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La angustia de los congoleños

por Didier Revol

Por tercera vez en los últimos siete años, entre finales de 1998 y principios de 1999 estallaron violentos combates en Brazzaville y, como siempre, los más vulnerables fueron quienes sufrieron las peores vejaciones. Actualmente reina la calma, pero es muy pronto para saber qué pasará.

La República del Congo está sumida en un conflicto interno que ha convertido en una verdadera pesadilla la vida de sus ciudadanos, en particular, la de los habitantes de la capital. Sumamente debilitada por los enfrentamientos de 1997, el 17 de diciembre de 1998, la principal ciudad del país fue teatro de nuevos combates. A partir del 18, prácticamente la totalidad de los 200.000 vecinos de los barrios de Bacongo y Makelekele huían del saqueo generalizado y de las atro-cidades a que se exponían. Unos 25.000 encontraron refugio en unas 20 iglesias de los barrios que escaparon a los combates, y otros 30.000 en casa de amigos y parientes.

 

 

Saqueo, violaciones, y ejecuciones sumarias

En Brazzaville se cometen saqueos en pleno día. Los disparos estallan en cualquier momento sin que se sepa por qué. A punta de armas se ha obligado a los inquilinos a abandonar edificios enteros para luego ocuparlos ilegalmente. Los cortes de agua y electricidad duran días y días. Martin Griffiths, ex coordinador de socorros de urgencia, de las Naciones Unidas, actual Director Ejecutivo del Centro Henry Dunant de Diálogo Humanitario, se declaró «preocupado por el estado de violencia permanente que reina en el Congo y disuade a los donadores». Desde que terminaran las hostilidades en octubre de 1997, se había hecho una gran labor de reconstrucción, pero actualmente vuelven a imperar la desolación y la anarquía. Barrios enteros han sido saqueados sistemáticamente y recons-truir los no es tarea fácil.

Pierre-Claver Mabika, psicólogo de Brazzaville, afirma: «aquí la violencia se ha vuelto cultura; los saqueadores se matan entre ellos por un televisor; los niños no harán sino reproducir lo que ven». Esa cultura se ha arraigado en los jóvenes por varios motivos, entre ellos, la barbarie de las guerras civiles de 1993 y 1997, la desocupación endémica, y la sorprendente facilidad con que se pueden procurar un arma. Ninguno de ellos quiere entregar las armas porque les permiten obtener poder y dinero de inmediato.

Durante la huida, los desplazados conocieron el horror; uno de ellos comenta: «cuando tu hijo cae inerte a tu lado, ni siquiera te detienes para ver lo que ha pasado, sigues avanzando con la esperanza de que no te alcance la bala siguiente». En algunos casos han ejecutado a los hombres y violado a las mujeres frente a su familia. En el ámbito de un programa de asistencia a las víctimas de violaciones, financiado por las Naciones Unidas, Pierre-Claver Mabika recorre los lugares donde se encuentran. «No conoceremos nunca el número exacto de casos, pero son muchísimos. La ayuda es impres-cindible porque se trata de mujeres con profundos traumas, que creyeron perder la vida en el momento de los hechos». La mayor parte de las víctimas sufre de depresión grave y, agobiadas por la vergüenza, se aíslan.

Por temor a ser repudiadas, callan, y cuando no lo hacen, el rechazo de los seres queridos se manifiesta a veces de manera violenta. Erna, de 17 años, violada junto con tres amigas suyas, lo dijo a su madre y a un pastor: «tendrías que haber muerto», le respondieron por todo consuelo. «¿Qué le parece, a quién hay que tratar?» pregunta el psicólogo, que intenta implicar a los seres queridos, y sobre todo al compañero, en la terapia. «Una mujer estéril que fue violada, quedó embarazada. El marido piensa que el feto es un monstruo, el fruto espantoso de varios hombres. Quiere abandonarla y estoy tratando de reconstruir su relación». Otras mujeres, se niegan a abortar por motivos religiosos, pero asesinan al recién nacido.

Una sociedad traumatizada

La guerra es el quebrantamiento de las normas. En ese contexto, nada merece respeto y la violación es un medio de imponerse a los demás, de humillar a los vencidos, tanto a mujeres como a maridos, padres y hermanos, a toda la comunidad. En un lugar donde se encuentran desplazados, sentadas en finos colchones de espuma, varias mujeres manifiestan su desolación. Una madre se lamenta: «Nuestros propios hijos lo han hecho. Basta. Queremos la paz, y que el gobierno se ocupe de las viudas y los huérfanos». Otra prosigue: «Los combatientes atacan a niñitas de cuatro años. Una anciana, vecina mía, fue violada por 10 hombres. ¿Usted cree que se pueda sobrevivir a eso?». Cunde el silencio y las miradas se pierden en el vacío. La mujer concluye: «Pronto, sólo habrá locos en este país», dando por entendido que verdugos y ajusticiados serán los pilares de la sociedad congoleña. Todas quisieran irse al extranjero, pero les resulta imposible por falta de dinero.

«Después de tres años sin instrucción, mi hija tendría que haberse ido a estudiar a Canadá el día que estallaron los combates. Nos separaron y ya no sé donde está. De todos modos, a riesgo de que me mataran, volví a casa a buscar su pasaje y su pasaporte», cuenta Victorina, una madre con un mejor pasar que sus compañeras de infortunio.

Dado que el personal de otras organizaciones internacionales y de las Naciones Unidas fue evacuado, las víctimas cuentan tan solo con la ayuda directa de la Cruz Roja. La Federación ha puesto a disposición delegados y medios materiales para completar y apoyar la acción del CICR. Ulrich Mueller, Jefe de la Delegación del CICR, asevera: «la relación entre nosotros es solidaria y constructiva, pues sabemos que nos necesitamos unos a otros para hacer una labor eficaz». A raíz de ulteriores des-plazamientos de población hacia Brazzaville, debido a los combates en las inmediaciones, los desplazados se hacinan en lugares donde las condiciones sanitarias se van deteriorando a pesar del trabajo denodado de voluntarios y delegados.

 
 

Desplazamientos masivos

Prácticamente todos los días, la población se despierta al son de los cañones. «La capital aún no ha sido blanco de armas pesadas, pero si ello sucede serán una carnicería. Peor aún, el conflicto se está extendiendo por todo el país. Es improbable que la ciudad costera de Pointe-Noire, rica en petróleo, escape a los combates como fue el caso en 1997», comenta un observador. El número creciente de desplazados que llega a Brazzaville preocupa a Elodie Martel, Jefa de la Delegación de la Federación: «día tras día, con muy pocos medios, nos esforzamos por evitar la catástrofe y salvar a las víctimas de correr una suerte inhumana».

Didier Revol
Delegado de información de la Federación Internacional.

 


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