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"¡Llévame al río!"
Paul Conneally
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Volver a reunise con la familia es el objetivo
principal de la repatriación.
(1) Nombres ficticios
para proteger la identidad de las personas en cuestión.
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Desde 2001, el CICR ha organizado la
repatriación de unas 40.000 personas de Eritrea a Etiopía,
pero todavía queda mucho por hacer. Paul Conneally,
Coordinador de Comunicaciones del CICR en Eritrea, recuerda
una repatriación en la que participó en mayo
del año pasado.
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El centro de tránsito de Adi Abeito está a
unos 10 kilómetros al noroeste de Asmara, la capital
de aspecto italiano de Eritrea. En una pendiente rocosa cuajada
de gente, cerca del perímetro del centro, Abeba
Tadesse 1 presenta sus pertenencias para inspección.
Nos rodean funcionarios de aduanas que pasan por el tamiz
pilas de objetos personales. Cuando llega el turno de Abeba,
mira como los funcionarios fisgonean y examinan deteni- damente.
Abundancia de fotos de familia, un termo, lo que parecerá
un vestido de novia, pañuelos, sábanas, zapatos,
algunas joyas, ropa de niños, unos cuantos libros y
el kilo de café, requisito esencial, son algunos elementos
de la cornucopia de Abeba. Mientras el aduanero sigue con
su trabajo, Abeba me cuenta retazos de su vida, la conocida
y triste historia de familias separadas y de miseria económica.
Viuda y sola, Abeba ha decidido volver a Etiopía, donde
no había estado desde su juventud, a buscar trabajo
de empleada doméstica.
Al pasar la entrada del centro de tránsito, Abeba
se funde en la multitud que hace cola y lucha por un asiento
en algunos de los autobuses del convoy. Delegados del CICR,
asistidos por voluntarios de la Sociedad de la Cruz Roja de
Eritrea, controlan los nombres y datos personales de todos
los pasajeros. Todos han visto a estos delegados la semana
antes cuando les entrevistaron sobre las circunstancias de
su repatriación. Porque de eso se trata, de la repatriación
de etíopes de Eritrea a Etiopía.
Cuatro horas y media después, habiendo superado más
de un bache, nuestro convoy se detiene abruptamente a unos
10 kilómetro de Adi Quala. Más de 1.100 pasajeros,
agotados por el viaje, se bajan, estiran las piernas y miran
a su alrededor, muy conscientes de que se trata de la última
noche en territorio eritreo. En un alarde pasmoso de eficiencia,
los pasajeros montan un campamento en un claro amparado por
eucaliptos. A medida que anochece, se oyen percusiones y cantos
mientras que el olor de la leña de las hogueras y de
la comida sabrosa se dirige hacia la frontera de Etiopía,
hacia el sur. Los voluntarios de la Sociedad de la Cruz Roja
Eritrea están ocupados colocando lonas impermeables
sobre los camiones del equipaje y ultimando los preparativos
para la mañana siguiente. Nos acostamos bajo las estrellas
y nos dormimos mecidos por la música que llega del
campamento improvisado.
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Otro día
Son las 4.30 de la mañana y Maxim y su equipo están
muy atareados. Me encuentro con Abeba sentada sobre su maleta
atiborrada, conversando con nuevos amigos del campamento.
Uno de ellos, Lemlem1, trata de contener la energía
matutina de sus tres hijos y Abeba parece encantada de poder
ayudar. En la penumbra del alba, los voluntarios de la Sociedad
de la Cruz Roja Eritrea distribuyen agua y galletas a todos
los pasajeros que van subiendo a los autobuses. Cuando todos
están sentados se vuelve a pasar la lista antes de
que Maxim dé la señal de partida y abra el camino
para pasar la frontera en el río Mereb. Son las 6.00
en punto.
Después de abrirnos camino por carreteras montañosas
hacia la llanura rocosa del valle del Mereb, el sol ya está
dando una idea del calor que vamos a tener. Son sólo
las 8 y la temperatura ya ha superado con mucho los 20 grados.
El paisaje agobia. Rocas, rocas, por todas partes, rocas.
Después de reparar un autobús averiado, llegamos
a destino. A medio kilómetro del punto de paso, los
autobuses estacionan uno al lado de otro, y Maxim y su equipo
entran en acción.
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Cruce de la frontera entre Eritrea y Etiopía,
a lo largo del lecho seco del río Mereb.
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"Vamos a escoltar a los pasajeros de un autobús
por vez, a intervalos de más o menos veinte minutos.
Seguirán a un voluntario designado hacia la orilla
del río", explica Maxim. Voy con el primer grupo
caminando con prudencia detrás de un voluntario, que
lleva visiblemente el emblema de la Cruz Roja. Camina hacia
la orilla del río por un sendero especialmente despejado
de minas en una zona donde aún quedan muchas. Allí,
su primer grupo recibe ayuda de más voluntarios de
la Cruz Roja Eritrea para subirse a dos camiones del CICR
que están esperando. Luego, los vehículos atraviesan
el río poco profundo pero de aguas agitadas y los pasajeros
son recibidos por otro equipo del CICR del lado de Etiopía.
La mayoría de la gente se siente optimista. Vuelven
a comenzar los cantos y las palmas cuando los camiones se
paran del otro lado. Están solamente a 20 metros de
nosotros, pero están en su territorio; atrás
quedaron las dificultades y en adelante tendrán que
habérselas con la incertidumbre del futuro.
Cada día hay 14 travesías como ésta,
todas iguales. Cantos y gritos con abrazos y apretones de
manos. Abeba es una de las últimas en subir a un camión.
Lleva en sus brazos a uno de los hijos de Lemlem, un niño
de ojos grandes cuya energía va amainando con el calor
del mediodía. "Escribiré a la Cruz Roja",
dice a nuestro equipo, saludando con la mano que le queda
libre se despide de nosotros cuando el camión entra
en el río llevando a Abeba y a miles de personas más
a comenzar una nueva vida en Etiopía.
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Una vez todos los pasajeros del otro lado de la frontera,
llega el turno del equipaje. Es el último cometido
importante del día y los voluntarios de la Cruz Roja
Etíope atraviesan inesperadamente el Mereb para ayudar
a sus colegas eritreos a cargar el pesado equipaje en camiones
etíopes. Es casi mediodía y el calor canicular.
Los voluntarios simpatizan, charlan mientras trabajan en medio
de ese calor agobiante, cargando el pesado equipaje de un
camión a otro.
Hay un lugar donde las tribulaciones de la historia y el
conflicto han separado a dos países y a sus habitantes.
La Cruz Roja debe de ser la única organización
que persiste después de la ruptura y puede funcionar
y cooperar, a pesar del pasado doloroso y del conflicto actual.
Ver a estos voluntarios juntos permite olvidar por un momento
la división que asfixia a sus países y concentrarse
en el espíritu positivo que reina. Maxim me acompaña
al borde del río. Aquí, en una de las fronteras
más polémicas del mundo, mientras aguantamos
el calor intenso y colaboramos con los voluntarios de las
Sociedades de la Cruz Roja de Etiopía y de Eritrea,
Maxim, con la cara cubierta de sudor, me mira y dice sencillamente
"al fin y al cabo, ¡de esto se trata!"
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Paul Conneally
Paul Conneally is ICRC communication coordinator in Eritrea.
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