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Salir de la oscuridad

 

La violencia sexual siempre ha formado parte de los conflictos armados. Unos pocos programas ofrecen apoyo a las víctimas y constituyen posibles modelos para hacer más.

“Podíamos escuchar las risotadas y el ruido de botas en el suelo, la agitación entre los oficiales. ¿Cuántas veces nos violaron a cada una de nosotras esa noche? Me quedó todo el cuerpo lastimado. No había un lugar que no me doliera”.

¿Es el relato de una víctima de la ex Yugoslavia en los años noventa o tal vez de la República Democrática del Congo actual? No, estas palabras son de Jan, que por entonces tenía 17 años, una “mujer de solaz” de origen holandés, durante la ocupación japonesa de Indonesia en 1944. Pero podría haber sido una de las sabinas secuestradas por los romanos en la Antigüedad, una víctima de los visigodos en el siglo V en Europa, una muchacha vietnamita durante la guerra contra Estados Unidos, una mujer alemana en Berlín el año 1945. En fin podría ser el relato de muchas otras víctimas.

“La violación en tiempo de guerra siempre ha sido una práctica sistemática”, observa el neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, conocido por sus escritos sobre la resiliencia psicológica de las personas que sobreviven a un trauma. “A los combatientes se les ordenó que mataran y mutilaran y se les dio rienda suelta con respecto a la comida y a las mujeres”.

Según Cyrulnik, esta violencia con una “connotación sexual” ha dado paso, en los últimos 30 a 40 años, a la violación como arma de guerra. “Se trata de una violación ideológica, cuyo objetivo es, como en Kosovo o el Congo, destruir al enemigo”.

Para muchos grupos de personas, la “virtud” (o el “honor” como lo llaman muchos) de la madre, las hermanas y las esposas es lo más sagrado. Para destruir la comunidad el acto de mancillarlas es más eficaz que matar a algunos de sus miembros. Este sentimiento es más fuerte cuando un embarazo sigue al ataque porque se hace cargar a la víctima y a su comunidad con un hijo del enemigo. En los casos extremos, la violación equivale al asesinato; prueba de ello son las violaciones con machetes perpetradas durante el genocidio de Rwanda de 1994.

Los hombres y los niños también son víctimas, por ejemplo de castración, como la que practicaban el Ku Klux Klan en el sur de Estados Unidos y los franceses en Argelia. La detención también puede llevar a que se cometan abusos destinados a humillar y a deshumanizar a las personas (lo que hace pensar en las ignominiosas imágenes de Abu Ghraib o quizá de los miles de hombres musulmanes y croatas violados durante la guerra de Bosnia).

Para Florence Tercier, ex asesora del CICR en cuestiones relativas a las mujeres y la guerra, la violencia contra las mujeres tiene que ver con “dónde está el poder”. Ya marginadas en tiempo de paz, las mujeres serán las víctimas elegidas deliberadamente cuando la normalidad se desmorona. No sólo las guerras sino también los desastres naturales y los desplazamientos llevan a la violencia sexual y de género.

En esas situaciones, las personas suelen vivir hacinadas en campamentos inseguros, prácticamente sin privacidad ni protección policial (véase el recuadro Vulnerables tras los desastres). Los hombres pierden su empleo, por lo tanto a menudo hay frustración, abuso y violencia intrafamiliar. “Cuando sobreviene una emergencia, los niveles de estrés aumentan así como el nivel de violencia”, asegura Vera Kremb, coordinadora de la Federación Internacional en cuestiones de género y no discriminación. “Lo mismo ocurre con la violencia sexual”.

Esta presión puede generar lo peor en personas que de otra manera serían no violentas. “Era un buen marido antes de que llegáramos a este campamento de refugiados en Malawi”, dijo recientemente una mujer congoleña que relató a un equipo de camarógrafos de la Federación Internacional, cómo el hombre la roció con agua hirviendo. En los campamentos, las niñas corren el riesgo de ser violadas cuando van a lavar o a buscar leña.

Escuchar cuando a alguien le faltan palabras

La violación es un tema tabú y las víctimas son las que llevan el estigma. Su familia y/o su comunidad pueden rechazarlas y hasta se las puede matar para “limpiar el honor de la familia”. Los sufrimientos físicos y psicológicos de la violación pueden durar toda la vida. Jan, hoy una mujer ya mayor que durante 50 años no recibió ningún tipo de apoyo, confiesa, en el libro Listening to the Silences: Women and War, que el viejo miedo “la sigue quemando por dentro”.

El trauma que produce la violación también puede tener secuelas como la depresión, la vergüenza y la rabia que impiden a la víctima volver a tener una vida normal y productiva. Por consiguiente, el apoyo psicosocial es un aspecto esencial de la respuesta humanitaria.

En el terreno, se están adoptando diversas estrategias que podrían servir de modelo. En la República Democrática del Congo (RDC), el CICR apoya una serie de “casas de escucha”, donde el asesoramiento comienza con un acto muy sencillo: ofrecer a las mujeres un lugar seguro donde puedan relatar sus vivencias.

“Cuando una víctima de violación acude a nuestras casas de escucha, lo más importante es hacer que se sienta segura, disminuir su ansiedad y velar por que reciba una atención médica apropiada. Luego, la ayudamos a reconstruir la imagen de sí misma que ha quedado destrozada por la violación”, dice Jacques Caron, psicólogo del CICR en la RDC.

En los últimos 15 años, las exuberantes colinas de la región de Kivu, situada en el noreste de la RDC, han sido testigos de horrores inenarrables a raíz del conflicto. Según estimaciones de las Naciones Unidas, durante ese período más de 150.000 mujeres se han visto afectadas por violaciones sexuales, que a veces han sido acompañadas de una violencia extrema sin distinción de edades, desde bebés hasta mujeres mayores.

Las casas de escucha fueron creadas en el año 2000 por mujeres congoleñas, algunas de ellas víctimas de violación. En 2004, el CICR capacitó a colaboradores y hoy da apoyo a 40 de estas estructuras. Mediante los centros de salud que reciben respaldo del CICR , se entrega material para la atención posterior a la violación, que si se utiliza dentro de las 72 horas siguientes a la agresión sexual, disminuye el riesgo de contraer el VIH. Asimismo, se ponen a disposición alimentos y una cama para las personas que no pueden o no quieren volver a casa. Las personas con lesiones son derivadas a las estructuras médicas apoyadas por el CICR. Varias organizaciones, entre ellas la Cruz Roja Congoleña, apoyada por la Federación Internacional, ayudan también a las mujeres, en particular aquellas que son rechazadas por su marido después de la violación, a emprender microproyectos destinados a generar ingresos.

Los resultados han sido alentadores. Fanny*, de 43 años, dice que se sentía tan sucia y discapacitada después de lo que ocurrió que hablar con las señoras de la casa de escucha le quitó un peso de encima y sabe ahora que esto le puede suceder a cualquier persona.

¿Podrían las casas de escucha ser un modelo que se adaptara a otros contextos como el de Haití, donde el número de violaciones sexuales en los campamentos ha alcanzado proporciones de epidemia?. Los proyectos en Malawi, Sudáfrica y Colombia también ofrecen posibles modelos para integrar la violencia sexual y de género en los esfuerzos actuales y de largo plazo destinados a combatir el VIH y el sida, así como en las operaciones de emergencia que incluyen a los desplazados internos.

En el marco del Movimiento, algunas personas están abogando por que se mejore el diseño de los refugios de emergencia y los campamentos, por ejemplo el alumbrado, la ubicación de los servicios sanitarios, el respeto de la privacidad entre hombres y mujeres y el suministro de combustible para que las mujeres no tengan necesidad de ir a buscar leña. Asimismo afirman que se debería sensibilizar de manera más sistemática sobre el problema de la violación sexual y mejorar de manera general los servicios de salud para las mujeres durante las emergencias.

“De conformidad con nuestro cometido, podríamos desempeñar un papel mucho más importante por lo que respecta a luchar contra la violencia de genero, mediante la diplomacia humanitaria, mediante nuestra vasta red de voluntarios en las comunidades y también prestando servicios médicos y psicosociales a los sobrevivientes de violencia sexual durante las emergencias”, señala Vera Kremb de la Federación Internacional, quien también hace notar que las tasas de embarazo en las adolescentes, de abortos autoinducidos y de infección por el VIH aumentan igualmente después de las emergencias.

La asesora del CICR en cuestiones relacionadas con las mujeres y la guerra, Nadine Puechguirbal, está de acuerdo con esto y dice: “Los trabajadores humanitarios piensan que pueden organizar campamentos e integrar las cuestiones de género una vez ocurrida la emergencia, pero entonces ya es demasiado tarde”.

Un hito en los años noventa

A pesar de que la violación sexual en situaciones de conflicto tiene una larga historia, el problema se empezó a abordar solamente a mediados de los años noventa. El desencadenante fue el conflicto en Bosnia, con su larga lista de violaciones, y Rwanda donde el genocidio causó consternación en todo el mundo. Médicos sin Fronteras (MSF) o el Comité Internacional de Rescate (CIR) fueron las primeras organizaciones en iniciar programas en materia de violencia sexual y de género en esas situaciones.

La evolución se produjo por una convergencia de factores, según explica la historiadora Carol Harrington. “En la II Guerra Mundial en Berlín o tras las violaciones sexuales en masa en 1971 en Bangladesh, las víctimas tuvieron acceso a servicios médicos para el aborto y el tratamiento de las enfermedades venéreas. Pero no ocurrió así en todos los conflictos.

Uno de los grandes cambios de los años noventa fue que se prestó atención al trauma psicológico, tras el trabajo de algunos especialistas que habían vinculado la violación con la tortura. Otro factor importante fue la labor de los grupos feministas que se centraron en la violencia contra la mujer, poniendo de relieve que los derechos de las mujeres eran derechos humanos. La violación ya no es una cuestión de “honor” y se ha convertido en un asunto de derechos humanos y en una cuestión médica, que entraña heridas visibles e invisibles. Mientras tanto, los tribunales penales internacionales para la ex Yugoslavia, Rwanda y Sierra Leona, marcaron un hito.

De conformidad con sus estatutos, la “violación” es un “crimen de lesa humanidad” que compete al ámbito de los tribunales. Su jurisprudencia fue innovadora, en particular en el caso de la ex Yugoslavia, con respecto a la violencia entre hombres.

En 1998, el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI) calificó “la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, la esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable” como “crímenes de lesa humanidad”, bajo ciertas condiciones. El texto hace referencia a “una población civil”, lo que incluye a ambos sexos. La CPI ha dictaminado varias sentencias fundadas en este artículo.


Esta joven de15 años, de Obo, Alto-Mbomou, República Centroafricana, fue secuestrada por un grupo armado cuando tenía 13 años y fue forzada a convertirse en una de las muchas esposas de uno de los comandantes. Fotografía: ©Marcus Bleasdale/VII



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Se trata de una
violación ideológica,
cuyo objetivo es,
como en Kosovo o el
Congo, destruir al
enemigo”.

Boris Cyrulnik,
neuropsiquiatra
francés y experto
en la recuperación
de traumas
psicológicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y usted ¿qué opina?

¿Qué debe hacer el Movimiento para responder mejor a la violencia de género durante los conflictos y otras situaciones de emergencia? Escríbanos a rcrc@ifrc.org o participe en la discusión en www.facebook.com/ redcrossredcrescent

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En Kiwanja, en la provincia de Kivu Norte, en una casa de escucha para las víctimas de violencia sexual, una mujer habla con una trabajadora de apoyo psicosocial (derecha). “La casa de escucha es un refugio porque cuando una persona es violada, no puede hablar de ello con los vecinos y menos aún con su marido que podría rechazarla”, explica la trabajadora. Fotografía: ©Pedram Yazdi/CICR

 

Vulnerables tras el desastre

Nirva, de 25 años, se encuentra sentada entre un grupo de mujeres y niñas en un campamento de desplazados en Puerto Príncipe. “Ustedes tienen los mismos derechos que los hombres”, les dice de manera tranquila pero firme. “No tienen que aceptar ser víctimas”.

Hace tres años cuando se dirigía a su casa, Nirva fue secuestrada por cinco hombres y violada. Hoy es miembro de la organización comunitaria KOFAVIV y todos los domingos visita ese campamento para explicar a las niñas y mujeres que viven allí cómo evitar correr el mismo destino o qué hacer si no lo pueden evitar.

Antes del seísmo se había incrementado la lucha contra la violencia de género pero el terremoto borró de un plumazo los progresos: las líderes perdieron la vida, los centros de acogida quedaron destruidos y los delincuentes reincidentes escaparon de la prisión.

Para los cientos de miles de niñas y mujeres que viven en los campamentos de personas desplazadas, la violencia sexual es una amenaza diaria. Duermen en carpas donde cualquier intruso puede entrar valiéndose de un cuchillo, el alumbrado es deficiente, los campamentos son muy oscuros en la noche. Las pandillas armadas andan en total libertad. Muchos maridos, padres y hermanos murieron en el terremoto, dejando a las mujeres abandonadas a su suerte y la mayoría de los campamentos no cuentan con una presencia policial ni un servicio de seguridad.

“Duermo durante el día y velo todas las noches para vigilar a mis dos niñas”, dice Evelyne Dennery, una viuda que vive en el campamento Caradeux ubicado en Puerto Príncipe. Los residentes de este campamento organizaron una patrulla de seguridad informal, pero sin un equipo tan básico como linternas o pitos es poco lo que pueden hacer.

Los niños son sumamente vulnerables, declara Jocie Philistin, coordinadora de proyectos de la organización KOFAVIV. “La gente se encuentra en un lugar donde nadie se conoce, donde no existe este sentido de la comunidad y donde las mujeres constituyen la mano de obra. Deben salir del campamento para trabajar y los niños quedan bastante abandonados”.

En algunos campamentos la situación es mejor que en otros, sea porque los residentes ya se conocían de antes o porque los campamentos disponen de un buen alumbrado y de instalaciones sanitarias separadas. “Una de las lecciones aprendidas es que la gente tiene que saber desde un principio que existe este tipo de problemas”, observa Sian Evans, oficial de programas del Fondo de Población de las Naciones Unidas que coordina el subgrupo temático encargado de la violencia de género en Haití.

Amy Serafin

La respuesta del Movimiento
 
En el Movimiento, también se produjo un viraje decisivo en los años noventa. En 1996 y 1999, la Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja aprobó resoluciones en ese sentido y, en la de 1999, el CICR se comprometió a evaluar las “necesidades de las mujeres y las niñas afectadas por los conflictos armados” y, entre otras cosas, “a difundir activamente la prohibición de todas las formas de violencia sexual entre las partes en un conflicto armado”.

A pesar de esta evolución, la violencia sexual aún no se ha integrado plenamente en las acciones del Movimiento sobre el terreno en las situaciones de conflicto y en las de desastre natural. Algunos que trabajan en este tema en el Movimiento afirman que la respuesta es demasiado episódica y depende de la situación y que, por lo tanto, es necesario hacer más a fin de integrar la sensibilización y los programas en materia de violencia sexual en la preparación, la asistencia y la recuperación en casos de emergencia.

Ahora bien, hay algunos programas que dan una idea de lo que podría ser esta integración. En África Meridional, los que se iniciaron como parte de la Alianza Mundial sobre el VIH (Federación Internacional, las Sociedades Nacionales, los voluntarios y los asociados de 10 países) integran la violencia sexual en el marco de la labor de prevención para las comunidades rurales y urbanas.

Mientras tanto, la Cruz Roja de Malawi y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) elaboraron un método global para abordar la violencia sexual en Dzaleka, un campamento de refugiados de 10.000 personas, que ha servido de inspiración para esfuerzos similares en 15 distritos de todo el país. Los comités comunitarios dirigen la labor de sensibilización y mediación. La policía y los tribunales también participan. Hay a disposición centros de acogida, así como asesoramiento psicosocial y proyectos generadores de ingresos para las mujeres que han sido víctimas de abuso sexual. Un resultado esencial: un aumento creciente del número de casos reportados.

En los desastres de gran envergadura, también se ha mejorado la respuesta a la violencia sexual y de género. Tras el terremoto en Haití, por ejemplo, fue la primera vez que una coordinadora de cuestiones de género formó parte del equipo de evaluación rápida. Asimismo, por primera vez, la Federación Internacional contrató a un delegado especializado en programas sobre violencia de género, explotación sexual y abusos para que formara parte del equipo de respuesta de emergencia. Después de recibir una capacitación básica, los voluntarios de la Cruz Roja de Haití, que son los únicos en tener acceso a los campamentos, se encargan de sensibilizar a las mujeres y derivarlas a los servicios locales disponibles.

Sin embargo, persisten las deficiencias y no hay suficiente personal capacitado para tratar las necesidades psicológicas y médicas específicas de las víctimas de violación.

Mejor preparados

Tampoco el CICR ha incorporado totalmente la cuestión de la violencia sexual en su acción aunque se han hecho no pocos progresos en los últimos diez años.

El estudio general realizado por el CICR en 2001, Las mujeres ante la guerra, muestra que a pesar de que había mejorado la sensibilización sobre la problemática de la violencia de género, la cuestión no estaba integrada de forma adecuada en la formación de delegados del CICR y en la difusión del DIH. Como parte de un esfuerzo más amplio del CICR (basado también en la promesa de 1999) para mejorar la protección y la asistencia a las mujeres afectadas por la violencia armada, el informe concluye que el conflicto afecta a las mujeres de manera diferente que a los hombres. Por lo tanto, se debe adoptar una estrategia que se adapte a esas necesidades.

Desde entonces, el CICR elaboró unas directrices (Responder a las necesidades de las mujeres afectadas por conflictos armados, 2004) e integró cada vez más la cuestión en la capacitación general y en los materiales de programas (véase Las mujeres y la guerra, 2008). Los mensajes sobre la prohibición de la violencia sexual, incluida la difusión directa a los grupos armados, forman parte cada vez más del repertorio del DIH. El CICR también trabaja con mujeres de la población local para documentar los casos de violencia de género.

 

 

 

 

 

 

 

Hablar con las
señoras de la casa
de escucha le quitó
un peso de encima y
sabe ahora que esto
le puede suceder a
cualquier persona.

Fanny, víctima
de violación de
43 años en
la República
Democrática
del Congo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


“La situación aquí es mala, especialmente para las jóvenes”, dice Janette Honore, trabajadora de la Cruz Roja de Malawi, refiriéndose al campamento de refugiados de Dzaleka. “Muchas mujeres carecen hasta de artículos esenciales y les parece que se las fuerza a intercambiar favores sexuales para obtenerlos”. Junto con Jimmy Ndayishima, Honore es miembro del comité del campamento que lucha contra la violencia de género. Fotografía: ©Damien Schumann/ Federación Internacional


En Cali, Colombia, esta víctima de abuso sexual recibió la visita y la asistencia del CICR. Fotografía:©Christoph Von Toggenburg/CICR

Sufrir en silencio

En Colombia, los casos de violencia intrafamiliar y sexual son frecuentes pero se sabe muy poco de ellos, porque el problema sigue siendo tabú para muchos, los signos de abuso sexual no siempre son evidentes y la mayoría de las víctimas quedan en el anonimato. Esto ocurre especialmente cuando el delito está relacionado con el conflicto armado.

Para obtener servicios médicos públicos gratuitos, la legislación en Colombia exige que las víctimas presenten una denuncia oficial, pero muy pocas se sienten suficientemente seguras para hacerlo. “Es muy frecuente que las víctimas de las que abusó sexualmente un individuo armado tengan demasiado miedo para contar lo que les ocurrió porque temen por su vida”, explica Tatiana Florez, coordinadora adjunta del programa de salud del CICR en Colombia. Allí el CICR colabora con una organización de planificación familiar llamada Profamilia a fin de asistir a las víctimas de violencia de género.

Pero no es una tarea sencilla. Las propias víctimas no siempre ven la violación como el mayor de sus traumas, ni la asistencia posterior a la violación como una prioridad. “A menudo se considera la violación un crimen más, relativamente menor en comparación con el asesinato de un marido, la pérdida de todas sus pertenencias o la separación de su hogar”, añade Florez.

“Orientamos hacia las organizaciones apropiadas a las personas que desean presentar una denuncia “, explica Luz Marina Tamayo, asesora del CICR en cuestiones relativas a las mujeres ante la guerra. El CICR ofrece asistencia médica y psicológica gratuita a quienes prefieren evitar el sistema público. En todos los casos, el CICR presta asistencia a las víctimas con toda confidencialidad. Las personas con situaciones muy delicadas reciben a veces ayuda para cambiar de domicilio inmediatamente.

Es muy difícil hacer el seguimiento de cada víctima. “En el caso de una víctima de violencia sexual, hay que tener siempre presente que quizás sea la única vez que se vea a esa persona”, explica Marina Alexandra Caicedo, coordinadora de un programa de apoyo psicosocial en favor de las víctimas de violencia de género para la Cruz Roja Colombiana. “Por eso hemos capacitado a nuestros colaboradores y nuestros voluntarios a fin de que puedan responder a este tipo de situación”.

Asimismo es muy importante ir adonde se encuentran las víctimas, lo que en Colombia con frecuencia quiere decir comunidades aisladas dispersas. La Cruz Roja Colombiana, cuyas brigadas móviles de salud también llevan a cabo su labor en muchas regiones de difícil acceso, deriva a las personas a las instituciones pertinentes para un apoyo psicológico o de otra índole o al CICR y Profamilia.

En 2010, cerca de 180 personas recibieron la asistencia del CICR. “Lo más difícil para nosotros hoy en día es hacer tomar conciencia de que la violencia sexual es también una emergencia médica que requiere intervención, incluida la profilaxis del VIH, dentro de las 72 horas”, concluye Marie-J osé Sierro, delegada de salud en Bogotá. “Es necesario igualmente que la gente sepa que pueden acudir al CICR y hablar sobre el problema”.

Marie-Servane Desjonquères, CICR, Ginebra

“Los delegados hoy en día están mucho mejor preparados para intervenir que hace diez años”, observa Charlotte Lindsey, coautora del estudio de 2001 y que en la actualidad es directora de Comunicación y Gestión de la Información del CICR.

Mientras tanto, el CICR cuenta con un número pequeño de proyectos dedicados especialmente a la violencia sexual, pero que va en aumento. Aparte de la RDC, ofrece programas y servicios para las víctimas de violencia sexual en Darfur y Colombia. Tiene también previsto empezar programas en Senegal, Côte d’Ivoire y Haití.

En muchos de estos lugares, ya se presta a las mujeres asistencia como atención prenatal y postnatal, rehabilitación física y ayuda para buscar a familiares desaparecidos. En Irak y Nepal, por ejemplo, se hace particular hincapié en la seguridad económica para las viudas a fin de que mantengan a su familia. Las mujeres en esas circunstancias son a menudo sumamente vulnerables a las diversas formas de violencia.

Ahora bien, prosigue el debate sobre el cometido que debe desempeñar el Movimiento y la respuesta que debe dar en materia de violencia sexual y las necesidades específicas de las mujeres. Florence Tercier, ex asesora del CICR en cuestiones relativas a las mujeres y la guerra, observa que algunos han visto con preocupación el hecho de que los programas sobre violencia de género puedan apartarse de la postura imparcial. El Principio Fundamental de imparcialidad se funda en la idea de que se presta asistencia en forma general y estrictamente en base a las necesidades.

Al respecto, se señala en el estudio de 2001 que el hecho de dar una respuesta más enérgica no afecta al principio de imparcialidad, sino que refuerza la noción de respuesta completa basada en una “mejor comprensión de las necesidades y vulnerabilidades particulares de algunas categorías de víctimas, en este caso las mujeres”.

Existen asimismo dudas acerca de si la violación no está fuera del cometido estricto de la respuesta de emergencia porque en algunos contextos es una práctica “cultural” o existía antes de la emergencia. Pero ¿se justifica ese argumento cuando un conflicto o un desastre natural causa un aumento pronunciado de la violencia de género?

Hay una cosa en la que concuerda la mayoría de las personas entrevistadas para este artículo: es difícil resolver el problema de la violencia sexual, particularmente durante las crisis, pues cuesta identificar a las víctimas de violación (véase el recuadro Sufrir en silencio) y a menudo faltan los servicios de derivación, las organizaciones asociadas, los centros de acogida o los recursos para responder adecuadamente.

Para que la intervención del Movimiento sobre el terreno sea más eficaz, se requieren más compromiso para capacitar a voluntarios y colaboradores, más inversión en servicios psicosociales, una mejor preparación de los servicios médicos y de seguridad para los desplazados, así como los recursos necesarios para las delegaciones y los voluntarios ya agobiados por las múltiples tareas que deben desempeñar en situaciones de crisis.

Los progresos realizados en estos últimos años son impresionantes y esta cuestión se integra cada vez más a cada una de nuestras actividades”, comenta Pierre Krähenbühl, director de Actividades Operacionales del CICR, y añade que “nos queda todavía mucho camino por delante”.

Iolanda Jaquemet
Escritora independiente radicada en Nepal. Informó sobre la violencia sexual durante el conflicto en los Balcanes, la República Democrática del Congo y en otros países.
*Nombre ficticio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La violación sistemática de las mujeres durante la guerra de 1992-1995 en los Balcanes llevó a las protestas que exigían que se incorporaran las alegaciones de violación en los procesos por crímenes de guerra. Abajo, dos miembros de la asociación bosnia de “Mujeres: víctimas de guerra” participan en protestas en Sarajevo para pedir justicia para las víctimas de violación sexual. Fotografía: ©AP Photo/Hidajet Deli

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