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COMO empleados de la oficina de Tsjinvali,
Hamlet y Artur iniciaron su turno de seguridad el 7 de agosto
y lo finalizaron el 20 de agosto, cuando divisaron las banderas
en los vehículos del primer convoy humanitario del
CICR que entraba a Osetia del Sur. Durante los combates,
mantuvieron abiertas las puertas del local del CICR y el
flujo de personas que buscaban refugio fue incesante. “Los
vecinos sabían que este edificio era de la Cruz Roja,
habíamos colocado la bandera en el balcón del
segundo piso por ese motivo”, recuerda Artur. “Unas
40 personas, la mayoría mujeres y niños, se
escondieron en el sótano. Estaban aterradas y temblaban
literalmente de miedo.”
“En tres ocasiones, hombres armados enmascarados
penetraron en el local amenazándonos con saquear la
oficina y prenderle fuego.” Pero cada vez Artur y
Hamlet los convencieron para que abandonaran la idea. “Sabíamos
que cerrarles las puertas, impedirles el paso o resistirles
de alguna manera no tenía ningún sentido. Como
comprenderán no es mucho lo que se puede discutir
con un tanque delante de uno. La única forma de salvar
la oficina y a las personas que habían puesto su vida
en nuestras manos era persuadir a los visitantes de que la
Cruz Roja era una organización destinada a prestar
ayuda a las personas y que no toma parte en controversias
políticas. Tuvimos suerte, pues nos escucharon y nos
creyeron, por más insólito que parezca.”
Finalmente se produjo un período de
calma el 20 de agosto. “La gente pudo salir del refugio
y nuestros vecinos nos invitaron a cenar y a beber una cerveza.
Entonces nos dimos cuenta de que la guerra había terminado”,
recuerdan Artur y Hamlet.
Servicios de búsqueda desde
Tbilisi
Cuando al inicio de la crisis escuchó que
el CICR buscaba a delegados con un buen nivel de inglés
para incorporarse al equipo de protección en Tbilisi,
Pikria Javashvili, de 22 años, que había estudiado
derecho internacional humanitario y conocía la labor
de la Cruz Roja, llamó a su amiga, Nino Berianidze. “Estaba
en casa harta de mirar en la televisión lo que estaba
sucediendo sin hacer nada para ayudar”, recuerda Berianidze,
de 20 años. Ambas muchachas postularon para el puesto
y fueron reclutadas al cabo de unos días.
Lela Lazishvili, de 25 años, también
supo del puesto por medio de un amigo. “Quería
comprobar con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo”,
relata. Completaban el equipo la estudiante de medicina Keti
Chichinadze, de 25 años, y Tamar Kvaratskhelia, de
23 años.
La mayor parte del trabajo que realizan las
jóvenes consiste en responder al equipo de protección
de Tsjinvali que pide que lo ayuden a buscar a parientes
de personas vulnerables, ancianos y enfermos que viven en
Osetia del Sur y que quedaron separados de sus seres queridos
cuando los familiares más jóvenes se fueron
a Gori o Tbilisi al comienzo de la guerra. Luego ayudan a
reunir a las familias.
La labor tiene, a veces, todas las características
de un cuento de detectives. Berianidze recuerda un caso en
particular. “Buscaba a la hija de una mujer que estaba
postrada en su cama en una localidad fuera de Tsjinvali.
Encontré a la hija en Tbilisi, pero ella creía
que su madre había muerto. Cuando le dije que pensábamos
que habíamos encontrado a su madre, me hizo todo tipo
de preguntas. No creía que fuera realmente su madre,
pero lo era. Cuando las reunimos aquí en la delegación
nunca olvidaré la expresión de alegría
en el rostro de la hija”.
| Anastasia
Issyuk (Tsjinvali, CICR) y Jessica
Barry (Tbilisi, CICR).
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El CICR distribuyó artículos
de higiene, utensilios de cocina, sábanas y otros
enseres domésticos.
©ANASTASIA ISSYUK
Ayudar a los necesitados
Desde el comienzo,
la Cruz Roja de Georgia distribuyó socorros
de emergencia a los desplazados, reclutó donantes
de sangre y prestó apoyo psicosocial. Al mismo
tiempo, la Cruz Roja de Rusia distribuyó artículos
de higiene, mantas, ropa y otros socorros a las personas
que huyeron de Osetia del Sur, se encargó de cientos
de menores no acompañados, brindó apoyo
psicosocial e inició una campaña de recaudación
de fondos.
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