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Cotidianas

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Martes 7 de marzo de 1995

Atravesamos el pueblo y dejamos atrás las pequeñas tiendas, los vetustos bloques de apartamentos y el palacio real de Siem Reap. Tras un breve trayecto por una pista de arena en estado deplorable, el Sr. Taeong, mi acompañante, detiene la camioneta todoterreno no muy lejos del campo minado y proseguimos a pie. Se suponía que el camino había sido desminado antes de que comenzaron las operaciones de extracción de los artefactos en el terreno mismo. De todos modos tengo que esforzarme por no seguir los pasos de Taeong, empleado de Halo Trust, organización humanitaria especializada en la recuperación de las minas colocadas en terrenos cuyo futuro uso militar es poco probable y que por consiguiente, los civiles pueden aprovechar.

En el campo minado encuentro a Urs Boegli, jefe de la delegación del CICR en Camboya, Robin Biddulph, responsable de Halo Trust en la zona, y a un equipo de filmación que prepara un documental sobre el problema de los terrenos minados en Camboya. Estoy un poco nerviosa y no sé como comportarme. Robin me tranquiliza, diciéndome que tengo que ponerme lentes de protección para no perder la vista si llegara a producirse una explosión. Vaya consuelo, me digo: tal vez una o las dos piernas ¡pero la vista, no!

El terreno está delimitado con estacas rojas y blancas; fuera de esa zona se puede circular libremente pero en ningún caso hay que pasar de las estacas blancas, donde el terreno aún no ha sido limpiado.

Robin me da algunos datos sobre la operación. Halo Trust mantuvo consultas con los autoridades para determinar dónde era más urgente ocuparse del problema de las minas. Se escogió este campo por tratarse de tierras arables de buena calidad y cercanas a un río. Además, un grupo de exiliados ha vuelto a instalarse por aquí, y las autoridades comunales quieren alentar a otros desplazados a que hagan lo propio y partan de las aldeas vecinas donde se hacinan.

Me sorprende ver en el terreno de las operaciones de rastreo dos viviendas camboyanas típicas, y a un grupo de niños pequeños que viven allí. Hay dos que deben tener unos tres años como mi hijo Benjamín. Aparentemente, la chozas se construyeron en tierras que habían sido limpiadas de minas, pero ¿cómo estar seguros de que los niños no vayan a jugar allí donde el peligro subsiste? ¿Saben estos chiquitos distinguir las estacas rojas de las blancas?

Se me ocurre que vivir aquí es como vivir en una casa en medio de la rotonda de una avenida con mucho tráfico. Personalmente, creo que jamás lo haría y entonces me pregunto ¿Por qué se han instalado estas familias en un lugar tan peligroso? La respuesta es muy simple: no tienen alternativa. Pro-bablemente vivían aquí antes de emigrar y los camboyanos están muy apegados a su tierra. Vuelven del exilio prácticamente sin nada y tienen que instalarse en algún lugar y sobrevivir sea como sea.

Ese día me reservaba una angustia mayor, la de ver a cuatro chicos atravesando el campo minado para llevar las vacas al río. Al parecer, los propios camboyanos ya habían “probado” la seguridad de ese sendero. Quizás no haya peligro en ese momento, pero apenas comiencen las lluvias, el agua, al filtrarse por los terrenos minados, podría arrastrar hacia el sendero los artefactos restantes. Afortunadamente, esta vez, los chicos vuelven sanos y salvos.

Nadie tiene una idea aproximada de la cantidad de minas diseminadas por todo el país. Cada artefacto cuesta 3 dólares pero detectarlo y desactivarlo cuesta 1.000 dólares. Por lo tanto, cabe colegir que un país tan pobre como Camboya tal vez nunca pueda deshacerse completamente de esta amenaza mortal.

 
La señora K.J. Müller-Griffiths, funcionaria de la División de Publicaciones del CICR en Ginebra, se ocupa en particular de las operaciones en Asia y el Pacífico y ha aceptado compartir con Cruz Roja, Media Luna Roja algunas impresiones sobre su misión en Camboya el pasado mes de marzo.

 

Jueves 9 de marzo de 1995

Después de entrevistarnos con los responsables del hospital militar de Phnom Penh, visitamos el establecimiento. Hace cincuenta años tal vez fuera un hermoso edificio pero hoy está a punto de derrumbarse.

Recorremos un pabellón. En cada salita hay por lo menos cinco camas; en los corredores también se instalaron camas de una plaza, algunas con colchón. En general, los pacientes más graves ocupan las salas, y los que están en mejores condiciones pasan el día en los pasillos acompañados de sus familiares. El hospital tiene capacidad para 500 pacientes, pero el día de nuestra visita había más de 800, de los cuales 500 eran heridos de guerra.

En una de las salas estaba una mujer joven, víctima de la explosión de una mina mientras seguía a su marido por un “campo de batalla” en busca de arroz. La acompañaban su marido y sus dos hijos, uno de ellos había sufrido quemaduras en el mismo incidente, ocurrido dos semanas atras en Preah Vihear. En el hospital habían tenido que amputarle ambas piernas muy por encima de la rodilla. Nos dice que esta descorazonada, y que ya no tiene ganas de vivir. Mientras le hablo me tiemblan las piernas, trato de sobreponerme, y le digo que tiene que vivir porque sus hijos necesitan su amor.

Le pregunto al intérprete que pasará más tarde con esta mujer y me contesta que muy probablemente el marido siga ocupándose de ella, pero que si no se hubiera encontrado allí y no hubiera sido testigo de su sufrimiento, quizás hubiera divorciado, dejando que se las arreglara sola para mantener a sus hijos.
El futuro de esta camboyana es sombrío. Por lo general, quienes sufren la amputación de ambas piernas por encima de la rodilla quedan confinados a una silla de ruedas. En los países occidentales, una persona en silla de ruedas conserva cierta autonomía pero en Camboya no es el caso. Tal vez pueda desplazarse durante la estación seca, pero quedará inmovilizada apenas comiencen las lluvias, ya que las sillas se empantanan en el barro. Por otra parte, necesitará gran apoyo psicológico. ¿Quién se lo brindará?
Es sumamente duro ser testigo directo de un sufrimiento tan grande y de injusticias tan terribles como ésta y no conmoverse. Siento vergüenza, vergüenza de haberme sumido tanto en mis propias tribulaciones que al fin de cuentas son triviales. Tal vez, durante un tiempo, recordaré a esta señora y sabré apreciar mejor todo lo que tengo.



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