulta médica estaban atestadas de gente y en la sala de urgencias, el personal se afanaba atendiendo a las víctimas de un accidente de autobús, el primero de varios ese día.

Observar a los pacientes languideciendo en camas de hierro alineadas en deteriorados pabellones, mirar las nubes de polvo que levantaban los limpiadores con sus escobas y sentir los distintos olores humanos, era como estar ante las ruinas dejadas por este conflicto en una sociedad ya paupérrima, mucho después del cese de los combates.

Entre los pacientes del pabellón de cirugía había hombres con heridas de bala y otro con una herida causada por una lanza. Larisa, una mujer con una pierna amputada postrada en una cama, se echaba perfume barato en el muñón vendado y adornaba su cuello con un collarcito de cuentas de colores. Al lado de ella, una mujer con su bebé, heridos durante un enfrentamiento interétnico en su pueblo.

En la pediatría abarrotada, las madres apretujadas en las camas mecían a sus niños enfermos; otras sentadas sobre mantas atestaban el suelo y era difícil deambular sin pisar a los bebés postrados. En medio de este caos, los niños con paludismo y diarrea yacían inmóviles en mantas grises del ejército o sábanas de algodón desteñidas, atados al gota a gota. Los llantos irrumpían en medio del murmullo de voces. Un solo enfermero estaba de turno, era Patrick, un estudiante de primer año de medicina.

El CICR ha prestado apoyo al JTH en los últimos 14 años. Decenas de cirujanos, anestesistas, médicos, enfermeros y administradores han trabajado aquí durante este tiempo, ayudando a los casi 1.000 empleados sudaneses, enseñando en la escuela de enfermería y brindando asesoramiento administrativo. El CICR sigue abasteciendo al hospital con todos los medicamentos, suministros médicos, reactivos para el laboratorio y artículos no médicos, como apósitos, guantes quirúrgicos, sábanas y uniformes para el personal de enfermería.

Pero hoy, dos años después de finalizada la guerra, el CICR ha comenzado a reducir paulatinamente su apoyo y, en diciembre de 2007, traspasará la responsabilidad del JTH al Ministerio de Salud del Gobierno de Sudán meridional. El director del hospital, Samuel Salyi, opina que será una tarea dantesca. “Roma no se construyó en un día”, observa. “La gente sale de una guerra y está traumatizada; los cambios son lentos”. El Banco Mundial, mediante su fondo fiduciario de donantes múltiples, ha comenzado a financiar la millonaria reconstrucción y renovación del hospital. No obstante, no es tanto la infraestructura sino los recursos humanos lo que más preocupa a Salyi. “Los médicos de la diáspora no saben todavía si regresarán al país”, comenta con cierto tono decepcionado en la voz. En cuanto a él, cuenta que cuando estallaron los combates en 1983, llevó a su familia a Uganda y él regresó para trabajar en el hospital mientras duró la guerra. Había un solo radiólogo. Añade “hoy, las necesidades son crecientes, también la población ha aumentado; efectuamos 30 rayos X por día”.

También teme que los más viejos como él no sean reemplazados por personal más joven. “He hablado con el gobierno”, observa, “y les pedí que nos enviaran gente nueva; nosotros, los viejos no vamos a durar eternamente”. Además, no hay que olvidar que muchos empleados sobrellevan traumas emocionales debido al conflicto y los embarga un profundo malestar. “Algunas de nuestras enfermeras perdieron a su marido y están criando solas a sus hijos”, explica sor Christine Akongo, que lleva trabajando muchos años en el hospital.

El ausentismo es otro problema grave porque para completar los bajos sueldos el personal tiene un segundo empleo o cultiva alimentos para dar de comer a su familia. “La guerra dañó el alma de la gente”, afirma la responsable de proyectos del CICR, Louise Vuillermin, uno de los 15 delegados extranjeros que trabajan actualmente en el JTH. El hospital es administrado por el gobierno con el respaldo del CICR.

El equipo extranjero lo único que puede hacer es dar ánimo a sus colegas sudaneses para que tomen en serio su trabajo. “¿Cómo se puede motivar a una persona que ha perdido toda esperanza?”, pregunta con acierto Claire Gripton, enfermera quirúrgica.

En un entorno donde falta la cultura de la dedicación al paciente, el más mínimo logro es un triunfo. Por ejemplo, ver a una niña de 9 años, enferma de tuberculosis, que después de un largo letargo, se interesa por todo lo que la rodea, es una gran recompensa. Saber que la mortalidad infantil en pediatría descendió del 7 al 5% es un alivio. Observar el deleite en el rostro de los pacientes cuando miran una representación improvisada del “Rey León” es una gran alegría.

Patrick, de 21 años, trabaja en pediatría y cuenta que decidió seguir una carrera médica mientras participaba en campañas sobre el VIH/SIDA estando en el exilio en Uganda. En 2005, regresó para visitar a un padre que no había visto durante 15 años y se inscribió en la escuela de enfermería del JTH poco después. “Decidí volver y sentí deseos de ayudar a la gente”.

En el ala de urgencias una multitud de personas aguarda su turno a pesar de caer la tarde. A la sombra de una galería, agoniza una anciana con la cabeza apoyada en el regazo de su hijo. Las víctimas de otro accidente de autobús esperan ser admitidas; bajo un árbol cercano, los familiares de los pacientes revuelven la comida en ollas colocadas en fuegos hechos al aire libre y se preparan para acampar y pasar la noche. Al ver estas escenas íntimas al anochecer, uno se acuerda de las bellas palabras de William Penn: “sólo viviré una vez; por lo tanto, si algo bueno puedo hacer o puedo ser amable con alguien, déjenme hacerlo ahora. No puedo postergar ni pasar por alto ese momento, pues sé que no volveré a pisar este camino”.

Es un homenaje digno para los muchos hombres y mujeres, delegados del CICR y sudaneses, que han dado tanto de sí mismos para ayudar a las víctimas de la larga guerra civil de Sudán, y están ayudando ahora a que perdure la paz. Quizás quepa concluir esta historia con las palabras de una enfermera noruega, Turid Andreassen, al referirse a su labor en el JTH, “al hacer este trabajo no sólo se utilizan todos los conocimientos de enfermería, sino también todas las aptitudes como ser humano”.

Jessica Barry
Delegada de comunicación del CICR.
Un cirujano del CICR realiza una operación de rodilla.

 


Hospital Universitario de Juba
©BORIS HEGER / CICR

 

 

 

 


Un cirujano del CICR realiza una operaciónde rodilla.
©BORIS HEGER / CICR

 

 

 

 

 

 

 

Prepararse para el futuro

• El Ministerio de Salud del Gobierno de Sudán meridional está a cargo del JTH y prevé contratar a una empresa para gestionar el hospital en el largo plazo.
• El JTH ha sido financiado mediante un subsidio gubernamental de 220 millones de dólares estadounidenses, asignado al sector de la salud para los próximos tres años.
• La contratación de especialistas para las principales unidades (médica, pediátrica y ginecológica) se ha completado con la designación de médicos sudaneses.
• Las condiciones están reunidas ahora para que el CICR se retire a fines de 2007. Hospital Universitario de Juba.

 


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