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La facultad de recuperarse

 

Las comunidades en Filipinas ayudan a redefinir la noción de “resiliencia”, tan de moda y ubicua en el ámbito humanitario, mediante la cooperación y la acción concreta, mientras se enfrentan a desastres naturales sucesivos.

Esther Vieron, de 63 años, vive en una comunidad de pescadores muy unida, en una parte aislada de la costa de Samar Occidental en Filipinas, rodeada de manglares que sirven de refugio a peces y barcos pesqueros por igual.

A pesar de la arraigada pobreza de la comunidad, Vieron recuerda el tiempo en que incluso las personas pobres podían recuperarse más fácilmente de un desastre.

“Cuando era joven había abundancia de alimentos, pero el día a día se está volviendo muy difícil con el cambio climático y la pérdida de tierras en favor de la construcción “, observa. Ahora cuesta mucho empezar de nuevo, añade, pues las tormentas son cada vez más violentas y la población no cesa de crecer.

“La tormenta de 1969 fue bastante fea, se cobró muchas vidas”, dice Vieron, que se retiró de la política local hace algún tiempo, pero sigue siendo una voluntaria de la Cruz Roja de Filipinas muy comprometida y respetada. “Aun así, Yolanda [Haiyan] nos abrió los ojos y Ruby [Hagupit] realmente nos asustó a causa de las fuertes y constantes lluvias y el viento.”

“Después de Yolanda, la gente empezó a escuchar lo que les decimos. Les digo que si trabajamos juntos podemos llegar a ser más resilientes.”

Definir y demostrar la resiliencia
Pero, ¿qué significa ser resiliente en un país que experimenta un promedio de 20 tormentas tropicales de gran escala por año? En los círculos humanitarios internacionales, el término “resiliencia” se ha convertido en la palabra de moda favorita entre los donantes, las organizaciones humanitarias y las organizaciones de desarrollo que tratan de encontrar formas mejores y más proactivas de reducir el sufrimiento y las pérdidas causadas por los desastres y las crisis.

En general, se entiende por resiliencia la capacidad de las personas o las cosas para absorber choques, ser flexibles y adaptarse a las circunstancias cambiantes. En Filipinas, la palabra se traduce literalmente por recuperarse, un término que suele usarse después de los desastres naturales.

Desde el tifón Haiyan ocurrido en 2013, la tormenta más fuerte conocida hasta ahora, y otros tifones violentos en 2014, la definición local de resiliencia ha ido evolucionando. Cuando se habla de crear o aumentar la resiliencia, en Filipinas podría querer decir lo siguiente: múltiples niveles de la sociedad que trabajan juntos (en la vigilancia meteorológica, la alerta de tormentas, los planes de evacuación, una mejor construcción de viviendas, las iniciativas económicas y la sensibilización de la comunidad, entre otras cosas) para fortalecer la capacidad de las personas en caso de graves perturbaciones.

Después de Haiyan, el gobierno de Filipinas preconizó un método en el que han de participar las personas y las entidades a todos los niveles y en todos los sectores de la sociedad. La Cruz Roja de Filipinas y los asociados del Movimiento en el país siguen un camino similar, forjando relaciones con las comunidades mediante los dirigentes locales, y reclutando, capacitando y equipando a los voluntarios para trabajar en los comités locales de preparación y recuperación en casos de desastre. Esta tarea abarca también la formación en materia de preparación para desastres, iniciativas de salud y la construcción de alojamientos provisionales más seguros.

Para la Sociedad Nacional y el país en su conjunto la dificultad está en saber fortalecer los esfuerzos de reducción de riesgos y hacerlos más consistentes en todos los rincones de esta nación diversa geográfica y culturalmente. Con su red de 100 secciones y miles de voluntarios de la comunidad, la Cruz Roja de Filipinas ya está desempeñando un papel fundamental.

Una definición válida
Pero ¿qué quiere decir “crear resiliencia”? Un diccionario ilustrado podría incluir junto con su definición una foto de la voluntaria de la Cruz Roja de Filipinas Lenita Macavinta-Diego haciendo sus rondas diarias en Aliputos, un pueblo costero de la isla de Panay (provincia de Aklan).

Capacitada por la Cruz Roja de Filipinas para llevar a cabo ejercicios de emergencia y simulacros, impartir formación en primeros auxilios y localizar centros de evacuación seguros, como salas comunales y casas de dos pisos, la voluntaria se encarga de velar por que haya reservas de alimentos e insumos médicos para casos de emergencia y que la mayoría de los miembros vulnerables de la comunidad sean evacuados primero. Durante Haiyan, las acciones de los voluntarios en Aliputos significaron que no hubiera víctimas, a pesar de que las 570 casas quedaron dañadas o destruidas.

Ese tifón, que tocó tierra en Filipinas en noviembre de 2013, cambió radicalmente la percepción de cómo prepararse y responder a las tormentas. Antes de Haiyan, muchas personas no sabían lo que era sufrir un tifón en su propia casa y la gente a menudo se negaba a evacuar por temor a sufrir saqueos y perder sus pertenencias.

Más de un año después, las actitudes han cambiado notablemente, dicen los voluntarios de la Cruz Roja. Incluso las personas que antes se negaban a evacuar, cuando se activó la alerta por el tifón Hagupit en diciembre de 2014, hicieron caso a las autoridades y buscaron refugio en los centros de evacuación designados, por lo general escuelas o salas comunales situadas en un terreno más alto.

La vida después de Haiyan
En ese sentido, la tarea de divulgación de la Cruz Roja de Filipinas se ha facilitado considerablemente. Ahora la gente presta más atención a las noticias y los avisos oficiales y toma en serio las evacuaciones preventivas. Hace reservas de alimentos y, gracias a una formación especial que imparte la Cruz Roja, sabe cómo proteger su finca y el ganado mucho antes de que llegue la tormenta.

Haiyan fue también una dura lección para los servicios de emergencia. Se recurre a la Cruz Roja de Filipinas para actuar en muchos lugares e intervenir en casos de desastre natural, pero Haiyan, al ocurrir inmediatamente después de un terremoto de gran magnitud (Bohol), puso a prueba la capacidad máxima de la organización y motivó un replanteamiento de las futuras intervenciones.

Eric Salve, jefe de los Servicios de Gestión de Desastres de la Cruz Roja de Filipinas, señala que Haiyan fue un llamado de atención para que la Cruz Roja de Filipinas redoblara sus esfuerzos de captación de voluntarios de la comunidad. En muchas de las zonas más golpeadas, el personal y los voluntarios permanentes se vieron afectados ellos mismos o bien se quedaron aislados y no pudieron prestar ayuda.

Otro cambio que se ha notado después de Haiyan es la presencia de un liderazgo más fuerte a nivel provincial y municipal. Los gobiernos locales en algunas de las provincias costeras han logrado frenar el número de heridos y la pérdida de vidas gracias a las medidas de preparación y evacuación.

Con Haiyan la marejada ciclónica resultante se llevó miles de vidas porque la gente pensó que la marejada iba a ser la misma que en  tormentas pasadas. En los tifones Hagupit y Seniang, que afectaron a Filipinas  en diciembre de 2014, la pérdida de vidas se limitó por lo general a los casos en que las personas se aventuraron a salir fuera y pusieron su vida en peligro.

En el caso de Hagupit, la acción temprana también tuvo un papel esencial. Tan pronto como el organismo meteorológico principal del país (PAGASA) localizó la tormenta que se formaba y se dirigía a la tierra, el gobierno entró en acción. Se emitieron alertas de tormenta y más de un millón de personas fueron evacuadas de manera preventiva. Así y todo, Hagupit destruyó viviendas e infraestructura, pero se registraron muchas menos víctimas: según cifras oficiales hubo 18 muertos en comparación con los 6.300 que causó Haiyan.

La adhesión de la comunidad
Pero a nivel comunitario, los esfuerzos de reducción del riesgo de desastres son aún frágiles. Mucho depende de la capacidad de los dirigentes y la voluntad de las personas para participar en los ejercicios que se organizan, como simulacros de evacuación, campañas de limpieza e iniciativas encaminadas a mejorar la salud.

“Haiyan nos enseñó mucho, como la preparación más eficaz —observa Salve—, pero Hagupit nos recordó que todavía tenemos que agilizar la captación de voluntarios de la comunidad y dar prioridad a esta tarea. Tenemos que recordar que durante un tifón, todo el mundo es vulnerable y nuestros mensajes tienen que transmitirse a toda la comunidad.”

Un tema central en el trasfondo de todos estos esfuerzos es que la resiliencia no es un servicio que se pueda prestar como un proyecto o un programa. Para que una comunidad sea verdaderamente resiliente, es indispensable promover los cambios de tal forma que se puedan seguir aplicando sin el apoyo externo. Para lograrlo se precisan la adhesión y la participación de la comunidad.

Este planteamiento no es nuevo. Durante muchos años, el Movimiento y otros actores humanitarios han procurado aportar mejoras duraderas en la vida de las personas reforzando los sistemas de salud locales, mejorando la salud del ganado o ayudando a la gente a crear pequeñas empresas. Hoy, sin embargo, estos esfuerzos, cuya escala va en aumento, tienden a realizarse más rápidamente tras las crisis y con más frecuencia se los sitúa en el marco de la “resiliencia”.

Incluso desde un comienzo, la ayuda humanitaria suele abarcar proyectos de dinero en efectivo o tarjetas de débito que permiten a las víctimas de las crisis tomar sus propias decisiones (con algunas restricciones) sobre lo que más les hace falta. En teoría, esta forma de asistencia puede promover la resiliencia de los mercados locales y conseguir una recuperación más rápida.

Desde Haiyan, por ejemplo, cerca de 30.000 familias han recibido  dinero en efectivo, lo que les ha permitido tener un ingreso en el marco del plan de recuperación trienal por un valor de 360 millones de dólares que la Cruz Roja de Filipinas destina a unas 500.000 personas. Los primeros datos muestran que la agricultura, la cría de ganado y la instalación de comercios son las tres principales actividades generadoras de ingresos que han escogido los beneficiarios de esa ayuda.

Asimismo, se puede prestar este tipo de asistencia durante un conflicto. Además de la asistencia de emergencia, el CICR, cuya presencia en Filipinas data de hace mucho tiempo, proporciona cada vez  más a menudo dinero en efectivo, tarjetas de débito, aperos o maquinarias, formación y microcréditos con objeto de ayudar a las comunidades a subvenir con mayor rapidez y eficacia a sus propias necesidades.

Tras el estallido en 2014 de los enfrentamientos entre una facción del Frente Moro de Liberación Nacional y las fuerzas gubernamentales en Zamboanga, unas 40.000 personas huyeron de sus hogares. La mayoría de ellas consiguió instalarse en tiendas de campaña, estructuras improvisadas de madera y lona o en barracas en el litoral de Cawa-Cawa o en el estadio de fútbol local.

Además del socorro de emergencia, el CICR y la Cruz Roja de Filipinas ofrecieron ayuda económica a las personas necesitadas a cambio de trabajo (por ejemplo, recogida y eliminación de basura en el estadio o a lo largo del litoral fluvial) o apoyo para reemprender  pequeños negocios.

En las zonas alejadas de Mindanao y las Bisayas, las comunidades locales pudieron definir sus propias necesidades y prioridades. “Dado que las comunidades suelen depender  de la agricultura para la supervivencia, trabajamos con ellas en la realización de proyectos sostenibles y en la mejora del rendimiento de los cultivos”, explica Alan Colja, coordinador de seguridad económica del CICR en Filipinas. Recientemente una comunidad afectada por el conflicto decidió que le interesaba incrementar sus ingresos mediante la expansión de la venta de flores. El CICR le ayudó a implantar un vivero de flores y le proporcionó el asesoramiento necesario para aumentar la producción. Formó, asimismo, a 560 personas en carpintería para ayudarlas a reconstruir viviendas más resistentes y refugios antitormentas.

¿2015: el año de la resiliencia?
En cierta forma se podría decir que la resiliencia ha sido una manera de rebautizar o consolidar términos que estuvieron de moda (sostenibilidad, preparación, planificación de emergencia, reducción del riesgo y seguridad económica),  para satisfacer a las organizaciones humanitarias y de desarrollo.

Lo bueno del término es que no precisa nada más para granjearse la adhesión de personas con intereses diferentes. Lo malo es que “resiliencia” puede significar casi cualquier cosa: otro eslogan pegadizo más que viene como anillo al dedo para casi cualquier programa. Por su parte, la Federación Internacional viene desde hace mucho tiempo tratando de convencer a los donantes humanitarios y de desarrollo de que las actividades de preparación y reducción del riesgo en las zonas propensas a los desastres son  absolutamente esenciales para alcanzar los objetivos del programa de desarrollo del Milenio  después de 2015. A nivel mundial, este concepto está resultando muy movilizador ya que hay más organizaciones y actores de alto nivel que están de acuerdo en impulsar una mayor inversión en la prevención de riesgos y, por extensión, en la promoción de comunidades más resilientes como una manera de reducir el gasto público en el largo plazo.

En un artículo publicado en ocasión del décimo aniversario del Marco de Acción de Hyogo, plan de gestión del riesgo adoptado por las Naciones Unidas hace una década tras el devastador tsunami del océano Índico ocurrido en 2004, Margareta Wahlström, representante especial del secretario general de las Naciones Unidas para la reducción del riesgo de desastres, pide que la resiliencia pase a ser “el sello distintivo de 2015” e insta a los gobiernos participantes a que revisen el Marco para tener en cuenta el cambio climático, la urbanización desenfrenada y el rápido crecimiento demográfico.

La representante especial escribió: “Ha llegado la hora de que el mundo incluya la capacidad de resiliencia...en el proceso de industrialización y el desarrollo de las ciudades, de que tenga en cuenta factores como las amenazas sísmicas, las llanuras inundables, la erosión costera y la degradación medioambiental.”

En marzo, cuando se convocó en Sendai (Japón) la Tercera Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Reducción del Riesgo de Desastres, uno de los objetivos era actualizar el Marco de Acción.

Después de 30 horas de negociaciones, se alcanzó finalmente el consenso sobre el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres, que establece una estrategia de 15 años y “abre un nuevo capítulo en el desarrollo sostenible, ya que esboza objetivos claros y prioridades de acción que conducirán a una reducción sustancial de los riesgos de desastre”, según Wahlström.

Una sólida coalición
Los representantes de 42 Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y la Federación Internacional participaron en la conferencia, en la que pidieron que se actuara con más contundencia para crear la resiliencia de las comunidades. Para lograrlo, es indispensable, según sostuvieron, garantizar el acceso sostenible al agua y al saneamiento, priorizar la sensibilización pública y la educación, apoyar sistemas eficaces de preparación para desastres y elaborar códigos para hacer construcciones más resistentes  y  otras leyes para reducir los riesgos y garantizar una intervención rápida durante las crisis, entre otras medidas.

También llamaron la atención sobre la iniciativa lanzada recientemente, la “Coalición de mil millones para la resiliencia”, destinada a fortalecer la acción cívica y comunitaria en materia de resiliencia en los próximos diez años, “de modo que las mismas personas la dirijan, la realicen y se sientan identificadas con ella para lograr un cambio en sus comunidades”, según destaca el presidente de la Federación Internacional, Tadateru Konoé. El objetivo de la Coalición es lograr que al menos una persona en cada hogar en todo el mundo haga algo para mejorar la resiliencia comunitaria.

Dado el alcance mundial y local de la red de voluntarios de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, las Sociedades Nacionales se encuentran en el centro mismo de esta revolución de la resiliencia a nivel comunitario. Para quienes buscan un modelo de trabajo, Filipinas puede ser un ejemplo  si se demuestra que el enfoque de “toda la sociedad” resulta ser eficaz con el tiempo y las acciones concretas de resiliencia que promueven la Cruz Roja de Filipinas y otros actores pasan a formar parte realmente de las comunidades a todo lo largo y ancho de esta nación insular tan diversa.

Kate Marshall
Especialista en comunicación de la Federación Internacional radicada en Manila.


Después de un desastre natural, lo que cambia las cosas notablemente suele ser la resiliencia de las comunidades locales, que soportan en gran parte la reconstrucción de su vida, sus viviendas y sus medios de subsistencia. En el marco de una iniciativa mundial denominada Coalición de mil millones para la resiliencia, el Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja pidió a todas las partes interesadas que apoyaran la labor destinada a fortalecer la resiliencia de las comunidades en forma concreta y sistemática.
Fotografía: ©Rommel Cabrera/ Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Ha llegado la horade que el mundo incluya la capacidad de resiliencia... en el proceso de industrialización y el desarrollo de las ciudades, de que tenga en cuenta factores como las amenazas sísmicas, las llanuras inundables, la erosión costera y la degradación medioambiental.”
Margareta Wahlström, representante especial
del secretario general
de las Naciones Unidas
para la reducción del
riesgo de desastres,
en un reciente artículo
titulado El año de
la resiliencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Después del tifón Haiyan en 2013, muchos pueblos costeros como este fueron destruidos por los fuertes vientos y el aumento del nivel del mar. Reconstruir comunidades que resistan las tormentas e instaurar sistemas de alerta y evacuación son una forma de aumentar la resiliencia. Fotografía: ©Rommel Cabrera/ Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Tras los tifones sucesivos, los asociados de la Cruz Roja de Filipinas y del Movimiento han apoyado programas que permiten volver a impulsar las actividades económicas de la población local.
Fotografía: ©Rommel Cabrera/ Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Después de Yolanda, la gente empezó a escuchar lo que les decimos. Les digo que si trabajamos juntos podemos llegar a ser más resilientes.”
Esther Vieron,
63 años, voluntaria de la Cruz Roja de Filipinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Algunos de los trabajadores en este proyecto de construcción de alojamientos de la Cruz Roja de Filipinas y de la Federación Internacional en Tabontabon vivirán en ellos. Se espera que la mayoría de los beneficiarios, si puede hacerlo, contribuya con su trabajo a construir su casa. Este tipo de aportación de mano de obra fomenta el sentido de pertenencia, que es esencial en cualquier esfuerzo tendente a forjar la resiliencia.
Fotografía: ©Federación Internacional

 

 

 

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