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Regreso a Ruanda

por Charles Onyango-Obbo

Cuatro años después del genocidio y un año después del regreso masivo de los refugiados, comienzan a verse algunos indicios de que la vida en Ruanda vuelve a su curso normal. La Cruz Roja ha reanudado todas sus actividades con el fin de ayudar a los ruandeses a superar las peores consecuencias del conflicto. No obstante, la posibilidad latente de ulteriores conflictos exige que el Movimiento considere si sus esfuerzos estÁn propiciando una estabilización y una reconciliación verdaderas.

Para llegar a Muyaga, en la provincia meridional de Butare, hay que recorrer una ruta que serpentea y está llena de baches. La aldea se encuentra en una zona muy aislada donde la presencia de un vehículo motorizado es todavía un espectáculo insólito que infunde temor; al ver nues-tro coche, un niño huye despavorido a refugiarse junto a su padre.

En esta localidad, donde pudiera pensarse que no ocurre nada digno de interés, la Asociación TARATABARA lleva a cabo un proyecto de cultivo de arroz, financiado por la Cruz Roja Suiza. Desde agosto de 1997, la Cruz Roja Ruandesa, con ayuda de la Federación Internacional, ha venido suministrando, equipos, semillas, productos químicos y asistencia técnica a dicho proyecto.

Al cabo de varias semanas de lluvia incesante, la mayor parte de los arrozales de Muyaga estaban saturados de agua pero a pesar de la bruma y el frío, sus habitantes no se desanimaban. Kassia Kanyamibyako, de 60 años, miembro de la Asociación Taratabara, nos explicó: “En la aldea hemos trabajado en proyectos más pequeños, pero el que impulsamos ahora en cooperación con la Cruz Roja es el mejor, ya que nos permite conseguir lo que no hubiéramos podido costear de nuestro bolsillo: azadas, guano, semillas y otras cosas”. Se trata también del mayor proyecto en que ha participado toda la comunidad.

 

 

El retorno

Muchos ruandeses se encuentran en situación de vulnerabilidad. De hecho, nunca se pensó que el reasentamiento y la integración de millones de desplazados y de refugiados que habían huido del genocidio y la guerra de 1994 fuera cosa fácil. Aún así, a principios de 1996 los organismos de asistencia humanitaria tuvieron la impresión de que comenzaban a controlar la crisis. Desgraciadamente, la ofensiva rebelde iniciada en noviembre de 1996 en la región occidental de Zaire (República Democrática del Congo, desde mayo de 1997) puso un brusco fin a este proceso. Centenares de miles de ruandeses refugiados abandonaron entonces los campamentos que ocupaban en Zaire y en la zona noroccidental de Tanzania, y emprendieron el largo y azaroso viaje de regreso a sus hogares.

La afluencia de refugiados planteó grandes problemas en los lugares que los acogían. Según Odette Mukansoro, encargada del servicio de búsqueda de personas en el orfanato Kacyiru, de Kigali, el número de huérfanos y de niños separados de sus familiares superó en diciembre de 1996 la cifra sin precedentes de 3.500. Desde 1994, unos 6.800 niños han pasado por este centro, cuyos programas cuentan hoy con el respaldo de las Sociedades de la Cruz Roja de Ruanda y de Bélgica.

Las estadísticas son impresionantes: en noviembre de 1997, ya se había conseguido reunir con familiares o colocar en familias adoptivas a 6.518 niños. Actualmente, el centro de Kacyiru acoge a 280 niños, cuyas edades oscilan de un año y medio a 18 años.

Cada vez que un niño es recuperado por sus familiares, los demás se quedan muy tristes. Al acercarnos a uno de los pabellones donde residen los más pequeños, niños de unos tres años se precipitan a nuestro encuentro. No se trata sólo de un juego, sino de una ca-rrera plagada de ilusiones. Los primeros que logran aferrar la mano del visitante declaran que éste o aquella es su “padre” o su “madre”.

A pesar de las dificultades existentes en Ruanda, los programas de asentamiento y de búsqueda de las familias de los niños no acompañados han experimentado un crecimiento enorme. Roberta Martinelli, coordinadora de las actividades de búsqueda del CICR en Ruanda, indica que se trata de la mayor campaña de búsqueda de familiares de niños no acompañados que se lleva a cabo desde 1945.

Desde 1994, en los registros del CICR se ha inscrito a 118.322 niños ruandeses no acompañados, residentes en Ruanda o en el extranjero. Hasta fines de noviembre de 1997, se había reunido con sus familiares a 51.047 niños; 12.000 reunificaciones se lograron gracias a gestiones del CICR y el resto son fruto de la labor de ONG locales e internacionales que también participan en la búsqueda.

La Sra. Martinelli señala que han quedado sin resolver 19.000 casos, unos son recientes y otros datan de hace varios años. En realidad, no todos estos niños carecen totalmente de vínculos familiares, pero, dado que la reunión familiar debe ser un acto libremente consentido, a menudo los niños se nieguen a regresar a sus familias y prefieran seguir en los orfanatos. Según ella, el número de casos de niños sin lazos familiares que no se han resuelto favorablemente es de “sólo” 10.000.

Juntos de nuevo

Los campamentos van cerrando uno tras otro. Al oeste de Kigali se encuentra Runde, campamento de tránsito de niños utilizado sobre todo por el ACNUR y la organización Concern. Según indica Bernard Barret, delegado de información del CICR, tras la repatriación de 1996, Runde llegó a acoger más de 1.000 niños. Un año después, los pequeños moradores del campamento eran menos de 200. “Un campamento desierto es buen signo”, añade el Sr. Barret. El 10 de diciembre, cerca de mediodía, el campamento Runde se preparaba a despedir a otro residente: Innocent Sibomana, de 15 años.

Ese día llegó al campamento un equipo del CICR, encargado de trasladar a Innocent a casa de su madre, Felicité Mukankuranga, que vive en Nyamirambo, una populosa barriada pobre de las afueras de Kigali. Sibomana había sido separado de su madre y sus hermanos en 1994, cuando se encontraban en el Congo. Allí fue recogido por una tía que lo abandonó a fines de 1996. Después se las ingenió para llegar a un orfanato y dos semanas más tarde fue transferido a Runde. Durante el recorrido hasta la casa de la madre casi no pronunciamos palabra. Sibomana no reconocía los lugares que atravesábamos. Todo parecía haber cambiado en tres años. Su madre se precipitó a acogerlo con un fuerte abrazo: “Sibo, Sibo, eres tú ...”, repetía mientras describía círculos alrededor del chico, batiendo palmas. Muchos parientes, sobre todo las tías, vinieron a saludar y abrazar a Sibo que contenía las lágrimas. Un vecino, hombre de edad mediana, se acercó a hablarnos y, abstraído, nos contó que había perdido a su familia desde el genocidio. “Tenía un hijo, más pequeño que Sibo.
Pero un día desapareció”. Mientras hablábamos, un colega fue a buscar los dos álbumes de fotografías de niños separados de sus familias. Todos los aldeanos se juntaron a mirar las fotos. En el primer álbum, publicado en mayo de 1997, figuran los retratos de 208 chicos y chicas. Seis meses después de su aparición se había dado con el paradero de familiares de más de 100 de estos niños. En el segundo, más reciente, hay 440 fotografías de chicos separados de sus familiares durante las repatriaciones a Ruanda que comenzaron en noviembre de 1996. La ma-yoría de estos niños son menores de 6 años, es decir, demasiado pequeños para poder indicar su identidad completa, dar las señas de sus padres o recordar su localidad de origen.

Con la esperanza de encontrar a sus familiares, el CICR, secundado por UNICEF, ha distribuido 2.500 ejemplares del álbum en todo el país.

La jornada estuvo cargada de emociones contradictorias: el vecino no encontró la foto de su hijo en el álbum y Sibo estaba de nuevo con su madre. Fue como una síntesis de la tragedia de Ruanda, país donde la mitad de la población lo perdió todo y la otra mitad salvó algo, donde a algunos se le han secado las lágrimas, y donde todos deben hacer frente a la necesidad de seguir viviendo y asumiendo las tareas más urgentes de cada día.

 
 

La justicia tarda

Más de 127.000 sospechosos de haber participado en el genocidio vegetan hacinados en las cárceles de Ruanda. Desde la repatriación, el número de detenidos ha aumentado; se estima que 20 por ciento de los presos son ruandeses repatriados. En promedio, cada tribunal de Ruanda falla entre 20 y 25 casos por mes. Por otra parte, en 1997, se detuvo a unos 1.000 sospechosos por mes. Aun cuando este número es superior al de 240 personas acusadas de genocidio que ha procesado el Tribunal Internacional para Ruanda en Arusha, Tanzania, en el curso de los últimos dos años, los especialistas en derechos humanos estiman que, de mantenerse el ritmo, se necesitarán más de 300 años para enjuiciar a cada sospechoso detenido. A no ser, claro está, que se les libere masivamente en virtud de algún decreto de amnistía.

Ante la reciente liberación de unos 2.100 detenidos, algunos por ser muy ancianos, otros por estar enfermos y unos cuantos por ser menores de edad, los sobrevivientes del genocidio organizaron una manifestación en la que expresaron su ira. Los manifestantes capturaron a algunas de las personas liberadas y las llevaron de vuelta a la cárcel. Otros ex presos tuvieron que ser protegidos por la policía para impedir que la muchedumbre los linchara.

Dominique Dufour, jefe de la delegación del CICR en Kigali, explica que a raíz de todo ello, durante largo tiempo, el CICR tendrá que seguir ocupándose de visitar a los presos en las cárceles de Ruanda. Cada año, la Institución lleva a cabo unas 160.000 visitas en todo el mundo; de éstas, 123.000 (dos tercios) tienen lugar en Ruanda. Según el Sr. Dufour, a fines de 1997 el CICR aportaba el 57 por ciento de los alimentos normales y la comida con alto contenido proteínico, así como buena parte de los medicamentos consumidos por los presos ruandeses. Francisco Otero y Villar, coordinador del programa del CICR, explica que los delegados visitan 17 de las 19 cárceles de Ruanda. En casi todas, además de distribuir diversos suministros, comida y remedios, el CICR se ocupa de mejorar el abastecimiento de agua potable, las letrinas y los servicios higiénicos, así como de distribuir jabón, detergente y otros artículos de primera necesidad.

A fin de no concentrarse exclusivamente en las cárceles, el programa se ocupa también del abastecimiento de agua potable a las comunidades vecinas de los establecimientos penitenciarios. El Sr. Villar señala que las condiciones en las principales cárceles mejoraron notablemente gracias a este programa.

La Institución y la empresa de servicios Electrogaz de Ruanda inauguraron recientemente la estación de bombeo de Ruampara, que abastece a
los municipios de Nyamirambo, Kimisange y Gikondo, de la ciudad de Kigali. El proyecto comprendió la reparación de cinco pozos, así como la instalación de dos nuevas bombas de extracción y de tuberías para incrementar el suministro de agua.

La Cruz Roja no ha logrado operar con entera libertad en todo el país, tal como se lo proponía. A raíz de la inseguridad imperante en las provincias norteñas de Ruhengeri y Gisenyi, sobre todo después del asesinato de dos cruzrojistas ruandeses a manos de rebeldes que operan en la zona, las actividades del Movimiento se han reducido. Ello obedece al hecho de que no se conoce a los dirigentes de la rebelión, lo que ha impedido negociar con ellos y obtener garantías en cuanto a la seguridad de las actividades de socorro.

Reconstrucción de la Sociedad Nacional

La falta de seguridad también ha entorpecido las actividades de reconstrucción de la Sociedad Nacional de Ruanda, que durante el genocidio quedó completamente desarticulada. En la zonas norteñas poco se ha avanzado en captación de apoyo de las bases. A juicio de Augustine Ruganasa, Jefe del Departamento de Desarrollo de la Cruz Roja Ruandesa, la Sociedad Nacional se ha ido restableciendo por sus propios medios y ya cuenta con un comité ejecutivo y asambleas en las doce provincias del país. En un territorio pacífico como Butare, a diferencia de Ruhengeri, se han reconstituido y reactivado todas las estructuras, incluyendo los comités comunales.

Según el Sr. Adjakly, uno de los motivos que demoró la reconstrucción de la Cruz Roja Ruandesa luego del genocidio fue el sentimiento de vulne-rabilidad que experimentaban todos los habitantes. En tales circunstancias, resultaba muy difícil solicitarles ayuda. Las actividades de desarrollo de la Sociedad Nacional se suspendieron en noviembre de 1997, pues era necesario dedicar todas las fuerzas disponibles a resolver la crisis creada por el regreso masivo de los refugiados ruandeses.

En la actualidad, el Sr. Rugasana está orgulloso de señalar que la Cruz Roja Ruandesa tiene 40.000 afiliados, de los cuales 5.000 forman parte de la sección de la juventud, presente en 84 establecimientos escolares. Tomando las escuelas como base de operaciones, los jóvenes cruzrojistas extienden su labor a los menores no escolarizados.

Un buen signo de progreso es que la Cruz Roja se está ocupando de cuestiones a las cuales no había atendido en los últimos años. En diciembre, en la ciudad de Butare se llevó a cabo una campaña comunitaria de primeros au-xilios que se prolongó durante 12 días y que incluyó una jornada de formación sobre enfermedades de transmisión sexual. Patrocinado por la Federación y la Cruz Roja Ruandesa, el proyecto fue enteramente organizado y dirigido por ruandeses. En otros tiempos, los cruzrojistas seguían un curso y luego esperaban que hubiera un accidente o una catástrofe para poner en práctica lo aprendido. La Sociedad Nacional decidió mejorar la capacidad de acción comunitaria de sus miembros, formándolos en técnicas de movilización social, de atención sanitaria preventiva, de concepción y realización de proyectos y de técnicas sanitarias avanzadas. Se ha capacitado a un primer grupo de doce socorristas -uno por provincia- quienes, a su vez, serán instructores comunitarios a fin de sentar las bases de una cadena de formación.

En un instituto de capacitación de la localidad de Mbogo, en la zona rural de la provincia de Kigali, la Federación y la Sociedad Nacional han establecido un proyecto educativo para la compra de mobiliario destinado a la reventa y de utensilios necesarios para la preparación de té. En Rutobue, provincia de Gitarama, se lleva a cabo un proyecto que pudiera parecer trivial: la elaboración de pan.

 

 

¿Todo esto es suficiente?

Estas experiencias han dado resultados positivos, aunque modestos. Por lo que se refiere a la Asociación Taratabara, si la próxima cosecha es buena sus miembros ya no serán prestatarios sino prestamistas.

En cuanto al orfanato de Kacyiru de Kigali, de confirmarse la actual tendencia, el número de niños residentes disminuirá y se desmontarán las tiendas de polietileno del campamento de tránsito de Runde. Si la pacificación se consolida, los socorristas ya no tendrán que dedicar sus esfuerzos a curar y atender a heridos y víctimas del hambre en los campamentos de refugiados.

Sin embargo, hay sobrados motivos de temer que surjan nuevas dificultades. El gobierno de Ruanda estima que, desde noviembre de 1996, cerca de 1.200.000 ruandeses refugiados han regresado del extranjero. El aumento de las necesidades de asistencia alimentaria, la inseguridad reinante en el norte del país, zona que ha sido tradicionalmente el granero de Ruanda, y el deterioro de los cultivos debido a las lluvias torrenciales de los últimos meses pueden provocar una grave carestía en 1998.

Este problema exige una mayor creatividad para movilizar los recursos de la comunidad. Tras el colapso de la Cruz Roja Ruandesa durante el genocidio de 1994, se tuvo la oportunidad de renovar totalmente la Sociedad Nacional pero el método verticalista que se viene aplicando resulta bastante obsoleto.

Por otra parte, no cabe duda de que el Movimiento debería haber examinado más de cerca la organización de los asentamientos, su carácter impersonal y su excesiva proximidad. Todavía se está a tiempo de rectificar y orientar los recursos financieros a la creación de infraestructuras y servicios sociales en zonas bien determinadas, permitiendo también que los habitantes construyan sus viviendas de la manera que juzguen más apropiada.

Asimismo, cabe destacar la falta de programas que fomenten la confianza y de proyectos creativos que aporten al proceso de reconciliación nacional. En la práctica, las perspectivas de estabilidad han ido disminuyendo en los dos últimos años. ¿En qué medida, los programas de la Cruz Roja han contribuido a estabilizar las comunidades ruandesas? ¿Qué sentido tiene toda esa labor que hoy llevan a cabo las ONG, si mañana todo puede esfumarse en un santiamén?

Respecto a un país como Ruanda, donde se ha perpetrado un genocidio y sigue acechando la guerra civil, las organizaciones humanitarias tienen que plantearse cuestiones muy serias. En lugar de limitarse a vendar las llagas y espantar las moscas, ¿no habría que hacer algo para curarlas e impedir que vuelvan a surgir?

Charles Onyango-Obbo
Redactor de The Monitor, periódico de Kampala, Uganda.



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