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Ayer clase media, hoy pobres Ayer clase media, hoy pobres

 

La vulnerabilidad adquiere un nuevo significado ante el masivo desastre urbano que golpea de lleno a la clase media de Haití.

Apenas sal í del vehículo todo terreno de la Cruz Roja, fui rodeado por personas que agitaban sus currículum vitae. He vuelto para efectuar una visita a Tabarre Issa, el campamento instalado por el Gobierno en las afueras de Puerto Príncipe, la capital de Haití, donde están trabajando muchas organizaciones humanitarias.

Mientras examino los currículos, impecablemente tipografiados, de profesionales de la tecnología de información, enfermeras y enfermeros, recepcionistas y profesores, me impresiona comprobar lo fácil que es perderlo todo después de un desastre natural —y lo difícil que es volver a empezar.

Uno de los currículos sobresalía. Tres páginas, escritas en un francés elegante, en las que Manes Barthelemy , un pastor de 38 años y ex director de un colegio religioso exponía su historial profesional.

«Estaba a cargo de la administración de una ONG (organización no gubernamental) para niños pobres y ahora soy yo quien depende de las ONG para el agua, el alojamiento y la atención de salud», comenta, sujetando un sobre lleno de fotos de su vida pasada cuando tenía casa, trabajo y posición social.

«Perdí todos mis puntos de referencia. No conozco a nadie en este campamento y no sé cómo voy a salir de esta pesadilla y mantener a mi familia de nuevo».

Más de seis meses después del terremoto que se cobró la vida de unas 300.000 personas y arrasó 100.000 casas, los miembros de lo que era la clase media de Haití son los nuevos pobres en una tierra de inmensa pobreza. La clase media de este país siempre ha sido poco numerosa (aproximadamente el15% de la población) y abarca una amplia gama de personas con profesiones diversas (desde pequeños empresarios y ejecutivos hasta administradores, médicos, abogados y propietarios de casas) que tiene un ingreso fijo, aunque quizás modesto.

Hoy todos los profesionales luchan por sobrevivir. «Nos han olvidado», dice Antoine Petit, de 48 años, padre de dos hijos y propietario de una empresa de importación y exportación que se derrumbó después del seísmo. «Recibí una orden de demolición para mi casa y no hay ninguna compensación del Gobierno, entonces ¿cómo voy a rehacer mi vida?”

Petit está alquilando a un amigo unas habitaciones miserables sin agua corriente. A pesar de que su barrio ahora parece Beirut en lo más enconado de la guerra civil, prefiere quedarse, como muchos haitianos de la clase media en su situación, en una zona que conoce.

«La clase media de Haití es hoy la que peor está «, asegura Kesner Pharel, economista y consultor en gestión. «Invirtieron todo lo que tenían en sus casas y perdieron todo. Las clases más altas tienen dinero para salir adelante mientras que en las más bajas, que no tenían nada antes, ni siquiera una vivienda, muchas personas han subido algunos peldaños gracias a los esfuerzos de las organizaciones de ayuda».

El concepto de vulnerabilidad se amplía Las organizaciones humanitarias se especializan en prestar ayuda a las personas más vulnerables: familias monoparentales, familias numerosas, personas con discapacidad y personas de edad. Es una categorización que va cambiando según el contexto y Haití, el mayor desastre urbano que haya enfrentado en un solo país el Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, está ampliando los límites de lo que significa ser vulnerable.

«Esta catástrofe ha alterado radicalmente mi concepción de la vulnerabilidad», señala Michaële Gédéon, presidenta de la Cruz Roja de Haití. «Literalmente en segundos el mundo de la clase media se vino abajo. Funcionarios, abogados, médicos, empresarios descendieron de clase social de la noche a la mañana, con lo que me di cuenta que una persona que ayer no era considerada vulnerable quizás mañana lo sea».

Todos, ricos y pobres, inmediatamente después de un desastre natural son considerados vulnerables y tienen derecho a recibir asistencia humanitaria, pero cuando se inicia la fase de recuperación, las organizaciones de ayuda se ven obligadas a tomar decisiones difíciles en cuanto a dónde destinar los escasos recursos.

Las organizaciones normalmente ayudan a los más vulnerables a salir adelante, pero la magnitud del desastre urbano en Haití las ha obligado a adoptar una nueva forma de proceder. Si bien Oxfam abrió cantinas comunitarias y administró programas de dinero por trabajo, dos aspectos básicos en el inicio de la fase de recuperación, la organización por primera vez está recapitalizando a trabajadores con oficios tales como soldadores, albañiles y plomeros y ofreciendo un acceso al crédito a los propietarios de tiendas de comestibles por medio de la microfinanciación.

«Muchas organizaciones prestan asistencia a los más pobres», dice Philippa Young, experta en medios de vida para Oxfam en Haití. «Así no se generan empleos ni oportunidades económicas. Tenemos que ir más allá de la asistencia destinada a ganar lo justo para vivir y ayudar”.

Las personas de la clase media y de la clase trabajadora, que tienen esa iniciativa o una ética de trabajo básica, se están beneficiando de los proyectos que les permiten acceder al crédito. La Cruz Roja Americana donó 8,2 millones de dólares a Fonkaze, la institución microfinanciera más grande de Haití, y está ayudando a más de 200.000 personas a instalar su pequeño negocio. Odette Mednard, costurera y propietaria de una pequeña tienda de alimentos, perdió la mayor parte de sus existencias en el seísmo. Sin embargo, hoy su negocio va prosperando. «Mi marido es albañil, pero hace seis meses que no trabaja. Soy yo la que me encargo ahora de mantener a la familia. Sin Fonkaze, habría sido el fin».

Volver a cobrar un salario
Los expertos en recuperación explican que dentro de los programas destinados a restablecer los medios de vida, por lo general lo que se busca es ayudar a los empresarios a iniciar o reiniciar sus actividades, pero no se hace nada para devolver sus empleos a las personas de clase media, tales como funcionarios, médicos o abogados. Sin embargo, en Haití se está haciendo lo necesario para que las personas que aún tienen un empleo por lo menos sigan recibiendo un salario.

«Nos hemos asociado con Partners in Health (una ONG de los Estados Unidos) y estamos gastando 3,8 millones de dólares para pagar los salarios a más de 1.800 médicos, enfermeras y enfermeros y otros miembros del personal, muchos de los cuales no habían recibido un salario incluso desde antes del seísmo, en el hospital general más grande de Puerto Príncipe», señala Julie Sell, portavoz de la Cruz Roja Americana en Haití.

Sin embargo, las organizaciones humanitarias subrayan que hay un límite para lo que pueden lograr tras un desastre natural urbano de la magnitud del que hubo en Haití. «Lo que precisa Haití es un esfuerzo en gran escala para reconstruir fábricas, industrias e infraestructura y esto sobrepasa con creces la capacidad de Oxfam y la de la comunidad de ONG», acota Young.

Corresponde al Gobierno de Haití, con el apoyo de los donantes internacionales, poner al país en el camino de la recuperación. El primer ministro haitiano, Jean Max Bellerive, que junto al ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, preside la Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití, está convencido de la conveniencia de dirigir más la atención sobre la situación de la clase media.

«Todos desean concentrar sus intervenciones en los campamentos y en los que están en la extrema pobreza», asegura. «Eso no va a cambiar nada en Haití. Después de 2.000 ó 3.000 millones de dólares volveremos a la situación del 11 de enero, lo que a nadie le gustaba».

Un golpe duro
Incluso antes del terremoto, la clase media era un grupo con dificultades. Muchos de los que pertenecen a esta minoría económica huyeron de la inestabilidad política de Haití para encontrar trabajo en París, Nueva York, Miami y Montreal. Desde el terremoto, la fuga de cerebros ha continuado puesto que muchos agarraron sus pasaportes y sus niños para unirse a sus familiares en el extranjero.

«Llevará años, posiblemente generaciones, para que la clase media alcance la situación que tenía antes del seísmo», afirma el economista Kesner Pharel. «Es un golpe duro que le ha tocado vivir a Haití ya que los integrantes de esta clase son esenciales para la recuperación del país».

Muchas personas de la clase media se beneficiarán del auge que aporta la construcción, ya sea encontrando trabajo en la industria o bien reincorporándose a su antiguo empleo una vez que las escuelas, los hospitales y las oficinas dañadas se hayan reconstruido. Mientras tanto, si no se han instalado con su propio negocio, tienen la opción de encontrar trabajo en las organizaciones humanitarias.

Los currículos recogidos en los campamentos se hicieron llegar al jefe de Recursos Humanos de la Federación Internacional en Haití. Hoy Antoine Petit tiene un contrato de corta duración como traductor para la Cruz Roja Británica y Manes Barthelemy está dando clases privadas de francés y créole a residentes del campamento de base de la Cruz Roja en Puerto Príncipe. «Es un comienzo y ello me está ayudando a recobrar mi dignidad «, asegura Manes, «pero lo que realmente deseo es tener lo que tenía antes».

Claire Doole
Escritora independiente y productora, fue portavoz de la Federación Internacional en Haití.


Manes Barthelemy junto a su familia en el campamento de Tabarre Issa situado en Puerto Príncipe.
©
Benoit Matsha-Carpentier/ Federación Internacional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Perdí todos
mis puntos de
referencia. No
conozco a nadie en
este campamento
y no sé cómo
voy a salir de
esta pesadilla y
mantener a mi
familia de nuevo”.

Manes Barthelemy,
pastor de 38 años y
ex director de una
escuela religiosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Odette Mednard, comerciante
y costurera, perdió casi todas sus
existencias y a muchos clientes en
el terremoto de enero. Ha podido
reconstruir su negocio gracias a un
programa de microcrédito apoyado
por la Cruz Roja Americana.
©Talia Frankel/Cruz Roja Americana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Nos han olvidado.
He recibido una
orden de demolición
para mi casa y
no hay ninguna
indemnización del
Gobierno, ¿cómo voy
a rehacer mi vida?”

Antoine Petit, de 48 años,
padre de dos hijos y
propietario de una
empresa de importación
y exportación que se
derrumbó después
del seísmo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Antoine Petit, de 48 años, tenía un
negocio de importación y exportación. Sentado frente a lo que quedó de su casa de tres pisos.
©Tina Stallard/Cruz Roja
Americana

 

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