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Sobrevivir en Kivu Norte

 

El pasado mes de octubre, mientras los enfrentamientos hacían estragos en el este de la República Democrática del Congo, los voluntarios de la Cruz Roja y sus colegas del CICR se esforzaban por prestar socorro a unos 200.000 civiles forzados a huir de sus hogares. Tres colaboradores nos relatan sus experiencias.

“Era exactamente el primero de noviembre. Después de un período muy convulsionado, la Cruz Roja de la República Democrática del Congo y el CICR pudieron finalmente tener acceso a Goma en la zona de Kibati y aportar socorros. Ya sabíamos que miles de civiles, entre ellos muchísimas mujeres y niños, se habían visto obligados a ir al campamento de desplazados que ya existía entonces, pero la realidad era mucho más difícil de lo que imaginábamos. Los recién llegados no tenían nada, absolutamente nada, ni alimentos, ni refugios adecuados y a veces ni siquiera agua.”

Toda la noche, una lluvia incesante se había abatido sobre las tierras de Kibati, una aldea rodeada por dos campamentos de desplazados a unos pocos kilómetros de Goma, la capital provincial de Kivu Norte. Bajo un cielo plomizo, de madrugada, Agnès*, temblando, sale de una especie de refugio improvisado, aterrada ante la incertidumbre de un nuevo día. Lo que le servía de refugio no era más que un retazo de tela empapado por la
lluvia atado a un árbol. Debajo, sobre un montón de hojas, dormía un niñito flacuchento de apenas un año y medio. La madre se sentó al borde del camino, mirando con tristeza la ropa toda rasgada de su segundo bebé que tenía en brazos.

Agnès y Lucy, ambas de 24 años, se conocieron en la entrada del campamento. Agnès, hambrienta, exhausta y visiblemente traumatizada, se mantenía alejada del resto de la multitud. Lucy formaba parte del equipo de la Cruz Roja que preparaba las acciones de emergencia para socorrer a los desplazados en Kibati, comenzando por lo esencial: distribuir víveres, agua y artículos de primera necesidad. Pocos días después, 50.000 desplazados en Kibati iban a recibir raciones alimentarias, mientras que los camiones cisterna comenzaban a transportar agua hasta el campamento.

Víctimas de violación sexual

Entre las dos mujeres nació rápidamente una complicidad y Agnès confesó a la joven voluntaria que había sido violada mientras su familia huía. Golpeada y repudiada por su esposo, la joven no tenía más que una razón para vivir: la supervivencia de sus hijos. “Agnès y sus hijos en el camino hacia Kibati, esa es la imagen que me vuelve cuando pienso en el sufrimiento de esa gente”, dice Lucy sin esconder su emoción.

En el centro de salud situado en las cercanías de los campamentos, hay una pequeña construcción con láminas de plástico, donde se atiende, en forma totalmente confidencial, a los civiles que han vivido experiencias particularmente traumáticas, como por ejemplo las víctimas de violencias sexuales. Se trata de un centro de asesoramiento donde acuden las víctimas de diferentes tipos de abuso en busca de asistencia. El CICR apoya a unos 34 de esos centros en Kivu Norte y Kivu Sur.

“Nuestro centro fue saqueado durante la violencia desatada en octubre”, cuenta Charlotte, otra joven voluntaria de ojos risueños. “En noviembre, tuvimos que empezar de cero.” Charlotte ha atendido a más de 200 mujeres como Agnès desde que comenzó como asistente social. “Después de una agresión, lo más urgente es prestar atención médica”, explica. “Pero no hay que olvidar que las víctimas padecen a menudo heridas invisibles, heridas psíquicas que tardan aun más en sanar.”

“Cuando las víctimas llegan aquí, por lo general están agotadas, asediadas por los recuerdos, no pueden dormir en toda la noche. En tales casos, primero las dejamos descansar. Lo esencial es que las víctimas se sientan cómodas y seguras; deben saber que no divulgaremos ni su historia ni su identidad; para hallar una solución juntas, hay que crear una relación de confianza.”

Charlotte tiene un recuerdo muy vívido de otra mujer de Kibati, Patience*, una desplazada de 37 años que fue víctima de violación. “Llevaba a su bebé de siete meses sobre la espalda y es lo que le dio la fuerza para enfrentarse con cinco hombres armados. El bebé había caído al suelo y la madre pudo encontrarlo más tarde gracias a la intervención de sus vecinos.”

“No había dicho todavía que había sido violada y estoy segura de que ni siquiera sentía la herida sangrante en su cabeza”, prosigue Charlotte. “Nada era más importante que el hecho de haber encontrado a su hijo. Estaba tan feliz esa madre a pesar de la desgracia que había sufrido. Charlotte concluye: “Patience tuvo suerte, pues las historias como éstas suelen terminar de manera mucho más trágica.”

Niños no acompañados

Al lado del centro de asesoramiento, otro pequeño espacio sirve de oficina a la Cruz Roja de la República Democrática del Congo para responder a otra necesidad esencial: el restablecimiento del contacto entre familiares. Los desplazados acuden a ese lugar para escribir mensajes de Cruz Roja a sus parientes que se encuentran del otro lado de la línea del frente.

Las personas, en su mayoría, acuden también para presentar solicitudes de búsqueda con respecto a algún hijo extraviado mientras huían o para señalar que han encontrado a niños no acompañados.

“Es uno de los grandes problemas que se plantean durante los desplazamientos masivos que tienen lugar en nuestra región”, explica Prosper, colaborador del CICR que trabaja en ese ámbito desde hace 15 años. “Las familias aquí son muy numerosas, a veces con siete, ocho, incluso nueve hijos. Cuando tienen que salir huyendo en medio de una multitud a la desbandada, les resulta difícil mantener agrupada a toda la familia.”

Prosper posee un teléfono móvil cuyo número se conoce en todo Kivu Norte. Las personas que lo llaman suelen tener información acerca de niños no acompañados.

Desde el comienzo de la crisis, los nombres de los niños registrados por el CICR se transmiten tres veces al día en las ondas de cinco emisoras radiofónicas provinciales. El teléfono de Prosper suena muy a menudo. Decenas de niños ya han podido reunirse con sus familiares gracias a estas gestiones. “Los más pequeños que no conocen su nombre son fotografiados y sus fotografías se divulgan en todos los emplazamientos para desplazados de toda la provincia”, explica Prosper.

Justo a su lado, una pequeña llora y esconde sus ojos cuando los colaboradores de la Cruz Roja intentan sacarle una foto. La familia de desplazados que la ha acogido la bautizó Grace, al no conocer su verdadero nombre. Esta niña frágil y perturbada fue hallada al lado del cadáver de su padre en una aldea “visitada” por hombres armados. Una vez terminada la sesión de fotos, Grace se refugia en los brazos de su nueva mamá, mira a los voluntarios de la Cruz Roja y luego intercambia una tímida sonrisa con Prosper.

Las víctimas del conflicto llevarán el resto de sus vidas la marca indeleble de estos dolorosos acontecimientos. Pero, a pesar de la violencia y la inseguridad, delegados como Lucy, Charlotte y Prosper hacen todo lo posible cada día para aportarles un poco de consuelo en medio del horror.

Olga Miltcheva
Delegada de comunicación del CICR en Goma.
* Nombres ficticios


La gente huye tras los nuevos enfrentamientos librados alrededor del pueblo de Kibitz, 7 de noviembre de 2008.
©REUTERS / STRINGER, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Niños que perdieron a sus padres en la confusión de los enfrentamientos comen en el centro Don Bosco en Gama, este del Congo, 20 de noviembre de 2008.
©REUTERS / FINBARR O’REILLY, CORTESÍA DE www.alertnet.org

 

 


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