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He perdido parte de mi cuerpo, pero tengo todo mi se

Cinco mujeres en el centro ortopédico del CICR en Kabul hablan de las dificultades específicas que enfrentan las mujeres que han resultado heridas a causa de la guerra

Fotografías y texto de Nick Danziger


Photo: ©Nick Danziger

Wahida

El último recuerdo que Wahida tiene del día en que su vida dio un vuelco irreversible es el convoy militar que divisó desde el minibús. Lo otro que recuerda es que cuando se despertó estaba en el hospital y le dijeron que el minibús había recibido parte de la explosión de un automóvil cargado de explosivos que un terrorista suicida hizo detonar mientras pasaba cerca del convoy.

Muchos de los pasajeros, entre ellos su esposo, murieron. Wahida perdió los dos brazos: uno por encima del codo y el otro por debajo. También quedó ciega del ojo derecho y con serios problemas de visión en el izquierdo.

Al igual que muchas mujeres que sufrieron lesiones o se quedaron viudas durante los muchos conflictos que han convulsionado a Afganistán, las heridas físicas son solo una parte de una serie de consecuencias que afectan a la supervivencia de familias enteras. En este caso, la explosión se llevó al sostén de la familia y dejó a Wahida en la imposibilidad de suplirlo. Por ello, acepta la ropa para la familia y algo de dinero que le da el hospital ortopédico del CICR en Kabul. “No me alcanza, pero trato de enfrentar las muchas dificultades. Sin los 3.000 afganis [60 dólares], mis hijos no podrían ir a la escuela, y no tendríamos para comer ni vestirnos”.



Photo: ©Nick Danziger

Farzana

Para las mujeres jóvenes y las niñas, una herida grave de guerra puede perjudicarlas en todo: la educación, sus perspectivas de matrimonio, su capacidad para trabajar o para contribuir a su familia. "Durante mucho tiempo no pude ir a la escuela porque tenía una pierna [prótesis] que no me calzaba bien", cuenta Farzana, de 20 años. "Acudí al CICR y solo entonces me pusieron una pierna que me convenía. Pero cuando volví a la escuela, no podía concentrarme en mis estudios, así que abandoné la escuela a los catorce años”.

Algunos años más tarde, Farzana todavía se sentía perdida. "Tenía 17 años, me sentía deprimida y me quedaba en casa". Cuando se enteró de la formación en corte y confección se inscribió inmediatamente y cuando terminó el curso estuvo en condiciones de beneficiarse de un programa de microcrédito del CICR, en el que recibió 15.000 afganis (300 dólares). "Compré una máquina de coser por 10.000 afganis, una mesa y cortes de tela. Reembolsé el préstamo en 18 meses y solicité luego un segundo préstamo por 50.000 afganis".

Hoy, Farzana capacita a otras mujeres que se inician en el oficio de costureras y es dueña de la tienda donde trabaja. "No pago alquiler, me quedan por pagar 15.000 afganis y mantengo a toda mi familia".



Photo: ©Nick Danziger

Karima and Rahima

El camino hasta la recuperación física, emocional y económica suele ser largo, doloroso y difícil. Los gestos suaves pero seguros de fisioterapeutas como Karima (en la foto) y Rahima hacen posible que muchas mujeres den pasos importantes para volver a la normalidad. "Desde la mañana hasta ya entrada la tarde estamos todos muy, muy ocupados", dice Karima, quien se desempeña como codirectora fisioterapeuta del centro ortopédico del CICR junto con Rahima. "Rahima y yo vemos a un promedio diario de 35 a 40 pacientes mujeres". Karima tiene un motivo especial para ser empática. Tenía 12 años cuando el simple hecho de cruzar la calle para visitar a sus abuelos la puso a ella y a su hermano en la trayectoria de unos disparos. Cuatro balas le perforaron la rodilla, lo que requirió la amputación inmediata y una prótesis del centro ortopédico del CICR.



Photo: ©Nick Danziger

Haseeba

Los atareados días de los fisioterapeutas del centro ortopédico son solo un indicio del sinnúmero de personas mutiladas o discapacitadas en forma permanente por el conflicto. Tomemos el caso de Haseeba, que entre sus familiares diez han resultado mutilados a causa de las minas, además de una tía que murió. Seis de sus parientes siguen recibiendo un tratamiento en uno de los siete centros ortopédicos del CICR en Afganistán.

Dada la realidad, Haseeba está sumamente agradecida por la pierna ortopédica que el CICR le ha dado. "Durante 7 años caminé con muletas porque no tenía pierna artificial", dice Haseeba, madre de seis hijos, que ha trabajado como limpiadora en el centro ortopédico del CICR en Kabul durante los últimos tres años.

"Es lo mejor que me dieron: un trabajo", asegura Haseeba, que tenía siete años cuando perdió la pierna derecha en la explosión de una mina terrestre. Casada a los 14 años, no fue a la escuela y obtener un buen trabajo parecía fuera de su alcance. "Ahora soy independiente, apoyo a la familia."

"Me sentí desesperada durante muchos años. Ahora me doy cuenta de que puedo hacer de todo: he perdido parte de mi cuerpo, pero tengo todo mi ser".



Photo: ©Nick Danziger

Niloufar

Al final, no se trata solo de autonomía física y económica, sino de ayudar a la gente a recuperar la capacidad para vivir plenamente su vida, aunque sea con limitaciones. Al igual que muchas personas discapacitadas en todo Afganistán, Niloufar, de 19 años, pasó años sin un tratamiento para su lesión de la médula espinal, causada por una herida de bala. "Me quedé muy sorprendida cuando llegué al centro y vi a tantas personas discapacitadas que viven normalmente. Hasta entonces, estaba deprimida", recuerda. "Ahora soy otra persona, no la Niloufar de antes. Puedo hacer de todo. Soy fuerte".


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