Volver a la página principal de la revista

“Necesitamos un
nuevo Haití”

 

Mientras las organizaciones humanitarias se afanan por suministrar refugios ante la llegada de la temporada de huracanes, la Cruz Roja y la Media Luna Roja vislumbran la esperanza entre las ruinas.

ANTES DE QUE EL TERREMOTO del 12 de enero destruyera su casa y su medio de subsistencia, Carmel trabajaba como administradora en un hospital de Delmas, un barrio situado en la parte este de Puerto Príncipe, la capital de Haití. Hoy, sin trabajo y sin techo, se enfrenta a un futuro incierto con temor, determinación y esperanza.

“En pocos segundos- relata -se me vino literalmente el mundo abajo; perdí mi trabajo, que me encantaba, y mi casa con todo lo que había dentro. Lo peor es que vi con mis propios ojos irse a mis mejores amigos y mis
colegas.”

“Al día siguiente, hallé la fuerza para cavar hoyos y
martillar clavos en ataúdes improvisados para enterrar
a mis seres queridos. Hoy me rehúso a dejar mi ciudad
y mi única esperanza es verla algún día llena de vida
nuevamente”.

En la ciudad portuaria de Léogâne, a 29 kilómetros al oeste de la capital, se desarrolla una historia similar. El paisaje se parece a Mogadiscio o Beirut en lo más enconado de sus conflictos. Según expertos, el 80% de Léogâne está destruido e incluso las estructuras que se mantienen en pie son irreparables o están cerca de edificios que deben ser demolidos.

Aquellos que tienen aún su hogar no se atreven a entrar a sus casas destrozadas -y mucho menos dormir en ellas.

Durante toda la crisis la gente se comunicaba dentro del país y con el resto del mundo mediante mensajes de texto y llamadas por teléfono celular pidiendo ayuda: A quienes se encuentren en la zona de Mont Joli-Turgeau...está atrapado bajo los escombros de su casa derrumbada... está vivo pero en pésimas condiciones, por favor, dense prisa y acudan allí tan pronto como puedan. URGENTE.”

Durante los días y semanas que siguieron al seísmo se escucharon mensajes como éstos de voluntarios y trabajadores del Movimiento. Son mensajes de desesperación pero también de esperanza.

Dos meses más tarde subsiste esta realidad, ya que miles de personas siguen desgarradas por el dolor, sin trabajo y faltas de alimentos básicos, atención de salud y un alojamiento seguro, y por si fuera poco la estación de lluvias amenaza con provocar un segundo desastre humanitario.

“Pueden caer hasta 50 milímetros de agua en dos horas”, observa Michaële Gédéon, presidenta de la Cruz Roja de Haití, “ y además suele haber vientos fuertísimos.”

Todos aquí saben perfectamente que a la estación de lluvias le siguen casi inmediatamente los huracanes. Hace dos años, tres huracanes (Gustav, Hanna e Ike) y la tormenta tropical Fay dejaron centenares de muertos y decenas de miles de personas sin techo, además de agravar la malnutrición crónica en varias partes del país. En 2004, la tormenta tropical Jeanne se cobró la vida de 1.900 personas y las inundaciones otras 2.600.

Mucho antes del 12 de enero los voluntarios de la Cruz Roja de Haití ya estaban capacitados para intervenir en casos de desastre: desde los primeros auxilios hasta la distribución de alimentos y el suministro de albergues. Se sumaron a estas múltiples actividades las delegaciones permanentes de las Sociedades Nacionales de Canadá, Estados Unidos y Francia, así como el CICR.

Hoy cientos de voluntarios del mundo entero colaboran con ellos para prestar primeros auxilios, suministrar saneamiento básico, ofrecer apoyo psicológico, reunir a familias separadas y construir albergues temporales adecuados. Con 21 unidades de intervención de urgencia (ERU) desplegadas, 33 Sociedades Nacionales movilizadas y 600 voluntarios y delegados procedentes de todo el mundo, la respuesta al seísmo es la mayor movilización realizada para un solo país en toda la historia del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Incluso sumada a la ayuda ofrecida por otras organizaciones puede que la respuesta no sea suficiente para manejar lo que vendrá luego. Con una cifra cercana a los 1,2 millones de personas que requieren un albergue inmediatamente, una de las peores catástrofes humanitarias de los decenios recientes podría ser peor, mucho peor.

En el momento de imprimir esta revista, decenas de miles de personas siguen viviendo bajo una lona impermeable sujeta por cuerdas y palos que pudieron hallarse entre las ruinas. En Puerto Príncipe, se han improvisado más de 500 campamentos donde la gente se amontona en el exiguo espacio que tiene en una ciudad ya superpoblada.

“Uno de los principales problemas que enfrentamos es que los campamentos improvisados se han instalado en terrenos gratuitos”, señala Eric Rossi, jefe de los equipos ERU para la Cruz Roja Francesa. “Pero son gratuitos por una razón: se inundan.”

En el amplísimo campamento de Bel Air, donde viven más de 20.000 personas, los muchachos jóvenes se afanan por despejar espacios destinados a las familias que siguen llegando a lo que se ha convertido rápidamente en gigantescas barriadas, con sus propios mercados, vendedores, párrocos, puntos de distribución de agua y puestos de primeros auxilios.

Alrededor de la ciudad, muchos habitantes se alojan fuera de sus viviendas pues están demasiado asustados, pero no quieren dejar su barrio. Otros han optado por abandonar la ciudad. De acuerdo con el Gobierno haitiano, más de 235.000 personas se han desplazado a las áreas rurales, muchas de las cuales se han instalado con parientes y amigos.

Una cuestión de espacio

En la semana que siguió a la catástrofe, el Movimiento suministró materiales para la construcción de refugios de emergencia (lonas impermeables, herramientas, carpas) a unas 20.000 familias (95.000 personas). Desde entonces, la Federación Internacional ha proporcionado refugios de emergencia a unas 400.000 personas para cuatro meses.

La mayoría de estos refugios tiene por objeto satisfacer las necesidades inmediatas de privacidad y protección, pero con la llegada de los huracanes, las organizaciones de ayuda deben suministrar simultáneamente albergues temporales más resistentes a prueba de tormentas.

Dirigidos por la Cruz Roja de Haití, los voluntarios están construyendo dos tipos de alojamiento temporal diseñados por la Cruz Roja: una cabaña de madera de un piso, de 12 metros cuadrados, que puede resistir huracanes y terremotos y el mismo diseño pero con estructura de acero y de dos pisos.

Los equipos están trabajando día y noche para cumplir con el ambicioso objetivo: construir 20.000 refugios de un piso para las zonas rurales y urbanas y 15.000 unidades de dos pisos para familias residentes en zonas urbanas donde el espacio es escaso.

Pero la construcción de refugios no es la tarea más difícil, “el mayor problema es el espacio”, asegura Nelson Castaño, jefe de la operación de socorro de la Federación Internacional en Puerto Príncipe. “La ciudad ya está superpoblada. Hoy extensas zonas de Puerto Príncipe son inhabitables.”

Michaële Gédéon está de acuerdo: “Conseguir terrenos es fundamental,” dice. “Si se facilitan terrenos hay por lo menos 5.000 voluntarios de la Cruz Roja –la mitad de nuestra fuerza nacional– dispuestos a colaborar en la habilitación de lugares seguros construyendo drenajes y limpiando alcantarillas.”

El problema no se limita sólo a Puerto Príncipe. Al oeste de la capital, Léogâne fue una de las zonas urbanas más cercanas al epicentro del seísmo. En el estadio de fútbol Gustave Christophe, hasta10.000 personas están durmiendo en refugios enclenques como sardina en lata.

Esta ciudad de 180.000 personas, de las cuales unas 10.000 perecieron en el desastre, fue arrasada. En un cartel colocado en el costado de una iglesia seriamente dañada se puede leer en créole: “Pou yon Ayiti nouvo, yon Leyogàn tou nef.” (Necesitamos un nuevo Haití pero también un nuevo Léogâne).

De una carrera de corta distancia al maratón

Reunido en Montreal casi un mes después del terremoto, el Movimiento, representado por 23 Sociedades Nacionales, la Federación Internacional y el CICR, se comprometió a proseguir su asistencia integrada de emergencia durante los 12 próximos meses y atender a las necesidades de 80.000 familias (unas 400.000 personas).

El Movimiento hizo también la promesa de prestar atención de salud en una zona de 500.000 habitantes dentro y alrededor de Puerto Príncipe, así como servicios de agua y saneamiento para 30.000 familias. Prometió igualmente ayudar a reconstruir la capacidad de la Cruz Roja de Haití, que perdió a muchos voluntarios y miembros del personal, así como varios edificios importantes.

La Federación Internacional asumió también la función de coordinación del grupo temático sobre refugios, un consorcio que engloba unas 36 organizaciones internacionales e instituciones humanitarias, cada una de las cuales se encarga de un aspecto diferente de la asistencia en materia de refugios de entre corto y largo plazo.

Se trata de un complejo y masivo esfuerzo que implica encontrar tierras, resolver problemas de títulos de propiedad, limpiar escombros, reubicar campamentos, construir refugios comunitarios contra huracanes, suministrar saneamiento, evaluar los edificios dañados, distribuir materiales de construcción y hallar mano de obra calificada, por sólo mencionar algunas de las tareas que deben realizarse.

Entre tanto, el Movimiento tampoco pierde de vista el objetivo último, que es ayudar a Haití a reconstruirse para que no vuelva a ocurrir otro 12 de enero de 2010.

“La respuesta a un desastre es una carrera de corta distancia mientras que la fase de recuperación es un verdadero maratón”, destacó Bekele Geleta, secretario general de la Federación Internacional, quien visitó Haití con el presidente de la organización, Tadateru Konoé, después del terremoto. “Juntos podemos hacer de esta tragedia una ocasión para que Haití resurja.”

Toda una generación para recuperarse

El proceso de recuperación tomará años, quizás incluso toda una generación. Pero se vislumbran algunos signos alentadores. Pese a la destrucción, al caos y al dolor, la vida vuelve a las calles y campamentos de Puerto Príncipe. El tráfico ha reanudado su actividad, las tropas de las Naciones Unidas (y en las zonas céntricas soldados estadounidenses) patrullan las calles, las máquinas sacan los escombros y echan abajo los edificios peligrosos.

Miles de personas han comenzado a hacer largas colas en las oficinas de transferencia de dinero en toda la ciudad. Los bancos han abierto sus puertas y el precio del petróleo empieza a bajar. Hay más alimentos en los mercados callejeros, incluso si los precios se han duplicado, y muchas familias hacen un fondo común para comprar los artículos más esenciales.

Todos ven el futuro con incertidumbre pero hace poco, un domingo de mañana, muchas familias vestían sus mejores atuendos para acudir a lo que quedaba de una iglesia. Poco después, en medio de las ruinas del edificio escuchaban orgullosos al predicador y cantaban solemnes y bellos himnos.

En otro lugar de la capital, Pierre Marie Gerard, un carpintero de 29 años, también abriga esperanzas y se siente orgulloso de tener la posibilidad de trabajar con otros voluntarios de la Cruz Roja para construir viviendas resistentes a los huracanes. “Ante todo soy haitiano,”, dice, “y a pesar de este terrible terremoto, me entusiasma mucho la posibilidad de construir un nuevo Haití. Deseo que el mundo nos vea desde una perspectiva diferente. Mi sueño es un nuevo Haití.”

Colaboraron en este artículo Paul Conneally/Federación Internacional,Malcolm Lucard/Revista CRMLR, Simon Schorno/CICR y AlexWynter/Federación Internacional.


La magnitud de la devastación (tal como se muestra en esta foto del barrio de Canapé Vert, Puerto Príncipe) es una de las razones por las que decenas de miles de personas han optado por vivir al aire libre en campamentos improvisados que se han convertido en verdaderos barrios de tugurios, muy vulnerables a la próxima temporada de huracanes.
©Marko Kokic/CICR

 

 

 

 

 “Conseguir terrenos es fundamental. Si se facilitan terrenos, hay por lo menos 5.000 voluntarios que están dispuestos a colaborar en la habilitación de espacios más seguros.”
Michaële Gédéon,
presidenta,
Cruz Roja de Haítí

 

 

 

 


El seísmo dejó aproximadamente 1,2 millones de personas sin techo. En Puerto Príncipe, más de 500 campamentos como éste ubicado en el centro deportivo de Carrefour se improvisaron en todos los espacios vacíos que pudieron encontrar los damnifi cados.
©
Marko Kokic/CICR

 

 

 

 

“Juntos debemos hacer de esta tragedia una oportunidad para que Haití resurja.”
Bekele Geleta,
secretario general,
Federación Internacional

 

 

 

 

 

 


La Cruz Roja de Haití y el CICR instalaron un sistema de distribución de agua en Cité Soleil. ©Marko Kokic/CICR

 



“Los campamentos se improvisaron en unas parcelas facilitadas de forma gratuita y son gratuitas porque se inundan.”
Eric Rossi,
jefe del equipo ERU,
Cruz Roja Francesa

 

 

 

 

 

Rápida respuesta en
la era digital

“Hotel Montana en la calle Franck Cardozo en Petionville se derrumbó. Se teme que haya 200 personas atrapadas.”

“Estamos en la calle Saint Martin, abajo de Bel Air cerca del hotel. Nos estamos muriendo de hambre. Por favor necesitamos ayuda.”

Estos mensajes se transmitieron en los primeros días después de que el seísmo
sacudiera a Puerto Príncipe a través del Servicio de Información de Emergencia, un proyecto de comunicación en casos de desastre establecido por la Fundación Thomson Reuters, en colaboración con la Federación Internacional, con objeto de intercambiar información con los supervivientes.

No es la forma habitual de pedir ayuda. Pero en Haití, dado que los sistemas tradicionales de comunicación y teléfonos quedaron destruidos, los mensajes de texto fueron el único medio para que las personas desesperadas, hambrientas o heridas pudieran pedir auxilio.

Este Servicio permitió ubicar por GPS a las personas que llamaban, el lugar donde estaban y remitir el llamado a los voluntarios en el terreno. Un mes después del seísmo, más de 16.000 mensajes relacionados con el desastre fueron enviados gracias al Servicio.

El sistema ayudó también a equipos de búsqueda y rescate a encontrar gente bajo los escombros.

Además, la Cruz Roja de Haití y la Federación Internacional se asociaron con una compañía telefónica para transmitir a más de 1,2 millones de suscriptores por día mensajes sobre vacunación, refugio y saneamiento, entre otras cosas. Pulsar un botón logró lo que normalmente hubiera tomado días, incluso para un ejército de voluntarios.

De “víctimas” a integrantes de los equipos de respuesta inicial

La idea de utilizar la tecnología del teléfono móvil en la gestión de desastres no es nueva. Después del tsunami ocurrido en 2004 en el Océano Índico quedó claro que las comunicaciones inalámbricas modernas podrían desempeñar un papel decisivo en los sistemas tanto de alerta temprana como de gestión de crisis.

Las comunicaciones digitales son sólo un aspecto de una estrategia más amplia del
Movimiento para que las personas más afectadas por las catástrofes naturales puedan expresarse. Este modus operandi reconoce que las personas afectadas por desastres no son “víctimas” sino integrantes importantes de los equipos de respuesta inicial que deben estar habilitados y comprometidos como parte de la labor de asistencia general. Después de todo, lo que está en juego es su recuperación, su futuro, su vida y sus medios de subsistencia.


Tras el seísmo, los teléfonos móviles fueron un instrumento de socorro fundamental. Puestos de recarga como éste permitieron a los usuarios de teléfonos móviles mantenerse al día con las noticias. ©REUTERS/Eduardo Munoz, cortesía de www.alertnet.org

Arriba

Contáctenos

Créditos

Webmaster

2010 

Copyright