Volver a la página principal de la revista

Es el momento
de decir gracias

 

Los australianos Frank Cox y John Crooks saldaron recientemente lo que ellos llaman una “deuda con la humanidad”, haciendo una donación sustancial a la Cruz Roja Australiana en reconocimiento por la asistencia que recibieron del Movimiento hace ya unos 65 años cuando eran prisioneros de guerra.

Fue en Grecia en abril de 1941 donde Frank y John, ambos enrolados con el Cuerpo de Señales 1 de Australia, fueron capturados por las tropas alemanas. John fue llevado a Corinto, un campamento de prisioneros de guerra de “tránsito”, donde vio a sus hombres por última vez y por primera vez tenía contacto con los delegados del CICR. “Trajeron consigo diversos socorros, entre los que elegí un cepillo de dientes, una caja de fósforos y una camisa de dormir que me llegaba hasta las rodillas”, se rememora John. “Estaba agradecido por los dos primeros artículos, pero me sentí aliviado de que ya no tenía mi cámara ¡porque así no estaba obligado a fotografiarme con ese atuendo!” Las raciones en Corinto eran escasas, pero gracias a la generosidad de los lugareños que pasaban alimentos a los prisioneros de guerra a través del vallado del campamento, John pudo mantenerse en buen estado de salud.

Desde Corinto, John fue trasladado al campamento de prisioneros de guerra de Salónica, donde se encontró nuevamente con Frank. Permanecen vívidos los recuerdos de ambos en Salónica, o en el ‘campamento del horror’ como le llaman ellos: “Los chinches eran enormes y la comida escasa.” Sin embargo, su tiempo juntos fue breve, pues poco después que John llegara, fueron trasladados a campamentos diferentes, adonde llegaron en el mismo medio de transporte: unos camiones de animales donde apiñaron a los prisioneros como ganado.

Frank describe el viaje como “cinco días infernales”. “Hacía calor, y para respirar disponíamos tan sólo de un intersticio cubierto de alambre”, relata. “Había poca comida y nos deteníamos sólo para tomar agua y hacer nuestras necesidades. Casi todo el mundo sufría diarrea, y sin ningún medio sanitario a disposición el hedor era insoportable.”

Extremadamente débil, al borde del colapso e infestado con piojos, Frank llegó finalmente a Stalag XVIIIA en Wolfsberg, Austria. Allí permaneció durante 12 meses en condiciones espantosas y presenció imágenes que hoy describe como “la falta de humanidad del hombre con el hombre.”

Trabajos forzados

La vida de Frank no mejoró a pesar de otro traslado, esta vez a Groppenstein, un antiguo campamento de la juventud nazi. Allí fue sometido a trabajos forzados en un equipo de obras que se encargaba, entre otras tareas, de romper piedras con picos y palas. El trabajo era extenuante, los días interminables y la inclemencia del invierno hacían la vida aún más difícil. Para Frank y los demás prisioneros de guerra, la llegada de paquetes de la Cruz Roja en el campamento era como “un rayo de luz en una triste y oscura parte del mundo.”

Desde Groppenstein, Frank fue enviado a Stalag XVIIIB, en Spittal, Austria. Panadero de profesión, le dieron un trabajo en la cocina. Sin embargo, un acto de sabotaje lo mandó a un calabozo de ladrillo durante 21 días, tras lo cual tuvo que trabajar en una cantera acarreando piedras. La pesada labor y las duras condiciones hicieron sus estragos obligándolo a pasar largos períodos en el hospital de Spittal. Aunque Frank volvió a sus labores en la cocina, su salud siguió empeorando y, a principios de 1944, por recomendación del CICR y con su asistencia, fue repatriado a Inglaterra, y de ahí a Australia.

El viaje de John a Oflag VB en Alemania tomó más tiempo que el de Frank, pero tuvo más suerte, pues los soldados alemanes permitieron que las puertas del camión de animales permanecieran abiertas. Las vituallas suministradas para el viaje eran escasas, y sin los víveres donados por las comunidades, los prisioneros de guerra habrían llegado a su destino en un estado aún peor. “Los lugareños hicieron lo que pudieron para ayudar a los prisioneros de guerra, y esto fue especialmente cierto en Kraljevo, Serbia, donde tiraron pan, vino, tortas, huevos y azúcar a los camiones” relata John; fue como el “maná caído del cielo”.

Desde Oflag VB, John fue enviado a Oflag VIIb, y fue desde allí donde, a mediados de abril de 1945, con el avance de los Aliados, a él y sus compañeros les ordenaron salir del campamento y los forzaron a caminar durante ocho días hasta Stalag a VIIA en Moosburg. “Fue increíble, pero durante todo el recorrido los paquetes de la Cruz Roja no faltaron”, recuerda John. “Esto nos ayudó a mantener el ánimo y a seguir adelante.” El 28 de abril de 1945 en Moosburg, la guerra terminó para John, cuando los tanques estadounidenses cruzaron las puertas del campamento.

Hogar dulce hogar

En Australia, John, hoy con 87 años, se instaló en Melbourne con su última esposa, Nancye, con quien tuvo dos hijos. Los estudios realizados durante su tiempo de prisioneros de guerra le permitieron cumplir una vieja ambición: trabajar como ingeniero de comunicaciones en el Departamento del Director General de Correos. Alentado por su familia, John relató sus vivencias durante la guerra y publicó, My little war (Mi pequeña guerra), en 2006.

Frank, de 92 años, regresó a Melbourne, su ciudad natal y con su esposa Clarece tuvo cinco hijos. Antes de jubilarse, trabajó en la industria alimentaria y ocupó el cargo de edil durante 33 años. En 1981, fue galardonado con la Medalla de la Orden de Australia en reconocimiento de sus servicios prestados a la comunidad.

Al explicar hoy por qué sintieron que “tenían una deuda” con la Cruz Roja, Frank y John afirmaron que gracias a la ayuda de la Cruz Roja lograron sobrevivir.”Si no hubiese sido por esas personas y sus paquetes con alimentos, yo y probablemente muchos otros, no habríamos podido regresar a casa,” asegura Frank. Las visitas de los delegados de la Cruz Roja para verificar las condiciones en los campamentos fueron también importantes. “Estas visitas realmente levantaban el ánimo a los prisioneros”.

Durante esos momentos difíciles, el contacto mantenido con sus familiares a través de los mensajes de Cruz Roja les ayudó a no desanimarse aunque hubo un período, al principio, durante el cual no pudieron dar noticias a sus familias. “Esto les causó a nuestros seres queridos una profunda angustia, y se pueden imaginar su alivio cuando recibieron los mensajes de Cruz Roja anunciándoles que estábamos vivos y bien”, explica Frank. Por consiguiente, resulta lógico que la donación que hicieron Frank y John a la Cruz Roja se destine a reagrupar familias separadas por conflictos o desastres en todo el mundo.

Recapacitando sobre lo que vivieron en ese momento, John y Frank confiesan que hay escenas que hubiesen preferido no ver nunca: hombres cayéndose muertos ahí donde estaban, con sus cuerpos estragados por el hambre y la enfermedad. “Aún tiemblo cuando pienso en lo ocurrido cuando empezaron a llegar los prisioneros rusos. Su debilitamiento y su estado eran tal que muchos murieron no bien descendieron de los camiones”, recuerda Frank. Estos recuerdos siguen siendo dolorosos, y les resulta más fácil hablar de la bondad demostrada a los prisioneros de guerra por la gente común y la camaradería entre los reclusos, por ejemplo el compartir los alimentos que tenían —incluso el contenido de sus paquetes de la Cruz Roja.

Prestar asistencia humanitaria a los prisioneros de guerra australianos durante la Segunda Guerra Mundial fue una de las principales tareas de la Cruz Roja Australiana, y el Secretario General, Robert Tickner, dice que el gesto de retribuir al Movimiento “es a la vez conmovedor y magnánimo”.

La amistad que nació entre Frank y John en Salónica en 1941 es más fuerte que nunca, y están en contacto a menudo.

Pauline Wall
Delegada de comunicación del CICR en Sydney.



Frank Cox (en cuclillas), prisionero de guerra repatriado, en Trafalgar Square, Londres, 1944.
©FRANK COX / CRUZ ROJA AUSTRALIANA

 

 

 

 

 

 

 

 


De izquierda a derecha, Frank Cox, John Crooks y Robert Tickner, Secretario General de la Cruz Roja Australiana, el 12 de julio de 2007.
©CRUZ ROJA AUSTRALIANA

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Recepción de paquetes de la Cruz Roja en el campamiento de Spittal en Austria, 1942.
©CRUZ ROJA AUSTRALIANA


Arriba

Contáctenos

Créditos

Webmaster

©2008 

Copyright