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Son pasadas las 3 de la tarde en una extensa zona de entrenamiento
militar anegada por la lluvia en Grafenwoehr, en el sureste
de Alemania, a poca distancia de la frontera con la República
Checa. Unos doce oficiales del ejército vestidos con
sus uniformes de camuflaje están sentados alrededor
de una mesa en una sala de conferencias mientras un oficial
británico se prepara para hablar.
De repente, surge un problema: hay una presencia sospechosa
en la sala: el corresponsal para esta revista; hay una discusión
rápida con el organizador del curso. Se explica que
está allí solamente para la ponencia que hará el
CICR y luego se irá. Los presentes asienten con la
cabeza, el reportero puede sentarse y el curso empieza.
Estos oficiales están preparándose para una
misión en Afganistán a finales de 2008, donde
formarán parte del personal de la sede del Comando
Regional Sur, estacionado en Kandahar, de la Fuerza Internacional
de Asistencia para la Seguridad (FIAS) de la OTAN.
El jefe adjunto de la delegación del CICR en Afganistán,
Patrick Hamilton, toma la palabra para informar a los oficiales
del enfoque de la organización respecto de la protección
de las personas civiles, lo que incluye también las
denuncias presentadas por los civiles sobre presuntas violaciones
del derecho internacional humanitario (DIH).
Las denuncias de este tipo se examinan en las reuniones
periódicas que se mantienen con las autoridades militares
y la oposición armada en Afganistán. El CICR
solicita a las autoridades que lleven a cabo una investigación,
comuniquen los resultados y velen por que haya un cambio
de conducta.
Conociendo la sensibilidad de los militares ante cualquier
queja de mala conducta, Hamilton insiste en que el CICR habla
de “suposiciones” y no de “acusaciones”.
Una vez terminada su exposición, los oficiales prosiguen
con sus asuntos internos: una sesión de información
sobre el propio procedimiento de la FIAS tras un incidente.
“Tengo la impresión”, observa Hamilton
después de la sesión, “de que hay una
buena comprensión general de lo que hace el CICR.
La OTAN sabe que mantenemos contactos con la oposición
armada y los talibanes; su deseo es que les transmitamos
el mismo mensaje. A lo que les contestamos que es exactamente
lo que hacemos, es el motivo fundamental de nuestra presencia
en el conflicto: ser igual ante todas las partes y mantener
el mismo discurso.
El CICR ha pasado a ser un participante regular en estos
cursos, informando a los oficiales sobre su labor y las cuestiones
con que tropezarán en el terreno. Es un nivel de cooperación
y de confianza que difícilmente se hubiera podido
imaginar hace diez años.
“No puede faltar alguien que exponga el punto de vista
del CICR en estas sesiones”, asegura el Teniente General
Agner Rokos, comandante danés del Centro de Adiestramiento
de Fuerzas Conjuntas de la OTAN, encargado de organizar el
ejercicio previo al despliegue. Explica que el método
de adiestramiento del Centro supone dar participación
a los representantes de las organizaciones que encontrarán
en el terreno, “lo que desde luego incluye al CICR”.
Rokos reconoce la importancia de la independencia del CICR: “Comprendemos
que el CICR no puede verse como una parte implicada con los
militares”.
La independencia del CICR, un aspecto esencial de su confianza
en la acción humanitaria neutral e independiente,
ha puesto durante mucho tiempo un freno al desarrollo de
lazos institucionales más estrechos con las fuerzas
militares, a pesar de que siempre ha sido una necesidad diaria
mantener contactos operacionales en el terreno, indispensables
para obtener acceso a los heridos, los detenidos y los civiles
atrapados por el conflicto.
“La relación entre la Cruz Roja y las fuerzas
armadas es algo fundamental”, declara Michael Meyer,
jefe de Derecho Internacional de la Cruz Roja Británica.
Este vínculo, explica, existe desde la fundación
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y sin él,
los miembros del Movimiento no podrían cumplir sus
cometidos respectivos.
Hoy, todos los componentes del Movimiento de la Cruz Roja
y de la Media Luna Roja (CICR, Sociedades Nacionales y Federación
Internacional) mantienen una relación periódica
y estructurada con las fuerzas armadas, sea en la promoción
del derecho internacional humanitario, sea en la respuesta
a los desastres naturales y conflictos armados. La relación
se define en los textos oficiales. En el artículo
3 de los Estatutos del Movimiento, se hace referencia al ámbito
de actividades de la Sociedad Nacional, mientras que en el
artículo 4, por el cual se establecen las condiciones
para el reconocimiento oficial de las Sociedades Nacionales,
se solicita explícitamente que sea reconocida por
su gobierno como “sociedad de socorro voluntaria, auxiliar
de los poderes públicos en el ámbito humanitario”.
En el I Convenio de Ginebra de 1949, se confiere al personal
de la Sociedad Nacional que participa como auxiliar oficial,
y bajo las órdenes militares, la misma protección
que al personal sanitario de los ejércitos regulares.
En 2007, el Consejo de Delegados aprobó un documento
orientativo sobre las relaciones con las fuerzas armadas,
destinado a salvaguardar la independencia, la neutralidad
y la imparcialidad de su labor humanitaria, esencialmente
mediante el respeto de los principios de la Cruz Roja y de
la Media Luna Roja.
La índole cambiante de las operaciones militares
desde comienzos de los años noventa y la propia participación
de los militares en las operaciones de socorro ha llevado
a ambas partes a darse cuenta de que es indispensable adaptar
su relación, para lo cual se ha necesitado un esfuerzo
conjunto. “En general, en los últimos 10 años
el acercamiento ha sido más de los militares a los
civiles que todo lo contrario”, declara Flemming Nielsen,
jefe de coordinación de las operaciones y coordinador
para las relaciones civiles- militares de la Federación
Internacional.
“Algunos actores humanitarios tienen la impresión
de que el problema son los militares, son ellos ‘los
asesinos’”, explica Nielsen, ex oficial de la
Fuerza Aérea danesa que tiene una gran experiencia
en la labor de socorro con las Naciones Unidas y la Cruz
Roja y la Media Luna Roja (véase recuadro). “Deben
entender que los militares están allí y tienen
un papel. Debemos aprender a trabajar con ellos, y cuando
no es posible, a explicar el por qué.”
David Horobin, coordinador del despliegue rápido
en el CICR, opina que es inevitable la creciente participación
de los militares. La frontera que existía tradicionalmente
entre los desastres naturales y las emergencias relacionadas
con conflictos va desapareciendo”, explica. “Los
militares están preparados hoy para responder a todos
los tipos de emergencia, pero precisan aún la pericia
de las entidades civiles.”
Horobin, que también trabajó para la Federación
Internacional y el Gobierno británico, asegura que
aunque los recursos logísticos militares pueden ser útiles,
el Movimiento debe conocer la dualidad de ese papel y utilizarlo
solamente como último recurso. “En un momento
dado los soldados pueden estar encargados de suministrar
ayuda humanitaria y en otro de trasladar tropas y armas”,
explica. Los militares conocen esta situación con
el nombre de operaciones de “tres bloques”, en
la cual pueden tener lugar casi simultáneamente la
asistencia humanitaria, las operaciones de estabilización
y los combates.
Estamos a años luz de los albores de la Cruz Roja.
La batalla de Solferino, el 24 de junio de 1859, fue el punto
de partida, cuando Henry Dunant, hombre de negocios ginebrino,
se encontró organizando los primeros auxilios para
los soldados heridos. La obra que escribió más
tarde condujo rápidamente a dos hitos: la creación
de las sociedades voluntarias de socorro en cada país
para apoyar a los servicios sanitarios de los ejércitos
en tiempo de guerra y la aprobación de un tratado
destinado a garantizar una ayuda imparcial a todos los heridos
en el campo de batalla: el Convenio de Ginebra. Este tratado
estableció el principio de neutralidad para el personal
sanitario, que se identificaría por medio de un emblema
común: la cruz roja sobre fondo blanco.
En los cincuenta primeros años de la Cruz Roja, se
pusieron en práctica las ideas de Dunant: el Convenio
de Ginebra fue aprobado por los países en Europa,
Asia y América y se fundaron las sociedades de socorro
nacionales, que movilizaron a equipos médicos y enviaron
suministros al frente, incluso a conflictos en los cuales
su país no estaba involucrado.
Durante ese período también se aprobó el
emblema de la media luna roja utilizado por el Imperio Otomano,
el CICR inició su labor en favor de los soldados capturados
y las Sociedades Nacionales empezaron a encargarse de la
asistencia a las víctimas civiles de los desastres
naturales.
El desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial en 1914
trajo consigo la mayor movilización humanitaria de
la historia: decenas de miles de enfermeras, un sinnúmero
de ambulancias y trenes hospitales. Muchos voluntarios perdieron
su vida cerca de las líneas del frente.
Pero después de la guerra, el mundo añoraba
la paz. La Liga de Sociedades de la Cruz Roja, fundada en
1919, se convertiría en el nuevo punto de coordinación
de las Sociedades Nacionales, que ya no tenían que
preocuparse más de los soldados heridos porque ya
no habría otra guerra...
Según Jean-Christophe Sandoz, asesor jurídico
del CICR, los lazos privilegiados entre la Cruz Roja y las
fuerzas armadas fueron cuestionados. “En los años
20, cuando las Sociedades Nacionales se dedicaban a las actividades
en tiempo de paz, sus relaciones con las autoridades cambiaron
también de la posición original de ser auxiliares
en el sentido estrictamente militar y para los fines en tiempo
de guerra”.
Fue necesario articular los principios básicos del
Movimiento, sobre todo el de independencia, lo cual , en
cierto sentido, se desavenía con el carácter
tradicional de auxiliar; los principios de la Cruz Roja y
de la Media Luna Roja iban a ser universales, en contraposición
con las perspectivas estrictamente nacionales que habían
reinado hasta entonces.”
El CICR continuó trabajando con los gobiernos para
mejorar la protección de los soldados, basándose
en su experiencia de la Primera Guerra Mundial. En 1925,
los Estados suscribieron un tratado que prohibía el
uso de las armas venenosas y bacteriológicas y en
1929 se actualizó el Convenio de Ginebra, a fin de
reforzar la protección de los prisioneros de guerra.
El derecho internacional humanitario siguió centrado
en la situación de las víctimas militares.
No fue sino hasta 1949, después de las atrocidades
cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los civiles
pasaron a beneficiarse de su protección.
No obstante, la ley debía aplicarse. Siempre los
gobiernos han tenido la obligación de instruir a sus
soldados sobre los Convenios de Ginebra, lo cual no siempre
fue una prioridad en la guerra fría.
“Nos estábamos preparando para lo peor, lo
que significaba la posibilidad de una guerra nuclear”,
destaca Charles Garraway, ex asesor jurídico del ejército
británico, hoy colaborador de la Cruz Roja Británica.
La impresión era que esta vez ya no habría
prisioneros de guerra que cuidar. La instrucción en
derecho humanitario en aquella época era relativamente
formalista.”
El capitán Abdul Aziz Ahmed, director de los servicios
jurídicos de la Marina Real de Malasia, coincide con
esta opinión. “Antes de 1996, si se preguntaba
a los oficiales lo que significaba una “violación
grave” del DIH, muy pocos sabían. Algunos pensaban
que los Convenios de Ginebra trataban sólo de servicios
sanitarios.
A medida que muchos países de Asia y África
se iban independizando, en algunos, tras vivir guerras civiles,
se iba haciendo cada vez más evidente la falta de
conocimientos del derecho humanitario. En 1977, la Conferencia
que aprobó los dos Protocolos adicionales a los Convenios
de Ginebra, los cuales reforzaban la protección a
las víctimas de la guerra, solicitó al Movimiento
que hiciera más para ayudar a los gobiernos a enseñar
el derecho a sus ejércitos.
El papel principal recayó en el CICR: secundado por
un oficial del ejército suizo, organizó cursos,
a los que asistían oficiales del mundo entero, y produjo
su primer manual destinado a las fuerzas armadas.
El CICR creó una unidad especializada (llamada Unidad
FAS) para ayudar a los ejércitos en la instrucción
del derecho de la guerra y entablar relaciones con las fuerzas
armadas y de seguridad en todo el mundo (véase recuadro).
Pero este enfoque no logró llegar sistemáticamente
a los grupos armados que no entran en las estructuras militares
tradicionales, es decir, guerrillas, rebeldes y “combatientes
por la libertad” que se encuentran a menudo en África,
Asia y América Latina.
El problema se agravó en los años noventa,
en las guerras que siguieron al desmembramiento de la Unión
Soviética y Yugoslavia, en África y más
recientemente en Oriente Próximo. Era necesario adoptar
un nuevo enfoque. El CICR intensificó también
sus contactos con las fuerzas de las Naciones Unidas y de
la OTAN que intervienen en las operaciones de apoyo a la
paz.
Desde el comienzo del nuevo siglo la labor de la unidad
especializada del CICR se ha armonizado con los problemas
operacionales que enfrenta el CICR, por ejemplo ayudando
a la institución a comprender mejor el mundo y la
mentalidad de los militares, promoviendo la confianza mutua
y un verdadero diálogo en el cual el CICR puede expresar
sus preocupaciones de índole humanitaria y obtener
respuestas.
Tras los ataques contra los Estados Unidos y la consiguiente
guerra contra el terrorismo, las relaciones del CICR con
los militares han tomado un nuevo cariz.
“Hoy tratamos con unas fuerzas armadas cuyo poder
se proyecta a nivel mundial, sobre todo en el caso de Estados
Unidos, pero también las operaciones de mantenimiento
de la paz de las Naciones Unidas”, explica François
Sénéchaud, jefe de la Unidad FAS. “Eso
significa que nos encontraremos con esas fuerzas armadas
en todas partes. Debemos asegurarnos de que nuestro mensaje
sea coherente, que se transmita en los Estados Unidos, Iraq,
Djibouti o Filipinas.
O en Kabul. A decir verdad, las relaciones entre el CICR
y los militares están entrando en una nueva
fase en Afganistán. Si bien las dos partes mantienen
un diálogo más abierto que en el pasado, subsisten
importantes divergencias de enfoque, por ejemplo respecto
del papel de las fuerzas militares en la prestación
de asistencia que, a juicio de las fuerzas armadas, es un
aspecto esencial de las operaciones de estabilidad.
El director adjunto de Actividades Operacionales, Walter
Fuellemann, explica que es un problema utilizar la acción
humanitaria para llevar adelante los objetivos militares.
Es mucho más que “difuminar los límites”;
tal acción puede llevar a confundir a la población
necesitada, y a todos los demás, sobre la naturaleza
misma de la labor humanitaria; sobre el hecho de si existe
realmente una acción humanitaria neutral e independiente
o si la ayuda se presta con condiciones.”
Dado que los gobiernos para poder ser más eficientes
en función de los costos tratan de integrar en la
misma respuesta los desastres y los conflictos, utilizando
a asociados profesionales civiles, la Cruz Roja y la Media
Luna Roja se muestra reacia a intervenir.
Así pues, ¿dónde queda el carácter
de auxiliares de los poderes públicos de las Sociedades
Nacionales, base tradicional de su existencia? ¿Dónde
se sitúan los límites? ¿Qué ocurre
si un gobierno, que envía tropas a algún país
como Afganistán o Iraq, pide a la Sociedad Nacional
que desempeñe un papel que transgreda los principios
del Movimiento?
Las consecuencias de esta realidad, para el carácter
de las Sociedades Nacionales y de cualquier gobierno
donante, llevó a la XXX Conferencia Internacional
del Movimiento, en 2007, a aprobar una resolución,
en la que se estipula que las Sociedades Nacionales no sólo
tienen la obligación de estudiar seriamente cualquier
solicitud que le presenten sus autoridades, sino también
de rechazar toda petición que esté en contradicción
con los principios.
La Cruz Roja y la Media Luna Roja no son las únicas
en ver que este tipo de situación puede ser una amenaza
para el “espacio humanitario”, y que podría
afectar a la percepción que se tiene de los colaboradores
humanitarios (y por ende a su seguridad), su capacidad para
llegar a las víctimas y, por cierto, la noción
de acción humanitaria verdaderamente independiente,
que se sustenta en las necesidades y no en las consideraciones
de orden político o militar.
El Movimiento, grupos de Estadosy organizaciones y ONG,
han elaborado diversas directrices que rigen, por ejemplo,
el uso de los recursos logísticos militares en situaciones
de emergencia.
Dejamos abierto a las conjeturas lo
que hubiera pensado el General Dufour, distinguido jefe militar
suizo y primer presidente del CICR, sobre la evolución
de esta situación. Lo que está claro es que,
150 años después, el Movimiento que se creó a
partir del gesto de un hombre en Solferino está redefiniendo
sus relaciones con sus primeros beneficiarios, los militares,
y el proceso dista mucho de haberse completado
| Nic
Sommer
Periodista y redactor independiente radicado en Ginebra.
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Militares japoneses integrantes del equipo médico de
emergencia preparan una bandera de la Cruz Roja en su campamento
al iniciar sus tareas en Banda Aceh, ciudad asolada por el
tsunami, en la isla de Sumatra, 19 de enero de 2005
©REUTERS / KIMIMASA MAYAMA, CORTESÍA DE www.alertnet.org
Un servicio esencial de la
Cruz Roja Americana
Un soldado estadounidense que sirve en Iraq espera
ansioso el nacimiento de su primer hijo. Pero su mujer
tiene que ser hospitalizada por complicaciones y pide
que su marido esté al lado de ella. Sobre la base de la verificación
realizada por la filial de la Cruz Roja Americana,
se concede al soldado un permiso de emergencia para
regresar a su patria y estar junto a su esposa.
“Es nuestro servicio más antiguo que
funciona desde la guerra entre España y Estados
Unidos en 1898”, explica Joe Moffat, director
ejecutivo del Servicio para las Fuerzas Armadas de
la Cruz Roja Americana. Una carta especialdel Gobierno
estadounidense en 1905 estableció que se asignara
personal de la Cruz Roja a las bases estadounidenses
en todo conflicto en el que participen las fuerzas
estadounidenses.
“Estamos allí por los soldados y sus
familias”, asegura Moffat. “No hacemos
nada fuera de la base”. En el lapso de 12 meses,
los 316 colaboradores tramitaron 650.000 comunicaciones
de emergencia y prestaron servicios a 185.406 familias
de militares en todo el mundo. La Cruz Roja pondrá en
marcha un programa de apoyo psicosocial para ayudar
a algunas familias de soldados en servicio a superar
el estrés de la separación.
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Primera Guerra Mundial, 1914–1918. Un soldado herido
es trasladado en un tren de la Cruz Roja Húngara.
©VIENNE KRIEGSARCHIV / CICR

Durum, Sudán. Sesión de difusión del CICR
sobre las normas de la guerra impartida a los
combatientes del “Movimiento Justicia e Igualdad”.
©BORIS HEGE R / CICR
La colaboración en casos de desastre
Tras el terremoto registrado en Asia Meridional en
2005, Flemming Nielsen estaba en la provincia de la
Frontera Noroccidental de Pakistán coordinando
la asistencia. “Cooperábamos con los militares
todos los días”, recuerda. “Nada
hubiéramos podido hacer sin el respaldo militar,
prestado por el ejército de Pakistán,
Estados Unidos, Reino Unido y Alemania, todos trabajando
bajo la bandera de las Naciones Unidas. La Cruz Roja
y la Media Luna Roja pudieron utilizar esos recursos
cuando fue necesario.
“Era algo inusual”, agrega Nielsen. “Los
militares pakistaníes estaban realizando una
operación de socorro organizada por la Cruz
Roja y la Media Luna Roja: nosotros planeábamos,
ellos nos ayudaban.”
Después del tsunami de 2004 en el Océano Índico,
el remoto archipiélago de las Maldivas con sus
1.200 islas solicitó que colaborábamos
estrechamente con el personal de defensa. Había
inicialmente más de 20.000 desplazados en distintas
islas y era nuestra responsabilidad ayudar a suministrar
la ayuda”, explica Jerry Talbot de la Federación
Internacional. Esto incluía el transporte de
20.000 láminas para tejados desde la India.
Sin una Sociedad Nacional y con escasos recursos, la
operación de la Federación dependió totalmente
del Ministerio de Defensa.
“Costeamos el flete de una embarcación
que utilizó el Ministerio de Defensa, que se
encargó de la entrega. Les proporcionamos tres
tiendas de campaña para almacenar la ayuda.
Fue una tarea logística considerable y no hubiésemos
podido hacerlo solos”, asegura Talbot. |

Socorristas de la Media Luna Roja Palestina evacuan un cadáver
del campamento de refugiados de Jenín en Cisjordania
bajo la mirada de soldados israelíes, 15 de abril
de 2002.
©REUTERS / HO NEW, CORTESÍA DE www.alertnet.org
Las relaciones con los soldados:
un enfoque mundial
Desde comienzos de los años ochenta, el CICR
se ha esforzado en estructurar una red de relaciones
con las fuerzas armadas en todo el mundo (más
de 160 en 2008). El objetivo es incorporar el derecho
internacional humanitario (DIH) o derecho de la guerra
en los cursos de formación y los procedimientos
operacionales de las fuerzas armadas.
Hay casi 30 especialistas en ciudades estratégicas
como Nairobi, Pretoria, Abiyán, El Cairo, Bangkok,
Kuala Lumpur, Nueva Delhi, Tashkent, Lima, Moscú,
Kiev, Skopje, Budapest, Bruselas, Londres y Washington.
(Un número menor de delegados cumple tareas
similares con las fuerzas de policía).
Lo que se persigue no es sólo promover la formación
en DIH, sino también forjar relaciones que sustenten
las necesidades operacionales del CICR, velando sobre
todo por que los ejércitos clave conozcan el
papel del CICR en los conflictos y el tipo de cooperación
práctica que pueden esperar.
Fuera de las estructuras militares formales, y a fin
de llegar a todas las víctimas, los delegados
del CICR siempre han procurado mantener el contacto
con otros tipos de combatientes (rebeldes, guerrilleros,
por ejemplo) con cierto éxito. Un asesor especial
en la sede se encarga de elaborar un marco para integrar
estos esfuerzos y tener en cuenta las enseñanzas
adquiridas. |

Soldados estadounidenses con miembros de la Fuerza Internacional
de Asistencia para la Seguridad dirigida por la OTAN distribuyen útiles
escolares a niños afganos en Orgun, en el este de
Afganistán, 16 de marzo de 2007.
©AFP PHOTO / US HQ / THOMAS J. DOSCHER
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