Volver a la página principal de la revista

Las desastrosas consecuencias de la despoblación

Los migrantes que se han ido de Moldova han tenido razón y el dinero que mandan a su familia comienza lentamente a reactivar la economía en la capital, Chisinau. Pero ¿cuáles son las repercusiones generales de la emigración en este paupérrimo país? ¿Cuál es el porvenir de los niños que han quedado atrás?


“No eres una mercancía”, reza este afiche que pone en guardia sobre los peligros de la trata de personas. Miles de mujeres moldovas trabajan en el comercio ilegal del sexo en Occidente. Moldova es la principal fuente de trata con fines de explotación sexual en Europa.
©ANDREW TESTA / PANOS PICUTURES

“LA situación en Moldova puede calificarse de catástrofe demográfica”, afirma Larysa Byrka, presidenta de la Cruz Roja de Moldova. “La migración ha afectado a todas las familias y sufrimos la fuga de cerebros y de jóvenes que conlleva”.

En la primera evaluación completa de gestión de la migración en Moldova, publicada en 2004 por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), se indica que la emigración ha alcanzado cotas enormes y es motivo de gran preocupación para el Gobierno de Chisinau. Según el cuadro de la población mundial 2004 —estudio sobre las tendencias de la población publicado por la Oficina de Referencia de la Población, con sede en Washington— la población de Moldova pasará de 4,2 millones a 3 millones en 2050. Esta disminución es mucho mayor que la media, incluso en Europa oriental, región caracterizada por el descenso de la población.

Moldova es un país minúsculo, enclavado entre Ucrania y Rumania, que desde la separación de la región industrializada de Dniéster y la independencia de la URSS, viene luchando por crear una economía viable y condiciones de vida decentes para su pueblo. Es el país más pobre de Europa, pese al crecimiento de su economía desde 2000. El salario mensual medio no llega a 100 dólares y se calcula que en 2001, el 80 por ciento de la población vivía por debajo del nivel oficial de pobreza.

Las proporciones de la emigración moldava son asombrosas; las estimaciones de la cantidad de moldavos que trabajan en otro país varían, pero según cifras oficiosas, hay 600.000. “Creemos que esta cifra alcanza el millón”, indica Alan Freedman, jefe de misión de la OIM.

“La primera etapa de la migración en masa se inició en 1993-1994 y se debió a la desintegración de la Unión Soviética”, comenta Olga Poalelungi, directora del Departamento de Migración del Gobierno. “En ese período la gente partía a Rusia, destino tradicional en tiempos soviéticos. Resultaba atractivo por su cercanía y porque no se necesitaba visado. La segunda ola en 1995-1996 se dirigió principalmente a Turquía, pero las estrictas leyes de inmigración frenaron rápidamente la afluencia. Hoy la gente ha descubierto países, como España, Italia, Portugal y cada vez más Alemania, Irlanda y el Reino Unido. Y en este caso, nos referimos a los jóvenes que tienen un buen nivel de educación y hablan varios idiomas”.

Tras una década de éxodo, la familia tradicional se ha desintegrado: separaciones y divorcios son comunes y, en muchos casos, los hijos acaban a cargo de parientes y vecinos, y siendo presa de la violencia y la explotación. La “feminización” de la pobreza es también motivo de preocupación. Las mujeres tienen menos oportunidades económicas que los hombres y se les ha negado la posibilidad de aspirar a una vida mejor para ellas y sus hijos. Pero en una sociedad que sigue siendo predominantemente matriarcal, esta situación causa muy a menudo la disolución de la familia y el abandono de los hijos.

 


Angelina, de 13 años, es uno de los miles de niños abandonados a su suerte por sus padres que emigraron en busca de trabajo.
©ANDREW TESTA / PANOS PICUTURES

Es casi como la fiebre del oro

Los moldavos que trabajan en el extranjero envían remesas por un valor de 500 millones de dólares por año, cifra que sobrepasa el presupuesto del Estado. Son ellos quienes compran coches lujosos y construyen casas de tres pisos que crecen como hongos por toda Chisinau. “Es casi como la fiebre del oro”, asegura Freedman. Forzosamente esto lleva a la aparición de traficantes. “Hay mucha gente en este país que vende la migración como un sueño y los traficantes se aprovechan de eso. La migración es la única alternativa real para mejorar la situación económica, lo que juega en favor de los traficantes. Moldova es el entorno perfecto para ellos”.

En 2000-2001, los países balcánicos fueron el principal destino de la trata de moldavos. Hoy los traficantes tienen la atención puesta en Medio Oriente. “Los niños que se quedan aquí cuando sus padres emigran pueden ser particularmente vulnerables”, asegura Veronica Lupu, directora de la ONG moldava, Mujeres para una Sociedad Moderna.

Larissa, de 14 años, buscó refugio en las calles porque su padre le había pegado. Un día se le acercó una mujer que le consiguió un pasaporte falso y se la llevó a Odessa, Ucrania. Es imposible imaginar lo que vivió allí, porque no dice nada, pero reconoce que “ruega” para que no la manden de vuelta a su casa: “Mi padre me mataría”.

En Moldova se sabe muy poco de las víctimas de este tráfico. “Las mujeres y las muchachas jóvenes nunca dirán abiertamente lo que les ha sucedido”, afirma Tatiana Allamuradova, jefa del centro Contact para las ONG moldavas, en la región de Gagauzia, eminentemente agrícola. “La gente aquí es muy conservadora y las catalogarían rápidamente de prostitutas”.

Ahora bien, la trata “no obedece a que las muchachas quieran ser prostitutas, sino al afán de lucro de los traficantes. La mayoría de ellas provienen de familias desfavorecidas. Nadie tiene derecho a juzgarlas”, asegura Lupu.

Ion Bejan, jefe de la oficina estatal de lucha contra la trata, destaca otro aspecto del problema: “Los niños minusválidos y las personas con discapacidades valen mucho para los traficantes, porque cuando la gente los ve en las calles, se apiada y les da dinero. En Moscú, una prostituta puede ganar 300 dólares por día, mientras que en Polonia, una persona minusválida puede obtener hasta 700”.

Marina, de 35 años, pensó que era afortunada cuando le ofrecieron un puesto de vendedora en Polonia y le dijeron que podía llevar a su hijo de dos años que tiene una sola pierna. Pero esos “agentes” de empleo resultaron ser traficantes y su única intención era utilizar al niño para pedir limosna. “Cada mañana le escaldaban la pierna para que estuviera roja e inflamada. Si trataba de impedírselo me pegaban”, recuerda y añade: “No me puedo perdonar porque mis locas esperanzas de una vida mejor han marcado el cuerpo y el corazón de mi hijo”.

En cualquier pueblo de Moldova hay niños que contarán casi lo mismo: hace dos años que no ven a sus padres, no saben donde están y ya pasó un año desde la última vez que hablaron con ellos. “Durante nuestra campaña estival recorrimos todo el país y recogimos testimonios.
Se tiene la impresión de que lo normal no es la familia unida sino la familia separada. Lo normal aquí es que los padres partan y dejen a sus hijos”, comenta Freedman.

En Chimishlya, pueblo situado a 70 kilómetros de Chisinau, conocí a dos hermanos: Maxim de siete y Todor de 11 años. “No recuerdo cómo es mi madre, pero sé que tenía el pelo rubio”, dice Maxim. “Es preciosa”, añade Todor. Maxim nunca sonríe. ¿Por qué? “No puedo”, me dice sin dudar un instante. Su madre y su abuela se fueron a Italia hace más de un año y viven con el abuelo que está enfermo, es pobre y no puede darles lo que necesitan. De vez en cuando, la abuela manda alimentos y algo de dinero, pero la madre, parece haberse olvidado de ellos.

“Sólo dos de mis alumnos viven con el padre y la madre. Los niños necesitan la atención de los padres y los niños de aquí se sienten desanimados e inútiles”, dice Natalia Kele, la maestra de Todor.

Una generación perdida

“Lo peor es que la migración tiene consecuencias desastrosas para la estructura familiar. La mayoría de los padres se van con dinero prestado y no dejan nada para sus hijos”, señala Allamuradova. En este contexto, miles de niños moldavos tienen que encarar la dura realidad económica mucho antes de estar preparados para hacerlo. Algunos dicen que sólo van a la escuela por el almuerzo gratis.

“Nuestra tarea principal es prestar asistencia a los más vulnerables. Hoy la migración nos plantea un problema que debemos enfrentar. Hemos hecho algunas propuestas de proyecto a la Cruz Roja Noruega en relación con el problema de los niños de la calle y de familias desfavorecidas. Si todo va bien, muy pronto podremos iniciar la labor de asesoramiento psicológico, organizar actividades para la juventud y hacer campañas de prensa”, explica Larysa Byrka

La población de Moldova disminuye está envejeciendo. En 2015, el país habrá perdido 76.000 mujeres en edad de procrear, según un estudio realizado en 2003 por el Fondo de Población de las Naciones Unidas, y las familias se limitan a tener un solo hijo debido a la pobreza. La actual natalidad en Moldova equivale a la registrada durante la II Guerra Mundial, según muchos demógrafos. En las calles de Chisinau se ven jóvenes de 20 a 30 años, pero en los pueblos no. Prácticamente, no hay personas de 16 a 50 años, porque se han ido. Es como una guerra, una generación perdida”, concluye Alan Freedman

 


Elena Nyanenkova
Encargada de información y publicaciones de la Federación Internacional en la delegación de Minsk.

En este artículo se han cambiado algunos nombres.


Arriba Contáctenos Créditos Webmaster © 2005  Copyright