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Fotos no, porfavor

por Barbara Geary

En las cárceles está prohibido sacar fotos. Los guardianes se ponen nerviosos, aparentemente con razón, pues temen que las imágenes lleguen a manos de presos que pudieran participar o colaborar en algún intento de fuga. En todo caso, es una lástima, porque de vez en cuando también hay momentos hermosos entre los muros de una prisión, que valdría la pena fotografiar.

Traté de explicarselo a un guardían. Nos encontrábamos en una minúscula sala que servía de locutorio, detrás de seis hombres jóvenes sentados ante una pared enrejada y dividida en cubículos. Los presos, que vestían uniforme -camisa y pantalón marrón apoyaban los brazos en el reborde del cubículo que tenían delante mientras hablaban con los familiares, que se encontraban del otro lado. Entonces, le comenté a mi interlocutor cuán hermosa sería una foto de la escena que estábamos viendo: el rostro sonriente de la chica que hablaba con su hermano, el niño de corta edad que jugueteaba con su tío, pasando una y otra vez un caramelo por la rejilla, el anciano que besaba a su hijo a través del enrejado. “Lo siento”, me dijo, “tendrá que fotografiar con palabras.”

Sea. Pero describir aquellos momentos, aquella emoción, me obliga a buscar en mi memoria otras imágenes de esa misma mañana, muy temprano, a la luz del alba en una calle de Jerusalén, precisamente. Empecemos con aquel grupo, formado sobre todo de mujeres y niños, que esperan, muy quietos, la llegada del autobús.

De sus manos cuelgan muchas bolsas de plástico, algunas con la merienda para el viaje, que les llevará todo el día. En otras llevan ropas, libros o té para quienes los esperan. Hablan poco; es temprano y tal vez estén cansados. En su actitud se percibe una cierta tensión, como si estuvieran refrenando sus esperanzas. ¡Tantas cosas pueden pasar antes de que vean a sus seres queridos! Es día de visita a los presos.

Suben al viejo autobús; el conductor, mientras pasa los cambios, busca un cartel de plástico y lo coloca en el parabrisas: “Visita de familiares de detenidos, organizada por el Comité Internacional de la Cruz Roja”.
El sol se levanta mientras el autobús atraviesa las hermosas colinas del camino que lleva a Jericó y el valle del Jordán. Poco a poco, los pasajeros empiezan a hablar, en voz baja, y toman su desayuno: pan, queso, felafel.

El silencio vuelve cada vez que el autobús se detiene en un puesto de control (hay cuatro en el camino a la prisión). Al llegar al último, antes de apearse del vehículo, se oye una suerte de profunda inhalación colectiva; se diría que todos van a contener la respiración hasta que crucen la línea demarcatoria entre la Orilla Occiden-tal e Israel.

En silencio, bajo un sol abrasador, esperan que termine el control. A una señal de los soldados, vuelven a sus asientos, sonriendo. Cuando se cierran las puertas, aparecen signos inconfundibles de que la inquietud se ha disipado: respiran normalment, los rostros se distienden, la conversación recupera su tono habital, ríen... Alguien ofrece naranjas a los extranjeros de los primeros asientos. Los controles se agilizaron, tal vez gracias a su presencia.

Pocos antes de las nueve, llegamos a destino. Los pasajeros descienden del autobús y buscan en la zona de aparcamiento dónde instalarse para pasar las próximas cinco o seis horas. En un rincón hay una pequeña plaza de juegos con columpios y toboganes. En otro rincón hay dos servicios sanitarios, uno sucio pero utilizable, el otro, roto. Cerca de los servicios hay grifos de agua potable.

La cárcel se alza frente al aparcamiento, imponente, sombría, rodeada de alambres de púa y fortificaciones. Muy pronto, los altavoces empiezan a llamar a los visitantes, que en grupos de veinte o veinticinco forman fila delante de una puerta metálica blanca. Se ven tensos, antes de encontrarse frente a los carceleros. La puerta se abre y entran en un sector de seguridad donde presentan los artículos que han traído para los presos y se someten al cacheo obligatorio.

Se abre otra puerta y pasan al locutorio: entonces, en una especie de explosión vital - como si Jerusalén hubiera estado en el fondo de una profunda laguna, y hubieran tenido que nadar entre oscuras aguas, luchando por soportar la presión, hasta llegar a la superficie y llenarse los pulmones de aire fresco, y reír y jugar en la superficie - los visitantes dan rienda suelta a los sentimientos y dejan hablar a su corazón.

Las miradas se iluminan y las voces vibran con mil matices. Parece que hablaran todos a la vez. Se respira alivio y alegría, y el encuentro deja de ser una trivial “visita de familiares” para elevarse a otro plano, donde nada puede romper la magia del momento: ni los barrotes, ni los guardianes, ni las duras realidades que se adivinan en el rostro de cada uno.

Diez minutos antes de que acabe la visita, se abre uno de los tabiques que separan a los presos de los visitantes y los niños se precipitan en los brazos del hermano, el tío o el padre. ¡Cómo captar ese instante, que sintetiza lo más esencial y lo más doloroso de la vida! Separación y reencuentro... Durante un momento tal vez podríamos divisar la libertad y la esperanza, por encima de los muros de la prisión.

El CICR organiza o financia visitas de los familiares a detenidos por razones de seguridad, encarcelados muy lejos de sus hogares o fuera del territorio nacional. Actualmente, dicha actividad se lleva a cabo en Israel y los territorios ocupados, sur del Líbano, Kuwait, Indonesia-Timor oriental, Filipinas, Perú y Colombia.

Barbara Geary
Funcionaria de la Federación; en abril de 1995 participó en una visita de familiares organizada por el CICR.

 


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