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Una aldea rescatada del olvido

por Carolyn Oxlee

Una remota aldea subtropical de Ecuador ha sido “adoptada” por voluntarios de la Sociedad Nacional, quienes dedican sus fines de semana a prestar la atención sanitaria y social que hasta ahora habían brillado por su ausencia.

San Gerardo es un lugar tranquilo solo se oye el ladrido de los perros y la música distorsionada que emiten algunos pasacasetes destartalados. Las gallinas entran y salen a su antojo de las casas de madera, y la cons-trucción de la nueva iglesia se ha parado por falta de fondos. Ornado de abundante vegetación y flores rojas y rosadas, el pueblito vive de la agricultura: café y cacao, arroz y maíz, bananas y fruta de la pasión.

Hasta no hace mucho, las 79 fami-lias que habitan allí carecían de agua potable, electricidad, alcantarillado y servicios de salud. La gente no se lavaba las manos, no hervía el agua ni quemaba la basura. Gracias al empeño de la Cruz Roja Ecuatoriana (CRE), todo está cambiando.

La sección Bolívar de la CRE lleva a cabo un programa de desarrollo comunitario que ha aportado el suministro de agua potable y electricidad, así como los materiales necesarios para la construcción de letrinas. Además, se organizan visitas de profesionales y especialistas, se presta dinero a los aldeanos para incrementar cultivos y rebaños, y se fomenta la iniciativa y el apoyo mutuo en la comunidad.

 


Fines de semana solidarios

Una de las facetas del programa son los fines de semana de acción comunitaria, en los que se expresa cabalmente el espíritu del voluntariado. Médicos, dentistas y técnicos de laboratorio van a la aldea con sus propios equipos y prestan servicios junto con socorristas y trabajadores sociales.

Un sábado, por ejemplo, dos dentistas pasaron el día limpiando, obturando y extrayendo dientes. Diecisiete aldeanos, muchos de ellos ancianos, hacen cola esperando que los atienda el médico. Pero el más ocupado este fin de semana es el laboratorista, que deberá proceder a 77 exámenes de orina, excreta y sangre; los resultados demuestran que la mayoría tiene parásitos.

Por las consultas se cobra un precio simbólico de 2.000 sucres (65 céntavos de dólar), y 5.000 sucres por el tratamiento; también se cobra una pequeña suma por los medicamentos suministrados. Uno de los principales objetivos del proyecto es alentar a los aldeanos a ser partícipes de su propio avance. “Queremos evitar el paternalismo”, dice Marcela Suárez, directora del proyecto. “La gente no progresa si recibe todo gratis.”

Equipos de hasta 20 integrantes, entre ellos algunos socorristas, visitan San Gerardo cada dos meses y equipos más pequeños, de hasta 5 voluntarios, van cada quince días, los fines de se-mana. Las mejoras que el programa ha generado en la aldea son manifiestas. “La Cruz Roja nos ha hecho más unidos, más comunitarios. Antes, cada uno iba por su lado. Ahora, hablamos entre nosotros y nos contamos lo que sabemos.” Quien así habla es Mesías Guevara, que tiene un criadero de aves.

A fin de garantizar la continuidad del programa, la Cruz Roja ha destacado a la aldea tres asesores a tiempo completo, que se ocupan respectivamente de agricultura, asistencia y bienestar social, y salud.

Inversiones que rinden

El programa incluye un plan de crédito, a través del cual la CRE presta a los aldeanos montos que van de 150 a 300 dólares para ampliar cultivos o iniciarse en la ganadería. Además de permitirles aumentar sus ingresos, el plan de crédito ha sido esencial para granjearse la confianza de los habitantes de San Gerardo, que en un principio habían reaccionado con escepticismo ante el programa, desalentados por las falsas promesas que otras organizaciones les habían hecho anteriormente.

Uno de estos créditos familiares ha permitido a los hermanos Balter y William Muñoz arrendar y cultivar más terreno. A las siete de la mañana ya están trabajando, arrancando la maleza alrededor de las matas de arroz. Una vez cosechado el arroz plantarán maíz, y después, nuevamente arroz. El clima es propicio —sol y lluvia abundantes— y permite hasta tres siembras alternadas de cultivos de ciclo corto al año. “El crédito es bueno porque antes no teníamos tierra suficiente para trabajar”, dice Balter de 25 años.

Los voluntarios de la CRE fueron por primera vez a San Gerardo en 1982, pero el programa actual se inició hace dos años, gracias a la financiación conjunta de la Cruz Roja Finlandesa y la Cruz Roja Española. Hasta ahora, se ha recibido asistencia por valor de 61.000 dólares. No obstante, si bien los voluntarios trabajan con entusiasmo y dedicación, lo que puede hacerse con buena voluntad, algo de dinero y un minibus tiene sus límites.
De todos modos, la CRE reconoce que la ayuda financiera externa no puede utilizarse como una varita mágica, pues la Sociedad Nacional no dispone de la infraestructura necesaria para administrarla. “Antes de crecer, necesitamos dotarnos de un sistema de administración eficiente, captar recursos humanos óptimos y preparar algunos proyectos de calidad”, dice el Dr. Tito Cabezas, Presidente de la CRE.

El Dr.Cabezas, que desde que asumiera su cargo hace dos años ha estado tomando medidas para colmar las insuficiencias de la institución, abriga grandes esperanzas en cuanto a la promoción del concepto de desarrollo comunitario. Además del programa de San Gerardo, se ha previsto iniciar otros dos en las comunidades indígenas de los Andes, que también financiará la Cruz Roja Española. El Dr. Cabezas espera que estos programas sirvan de nuevo eje para las actividades de la CRE, que hasta ahora se ha dedicado principalmente al mantenimiento de bancos de sangre. “Más de dos tercios de los ecuatorianos viven en la pobreza, de manera que los proyectos de desarrollo comunitario destinados a este sector de la población constituirán una de las esferas más importantes del trabajo de la CRE en los próximos años”, dice.

 

 

Lo que enseña la práctica

El plan de crédito ha dejado algunas enseñanzas de interés. En un principio, 10 familias obtuvieron préstamos para criar aves, pero la oferta del mercado fue insuficiente, pues todos trataron de comprar polluelos al mismo tiempo. Otro problema fue la falta de experiencia de la sección de Bolívar para acercarse a una comunidad y determinar sus problemas.

“Pensábamos saber lo que era mejor para ellos, pero nos equi-vocábamos, pues las ideas tienen que surgir de la propia comunidad”, explica el Dr. Guillermo Lombeyda, presidente de la sección de Bolívar y añade: “La próxima vez, trataremos de conocer mejor a la comunidad antes de comenzar el programa.” También considera que recurrir a voluntarios es una limitación, pues no se les puede pedir que dediquen más tiempo al programa.

La enseñanza más importante es que el programa no ha beneficiado tan solo a la aldea de San Gerardo. “También ha sido positivo para la Cruz Roja. Si no tenemos proyectos que den resultados tangibles, nuestros voluntarios perderán motivación, y la institución, su razón de ser. Además, la experiencia ha enriquecido a
nuestros voluntarios”, dice el Dr. Cabezas. En este sentido, el éxito de este primer programa permite ser optimista en cuanto al futuro desarro-llo de la Sociedad Nacional.

Carolyn Oxlee

 


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