Volver a la página principal de la revista

La prueba más difícil
de la Sociedad

 

La Cruz Roja Japonesa, elemento esencial de los servicios de atención de salud y de socorro de emergencia de Japón, hace frente a la mayor crisis que haya vivido el país en la posguerra.

Es de noche en lo que quedó de Otsuchi y hace un frío penetrante. Con una temperatura de 5 grados Celsius bajo cero y sin electricidad ni cobertura de teléfono celular, esta ciudad, otrora vibrante, se encuentra casi completamente a oscuras.

Las excepciones son los fuegos que han prendido los sobrevivientes con trozos de madera sacados de los edificios en ruinas, las luces de unos pocos centros de socorro y los reflectores de los helicópteros y equipos de rescate que buscan entre los escombros de lo que una vez fueron barrios tranquilos.

Hasta la tarde del 11 de marzo, esta localidad era una quieta y próspera ciudad de pescadores de 17.000 habitantes, construida en torno a uno de los numerosos pequeños puertos ubicados a lo largo de la costa nororiental de Japón.

Hoy Otsuchi es una “ciudad perdida”, como califican algunos medios a las numerosas ciudades costeras afectadas por la catástrofe. Más de la mitad de la población (más exactamente 10.000 personas) perdieron la vida o desaparecieron después de que unas olas de unos 10 metros de altura arrasaran con todo a su paso.

La devastación fue casi total: sólo unos pocos edificios quedaron en pie. Aquí y en otras ciudades los medios hablaron de “escenas apocalípticas”. La nieve de fines de invierno que cayó luego, mezclada con las cenizas de los restos que aún ardían, cubrió las ruinas con una capa húmeda y resbaladiza, lo que dificultó aún más la labor de socorro.

Las más afectadas son las personas mayores. “Hay muchas personas en condiciones muy precarias y algunas se han enfermado a causa del frío”, señala Takanori Watanabe, médico de la Cruz Roja proveniente de Himeji, en el oeste de Japón, que llegó a Otsuchi como integrante de un equipo médico móvil de 12 personas que atienden en los dispensarios ubicados en torno a los centros de evacuación. Estas escenas se repiten en numerosas localidades costeras, incluso en ciudades más pobladas como Ishinomaki, Miyagi, Shendai, Shiogama.

La magnitud del terremoto y del tsunami se reconoció rápidamente como una catástrofe nacional. Esto sumado a la lucha para contener la radiación en la inhabilitada central nuclear de Fukushima hizo que el primer ministro se refiriera a esta triple emergencia como la mayor crisis de Japón posterior a la II Guerra Mundial.

En medio de la pérdida y del dolor, los habitantes de la costa nororiental de Japón se han destacado por su estoicismo, aplomo y generosidad. Ante la escasez de combustible y alimentos en las pocas tiendas que siguen abiertas, las personas hacen colas sin alterarse para conseguir agua y alimentos o llamar por teléfono a sus parientes. Otros hurgan entre los escombros en busca de paquetes de alimentos deshidratados.

La Sociedad Nacional responde

Para la Cruz Roja Japonesa, la magnitud y la multiplicidad de la crisis pusieron a prueba la solidez de sus recursos y su capacidad. La Sociedad Nacional, con 124 años de existencia, está bien implantada, su volumen anual de actividades se cifra en 10.000 millones de dólares y cuenta con un efectivo de 55.000 colaboradores y unos 2 millones de voluntarios.

La Cruz Roja Japonesa no sólo es una pieza clave en la respuesta de emergencia nacional, sino también una parte integrante del sistema de atención de salud nacional, que maneja el suministro de sangre donada en todo el país y administra más de 100 hospitales y escuelas de enfermería. Son algunas de las razones por las cuales la Sociedad Nacional no hizo un llamamiento internacional de fondos aunque sí recibió donativos. (Al 20 de marzo se había recibido un total de 22.300 millones de yenes o 249 millones de francos suizos).

Gracias al cuerpo de voluntarios y miembros del personal altamente calificados, la Cruz Roja Japonesa maneja una de las mayores operaciones internacionales del Movimiento y posee una dilatada experiencia en desastres nacionales de gran escala (por ejemplo, el terremoto de Kobe de 1995).

Esta mezcla de experiencia y dedicación la encarnan voluntarios como Toda Kazuko, que manejó 12 horas durante la noche desde su casa en Kobe hasta Otsuchi. A las pocas horas de haber llegado, se había instalado un dispensario y los miembros del equipo estaban atendiendo a los pacientes en los centros de evacuación. Ex miembro del equipo de la Sociedad Nacional nipona que intervino en Haití en favor de las víctimas del terremoto, Kazuko se dedicó de lleno a su labor. “Tenemos a más de 700 miembros del personal desplegados que se van turnando cada cuatro días”, explica antes de salir bruscamente puesto que se había presentado una urgencia en el dispensario.

Kazuko y sus colegas forman parte de los 249 equipos médicos de la Cruz Roja Japonesa enviados a lo largo de los 400 kilómetros que abarca la zona afectada por el desastre. Veinticuatro horas después de la catástrofe, la Cruz Roja Japonesa había instalado una red de unidades de intervención de emergencia en la que equipos compuestos por cinco personas, entre ellos médicos y enfermeros, se desplazan todos los días para prestar asistencia en los diferentes centros de evacuación ubicados en las distintas ciudades.

Cada equipo cuenta con enfermeros capacitados en apoyo psicosocial, que permiten a los sobrevivientes expresar su dolor y ansiedad, así como discutir sobre cuestiones prácticas. La Cruz Roja Japonesa tiene 2.400 enfermeros capacitados en esta especialidad y un equipo de ocho miembros acaba de cumplir una misión en Nueva Zelandia, donde estuvieron ayudando a los damnificados del terremoto de Christchurch.

La enfermería ubicada en la escuela de Otsuchi, donde hay unas 700 personas instaladas en el suelo del gimnasio, tiene sólo dos camas: una utilizada por una anciana en estado de semiconciencia y la otra por un hombre mayor gravemente deshidratado conectado a un gota a gota. La mayoría de los pacientes en el dispensario son de edad y muchos habían perdido en la confusión del desastre los medicamentos que tomaban regularmente.

Los pacientes, cansados o enfermos, yacen en los colchones dispuestos en el suelo, envueltos en mantas. Muchos tiemblan descontroladamente y sufren de hipotermia tras haber quedado aislados en sus casas sin agua ni electricidad.

Uno de los miembros del equipo del Dr. Watanabe capacitado en asesoramiento psicológico está sentado en un rincón, reconfortando tranquilamente a una adolescente que solloza con la cabeza entre las manos. Todos en Otsuchi han perdido a un ser querido, toda la ciudad se ha visto afectada. Ayudar a las personas a superar el trauma es una preocupación mayor y los equipos de asesores de la Cruz Roja se han desplegado para combatir las enfermedades relacionadas con el estrés que comienzan a manifestarse.

Un rayo de luz

Entre las ruinas, los hospitales de la Cruz Roja Japonesa han sido, literalmente, una fuente de esperanza y de luz en las ciudades privadas de electricidad. Al hospital de la Cruz Roja en Ishinomaki, por ejemplo, llegaron personas de varios kilómetros a la redonda por diferentes medios, muchos de ellos buscaban simplemente un lugar abrigado para poder dormir. Todos los demás hospitales locales estaban inundados o dañados, el de Ishinomaki acogió a más de mil pacientes provenientes de toda la zona circundante y no se ha dejado un solo espacio sin utilizar.

El trauma causado es evidente y se refleja en los rostros demacrados de muchas personas que han visto cómo eran arrancados de la vida sus seres queridos. El Dr. Takayaki Takahashi, cirujano encargado de uno de los cinco equipos médicos móviles que operan fuera del hospital de Ishinomaki, ha estado de turno durante 48 horas seguidas. Junto a otro médico y tres enfermeras atiende todos los días en los dispensarios instalados en los centros de evacuación dónde se han albergado miles de personas.

“Hoy fuimos a Miyato, que se encuentra a sólo diez kilómetros por la carretera, pero como el puente que conduce a esa localidad quedó destruido, tuvimos que llegar en helicóptero”, declara. “Atendimos a 100 personas y dejamos raciones alimentarias y agua para tres días para 700 personas alojadas en una escuela”. Muchos de los heridos eran víctimas de quemaduras porque se incendiaron sus viviendas.

Algunos de los heridos fueron arrastrados por las olas y presentaban lesiones internas y heridas graves. Otros corrían el riesgo de sufrir neumonía después de haber inhalado cantidades de agua de mar contaminada. Cientos de miembros del personal médico de la Cruz Roja afluyeron de todos los rincones del país para trabajar en el hospital. Aunque el ánimo se mantiene en alto, las condiciones son muy difíciles. Los suministros médicos han empezado a agotarse, se producen cortes de electricidad y empiezan a surgir problemas para encontrar combustible y hacer funcionar el generador del hospital.

Cuando este número iba a la impresión, los esfuerzos estaban centrados en la recuperación de los restos mortales. Según estimaciones oficiales, el número de muertos confirmados ascendía a más de 8.000 personas y el de desaparecidos a 12.000. Dado que el número de desaparecidos sigue aumentando, el CICR ha prestado apoyo a la Cruz Roja Japonesa, por una parte para facilitar información sobre las personas desaparecidas por medio del programa de restablecimiento del contacto entre familiares y, por la otra, para identificar restos mortales.

La atención también se centró en la planta nuclear de Fukushima, donde los equipos habían logrado, hasta este momento, restablecer la electricidad y alentaban las esperanzas de que la situación no empeorara, aunque la planta sigue emitiendo vapor radioactivo.

Las 47 filiales de la Cruz Roja Japonesa han capacitado a equipos de descontaminación nuclear y disponen de equipamiento especializado, incluso tiendas especiales, en las que se puede lavar el material radioactivo. Los equipos están destinados a ser movilizados conjuntamente con las unidades especializadas del gobierno. Hasta ahora, el gobierno no ha pedido que se movilicen estos equipos que se mantienen en alerta.

Con el apoyo de las autoridades gubernamentales, la Sociedad Nacional nipona está siguiendo de cerca la situación en los hospitales cercanos a la zona de exclusión, si los niveles de radiación aumentan y ponen en peligro a los pacientes. Mientras tanto los voluntarios se han destacado en la tarea de atender a miles de personas evacuadas de los 20 kilómetros que conforman la zona de exclusión alrededor de las centrales nucleares.

A pesar de este desastre múltiple, muchos han aprendido de la resiliencia demostrada por los japoneses ante esta tragedia nacional. Igualmente otras razones nos infunden esperanzas: la generosa respuesta internacional que contribuirá en las etapas de socorro y recuperación. Además, el sistema regional de alerta temprana, implantado después del tsunami ocurrido en el Océano Índico en 2004, resultó ser muy útil pues permitió evitar perdidas de vidas a medida que el tsunami avanzaba hacia el Pacífico Sur.

Patrick Fuller, en Japón y Malcolm Lucard en Ginebra para la Federación Internacional


Una semana después del terremoto
y el tsunami, un voluntario de la Cruz
Roja Japonesa hace un reconocimiento
de los daños de Otsuchi en la
prefectura de Iwate.
Fotografía: ©Cruz Roja Japonesa



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los hospitales
de la Cruz Roja
Japonesa han sido,
literalmente, una
fuente de esperanza
y de luz en las
ciudades privadas
de electricidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Muchas personas mayores vivían
en las ciudades más asoladas por el
tsunami. Ahora que sus viviendas
quedaron destruidas y sin electricidad,
estas personas han sufrido mucho
en las noches frías que sucedieron a
la tragedia. En la foto, una paciente
recibe atención en el hospital de la
Cruz Roja Japonesa en Ishinomaki.
Fotografía: ©Cruz Roja Japonesa

 

Arriba

Contáctenos

Créditos

Webmaster

2011 

Copyright