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Lo que esconde el paraíso

por John Sparrow

Ciclones y volcanes, terremotos y desprendimientos de terreno, crecidas y marejadas hacen estragos en el Pacífico. En las comunidades isleñas, a menudo ubicadas en zonas remotas, la preparación en previsión de desastres es prioritaria y la autonomía, determinante. Pero al tiempo que se despliegan nuevos esfuerzos se puede seguir aprendiendo del pasado.

Según los criterios de la ONU, es uno de los países menos desarrollados del mundo. Pero las be-llas islas volcánicas cuyos espléndidos picos escarpados se elevan del Pacífico Austral 2.400 kilómetros al norte de Nueva Zelandia son una bendición de la naturaleza. De hecho, para los turistas cada vez más numerosos que descubren Savai'i, Upolu y las otras siete islas menores, llegar a Samoa Occidental es como entrar en una suerte de paraíso terrestre.

Samoa Occidental se encuentra en una zona del Pacífico expuesta a ciclones tropicales, cuya frecuencia parece haber aumentado de un tiempo a esta parte. El ciclón Ofa, de 1990 dejó a 10.000 isleños sin casa, pero lo peor llegaría al año siguiente con el ciclón Val, que durante cuatro días ho-rrendos cobró 13 vidas y acabó con incontables cultivos, mato grandes cantidades de ganado y derrumbó edificios, sin contar los daños a las pesquerías y la destrucción de la infraestructura.

 


Cambio decisivo

Según Maka Sapolu, Secretario General de la Cruz Roja de Samoa Occidental, el ciclón Val marcó el inicio de un cambio decisivo. Desde hacía mucho tiempo la Cruz Roja venía tratando de limitar los daños provocados por los ciclones, promoviendo para ello la preparación en previsión de desastres. En colaboración con el gobierno, se había elaborado un plan nacional de intervención y se había instruido a la comunidad mediante campañas de información pública de la Sociedad Nacional. Mientras recorría las aldeas devastadas, el señor Sapolu se pregun-taba entonces por qué tanta gente se encontraba todavía en una situación de tal vulnerabilidad.

Una primera explicación surgió cuando los colaboradores de la Cruz Roja descubrieron que la población no había reaccionado tras la alerta difundida por el gobierno. La dificultad de los términos empleados no lo explicaba todo. Se concluyó que, si bien los ciclones han sido siempre parte de la vida de Samoa, muchos habitantes de las zonas rurales no tenían una cabal comprensión del fenómeno. Por lo tanto, era preciso crear un programa de información para las aldeas.

Desde entonces, la Cruz Roja de Samoa Occidental ha impartido dicho programa en unas 80 localidades, y está previsto llevarlo a todas las aldeas del país. Sapolu, microbiólogo de 50 años, cuenta que todavía le queda por ir a 150 aldeas. Se trata de un proyecto difícil, pero el respaldo del organismo británico de ayuda al desarrollo, que lo financia en la actualidad, permitirá concluir las actividades de formación en un plazo de 18 meses a dos años.

Autonomía y autosuficiencia

La preparación en previsión de desastres es prioridad absoluta en todo el Pacífico y perfeccionarla es una de las tareas previstas en el Plan estratégico de trabajo de la Federación para el decenio de 1990. La autosuficiencia comunitaria es esencial, y los demás países de la región siguen de cerca lo que se está haciendo en Samoa Occidental.

El ejemplo de Safai, aldea de la costa de Savai'i, ilustra claramente la dirección que se ha tomado en Samoa. Safai era un lugar maravilloso, una comunidad de 500 a 600 personas instalada cerca de la desembocadura de un río; pero cuando acudió la Cruz Roja luego de haber pasado el ciclón Val, no que-daba casi nada.

Esta fue una de las primeras aldeas donde se llevó a cabo el programa de formación. Para empezar, se explicó la naturaleza de los ciclones y se instruyó a los habitantes acerca de la velocidad, la distancia y la dirección de los mismos. También se les habló de los sistemas y procedimientos de alerta, de las medidas paliativas y de cuestiones de sanidad y primeros auxilios.

Las sesiones tuvieron carácter interactivo; Sapolu quería estimular el debate y comprender cómo los habitantes percibían los ciclones. La expe-riencia fue reveladora.

"Algunos asociaban los ciclones solamente con el viento, y no con las tormentas y las inundaciones que pueden provocar. Les explicamos, pues, que Safai estaba expuesta a todas estas catástrofes en el futuro", cuenta Sapolu.

 

 

El peso de la tradición

Al parecer, en todas las islas reina la confusión. La alerta por radio de un ciclón que se encuentra, digamos, a 500 kilómetros al nordeste de Samoa y que se desplaza hacia el sur a 15 kilómetros por hora puede no significar nada para muchos. Algunos ancianos sólo saben orientarse usando los términos tradicionales, y muchos aldeanos son incapaces de ubicar los puntos cardinales. Este problema se está solucionando con la colocación de postes indicadores en todas las aldeas. También es preciso aclarar la velocidad y el movimiento. Muchos aldeanos desconocían que el ciclón fuese impulsado por dos fuerzas: una que lo hace avanzar y otra que gira en torno al llamado ojo del ciclón. Al oír que la tormenta avanzaba a 15 kilómetros por hora, muchos po-bladores esperaban un viento moderado, cuando en realidad se les venía encima un huracán.

La ciencia moderna no tiene respuesta para todo. Los ancianos pueden aportar mucho, aun si no saben diferenciar el norte del sur. Sapolu asevera que también se puede aprender del pasado, y la Cruz Roja está descubriendo medidas ancestrales de preparación en previsión de desastres.

Empecemos por los alimentos. La influencia occidental ha modificado las modalidades de cultivo en Samoa. Cocos, cacao, taro y taamu son hoy en día productos de exportación. Pero, tal como lo demostrara tan cruelmente el ciclón Val, no sirven de mucho en caso de desastre. "Tenemos que volver a cultivar nuestra modesta batata, y plantar mandioca de nuevo", dice Sapolu.

En las islas crece una variedad especial de batata que en otra época era un cultivo de emergencia. Los peores huracanes no hacían mella en el tubérculo. Los cazadores transplantaban batata de la selva a las colinas, lejos de los roedores. Podían pasar años antes de necesitarla, lo que no planteaba inconveniente alguno, pues este tubérculo no se pudre y sigue creciendo.

Catástrofe permanente

A unos 4.500 kilómetros al oeste, en Papua Nueva Guinea, Janet Philemon también está tratando de recuperar las medidas tradicionales de preparación en previsión de desastres y necesita cuanta ayuda se le pueda brindar. En medio de erupciones, terremotos, deslizamientos de terreno, inundaciones, crecidas, marejadas y algún ciclón ocasional, la vida para los cola-boradores de la Cruz Roja se asemeja a veces a una catástrofe permanente.

La actividad volcánica es muy frecuente en Papua Nueva Guinea y la Sra. Philemon, Secretaria General de la Sociedad Nacional, presta asistencia a los damnificados de la última erupción en la isla de Manam, en la costa norteña. Murieron 13 personas y la Cruz Roja evacuó a los 3.000 pobladores de tres aldeas, a quienes hubo que dar alojamiento porque sus hogares quedaron cubiertos por la lava.

En junio de 1996, cuando visitó la ciudad portuaria de Rabaul en la isla New Britan tenía presente otro desastre provocado por erupciones volcánicas ya que en 1994, los volcanes Vulcan y Tavuvur la destruyeron. Algunos habitantes murieron y la mayoría perdieron todo. Ahora que están parcialmente instalados, le conmovía impartirles el cursillo sobre pre-paración comunitaria en previsión de desastres, organizado junto con la Delegación Regional de Sidney de la Federación. Dicho cursillo, en el que colaboró Sapolu de Samoa Occidental, forma parte de una serie de proyectos piloto para preparar el material de un programa de entrenamiento que se utilizará en todo el Pacífico.

 
 

Salud comunitaria

Cabe destacar que el cursillo conjuga salud y primeros auxilios. La Federación alienta la idea de combinar la preparación en previsión de desastres, los primeros auxilios y la formación sanitaria en un solo programa basado en la autosuficiencia comunitaria, tal como se hizo por primera vez en Samoa Occidental.

La Sra. Philemon estima que son elementos interdependientes e inseparables a escala comunitaria. Según ella, no hay otra salida porque abundan las complicaciones de logística y separar los programas es inadmisible. La Cruz Roja de Papua Nueva Guinea cubre un territorio de 462,840 kilómetros cuadrados: la propia Nueva Guinea donde hay 700 grupos lingüísticos, el archi-piélago Bismarck y el norte de las Islas Salomón. La población, casi 4.000.000, está tan desperdigada que el promedio es de 8,5 habitantes por kilómetro cuadrado. Cuando hay un desastre, evacuar a algunos centenares de personas puede llevar semanas de trabajo.

Para la mayoría de los habitantes de Papua Nueva Guinea la vida es casi siempre dura, la esperanza de vida es baja y la salud precaria. El índice de mortalidad maternoinfantil es el más alto del Pacífico. El programa que tiene en mente Janet Philemon no se limita a paliar las calamidades, ya que según ella: "Parte del programa tiene por objetivo brindar ayuda en la vida cotidiana y no solo en caso de erupciones volcánicas o terremotos. Nuestra meta es instruir a la gente y ayudarle a desenvolverse mejor en el día a día."

John Sparrow
Periodista independiente, residente en Amsterdam.

 


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