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Semblanzas

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Las guerras no sólo provocan tragedias; en medio de tanto sufrimiento, también aflora lo mejor del ser humano. Así ocurre, por ejemplo, en Lokichokio, donde día a día hombres y mujeres de distintas partes del mundo ayudan a salvar la vida de las víctimas de la guerra.

Orasa Petkong, de 43 años, forma parte del equipo. En febrero de este año, pidió licencia en el Hospital Chulalongkorn de Bangkok para participar en una misión en el terreno que, por el momento en el único empeño conjunto de la Cruz Roja Tailandesa y el CICR.

A primera vista, Orasa no parece una temeraria; trasladarse a los campamentos de refugiados de la frontera camboyano-tailandesa a comienzos de la década de 1980, a curar heridos de guerra jemeres, había sido para ella, la mayor osadía que hubiera podido imaginar.

En Lokichokio, todo es diferente. Aquí, está sola, sin colegas tailandeses, en un entorno desconocido del otro extremo del planeta donde se debate contra un idioma que le parece imposible llegar a dominar, cada vez que trata de hacerse entender.

Durante estos 6 meses de misión, Orasa tendrá que soportar duras condiciones de vida y resistir a una docena de enfermedades habituales en este rincón de África.

Sin embargo, es la segunda vez que Orasa viene a trabajar a Lokichokio; terminado el primer período de servicio en 1994, presentó una solicitud a la Cruz Roja Tailandesa, indicando que quería regresar al hospital de campaña del CICR.

Oriunda de la provincia de Surat Thani, Orasa comenzó a trabajar en la División de socorros de la Sociedad Nacional tailandesa, poco después de diplomarse de enfermera en 1974. Tampoco es la primera enfermera tailandesa que ha ido voluntariamente a trabajar a Lokichokio, pero es la única que lo hace por segunda vez. “Tengo las competencias necesarias y sé que con mi granito de arena contribuyo a salvar vidas. Es muy satisfactorio saber que estoy haciendo algo que vale la pena”, comenta.

En Lopiding, nombre por el que se conoce al hospital, Orasa es una de las dos enfermeras de quirófano que asisten a los cirujanos durante los miles de operaciones de víctimas de la guerra que llegan del sur de Sudán, donde el ejército se enfrenta a la rebelión local desde hace más de un decenio, en una cruenta lucha por el poder.

“Este es un hospital de cirugía de guerra, y la mayoría de los pacientes presentan complicaciones que rara vez se ven en Bangkok”, señala. “Muchos tienen heridas de armas de fuego, que suelen estar infectadas cuando llegan al hospital. Si se declara la gangrena, hay que extirpar los tejidos muertos, y en algunos casos, hay que amputar.”

Muchos pacientes se niegan a la amputación. “Entonces se lo manda a casa, porque los médicos nada pueden hacer por ellos. No entienden que la infección sigue extendiéndose al resto del cuerpo, y poco después mueren”, explica afligida.

La jornada laboral de Orasa comienza alrededor de las 8 de la mañana. Almuerza y cena en el hospital, y suele quedarse trabajando hasta avanzada la noche, en función del número de pacientes que hayan llegado ese día. También cumple turnos de guardia de 24 horas, que alterna con la otra enfermera de quirófano.

“Salgo muy poco del campamento del CICR, porque hay problemas de seguridad, sobre todo por la noche y no hay mucho que hacer aquí, salvo conversar a la hora de las comidas”, dice Orasa, que estima que el inglés sigue siendo su mayor desventaja, en especial cuando necesita comunicarse con sus colegas. No obstante, ha hecho grandes progresos desde su primera misión aquí y su idoneidad profesional le ha granjeado el respeto de todos los compañeros de trabajo.

“La guerra es cruel, y la situación en el sur de Sudán es muy triste. Es injusto que tantos inocentes sufran las consecuencias de la guerra de otros”, asevera Orasa.

Niphat Taptagaporn
Encargado de relaciones con los medios de comunicación del CICR en Bangkok.



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