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Cambio de cultura

 

Después del tsunami, los países del Océano Índico abrazan el cambio.

 

Coco Beach, en las afueras de Dar-es-Salaam, capital de Tanzania, es tan idílico como cualquiera de los centros turísticos que arrasó el tsunami el 26 de diciembre de 2004. Blancas arenas, palmeras mecidas por la brisa del mar, un pequeño parque de diversiones no lejos de la costa, que se llena de niños los fines de semana y en vacaciones. De las grandes olas lo protege un afloramiento de cantos rodados.

Hasta ahora, muchos tanzanos no saben que allí murieron diez personas en el tsunami, aunque ya había perdido gran parte de su fuerza cuando llegó a sus costas a más de 6.000 kilómetros del epicentro del terremoto submarino.

A poca distancia de allí, por pura casualidad Moses Onesmo Lyimo estaba mirando por la ventana de uno de los edificios que da a la entrada del ajetreado puerto de Dar-es-Salaam cuando lo que él recuerda como una marea baja repentina y violenta se chupó hacia el mar todos los botes pesqueros que estaban amarrados. Después el agua se arrolló en un vasto rizo: el tsunami. Tres pescadores murieron; cinco botes se perdieron y 26 quedaron muy dañados.

Lyimo, de 62 años, no recuerda exactamente qué pasaba por su mente, salvo que no era un tsunami. “Nadie había visto nunca una cosa así en su vida”, dice. “Pensamos en realidad que era el fin del mundo.”

Tanzania no fue el país más afectado por el tsunami de 2004 pero allí, como en cualquier otro lugar del litoral del Océano Índico, el maremoto impulsó una nueva cultura de prevención que se está enraizando. La filial de Ferry Marine de la Cruz Roja de Tanzania, de la que Lyimo es encargado de la gestión de desastres, es un resultado directo del tsunami: fue creada en 2005 para servir a la comunidad de pescadores cuyo centro es Dar-es-Salaam.

Ahora hay dos proyectos que ayudan a la Cruz Roja de Tanzania a incorporar en la vida diaria de toda la costa pesquera del país la preparación en caso de tsunami: reconocimiento, alerta temprana y evacuación segura.

El desarrollo en peligro

En medio de la importancia que se da actualmente a la reducción del riesgo en los desastres y a la reconstrucción más segura, éste es sólo uno de los tantos casos recientes en los que un desastre lleva a introducir mejoras en la fase de recuperación. Después del terremoto que sacudió en 2006 la antigua ciudad indonesia de Yogyakarta, por ejemplo, el programa de recuperación de la Federación Internacional incluyó la construcción de miles de refugios tradicionales de bambú a prueba de terremotos. Se fabricaron totalmente con materiales locales y cuestan menos de 185 dólares cada uno. El secreto de la concepción radica en la eliminación del uso de clavos: la estructura se unió con clavijas de madera y soga, lo que da una mayor flexibilidad.

“Aunque no podemos impedir fenómenos naturales como terremotos y ciclones, podemos limitar sus consecuencias”, escribió Ban Ki-moon el Secretario General de la ONU en el Informe Global de Evaluación sobre la Reducción del Riesgo de Desastres de 2009. “La escala de cualquier desastre está relacionada íntimamente con las decisiones pasadas que tomaron ciudadanos y gobiernos, o con la ausencia de tales decisiones”, agrega. “La clave está en dar prioridad a la reducción del riesgo.”

Este informe, la primera evaluación importante de la reducción del riesgo de desastres desde que en 2000 la ONU lanzara la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD), señala que el desarrollo está “cada vez más en peligro” por una economía mundial tambaleante, la inseguridad alimentaria y energética, los conflictos, el cambio climático y la pobreza extrema –los “Solferinos” del siglo XXI. Pero el informe presenta como “mensaje central” la idea de que “reducir el riesgo de desastres puede proporcionar un vehículo para reducir la pobreza, salvaguardar el desarrollo y adaptar para el cambio climático”.

Invertir y actuar ahora

En junio de 2009 tuvo lugar también en Ginebra la segunda reunión bienal de la Plataforma Mundial para la Reducción del Riesgo de Desastres de la EIRD, el principal foro mundial de gobiernos y otras organizaciones a las que atañe la reducción de riesgos ante desastres. En ella se establecieron varios objetivos destinados a proporcionar “catalizadores para disminuir las muertes y las pérdidas económicas” ocasionadas por los desastres, entre ellos lograr para 2010 que el 10% de los fondos destinados a la ayuda humanitaria y la reconstrucción sean para la reducción de riesgos ante desastres, y el 30% para la adaptación al cambio climático, y que para 2015 las principales ciudades situadas en zonas propensas a desastres pongan en vigor los códigos de construcción pertinentes.

“Cumplir objetivos como estos es difícil pero se puede hacer”, dijo John Holmes, el Subsecretario General de la ONU de Asuntos Humanitarios que presidió la asociación de la EIRD. “Incluso ahora, algunos de los países más pobres del mundo están reduciendo los efectos de los desastres… Lo que necesitamos es la voluntad colectiva de invertir y actuar ahora.”

En los preparativos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático que se celebrará en diciembre de 2009 en Copenhague, Holmes también destacó la creciente amenaza del cambio climático, “una fuente de gran riesgo, pero al mismo tiempo una triple ganancia [en potencia]: adaptación, reducción de riesgos en caso de desastre y reducción de la pobreza.”

Cinco años después del tsunami, las comunidades de los países afectados son ahora más capaces de enfrentar futuras amenazas de desastre, los efectos del cambio climático y las enfermedades, según creen muchos observadores. Por su parte, con los programas de recuperación de la Cruz Roja y la Media Luna Roja se ha procurado aumentar la resiliencia en todos los lugares donde ha sido posible. Entre los ejemplos cabe citar la construcción de viviendas resistentes a las tormentas, la plantación de mangles en las costas expuestas como las de Vietnam, la instalación de sistemas de alerta temprana, el trazado de mapas en los que se señalan peligros para permitir la evacuación segura en caso de riesgos sísmicos o climáticos, así como una capacitación extraordinaria en los ámbitos tradicionales de la Cruz Roja y la Media Luna Roja como son los primeros auxilios y la preparación en casos de desastre.

Cuando los programas están terminados y entregados a las comunidades, quedan a cargo de grupos de la sociedad civil que han aumentado desde el tsunami. “Esta es la mejor manera de hacer sostenibles las mejoras”, dice Mohammed Mukhier, jefe del Departamento de Preparación Comunitaria y Reducción del Riesgo de la Federación Internacional. “Da esperanza para el futuro que las comunidades sean más capaces de enfrentar las amenazas que inevitablemente surgirán.”

¿Entonces, lo haremos mejor la próxima vez?

Esta es la pregunta clave que se hace en otro importante informe de 2009, La herencia del tsunami, publicado por el proyecto Lecciones Aprendidas del Tsunami, del que la Federación Internacional fue patrocinador clave.

A primera vista el tsunami de 2004 no puede proporcionar un modelo, en especial con la actual crisis financiera mundial. “Ninguna otra recuperación jamás tuvo los recursos que tuvo ésta y puedo asegurar que [ninguna] la tendrá,” dijo Mihir Bhatt del Instituto de Mitigación de Desastres en toda India. “Cualquier innovación que creamos repetible,” agrega, “tiene que ser a bajo costo”.

Pero afortunadamente pueden ser sólo eso. Las lecciones del tsunami “no son necesariamente las que dependen… de grandes sumas de dinero,” se afirma en La herencia del tsunami. La dirección y la coordinación eficaces, que empiezan a nivel de base y hacen intervenir a los gobiernos y las organizaciones de desarrollo, pueden contribuir mucho a garantizar la recuperación sostenible.

“La lección más importante”, dice el informe, es que los propios desastres deberían verse como oportunidades para hacer reformas y mejoras. “Lo que se destaca es que los gobiernos de cinco de los países más afectados por el tsunami abrazaron el cambio como ética central para enfrentar esta catástrofe.” El desafío ahora es crear la nueva cultura de la prevención. Debe abrazarse el cambio no por el cambio en sí sino porque “en un desastre, la debilidad organizativa será puesta a prueba y expuesta en toda su gravedad”.

Alex Wynter
Periodista y redactor radicado en el Reino Unido.


El Secretario de la filial de la Cruz Roja de Tanzania, Ali Ismael, conversa con niños sobre el peligro de los tsunamis.
©ALEX WYNTER / FEDERACIÓN INTERNACIONAL

 

 

 

 

 

 

 

 


Mediante una cartelera se muestra a la población los riesgos que presentan los desastres y la forma de prepararse cuando sobrevienen.
©ALEX WYNTER / FEDERACIÓN INTERNACIONAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Informe Mundial sobre Desastres 2009:

alerta temprana,
acción temprana

Si bien los fenómenos naturales no pueden impedirse, sólo se convierten en desastres porque las comunidades afectadas son vulnerables y están mal preparadas. Los sistemas de alerta temprana han demostrado fuera de toda duda que salvan vidas y reducen las pérdidas económicas en todos los planos, como se explica en el Informe Mundial sobre Desastres de la Federación Internacional, pero no son aún parte integrante de la gestión de desastres y la reducción de riesgos en el plano mundial. En este informe se afirma que la acción temprana puede hacer más para reducir las pérdidas de vida y proteger los medios de subsistencia que lo que puede lograrse mediante la respuesta a emergencia solamente. Los gobiernos, los donantes y todas las partes interesadas deben aceptar este reto. Lea el informe completo en inglés (y resúmenes en árabe, español y francés) en www.ifrc.org

 

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