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Por las altas cumbres

por Donald Dochard

Donald Dochard se encontraba en misión en Tayikistán, en agosto del año pasado, cuando se le encargó la conducción de un convoy de suministros médicos y de socorro, desde la capital, Dushanbe, hasta una aislada planicie del centro del país, donde esperaba ayuda un grupo de personas desplazadas. A continuación nos da sus impresiones sobre este viaje tan especial.

Decididamente, madrugar no es para mí. Es muy sencillo: levantarme con las estrellas va contra mi naturaleza. Una de las cosas que no podré olvidar de la misión en Tayikistán es que prácticamente cada día tuve que arrancarme al sueño a horas increíblemente tempranas. He partido en misión a África unas cuantas veces; allí también teníamos que saltar de la cama antes del alba, pero por lo menos nos acostábamos a horas prudentes.

En Tayikistán las cosas eran diferentes. Me habían encomendado conducir un convoy del CICR hasta la localidad de Khorog, en la parte oriental del país. A vuelo de pájaro, no se encontraba muy lejos, pero debido a los combates y a la topografía de la región, teníamos que dar un inmenso rodeo y atravesar peligrosos pasos de montaña en un trayecto que nos llevaría a transitar por Uzbekistán y Kirguistán, levantándonos todos los días a las 4 de la madrugada, y a veces aún más temprano, para luego conducir prácticamente todo el día, a menudo hasta avanzadas horas de la noche.

El primer día partimos de Dushanbe rumbo a Samarcanda: el convoy se componía de una camioneta todoterreno y tres camiones con remolque, cargados con suministros médicos, mantas, colchones y víveres. Pavel, el fotógrafo que me acompañaba en la misión, y yo nos turnábamos al volante de la camioneta. Inicialmente nos habían enviado a recabar información sobre la operación del CICR en Tayikistán, con el fin de sustentar la recaudación de fondos, pero, como dijo con gran convicción Thomas, el jefe de la delegación del CICR en Dushanbe, para adquirir una experiencia de primera mano no hay nada mejor que ir al frente de un convoy con ayuda para gente desplazada por la guerra, a través de las montañas y pasando por lugares con nombres como Khorog, Khalai Khum o Sagir Dasht. “A lo sumo, tres días de viaje”, mintió para no asustarnos. Tardamos más de una semana en llegar a destinación.

Lo que iba a ser una verdadera carrera de obstáculos comenzó en la frontera con Uzbekistán, primero de los seis pasos fronterizos que íbamos a franquear a pesar de las dificultades, gracias a las grandes cruces rojas pintadas en los camiones y el paquete de documentos oficiales que esgrimíamos en cada oportunidad. Con todo, la primera vez los trámites demoraron cerca de cuatro horas; signo anunciador de lo que vendría después, pues a lo largo de la ruta a Khorog, tanto en Uzbekistán como en Kirguistán o Tayikistán, nos detuvieron e inspeccionaron varias veces, no sólo en las fronteras sino en interminables controles de carretera, en cada uno de los cuales se repetía todo el trámite de inscripción de cada vehículo y de la carga. Pensé que la abundancia de controles obedecía quizás a algún hábil plan de fomento del empleo.

Recuerdo sobre todo una de las tantas ocasiones en que nos detuvieron para el consabido control de documentos, en un sitio alejado de todo. Hacía mucho frío y, mientras que los soldados se dedicaban a inspeccionar la inusitada caravana de albos y flamantes vehículos decorados con cruces rojas, me alejé del camino para satisfacer una necesidad natural, sin que nadie hiciera ademán de detenerme. Llegué a una pradera, desde donde pude contemplar un paisaje de una belleza espectacular: empequeñecidos por la vastedad que nos rodeaba, se extendían en todas las direcciones los picos coronados de nieve. Casi todos superaban los 6.000 metros de altura, pero no parecían tan altos desde la meseta que atravesaba la carretera, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. En pleno verano, la temperatura era glacial y sólo se oía el rumor del viento.

A medida que avanzábamos, las 18 horas de carretera de cada jornada iban haciendo mella en nuestra resistencia. En unos cuantos días habíamos pasado de una temperatura abrasadora de 43 grados en Dushanbe al frío y la nieve de las montañas a lo largo de la frontera con China, a más de 4.500 metros de altura. Subiendo y bajando incesantemente, franqueando un paso tras otro, cruzando jinetes en las mesetas donde aquí y allá se veían las yurtas de los nómades, las incontables curvas, cuestas y pendientes no nos daban tregua mientras dormitábamos, a pesar de las constantes sacudidas provocadas por los baches del camino.

¡Frena!, le grité de pronto a Pavel. Delante nuestro, la carretera había de-saparecido de improviso en una enorme cavidad de unos cinco metros de ancho y dos metros de profundidad, más que suficiente para engullir nuestra camioneta. Apenas tuvimos tiempo para advertir por radio a los demás vehículos, que se apartaron de la carretera para evitar el obstáculo. Más tarde, vimos un cartel que señalaba la presencia de baches en la ruta y que en este caso eran prácticamente invisibles.

Tras una escala en la oficina del CICR en Khorog, seguimos viaje hacia Khalai Khum y Sagir Dasht, cerca de la línea del frente en Tayikistán central. Camino a Khalai Khum, circulamos cerca de la frontera afgana por una carretera que bordea por precipicios aterradores el río que separa a Tayikistán de su vecino. Me dieron escalofríos al pensar cómo sería transitar por allí en pleno invierno. Uno de los conductores me contó muerto de risa que un colega había permanecido atascado durante días por la ventisca antes de que vinieran a socorrerlo. Obviamente, nuestro convoy no era ni el primero ni el último que recorrería estos desolados caminos; pensé en las dificultades y los peligros que acompañan cada misión de asistencia humanitaria y sentí crecer mi admiración por quienes dedican su vida a prestar estos servicios.

De vez en cuando veíamos letreros que indicaban la distancia hasta Dushanbe y nos recordaban lo ridículamente cerca que nos encontrábamos de nuestro punto de partida, a unos 200 kilómetros pero habíamos recorrido 2.000, describiendo un círculo casi completo.

Cuando llegamos a Khalai Khum y Sagir Dasht, vi lo que justificaba con creces las dificultades del viaje. En escuelas y casas particulares se agrupaban las familias cuyas vidas habían sido desbaratadas por el conflicto. Muchos lo habían perdido todo. Nuestra llegada les permitiría tener un colchón para dormir, algunos víveres más para alimentarse y medicamentos básicos que tal vez salvaran vidas. Entonces, las tribulaciones del trayecto me parecieron anodinas.

En el camino de regreso a Dushanbe, al parar en el enésimo puesto de control, reconocí la pradera donde me había sentido tan pequeño ante el esplendor de la naturaleza. Sólo que esta vez advertí algo que se me había escapado entonces, un pequeño letrero casi invisible cerca del borde de la carretera. La lectura de los caracteres cirílicos me dejó helado: “Campo minado”.

Cuando partí de Tayikistán, me dije ¡que pena que lugares tan hermosos del mundo sean destruidos por la guerra! Pensé en la increíble fuerza de la naturaleza y en cómo el hombre, con sus máquinas de guerra y sus minas terrestres, llega a destruirla. Pensé en que la suerte me había acompañado en aquel campo minado, y en lo deliciosa que iba a ser mi primera noche de sueño reparador después de mucho tiempo. Pero sobre todo pensé en el pueblo de Tayikistán, en su prolongado infortunio y en que también allí se debería tener derecho a dormir en paz por las noches.

Donald Dochard
Redactor de la División de Publicaciones
del CICR.

 


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