EN
una zona situada en la periferia de Roma se estaciona diariamente
desde el mediodía hasta las siete de la tarde una casa
rodante que parece un punto diminuto en medio de los apiñados
bloques de edificios, a pocos metros de una tienda de comida
rápida y de la escuela. De tanto en tanto, por la ventanilla
del vehículo se asoman personas para recoger un par
de jeringas, depositar agujas usadas en los cubos negros colocados
bien a la vista, o inyectarse una dosis de heroína.
Algunas se quedan a charlar.
“Cuando empezamos a venir, algunas personas nos acusaron
de promover el consumo de droga”, explica Marcello,
un trabajador social de una de las dos unidades de calle que
pertenecen al programa de laVilla Maraini de la Cruz Roja
Italiana. “Ahora entienden que estamos aquí para
ayudar, para reducir el daño que los drogadictos se
hacen a sí mismos y a la comunidad.” Los resultados
llevan su tiempo, pero son tangibles. Un programa de intercambio
de agujas reduce el riesgo de transmisión del VIH.
Las agujas ya no se encuentran dispersas por el suelo cerca
de la escuela. La información importante sobre asuntos
de salud y rehabilitación se proporciona en una atmósfera
muy relajada y no amenazante entre unos 300 drogadictos que
vienen aquí cada día. Y así se salvan
vidas. Sólo en 2007, la unidad móvil Tor Bella
Monaca intervino en promedio diez veces al mes en casos de
sobredosis de heroína administrando inyecciones del
antídoto Naloxona. Desde 1992, más de 1.500
personas se libraron de una sobredosis.
“Mantienes vivas a las personas y les das la oportunidad
de sanarse”, asegura Gino, otro trabajador social, muchos
de los cuales son voluntarios de la Cruz Roja Italiana y todos
han sido drogodependiente. La gran mayoría entiende
que lo que se necesita es tener compasión y no condenar.
Humanidad
Su principal objetivo es forjar la confianza en los drogadictos:
estar allí cuando lo necesitan o cuando están
dispuestos a que se les ayude. Su dedicación y compromiso
son palpables: escuchan con paciencia historias a menudo incoherentes
o recorren los tétricos lugares donde suelen esconderse
los adictos a la heroína. Su trabajo los lleva a estar
en contacto con algunos de los grupos más marginados
y estigmatizados de la sociedad, entre ellos el 30% de los
drogadictos desconocidos por otras organizaciones, porque
son inmigrantes ilegales. Al combatir la discriminación
contra los consumidores de drogas, estos trabajadores cumplen
con el principio de humanidad de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja.
“El emblema nos ofrece protección en las calles.
Nos da credibilidad frente a la policía y a otras organizaciones
y, al mismo tiempo, los consumidores no nos ven del lado de
las autoridades”, añade Marcello.
Las vivencias de cada uno son únicas. Giancarlo creció
en un barrio pobre de Roma, en una familia de siete hijos
que tenían que robar para vivir. Cayó en la
delincuencia y las drogas a los 14 años, entrando y
saliendo de la cárcel en un ciclo sin fin. Su hermana
murió de SIDA y uno de sus hermanos de una sobredosis.
En la prisión conoció a los trabajadores sociales
de la Villa. “Nunca pensé que pudiera tener una
vida normal. Me ayudaron a comprender que si lo deseaba podía
encontrar una salida.” Entró a la comunidad terapéutica
de la Villa. “No fue fácil, pero me acompañaron,
respetando el tiempo que necesitaba sin presionarme.”
Hoy, Giancarlo se encarga del centro de acogida y alojamiento
de la Villa Maraini.
La divulgación dinámica, la educación
entre pares y un enfoque flexible para el tratamiento son
elementos fundamentales que distinguen el programa de la Villa.
Aproximadamente la mitad de sus 80 colaboradores son ex drogadictos.
Por los iluminados pasillos del centro la gente se muestra
amistosa y con deseos de charlar. Es imposible distinguir
a los clientes del personal. Cualquiera puede ser un médico
o una de las 300 personas que vienen por su dosis diaria de
metadona.
Desconfianza de la policía
“Cada persona es diferente y la etapa de la vida en
que se encuentra cada una también las distingue”,
explica Máximo Barra, médico especialista, principal
fundador de la Villa, voluntario de por vida de la Cruz Roja,
presidente de la Cruz Roja Italiana y vicepresidente de la
Comisión Permanente del Movimiento. “Por esta
razón, la terapia debe adaptarse a las necesidades
del individuo y no el individuo a las restricciones de una
terapia concreta.”
Philippe es hijo de profesionales y con voz suave nos habla
de cómo era su existencia antes de quedar encerrado
en el círculo de las drogas. “Durante muchos
años estuve convencido de que podía seguir llevando
una doble vida. Tenía trabajo, apartamento, una novia.
Incluso si una parte de ti sabe que estás en una espiral
que te lleva al infierno, desde el minuto en que te inyectas
la dosis ya no piensas más en eso. Luego un día,
de repente, te das cuenta de que la alternativa es la cárcel
o la muerte.”
Aunque cada caso es único, la mayoría habla
de ese momento decisivo en que la carga de la drogadicción
ya no se puede soportar. La Villa Maraini aspira a estar allí
cuando esto ocurre, ofreciendo una taza de té, un lugar
donde estar, apoyo psicológico, lo que sea necesario.
Una vez en prisión, Philippe conoció a Anna,
una voluntaria de la unidad de emergencia de la Cruz Roja
Italiana. Al principio la policía veía a la
unidad con desconfianza y ahora acuden a ella cada vez que
arrestan a un heroinómano. La Villa Maraini suministra
metadona para paliar la violencia de las otras formas de abstinencia,
lo cual, a su vez, permite que el proceso se desenvuelva de
manera más ordenada. Para Philippe, el momento decisivo
se produjo algunos meses después. “El 15 de agosto,
me encontré en un estacionamiento en Roma, con la jeringa
preparada. De repente, me di cuenta de lo bajo que había
caído. Me acordé de Anna, saqué la tarjeta
que me había dado y la llamé.” Hoy este
muchacho ha recorrido la mitad del camino del programa de
20 meses que propone la Villa Maraini.
Del grupo de profesionales que prestaba asesoramiento a cinco
drogadictos por semana en una pieza, el programa de la Villa
se ha convertido en una comunidad de seminternados, instalada
en los jardines del recinto de la Cruz Roja Italiana. Ofrece
una amplia gama de servicios a más de 700 personas
por día, como un dispensario que atiende día
y noche, un albergue, un programa de divulgación en
las prisiones, un programa de tratamiento de tres niveles,
un grupo de apoyo familiar y una cooperativa de trabajo (gestionada
de manera independiente). Estos servicios permiten ayudar
hoy en día a más de 3.000 consumidores y sus
familias por año. “La Villa Maraini es la única
estructura de este tipo en Italia que se va ajustando a las
necesidades de los drogadictos”, explica Giancarlo.
Nueva generación de consumidores de drogas
Esta labor ha planteado sus propias dificultades, como la
de la financiación, y quienes están implicados
en ella a menudo han tenido que estar en el primer plano para
promover la sensibilización y estar en la lucha junto
a la Cruz Roja Italiana con el fin de reducir el estigma y
la discriminación asociados al consumo de drogas. La
Cruz Roja ha desempeñado un papel protagónico
a nivel internacional para fomentar un enfoque humanitario
en el marco de la política de drogas: es la fuerza
impulsora del Consenso de Roma, que promueve la política
humanitaria de drogas y cuenta con 106 Sociedades Nacionales
signatarias. En 2004, la Villa Maraini y la Cruz Roja Italiana
comenzaron a organizar cursos de formación para las
Sociedades Nacionales hermanas, diez hasta ahora. Como resultado,
varias han iniciado programas para afrontar los problemas
de los drogadictos, de los que se calcula que hay unos 200
millones en el mundo. Por ejemplo, la Media Luna Roja de Irán
ha establecido unidades móviles en Teherán,
mientras que la Cruz Roja Uruguaya ha instalado la línea
de emergencia para reforzar las unidades de la calle.
Lamentablemente el problema no está desapareciendo
sino más bien empeorando. Los trabajadores sociales
están preocupados porque a los jóvenes ya no
les bastan las drogas recreativas. Todos convienen en que
la Villa debe concentrarse en este ámbito.
En una noche húmeda y lluviosa en la terminal de Roma,
figuras desarrapadas aparecen en la oscuridad, contentas de
que se les ofrezca un té caliente. Es hora de hacer
una ronda y verificar los posibles casos de sobredosis en
los lugares más plausibles: los estacionamientos de
vehículos o los fotomatones.
“Los niños caen en la droga muy jóvenes”,
afirma Fabrizio. “Es terrible llegar a los 20 años
sin tener ninguna esperanza”. En la distancia, las luces
impersonales de la estación brillan como pedazos de
vidrio.
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Catherine Lengyel
Periodista independiente radicada en Grecia.
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En la terminal de trenes de Roma, voluntarios de la Cruz Roja
de Villa Maraini y un médico ayudan a dos drogadictos
en estado de sobredosis.
©VILLA MARAINI

Gino, trabajador social recogiendo agujas usadas.
©VILLA MARAINI
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