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La noticia estuvo en los titulares de los medios del mundo árabe.
Durante tres días, el nombre de Amira Al Gerem, de
14 años, quedó inscrito en la lista de las
personas supuestamente muertas del barrio de Tel Al Hawa,
en el centro de la ciudad de Gaza, después de que
los disparos de tanques redujeran a un montón de ruinas
la casa familiar, matando en el acto a su padre y a sus dos
hermanos. Amira fue encontrada herida el 17 de enero, la
víspera de la entrada en vigor del alto el fuego entre
Israel y Hamas que puso punto final a los enfrentamientos.
La joven se había refugiado en un apartamento vecino,
abandonado por sus ocupantes, obligados a huir como muchos
otros, ante la violencia de los combates.
Aunque sobrevivió de milagro, Amira no sale indemne
de la guerra. Fue operada rápidamente y sus heridas
físicas van a sanar. Su mamá vela por ella.
También se le podrá encontrar un techo aunque
sea provisional, pero ¿podrá olvidar el instante
en que tuvo que pasar por encima de los cuerpos sin vida
de su padre y sus dos hermanos para lograr escapar de su
casa, o de lo que quedaba de ella?
En ese mes de enero de 2009, Amira encarnó en muchos
aspectos la franja de Gaza, devastada por tres semanas de
una violencia encarnizada y sin tregua. Un conflicto sin
vencedores pero en el que el único verdadero perdedor
es la población civil.
A falta de datos independientes, es difícil establecer
un balance exacto de esta guerra. Según las cifras
facilitadas por el Ministerio de Salud de Gaza a fines de
enero, más de 1.380 personas resultaron muertas y
otras 5.640 heridas. No obstante, lo que está claro
es la proporción particularmente importante de mujeres
y niños entre las víctimas: entre un tercio
y la mitad.
Por más triste e intolerable que sea este balance,
no es nada sorprendente. Gaza tiene una población
de un millón y medio de habitantes. La mayoría
vive hacinada en las zonas urbanas densamente pobladas. Conducir
operaciones militares en tal entorno no puede sino exponer
a enormes riesgos a la población civil.
Las huellas del conflicto
En Shijaya, uno de los barrios más pobres de la ciudad
de Gaza, el conflicto ha dejado sus huellas por doquier.
Apenas unos días después del cese de las hostilidades
y mientras las puertas de las escuelas permanecen aún
cerradas, los niños han vuelto a las calles, su terreno
de juego predilecto. Por decenas acompañan a los equipos
de la Media Luna Roja Palestina y del CICR que distribuyen
a las familias damnificadas algunos
artículos de primera necesidad: láminas de
plástico para reemplazar ventanas y puertas destrozadas
por las explosiones, mantas, baldes y otros utensilios indispensables
para lavarse y cocinar.
Pero esta ayuda de emergencia no logra apaciguar la rabia
de Leila Al- Helou, uno de los 80.000 beneficiarios de esta
ayuda de emergencia prestada en los días siguientes
al alto el fuego. Leila, madre de seis hijos, sube con cuidado
las escaleras del edificio donde hace algunos días
todavía residía, con otras siete familias. “El
edificio sufrió varios impactos, felizmente mi marido,
mis hijos y yo ya nos habíamos ido”, cuenta
en medio de los escombros y los muebles destrozados.
Los dos últimos pisos del edificio se desplomaron
con la violencia del ataque. Uno de los muros todavía
de pie tenía un boquete de por lo menos un metro y
mediode diámetro, a través del cual se podía
divisar a unos dos kilómetros de distancia los pueblos
del sur de Israel. “Vivimos aquí desde hace
20 años. Perdimos nuestra casa, perdimos todo”,
deplora Leila.
“Fue como un terremoto”
En el conjunto de la franja de Gaza, varios miles de casas
y de apartamentos fueron destruidos así completamente
o en parte durante el conflicto. A comienzos de febrero,
el CICR y la Media Luna Roja Palestina habían contabilizado
más de 3.300 en las zonas donde los combates fueron
más intensos. En algunos barrios es como si hubiera
ocurrido un terremoto, pero casi toda la población
del territorio ha sufrido de alguna u otra manera las consecuencias.
En lo más enconado del conflicto, los dos tercios
de la población de Gaza se vieron privados totalmente
de electricidad y el tercio restante de agua potable. Tres
semanas después del término del conflicto,
300.000 personas seguían sin agua corriente, y tuvieron
que recurrir al comercio privado para abastecerse al doble
de su precio. Algunos barrios de Gaza, así como las
localidades del norte de la franja, como Jabaliya, Beit Hanoun
y Beit Lahiya, tendrán que esperar aún para
estar conectados a las redes públicas de agua y electricidad.
La planta de potabilización de la ciudad de Gaza,
situada en una zona agrícola, fue bombardeada durante
la segunda semana del conflicto. “Tres millones de
litros de aguas servidas inundaron inmediatamente las localidades
y los campos circundantes, lo que echó a perder las
cosechas y puso en peligro la salud de decenas de miles de
personas”, señala Marek Komarzinski, ingeniero
del CICR. Se necesitaron tres semanas de trabajo después
del cese de los combates para que la planta volviera a funcionar.
Confrontados con una afluencia repentina de heridos, en
su mayoría de gravedad, los servicios de salud trabajaron
durante tres semanas sin parar, para lo cual recurrieron
a los grupos electrógenos para mantener funcionando
los equipos pues las reservas de combustible estaban a punto
de agotarse. Además, según la Organización
Mundial de la Salud,
ocho hospitales y no menos de 26 centros de salud primaria
sufrieron daños directa o indirectamente a causa de
los combates, entre ellos el hospital de Al-Quds de la Media
Luna Roja.
Las consecuencias de los cierres
La población de Gaza ha sufrido privaciones desde
hace un año y medio, y el golpe que supone para ella
este conflicto es por eso más duro. “La situación
ya era crítica antes del conflicto de enero”,
explica Antoine Grand, jefe de la oficina del CICR en Gaza. “Los
cierres impuestos por Israel desde el verano de 2007 han
tenido efectos desastrosos en los hospitales y los sistemas
de saneamiento y de abastecimiento de agua y electricidad.” La
escasa colaboración entre la Autoridad Palestina,
que gobierna desde Ramallah en Cisjordania, y el gobierno
de Hamas en Gaza tampoco ha facilitado la entrada de la ayuda
necesaria para mejorar los servicios públicos más
esenciales.
Esas restricciones tuvieron otras consecuencias negativas
para la población: cerca de una de cada dos personas
sin empleo, una inflación incesante, una pobreza creciente,
disminución de la producción agrícola,
el deterioro de la dieta alimentaria de un número
creciente de personas, lo que amenaza su salud a largo plazo.
El conjunto de las organizaciones humanitarias presentes
en Gaza han intervenido sin cesar ante las autoridades israelíes,
pues son ellas sobre todo las que controlan los accesos al
territorio.
“Para poder levantar de nuevo Gaza y sus infraestructuras
es indispensable transportar hasta allí sin restricciones
material de construcción y piezas de repuesto”,
advierte Antoine Grand. “Hay mano de obra. Lo único
que necesita la gente es que se le dé trabajo. Pero
si sigue reinando la misma situación que antes de
la guerra, sencillamente no se podrá reconstruir.”
| Sébastien
Carliez (CICR, Ginebra) y Iyad Nasr (CICR,
Gaza).
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