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Arenas movedizas

 

Dado que la índole del conflicto en el norte de Malí cambió, el CICR ha tenido que reforzar las operaciones y adaptarse a las nuevas realidades. Será esencial perseverar para satisfacer las ingentes necesidades humanitarias de la región.

Más de seis meses después de que las fuerzas francesas y malienses se hicieran con el control de las principales ciudades del norte de Malí, una frágil estabilidad ha vuelto a muchas partes de este país convulsionado por la guerra y la sequía.

Unos 7.000 soldados de una fuerza regional africana se han unido a los soldados malienses en la tarea de luchar contra los grupos armados de oposición, mientras que en julio se desplegó una misión de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas.

Aun así, la vida aquí todavía dista mucho de ser normal. “Un número reducido de desplazados comienzan a regresar a su hogar sin recursos y a veces a viviendas que han sido saqueadas”, dice Attahar Maïga, jefe de la subdelegación del CICR en Gao, en el norte de Malí. “La vida vuelve poco a poco; algunas escuelas y los mercados están abiertos. Pero los bancos y muchos servicios administrativos todavía no funcionan”.

La escasa actividad económica existente empieza a moverse “como en cámara lenta”, añade Maïga. “Como el poder adquisitivo es muy bajo, la gente tiene un acceso limitado a los servicios básicos y la ayuda humanitaria sigue siendo su principal fuente de sustento”.

Mientras tanto, la situación sigue siendo inestable dada la índole cambiante del conflicto. Prosiguen los enfrentamientos violentos y los ataques aéreos al mismo tiempo que surgen nuevas amenazas. “En las zonas urbanas, se ha recurrido a los ataques suicidas y al uso de artefactos explosivos en carretera”, dice Yasmine Praz Dessimoz, jefa de actividades operacionales de África Septentrional y Occidental del CICR. «Lo que está cobrando forma es un conflicto asimétrico con la táctica guerrillera del muerde y huye”.

Esto hace la vida muy difícil para las personas que permanecen en el norte de Malí. Además de la falta de ingresos, alimentos y saneamiento, la atención básica de salud sigue siendo limitada porque son pocos los centros de salud que funcionan, no hay suficientes proveedores calificados y los centros de salud están lejos. “A esto hay que sumarle lo peligroso del viaje debido a la total falta de seguridad”, asegura Maïga.

Prepararse y adaptarse

Para ayudar a las personas necesitadas, el CICR ha tenido que adaptarse a medida que el conflicto ha ido evolucionando. “Lo paradójico es que es más difícil de lo que era en 2012, cuando las ciudades del norte estaban controladas por los grupos armados”, añade Praz Dessimoz. “En ese momento, era más fácil relacionarse con ellos ya que se les veía y estaban presentes, hoy esto ha cambiado totalmente”.

Se ha dedicado mucho tiempo y esfuerzos a mantenerse en contacto con todos los actores armados, dice la delegada. Mientras tanto, agrega Maïga, los grupos armados “han seguido nuestros movimientos en el terreno”, lo que ha impedido todo bloqueo de los servicios humanitarios. “Los compromisos asumidos por los grupos armados con el CICR siguen vigentes”, dice. (Entrevista completa con Attahar Maïga: www.redcross.int).

Los restos explosivos de guerra, junto con las minas sembradas a lo largo de las carreteras,  son también una amenaza oculta y persistente, y el crimen y la violencia organizada plantean otros problemas de seguridad. Además, la mayor parte de los servicios básicos de muchas ciudades del norte y las ciudades han quedado destruidos.

“Los servicios públicos de agua, electricidad y salud quedaron interrumpidos cuando la mayoría del personal calificado se fue”, dice Abdoule-Karim Diomande, coordinador de las actividades de agua y hábitat del CICR en la región.

En el norte también hay escasez de gasolina. “La falta de electricidad para alimentar las estaciones de bombeo significa que no hay agua”, añade Diomande. “Así que el CICR decidió proporcionar combustible para mantener la infraestructura en marcha”.

Gracias al combustible se pudo suministrar electricidad a tres ciudades principales que así dispusieron de agua potable y mantuvieron trabajando las pequeñas empresas al menos por unas horas al día. El suministro de combustible ha permitido también mantener en funcionamiento las principales instalaciones de la salud. Además de proporcionar suministros médicos y otro tipo de apoyo al hospital regional de Gao, el CICR le proveyó de combustible y generadores para que siguiera funcionando sin depender de la red eléctrica externa.

Intensificación de las operaciones

Para hacer frente a las ingentes necesidades y ayudar a las personas que han huido de los combates, el CICR ha duplicado la cantidad de fondos para la operación de Malí en 2013. En abril de 2013, la organización hizo un llamamiento y aumentó en casi 43 millones de dólares el presupuesto inicial de 40,3 millones previsto para el año, con lo cual Malí se convirtió en una de las tres operaciones de mayor envergadura del CICR en todo el mundo.

La diferencia es enorme, señala Maïga. “Una operación de esta envergadura requiere importantes recursos humanos y logísticos”, asegura. “Pero más allá de la asistencia directa a las víctimas, [la ampliación presupuestaria] también nos ha permitido tocar indirectamente otros sectores de la sociedad y otros ámbitos. Por ejemplo, nos ha permitido dar un poco de oxígeno a la economía gracias a las diversas compras realizadas a nivel proveedores del lugar”.

A lo largo de la operación, el papel de la Cruz Roja Maliense también ha sido fundamental. Por medio de sus filiales y voluntarios en todas las zonas afectadas, la Sociedad Nacional ha podido distribuir alimentos y artículos domésticos, reponer las reservas de suministros médicos, alertar a la población acerca de las minas y los artefactos explosivos, mejorar el abastecimiento de agua y saneamiento, así como la higiene, apoyar las actividades generadoras de ingresos y ayudar a restablecer el contacto entre los familiares separados por el conflicto.

Para el CICR, la red de voluntarios ha sido un factor esencial. “El valor del apoyo de los voluntarios de la Cruz Roja Maliense a la labor del CICR es inestimable”, asegura Maïga, y agregó que “muy a menudo, los miembros de la Sociedad Nacional son personas importantes en el contexto local, lo que permite al Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja tener un nexo en el terreno”.

Mientras tanto, todos los que trabajan en la región se preguntan qué viene después. Muchos observadores temen que el clima de inseguridad siga extendiéndose puesto que algunos miembros de grupos armados que han dejado Malí comienzan a lanzar ataques en los países vecinos.

Las comunidades del sur de Malí y también de los países vecinos, ya enfrentadas a dificultades extremas, están soportando una tremenda carga adicional debido al gran número de desplazados. De los aproximadamente 168.000 refugiados que han huido a los países vecinos, por ejemplo, unos 50.000 han llegado a Níger, un país que continúa recuperándose de su propio conflicto no internacional, que terminó hace solo unos años. Níger ha estado recibiendo refugiados del norte de Nigeria, así como trabajadores migrantes expulsados de Libia.

Tenga o no éxito la operación de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas para estabilizar el norte de Malí, las necesidades humanitarias seguirán siendo enormes durante bastante tiempo. “Pase lo que pase, creemos que todavía es necesaria una acción esencialmente humanitaria en el norte de Malí y en la región”, concluye Jean-Nicolas Marti, jefe de la delegación del CICR en Niamey.


Una muchacha pasa delante de un edificio lleno de agujeros de balas provocados por los intensos combates que se libraron en la ciudad maliense de Gao, en marzo de 2013.
Fotografía: ©Joe Penney/REUTERS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Como el poder
adquisitivo es muy
bajo, la gente tiene
un acceso limitado
a los servicios
básicos y la ayuda
humanitaria sigue
siendo su principal
fuente de sustento”.

Attahar Maïga, jefe
de la subdelegación
del CICR en Gao,
norte de Malí

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


En la municipalidad de Bourem, cerca de Gao en el norte de Malí, una persona desplazada recibe alimentos del CICR en abril de 2013.
Fotografía: ©Douma Mahamadou/CICR

 

 

 

 

 

 

 

 

“Los servicios
públicos de agua,
electricidad y
salud quedaron
interrumpidos
cuando la mayoría
del personal
calificado se fue”.

Abdoule-Karim
Diomande
,
coordinador de
las actividades
de agua y hábitat
para el CICR en
la región

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