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“Era exactamente el primero de noviembre. Después
de un período muy convulsionado, la Cruz Roja de la
República Democrática del Congo y el CICR pudieron
finalmente tener acceso a Goma en la zona de Kibati y aportar
socorros. Ya sabíamos que miles de civiles, entre
ellos muchísimas mujeres y niños, se habían
visto obligados a ir al campamento de desplazados que ya
existía entonces, pero la realidad era mucho más
difícil de lo que imaginábamos. Los recién
llegados no tenían nada, absolutamente nada, ni alimentos,
ni refugios adecuados y a veces ni siquiera agua.”
Toda la noche, una lluvia incesante se había abatido
sobre las tierras de Kibati, una aldea rodeada por dos campamentos
de desplazados a unos pocos kilómetros de Goma, la
capital provincial de Kivu Norte. Bajo un cielo plomizo,
de madrugada, Agnès*, temblando, sale de una especie
de refugio improvisado, aterrada ante la incertidumbre de
un nuevo día. Lo que le servía de refugio no
era más que un retazo de tela empapado por la
lluvia atado a un árbol. Debajo, sobre un montón
de hojas, dormía un niñito flacuchento de apenas
un año y medio. La madre se sentó al borde
del camino, mirando con tristeza la ropa toda rasgada de
su segundo bebé que tenía en brazos.
Agnès y Lucy, ambas de 24 años, se conocieron
en la entrada del campamento. Agnès, hambrienta, exhausta
y visiblemente traumatizada, se mantenía alejada del
resto de la multitud. Lucy formaba parte del equipo de la
Cruz Roja que preparaba las acciones de emergencia para socorrer
a los desplazados en Kibati, comenzando por lo esencial:
distribuir víveres, agua y artículos de primera
necesidad. Pocos días después, 50.000 desplazados
en Kibati iban a recibir raciones alimentarias, mientras
que los camiones cisterna comenzaban a transportar agua hasta
el campamento.
Víctimas de violación sexual
Entre las dos mujeres nació rápidamente una
complicidad y Agnès confesó a la joven voluntaria
que había sido violada mientras su familia huía.
Golpeada y repudiada por su esposo, la joven no tenía
más que una razón para vivir: la supervivencia
de sus hijos. “Agnès y sus hijos en el camino
hacia Kibati, esa es la imagen que me vuelve cuando pienso
en el sufrimiento de esa gente”, dice Lucy sin esconder
su emoción.
En el centro de salud situado en las cercanías de
los campamentos, hay una pequeña construcción
con láminas de plástico, donde se atiende,
en forma totalmente confidencial, a los civiles que han vivido
experiencias particularmente traumáticas, como por
ejemplo las víctimas de violencias sexuales. Se trata
de un centro de asesoramiento donde acuden las víctimas
de diferentes tipos de abuso en busca de asistencia. El CICR
apoya a unos 34 de esos centros en Kivu Norte y Kivu Sur.
“Nuestro centro fue saqueado durante la violencia
desatada en octubre”, cuenta Charlotte, otra joven
voluntaria de ojos risueños. “En noviembre,
tuvimos que empezar de cero.” Charlotte ha atendido
a más de 200 mujeres como Agnès desde que comenzó como
asistente social. “Después de una agresión,
lo más urgente es prestar atención médica”,
explica. “Pero no hay que olvidar que las víctimas
padecen a menudo heridas invisibles, heridas psíquicas
que tardan aun más en sanar.”
“Cuando las víctimas llegan aquí, por
lo general están agotadas, asediadas por los recuerdos,
no pueden dormir en toda la noche. En tales casos, primero
las dejamos descansar. Lo esencial es que las víctimas
se sientan cómodas y seguras; deben saber que no divulgaremos
ni su historia ni su identidad; para hallar una solución
juntas, hay que crear una relación de confianza.”
Charlotte tiene un recuerdo muy vívido de otra mujer
de Kibati, Patience*, una desplazada de 37 años que
fue víctima de violación. “Llevaba a
su bebé de siete meses sobre la espalda y es lo que
le dio la fuerza para enfrentarse con cinco hombres armados.
El bebé había caído al suelo y la madre
pudo encontrarlo más tarde gracias a la intervención
de sus vecinos.”
“No había dicho todavía que había
sido violada y estoy segura de que ni siquiera sentía
la herida sangrante en su cabeza”, prosigue Charlotte. “Nada
era más importante que el hecho de haber encontrado
a su hijo. Estaba tan feliz esa madre a pesar de la desgracia
que había sufrido. Charlotte concluye: “Patience
tuvo suerte, pues las historias como éstas suelen
terminar de manera mucho más trágica.”
Niños no acompañados
Al lado del centro de asesoramiento, otro pequeño
espacio sirve de oficina a la Cruz Roja de la República
Democrática del Congo para responder a otra necesidad
esencial: el restablecimiento del contacto entre familiares.
Los desplazados acuden a ese lugar para escribir mensajes
de Cruz Roja a sus parientes que se encuentran del otro lado
de la línea del frente.
Las personas, en su mayoría, acuden también
para presentar solicitudes de búsqueda con respecto
a algún hijo extraviado mientras huían o para
señalar que han encontrado a niños no acompañados.
“Es uno de los grandes problemas que se plantean durante
los desplazamientos masivos que tienen lugar en nuestra región”,
explica Prosper, colaborador del CICR que trabaja en ese ámbito
desde hace 15 años. “Las familias aquí son
muy numerosas, a veces con siete, ocho, incluso nueve hijos.
Cuando tienen que salir huyendo en medio de una multitud
a la desbandada, les resulta difícil mantener agrupada
a toda la familia.”
Prosper posee un teléfono móvil cuyo número
se conoce en todo Kivu Norte. Las personas que lo llaman
suelen tener información acerca de niños no
acompañados.
Desde el comienzo de la crisis, los nombres de los niños
registrados por el CICR se transmiten tres veces al día
en las ondas de cinco emisoras radiofónicas provinciales.
El teléfono de Prosper suena muy a menudo. Decenas
de niños ya han podido reunirse con sus familiares
gracias a estas gestiones. “Los más pequeños
que no conocen su nombre son fotografiados y sus fotografías
se divulgan en todos los emplazamientos para desplazados
de toda la provincia”, explica Prosper.
Justo a su lado, una pequeña llora y esconde sus
ojos cuando los colaboradores de la Cruz Roja intentan sacarle
una foto. La familia de desplazados que la ha acogido la
bautizó Grace, al no conocer su verdadero nombre.
Esta niña frágil y perturbada fue hallada al
lado del cadáver de su padre en una aldea “visitada” por
hombres armados. Una vez terminada la sesión de fotos,
Grace se refugia en los brazos de su nueva mamá, mira
a los voluntarios de la Cruz Roja y luego intercambia una
tímida sonrisa con Prosper.
Las víctimas del conflicto llevarán el resto
de sus vidas la marca indeleble de estos dolorosos acontecimientos.
Pero, a pesar de la violencia y la inseguridad, delegados
como Lucy, Charlotte y Prosper hacen todo lo posible cada
día para aportarles un poco de consuelo en medio del
horror.
| Olga
Miltcheva
Delegada de comunicación del CICR en Goma.
* Nombres ficticios
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La gente huye tras los nuevos enfrentamientos librados alrededor
del pueblo de Kibitz, 7 de noviembre de 2008.
©REUTERS / STRINGER, CORTESÍA DE www.alertnet.org

Niños que perdieron a sus padres en la confusión
de los enfrentamientos comen en el centro Don Bosco en Gama,
este del Congo, 20 de noviembre de 2008.
©REUTERS / FINBARR O’REILLY, CORTESÍA DE www.alertnet.org
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